Guille, eso no fue realmente nada

fernando_mansilla_002Hace tiempo que quiero contar la historia de Guille. No porque crea que sea mejor que otras tantas que han ocurrido, sino porque todavía no acabo de entender cómo se puede vivir tantos años pensando algo y luego tener que cambiarlo todo de golpe. En el fondo, probablemente sea algo tan vulgar como no conocer la ley de la gravedad y que salga alguien enterado que te diga que existe. Por esa misma razón también creo que eso que pasó con Guille no fue realmente nada. Pero debe haber también, me digo, otro cara del mismo asunto cuyo verdadero valor todavía no comprendo. Por eso quería contarlo tal como sé que ocurrió y no como otros lo cuentan en el pueblo.


Para empezar, hay que tener en cuenta que Guille era Guillermo, pero nunca nadie lo llamó Guillermo. Todos lo llamaban simplemente Guille. Esto no creo que sea gratuito, porque no es lo mismo Guille que Guillermo, ¿no? Lo de "Guille" le da a quien sea llamado así un aura de juventud e inocencia que ya quisieramos otros que, como el Guille de la historia, hacía bastante tiempo que ya no éramos ni jóvenes ni inocentes, pero a Guille lo veíamos así. Él fue Guille a secas, para todos, siempre, en el garaje que era al mismo tiempo su casa y su centro de trabajo. Y es que para redondear mucho más lo de la juventud, resulta que Guille reparaba bicicletas, que es algo así como ser mecánico en miniatura, pero sin demasiado dinero que cobrar ni clientes entrometidos que quisieran enseñarle a hacer mejor su trabajo. A todos Guille nos reparó la bicicleta en algún momento de nuestra niñez o adolescencia, bien nos cambiaba la cadena, nos reparaba el timón o los frenos. Y eso también infantiliza, supongo. Tanto frecuentar chicos con las rodillas raspadas y niñas con trenzas que van con el papá para que reparen la bici rosada de neumáticos blancos le quita a uno la perspectiva.

Fernando R. Mansilla (Lima, Perú, 1979) cursó estudios de literatura en Perú y el postgrado en filología en España. En la actualidad reside en Estados Unidos, donde ha sido profesor en la Universidad de Carolina del Norte y actualmente en Hobart and William Smith Colleges, en el estado de Nueva York. Entre 2000 y 2001, obtuvo menciones honrosas y segundos puestos en algunos concursos universitarios de relato en su país natal. En años más recientes, se dedicó a la investigación en sus áreas de interés académico. Así, ha publicado dos guías de lectura para estudiantes de bachillerato (sobre Mario Vargas Llosa y sobre el Lazarillo de Tormes), además de artículos y reseñas sobre literatura del Siglo de Oro, colonial e hispanoamericana contemporánea en revistas especializadas. Luego de casi diez años, ha retomado la escritura creativa. Gabinete veneciano es su primera novela.En un libro de psicología, que encontré en el estante de mi hija y tomé prestado sin preguntar, se dice que hay un tipo de persona que se conserva joven pese al rigor de los años. El nombre en latín lo tengo aprendido luego de repetirlo todas las mañanas durante una semana: Puer aeternus. Creo que Guille era un puer aeternus porque cuando frisaba los cuarenta y pocos nadie nunca le calculaba más de veinticinco. Acaso por el cabello alborotado que nunca peinó y me hacía recordar al del Principito según lo pinta Saint-Exupery, acaso porque no tenía preocupaciones familiares ni sociales, como los bachelors que salen en las películas. Ni muy alto ni muy bajo, no tenía dinero, pero tampoco era tan pobre. Cuando uno ha de preocuparse solo de sí mismo y no es dueño de nada a su alrededor, se puede vivir así. Alguna vez yo también viví de ese modo -no es de extrañar: cada uno de nosotros ha sido puer, pero lo hemos olvidado y nos ha faltado el aeternus de Guille-, sin pensar mucho, durmiendo poco y comiendo lo que se encuentra. Así era Guille y yo, que vivía en la esquina de su calle, llegué, a ratos, solo a ratos, a sentir admiración por esa forma de vivir. Modestia aparte, he de declarar que soy dueño de una distribuidora de coches, tractores y camiones suecos, y viajo una vez al año a las convenciones que se organizan en la capital, donde nos brindan almuerzos espléndidos con sabrosos frutos del mar y me distraigo de mis quehaceres familiares por un fin de semana. Junto a Guille, me sentía como Alejandro Magno cuando se encontró con Diógenes, el del tonel, según leí en un Reader's Digest. Cuando pasaba con el coche frente a su garaje y lo veía en la faena de hinchar un neumático mientras mi hijo o un amigo de este soportaba la bicicleta, recreaba la escena en mi cabeza:
- Soy Alejandro y reino sobre todo el mundo conocido, ¿qué puedo darte?
