Sebastián Fiorilli Di Rienzo Benvenutti (italo-argentino, 1977) es licenciado en comunicación social, publicidad y medios de comunicación. Es traductor científico y literario en inglés. Ha publicado Antología Poética de Escritores Santafesinos. Rosario, Argentina 1996-1999, Marisma de mí. Poemas. Ed. Vitruvio, Madrid, 2004, La voz y la escritura. Poemas, Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, El perfecto Dejado. Poemas. Ed. Mar Futura 2008, El mundo dejado a la suerte de una cabra. Poemas. Ed. Mar 2012, La poesía da para comer (Libro completamente comestible, Edición en oblea®) 2012, Yo también fui normal, Cuidado que viene el lobo. (inéditos en proceso de edición).
Selección de poemas de Oreste Donadío para Aurora Boreal® por Lucía Donadío
Oreste Donadío, (Colombia, 1965). Pintor, poeta y grabador. Maestro en Pintura de la Academia de Bellas Artes de Florencia Italia. Desde 1989 ha expuesto su obra individual y colectivamente en Italia y Colombia. Fue seleccionado para participar en el XXXV Salón Nacional de Artistas (Corferias, Bogotá 1994); en la exposición Cincuenta años de Pintura y Escultura en Antioquia (Museo de Arte Moderno, Medellín 1994) y en varios Salones Regionales de Artistas, Zona Centro Occidente, convocados por el Ministerio de Cultura. Individualmente, ha expuesto en: Galería Gadarte, Florencia Italia (1991); Galería Gartner Torres, Bogotá (1993); Biblioteca Publica Piloto, Medellín (1993); Galería Gartner Uribe, Bogotá (1995); Museo Universitario Universidad de Antioquia (1997); Biblioteca Efe Gómez, Universidad Nacional de Medellín (2002); Sala de Exposiciones de Comfenalco, Medellín (2003); y Galería de Arte Contemporáneo Paul Bardewll, Medellín (2006). Ha publicado los libros: El laberinto transparente (Hombre Nuevo Editores, 2007 Medellín, Sílaba Editores, 2010 Medellín.) Los invisibles pájaros del alma (Sílaba Editores, 2010 Medellín).
En las arenas del mundo es un libro de poemas que nos invita a disfrutar con asombro y gratitud, con una inteligencia lúcida y gozosa, de la vida que se nos ofreció, sus palabras hablan de aquello que nos hace sentir habitando con precisión el mundo y sus entresijos. Nada hay en estos versos que sea simulado, que nazca de un sentimiento vacío o dibujado con desgano, todo en ellos es elegancia y ritmo y cercano abrazo que nos dice de una manera generosa y digna de ser recordada. Alguien que ha pesado su corazón y ha descubierto dónde está lo fundamental le ha dado origen a su alada materia. La poesía de Oreste Donadío nace del ojo y el oído, de la fundamental conciencia de decirnos sin aspavientos, con serena belleza que no desconoce el horror que anima, también, nuestra existencia.
Mi padre se llamaba Juan Eurípides Ortega y cuando cumplió 54 años sus compañeros del Puerto le ofrecieron un pasaje a Grecia.
En Atenas conoció a Heleny, un griego de origen brasilero de una gran belleza a quien le gustaba vestirse de mujer. Según mi madre parece que el viejo se enamoró de ese

Jorge Luis Borges, corto de vista y con lentes desde la infancia, no se sintió en la madurez atormentado en extremo por la ceguera; primero porque le llegó de forma gradual, como antes le había llegado al padre; y después porque la estuvo esperando durante más de cuarenta años, seguro de no poder escapar de esa mala estrella y convencido de que, según él mismo decía, "El destino no hace acuerdos".
Encerrado en la biblioteca de la familia durante la infancia y en la de Almagro, Buenos Aires, desde muy joven, encuentra en los libros que lee y en los que escribirá más tarde una manera de escapar de la realidad, que parecía aterrorizarlo.
Era un hombre corpulento y soberbio. Tan soberbio era que, temeroso de inspirar compasión, declaraba que la invidencia era en él una ventaja porque le permitía memorizar mejor sus versos y, además, recordar siempre bellas, sin arrugas, las caras de las mujeres que había amado. De este modo, él mismo se convierte en un personaje que va por el mundo interpretando el papel de un ciego que se siente privilegiado por la ceguera.No hay destino mejor que otro, el que a uno le toca debe asumirlo sin lamentaciones, decía esta caballero que imaginó el paraíso como una biblioteca y para quien ¡qué ironía! la más elevada forma de la felicidad eran los libros, que después de ciego nunca dejó de hacerse leer.
