Sesenta días para abandonar el país
Hemil García Linares
Vagón Azul Editores
2011
Sesenta días para abandonar el país nos narra las experiencias de un peruano de clase media baja y con estudios en periodismo; se trata de Gerardo Gómez, quien se ve obligado por las circunstancias a trabajar como vendedor de tarjetas de crédito y préstamos para un banco extranjero en la capital del Perú, Lima. Su situación no es nada sui generis en la tres veces coronada villa, sino que es idéntica a la de miles de personas con educación superior, profesionales graduados e incluso con estudios de post-grado dedicados a recorrer las calles a diario, ya sea manejando uno de los innumerables taxis (p. 19), o perteneciendo a la inmensa legión de vendedores de ilusiones (tarjetas de crédito, préstamos, pensiones, viajes, etc.). Son éstos los únicos trabajos posibles para la gran mayoría de los que han superado la barrera de los 25 años y por diferentes razones no se han establecido o no les "ha ido bien" (p.22).

Versión de José Prats Sariol
El extranjero
-Dime, hombre enigma, ¿a quién quieres más: a tu padre, a tu madre, a tu hermana, a tu hermano?
La poetiza Magali Alabau vive con 21 gatos y 2 perros en su casa de Woodstock en New York. Óscar, el gato de la foto, murio en diciembre 2011.
EL AMOR ESCAPA
El amor escapa,
las palabras se vuelven callejeras
y cansadas
se distribuyen en otros hallazgos
en el día ocupado
en trincheras diarias.
Sientes como huye aburrido,
te deja abandonada.
Mejor no atiendas su intención
ni la bocanada de aire que se va
con él hacia otro lado.
Damas y caballeros, el venerable alcalde don Everardo Salazar tiene el honor de invitar a todos los moradores de nuestro insigne pueblo a un acto solemne que llenará de orgullo a la distinguida concurrencia y que se verificará hoy día, a las tres en punto, en el traspatio de la alcaldía.Con esas palabras el pregonero oficial de Cojontepeque anunciaba en cada esquina de la localidad un misterioso acontecimiento que estaba por realizarse ese domingo por la tarde.
Jessica López trabaja en la juguetería desde hace poco tiempo. Es vigiladora. Antes trabajaba también en ese shopping y antes del shopping en la venta de productos de granja. Pero de cortar pollos, despachar milanesas y envolver huevos de a media docena estaba cansada. Cuando le avisaron que buscaban a alguien para trabajar en ese
Muy pocas veces un lector exigente se siente a gusto con un libro, como en este caso un libro de cuentos, y siente que la vida está en la literatura y la literatura en la vida. Éste es el tema del presente ensayo.
Víctor Montoya nació en La Paz, el 21 de junio de 1958. Cuentista, novelista, ensayista y pensador pedagógico. Hijo de maestra de escuela y de dirigente sindical minero. Vivió en Siglo XX y Llallagua, donde conoció la vida y la lucha del proletario minero. A los 18 años de edad, debido a su compromiso revolucionario radical, fue encarcelado, torturado y exiliado a Suecia.
Hace tiempo que quiero contar la historia de Guille. No porque crea que sea mejor que otras tantas que han ocurrido, sino porque todavía no acabo de entender cómo se puede vivir tantos años pensando algo y luego tener que cambiarlo todo de golpe. En el fondo, probablemente sea algo tan vulgar como no conocer la ley de la gravedad y que salga alguien enterado que te diga que existe. Por esa misma razón también creo que eso que pasó con Guille no fue realmente nada. Pero debe haber también, me digo, otro cara del mismo asunto cuyo verdadero valor todavía no comprendo. Por eso quería contarlo tal como sé que ocurrió y no como otros lo cuentan en el pueblo.
IRES Y VENIRES*
He pasado casi medio siglo de mi vida
yendo y viniendo,
atravesando los linderos de mi patria
a bordo de barcos, trenes y aeroplanos que,
con el correr del tiempo,
se volvieron más rápidos,
más gráciles y cargados
de gente ansiosa de conocer el mundo.
He vivido otras culturas
respirando aires diferentes,
admirando cielos completamente azules,
como el de México en los años cincuenta
que ahora se esconde tras pesadas capas
de gases mortíferos y polución asesina.
Me he sumergido sorprendida,
en mares fríos, en pleno verano,
en los que bañan la costa de Portugal
o, en el Canal de la Mancha,
bordeado de arrecifes de tiza,
o en el desteñido Mar del Norte en Holanda.