- Rey del mundo, tan solo te pido que te apartes, ¡que me quitas el sol!
Pero alguna vez Guille y yo fuimos amigos y chocamos nuestras copas. Al menos una noche. Hacía muchos años, cuando volví uno de tantos fines de semana, de visita al pueblo. En aquel tiempo yo estudiaba en la capital ingeniería mecánica en una universidad privada llena de muchachos con los que mantenía relaciones distantes pero cordiales, total, no compartíamos mucho. Ahora los veo a veces, cuando voy a la convención que nos organizan los suecos (uno de mis antiguos compañeros de aula es gerente general en nuestro país y me reserva un lugar en su mesa). Los dos días que pasaba en el pueblo una vez al mes eran de gloria. Uno de esos sábados, en que asistía con amigos a los bares a tirar dardos y beber una copa, Guille estaba allí. La conversación fue breve, pero inolvidable para mí, por lo que ocurrió luego aquella misma noche. Estábamos uno al lado del otro en la barra y reconocí en él al muchacho que a veces hinchaba los neumáticos de la bicicleta del repartidor de nuestro negocio familiar (he olvidado decir que mi padre era, en aquel entonces, dueño de una distribuidora de bombonas).
- ¿Tú eres Guille, no? Vivimos en la misma calle. Yo vivo en la esquina, soy hijo de don Manuel. Me llamo Alejandro.
- Hola. No te había visto antes por aquí.
- Es que estudio ingeniería mecánica y solo vengo a fin de mes.
- ¿Ingeniería mecánica? Yo siempre quise estudiar eso. ¿En la capital, no? ¿Cómo es?
- ¿La ingeniería mecánica? Bueno, mira... se trata de aplicar los principios de la ingeniería a todos los instrumentos y las máquinas que...
- No, eso no. Pregunto que cómo es la capital.
- Ah... es enorme, unas diez veces este pueblo. Y tiene una avenida por la que no transitan coches...
- La avenida de la Unión, ¿no?
- Sí, así se llama, ¿has estado allí?
- No, pero he leído revistas, visto fotos y conversado con gente. Con las ganas que tengo de ir y conocerla.
- Pues Guille, yo te la mostraría con mucho gusto, pero se me vienen los examenes finales el próximo mes y mis padres irán a visitarme. Ellos vienen dos veces al año, pero igual ¿sabes?, uno nunca se aburre de la ciudad, siempre hay cosas nuevas.
Guille me miró con ojos de admiración y me propuso un brindis. Estaba por decirme algo más, lo vi tomar aire, pero en ese momento se acercó mi primo Federico para presentarme a una chica rubia que había venido con su hermana a hurtadillas de su familia, según me susurró. Era tan bonita como la secretaria de la facultad, de la que yo estaba enamorado en secreto, solo que un poco más baja. La chica se llama Amelia. Era sencilla y sus padres habían venido al pueblo para montar un restaurante de comida italiana, rubro inexistente hasta entonces.
- ¿Estudias ingeniería mecánica? Qué interesante...
El resto de la noche no me desprendí de ella, tan atraído estaba. Como se podía esperar, no volví a chocarme con Guille y lo que me quería decir no lo supe entonces. Si recuerdo la conversación es porque Amelia también me preguntó por la ciudad y a ella pude describírsela más y mejor. Le propuse que me visitara y en principio me dijo que sus padres no la dejarían. Le dije que podría acompañarla su hermana, que así tal vez aceptarían. Ella no dijo ni sí ni no, pero sonrió igual que la señorita Duchamp cuando el decano la llamaba a su despacho.