Tal vez, no sea absolutamente necesario referirse a muchos apartados académicos de las humanidades o inmiscuirse en ladrilludas o floridas investigaciones para decir que el comportamiento humano ha ido refinándose un poco y que ahora o quizá más adelante seremos mejores personas que en el pasado. Eso denota algo de evolución por supuesto y de cambios dramáticos, pues esta raza humana ha pasado (y pasa) por muchos regímenes: desde los más anárquicos hasta los más castrantes y muy sufridos estados tiránicos. Pero lo que se mantiene en las culturas es la concepción de sociedad o de humanos que se quieren representar. Y en esto, grandes filósofos, políticos, escritores y pensadores de toda la humanidad han dado sus más inteligentes propuestas, propuestas que han cambiado el curso de la humanidad. Y esto de cierta manera encierra la universalidad, porque desde cualquier parte de este planeta donde se empiece un nuevo rumbo de la humanidad esto afectará quiérase o no al resto habitantes de la tierra; aunque, es preciso aclarar que para que esto sea así, este cambio lo deben proponer las grandes potencias por ahora, occidentales; porque ¿de qué valdría que haya un cambio social en una de las tribus de África, por ejemplo?
Todo este ladrillo anterior que no tiene nada de amenazante (no pretende descalabrar ni matar) es sólo para decir que la novela de Consuelo Triviño Anzola: Prohibido salir a la calle, tiene todo el carácter universal que hace que la novela sea imprescindible y tal vez, como los buenos vinos o bebidas que destilan alcohol, sólo con el pasar de los años sea entonces un clásico universal de la literatura, que en mi concepto, ya lo es.
La señora Sils, envuelta en llamas, atraviesa el patio oscuro y se sienta lentamente en la silla mecedora, cansada. El fuego, ciego, se mueve por encima de ella variando de coloraciones amarillas y un tanto azuladas. Está anocheciendo detrás de los árboles.
La casa se encuentra vacía ahora, y estropeada; cómo si la habitaran sombras. Sin embargo, alguna vez ha sido un lugar cálido y confortable; las luces encendidas, las habitaciones ocupadas; la cocina y la televisión funcionando. Pero ahora la señora Sils tampoco recuerda nada de aquello.
Sentada bajo el alero del porche, cubierta de fuego, parece la representación de una pesadilla de siesta del desierto.
Su esposo, el señor Sils, está en el mercado haciendo las compras para la cena. Es algo mayor que ella pero aún recuerda; todos los días recuerda con claridad el diagnóstico de la junta médica. La pérdida de la memoria, la depresión, la apatía, los trastornos del sueño, señor Sils, todos son síntomas de esta enfermedad neurodegenerativa.
Más temprano, por la tarde, estuvo trabajando en el patio. Emparejó el ligustro, quitó algunos yuyos de los canteros, y con esa conmovedora negligencia que tienen los hombres ancianos se dedicó a rastrillar las hojas desprendidas de los eucaliptos y el laurel. Pacientemente, encorvado y ensimismado, fue arrastrando el caos de hojas muertas hacia el centro del patio, amontonándolo todo hasta formar una pila. Luego buscó en el galpón querosene para echarle encima y le arrojó un fósforo. Se quedó un momento allí, frente al fuego, observándolo bailar y dejando que el calor le fuera tensando las manos y las mejillas. Varios estudios reportan resultados positivos del empleo de la droga señor Sils, si usted nos diera su firma a manera de consentimiento, pero me dicen que esa droga todavía no está permitida, no puedo consentir que experimenten con mi esposa, la droga incrementa el flujo sanguíneo cerebral y previene la muerte celular señor Sils, esto está comprobado, y el tiempo apremia, pero quisiera saber sobre los otros enfermos, los efectos secundarios doctor. Estuvo así, frente al fuego, hasta que un reflejo gástrico le trepó a la garganta y lo arrancó del ensueño.
Nos conocíamos de la universidad. De aquellos años agitados de esfuerzos multiplicados, de entregas, devociones, desencantos, humillaciones y finalmente de abrir los ojos y enterarnos. (Maravillosos, a pesar de todo, porque coincidieron con la juventud, y la inocencia). Creo recordar que nos conocimos durante el segundo año de la carrera. Cuando se supo que provenía de las aulas nocturnas -de los estudios dirigidos diseñados para obreros-, muchos entre nosotros encontraron una justificación para no tomarlo en serio, incluso para burlarse de él. A mí, sin embargo, el tipo me cayó bien enseguida. Su locuacidad emparentaba con la de cualquiera, pero se destacaba por un número de características propias. Tenía, naturalmente, el acento de los de su región -más bien esa cadencia al hablar que uno asocia, justificadamente o no, con los orientales-. (Cuando pasado el tiempo mi madre llegó a conocerlo, dijo que en efecto hablaba como uno de los Matamoros. Se refería al trío famoso, pero entonces yo no podía saber de quienes se trataba). Además, poseía, rasgo que le granjeó al cabo las simpatías de todos, el don único de saber infinidad de chistes y de contarlos como nadie.
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