Y en océanos turbulentos:
el Atlántico desde Punta del Este
hasta la Florida y Nueva York,
o en un Pacífico extenso
que me ha brindado sus arenas
en Acapulco, la isla de Bocagrande en Colombia,
San Francisco, Los Ángeles... y hasta en el Japón,
O el océano Índico de increíble color,
que acumula altas dunas de arena
entre los eucaliptus de Australia
mientras los hijos de los ingleses deciden
si los hijos de los aborígenes
son o no son, los verdaderos propietarios de sus tierras.
O el de la Costa Azul de Turquía
donde desfilan los hoteles de las Mil y Una Noches
con casinos adornados de espirales en mármol y agua
entre avenidas y fuentes y palmeras de dátiles.
Mares mediterráneos como el Adriático,
el azul Egeo y el mismo Mediterráneo
con su histórica isla de Malta,
de mar transparente y frío,
aunque no tan transparente
como el de algunos balnearios españoles
donde se debe compartir la playa
con los desechos de los barcos
que lavan sus cloacas en los muelles:
plumas de gallina, bolsas viejas de plástico,
y otras cosas... que prefiero no recordar.
Y he podido comprobar también,
que las arenas de nuestro Caribe de siete colores
son suaves y blancas
y se pegan a la piel como harina,
quizá porque los habitantes de sus costas
están desnudos de civilización y artificios.
Nuestros antepasados portugueses
aportaron a mi raza, nueva religión, lengua,
cultura e incultura sin medida.
y deseos muy hondos de vivir y amar
a todas las indias morenas
que encontraron en sus rutas.
La valentía de los lusitanos
se mezcló con el coraje de los caribes,
quienes dieron muestras y ejemplo
de esa ausencia total del machismo
que quedó asentado como tradición y estigma
en las raíces peninsulares
del hombre iberoamericano.
Mientras tanto, como decía el poeta,
las uñas nacaradas
de nuestra gran madre indígena
se calvaban en la espalda
de aquél que le horadaba el vientre
con su espada afilada, rápida y metálica
para dejar sembrada para siempre
la semilla europea en América.
Medio milenio de traspaso de costumbres,
de arribo de barcos cargados de...
lenguajes nuevos, de dioses importados
y necesidades distintas a las conocidas antes,
como la ambición, el honor y el deshonor,
y el poder de la ciencia.
Desde la punta de los Alpes
donde ahora estoy sentada al iniciar mi invierno,
diviso a lo lejos una aldea
que va quedando sepultada bajo sábanas blancas.
El viento silba en mi ventana
un canto escalofriante
mientras zarandea a un árbol
desnudo y membranoso, con la suavidad danzante
de copos blancos rápidos como meteoros,
y ágiles, como plumas que brotan de algún roto
del colchón del cielo, continua y tenazmente,
hasta formar una cobija mullida y fría
que arrope bien los campos, lagos y bosques
de la patria de mi exilio.
El aullido del viento predispone a mi espíritu
en contra del descanso y lo incita a la lucha
pasiva y silenciosa de la pluma,
que araña la superficie deslizante del papel,
con trazos seguros de signos en clave
que porten retóricos y arcaicos mensajes,
como: "El amor es la llave para salvar al mundo".
Y mientras el viento aúlla en mi ventana,
yo sigo escribiendo, yendo y viniendo,
en mis hipotéticos Ires y Venires.
Gloria Serpa-Flórez de Kolbe es colombiana, columnista e investigadora literaria. Residió largos años en Alemania, donde se tradujeron al alemán algunos de sus libros de relatos y la novela corta El ojo de pescado (Múnich, 1988). * IRES Y VENIRES, Alemania, 1995 -Del libro VERSOS LIBRES- enviado a Aurora Boreal® por Gloria Serpa-Flórez de Kolbe. Publicado en Aurora Boreal® Digital con autorización de Gloria Serpa-Flórez de Kolbe. Foto Gloria Serpa-Flórez de Kolbe©Gloria Serpa-Flórez de Kolbe.
Aunque Nueva York es considerada la capital cultural de Estados Unidos, no se puede considerar una ciudad netamente norteamericana. Mientras que Nueva York pertenece ya a una comunidad propiamente global, Chicago es y seguirá siendo una ciudad verdaderamente norteamericana. Chicago es una ciudad de cuello azul en el colectivo nacional, o sea, una ciudad que se enrolla las mangas de camisa y se ensucia las manos.
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