Ahora que lo pienso, Guille y Amelia tenían algo en común esa noche. Ambos querían ir a la ciudad y encontraron a alguien que venía de allí para contarles cómo era. La diferencia radica en que ella la conoció muchísimo más pronto que él. Es cierto que sus padres nunca aceptaron que fuera para vernos allá, con o sin su hermana, inclusive luego de ser novios formales. Es más, solo pudimos hacerlo cuando, tras acabar la carrera y recibirme de ingeniero, me casé con Amelia y fuimos a la capital de luna de miel.
Pero me estoy adelantando a los hechos. El caso es que me casé con Amelia, concebimos dos hijos, César Alejandro y Amelia Teresa (los nombres los escogió mi esposa), y montamos una empresa, pequeña todavía (solo opera en nuestro pueblo y los vecinos, pero pronto arriesgaremos en el extrarradio de la capital), aunque bastante próspera como para que podamos vivir holgadamente. Tenemos dos coches suecos que cambiamos cada dos años, nuestros hijos estudian en colegios bilingües y hemos abierto una cuenta de plazo fijo para que estudien en la universidad en unos años más.
Todo este tiempo nuestra vida transcurrió en paralelo a la de Guille, en la misma calle, ya que mis padres nos legaron la casa. Pero mientras la existencia de Guille parecía inmóvil, siempre en el garaje abierto, atendiendo reparaciones, hinchando neumáticos, charlando con los chicos -primero mis amigos y yo, luego nuestros hermanos menores, ahora nuestros hijos- sobre música rock (los de mi época nos quedamos en Yes y Supertramp, él escaló hasta The Police y grupos de ahora cuyos nombres ya no me dicen nada), deportes y lo hermosa que es la ciudad (según me dice mi hijo, Alejandro junior, Guille hablaba todo el tiempo de ella y de ir algún día); la vida que emprendimos Amelia y yo pasó por muchas etapas. Primero, la convivencia, luego la crianza de los niños, su crecimiento, mis dolores repentinos de espalda o mis viajes a la capital para las convenciones, todo eso lo vivimos ambos hombro a hombro, como socios en la empresa que, de alguna forma, es el matrimonio. Cuando Amelia sintió malestares y el médico nos habló de la premenopausia, comprendí que estábamos en el umbral de la adultez. A todo esto, Guille era uno de los mejores amigos de mi hijo y, como el tío favorito inexistente que era entonces (soy hijo único y Amelia solo tiene una hermana), inclusive le daba, seguramente, consejos para ligar con chicas, o al menos le impartía en esas charlas de sábado por la tarde las grandes máximas de vida que imparte un filósofo cínico dueño de nada que se gana un plato de comida con las uñas negras y grasientas. No obstante, Guille era cortés y siempre me saludaba con un gesto cuando me veía pasar en el coche. Yo esperaba ese gesto con expectativa y solo entonces se lo devolvía.
Así, convivíamos en una paz casi familiar, que vino a cambiar la persona menos esperada: mi cuñada. Por uno de esos vericuetos de los testamentos y las sucesiones, el garaje de Guille era propiedad de unos tíos lejanos de Amelia. Ellos habían muerto y habían legado la propiedad no a mi esposa, que nunca los había ido a visitar, sino a su hermana Deolinda, quien sí había cultivado el vínculo familiar con ellos, a sabiendas de que no tenían hijos ni otros parientes cercanos. Total, que a costa de pastelitos y paseos al sol en la plaza mayor del pueblo, mi cuñada se vio dueña de aquel garaje cuyo alquiler los dueños habían olvidado cobrar hacía muchísimos años, conformes con que aquel chico que lo regentaba lo cuidase a la espera de darle mejor uso (cosa que no alcanzaron siquiera a plantearse).
Ahora debo decir un par de cosas de mi cuñada. La primera es que, siendo dos años mayor que mi mujer, es aún soltera y amante de las dietas, las cuales abandona a los tres días de iniciarlas. La segunda es que es de esas personas a las que, como dice el libro de psicología de mi hija, siempre les faltó afecto. Bastará con decir que todo el pueblo la conoce como "la hermana de Amelia" o "la cuñada de don Alejandro" (ahora, por las canas que ya me han aparecido, usan conmigo el "don"). Cabe sumar a ello su condición de eterna chaperona, primero de su hermana, ahora de mi hija, y se tendrá una imagen más que completa de ella.
¿Qué hace alguien como Deolinda con una cuota de poder? No es necesario haber estudiado para saberlo. Amelia dijo que echaría a la calle a Guille como a un perro. Yo, a sabiendas de que de ese tipo de persona se puede esperar cualquier cosa, permanecí en silencio. Como sabía que Deolinda no confiaba en mí como para contarme algo, fui a ver a Guille con la excusa de pedirle asesoría para comprar una bicicleta montañera.
- Es para el cumpleaños de mi hija Amelia Teresa -siempre pensé que los dos nombres juntos suenan como algo majestuoso-, que quiere ir de excursión con las chicas de su club. Es secreto, eh, confío en ti.
- Ah... -se notaba preocupado, porque había apagado la música y sudaba a mares en una tarde que no merecía la pena-. Bueno, mire, estoy por estos días atareado con los asientos de una bicicleta que tengo que adaptar... creo que si viene...
- Guille, túteame con confianza, ¿no te acuerdas de que bebíamos cerveza juntos hace un montón de años? Hombre, cuánto tiempo ha pasado... a propósito, ¿todavía pagas la hipoteca del garaje? -astutamente, aproveché la mejor oportunidad para ir al grano.
- Sí, ya me acuerdo, hablamos sobre la ciudad y la ingeniería mecánica. ¿Llegaste a ejercer la carrera?
- No te voy a negar que tuve varias propuestas para quedarme allá para trabajar en empresas, pero no las acepté. Yo soy un hombre de pueblo, Guille, como tú. Somos iguales, amigo mío, siempre aquí, viviendo en la misma calle.
- ¿Sí no? Aunque ahora ha venido una gorda que dice que es la dueña, después de tantos años... pensé que nunca ocurriría. Cuando uno cree que algo no puede ocurrir, entonces ocurre. A la vida le gusta jugar así, me imagino.
- ¿Quién dices que ha venido?
- Es la señora Deolinda, que quiere cobrarme por los veintitantos años que llevo aquí. No sé en qué acabará eso... Podría mudarme, ¿no? Podría irme a la capital, total, la conozco mejor que nadie y nunca he estado allí.
- Mira, Guille, la capital no es nada del otro mundo. Yo he vivido en ella mis cinco años de carrera y voy todos los años para la convención anual de la Volvo. No te pierdes de gran cosa. ¿Y qué solución te da la dueña?
- Por ahora nada, solo me dice que la llame por teléfono cuando pueda, para ir a comer y charlar sobre el garaje.
Así que le había dejado su número y ofrecido comer juntos. Esto ratifica aquello de que el poder no basta y que todo el mundo necesita amor. Al inicio no lo creía, pero lo confirmé cuando, a la semana, el dueño de un restaurante que vino a verme para comprar un coche nuevo me comentó que vio "a su cuñada, don Alejandro, que nunca recuerdo cómo se llama y por eso no la saludé, pero la vi, sabe, con Guille, el del garaje, ¿se imagina?". La cosa fue a mayores cuando escuché a mi hijo conversando con un amigo suyo por teléfono, poniéndolo al tanto del pequeño escándalo que giraba en torno a Guille: salía con Deolinda, mi cuñada, y de repente había empezado a usar camisas (que ella le compraba, por lo que me dijo una dependienta) y pantalones que no eran vaqueros. El garaje empezó a estar cerrado los fines de semana, porque Deolinda lo llevaba en coche a la montaña o al cementerio a visitar la tumba de los tíos lejanos, los dueños originales del garaje, a los que ella consideraba como sus segundos padres. ¿A dónde iba todo? No era difícil adivinarlo cuando, como es mi caso, se tienen contactos y amistades extendidas por todo el pueblo. Cuando Deolinda y él fueron a una joyería a escoger los anillos (el de mi cuñada debió ancharse para que le entrase en el dedo) lo supe a los pocos minutos de que se retiraron y hasta me enteré del valor del cheque emitido por mi cuñada. Que una mujer compre su propio anillo de bodas puede provocar la risa inmediata a algunos, pero a mí me sumió en una depresión profunda.
Oficialmente, solo me enteré del noviazgo y la fecha de la boda un mes después de la compra de las alianzas. Con todo, no comprendí por qué ni Amelia ni yo fuimos considerados como padrinos. Deolinda prefirió al médico que le proponía las dietas y a una amiga de su club de bridge de los viernes por la noche. La gran sorpresa de la boda fue descubrir el apellido de Guille: era el mismo de mi suegra y, atando cabo sueltos, resultaba ser primo, en segundo o tercer grado, de Amelia y por ende, tío, aunque lejano, de mis hijos.
Tras la ceremonia hubo una fiesta en un salón de bodas nuevo que, para proseguir con las malditas coincidencias, había sido construido sobre el lugar donde estaba aquel bar en que conversé con Guille por primera vez. Costó bastante escabullirme de la gente que me acosaba con su charla (hay gente tan descortés que asiste a las reuniones para hablar de negocios), pero al fin pude llegar a la mesa de los novios. Deolinda pedía al fotógrafo que les disparase fotos con cada invitado que se acercaba a saludarlos. Guille estaba en silencio, con la corbata torcida y muy lastimado por las luces. Además, agitaba nerviosamente un vaso de whisky con hielo que bebía a sorbos pequeños, para hacerlo durar mucho.
- ¡Albricias, Guille! Resulta que éramos parientes y ahora lo somos más.
- Así lo parece -empezaba a tener los ojos inyectados-, ¿sabes dónde está el baño?
- Sí, pero no le digas nada a Deolinda, déjame a mí decirle que te voy a presentar a unos socios que venden bicicletas.
En el baño, Guille descargó no solo el whisky, sino toda la cerveza que, para darse valor, me confesó haber bebido a escondidas durante la mañana. Yo lo miraba atento, admirado de cómo el traje, pese a ser de su talla y estar perfectamente planchado, no le encaja en absoluto. Parecía un disfraz de carnaval. Mientras él se lavaba el rostro, aproveché para preguntar lo que me intrigaba desde hacía un buen tiempo:
- ¿Cómo te enamoraste de ella?
Pero Guille no me escuchaba, sino que se daba de golpes en la cara con las palmas de las manos rebosantes de agua, estirándose la piel. Ahora estaba como un perro mojado. No me hacía caso, tan concentrado estaba en zafarse de la borrachera. De repente me miró con esa cara que yo le veía por primera vez demacrada y me dijo:
- Este baño es el mismo del bar, ¿te has dado cuenta? Lo han mantenido.
- Claro, ya lo veo. Pensé que era el único que recordaba que antes hubo aquí un bar en el que tirábamos dardos y bebíamos los fines de semana.
- ¿Recuerdas que conversamos una vez y brindamos?
- Claro, lo recuerdo bien. Inclusive, tú ibas a decirme algo, ¿no? Pero me llamó mi primo Federico y ya no pude volver a verte esa noche. ¿Qué era?
- Eso... pues, una estupidez. Ya no viene a cuento. Es de esas cosas que si no se hacen en su momento pierden todo sentido más tarde.
- ¿Era sobre la capital, no? -deduje en ese momento rápidamente.
- No fue realmente nada, créeme.
Entonces, bajó los ojos y pensé que el desgraciado tenía vergüenza porque había puesto al descubierto su gran sueño roto. "¡Pobre Guille!", dije para mí mismo,"Se ha dado cuenta de que está tan viejo como yo, que ha vivido sin darse cuenta y ahora se ha casado tarde y mal, pero sobre todo que su deseo de ir a la capital no se cumplirá nunca, porque Deolinda lo tiene sojuzgado y probablemente acabe pidiéndome que le dé algún empleo o que se lo pida a un conocido mío". Entonces lo cogí del hombro y le dije, totalmente entregado:
- Sí, estoy seguro de que no fue realmente nada.
Retornamos a la fiesta y no volvimos a hablar. Al poco rato, Amelia me pidió que nos retirásemos, porque le dolía la cabeza. Hubiera querido seguir allí para acabar de ver el ocaso de Guille en su clímax cuando subieran al coche de recién casados y se fueran a la casa de los tíos fallecidos a consumar su unión; no obstante, misericordioso con el derrotado y sin cuestionarme la indisposición de Amelia, me retiré a mis cuarteles no sin antes sentar las bases de una sociedad con un inversor ducho, en busca de realizar mi ansiado sueño de poner una sucursal en la ciudad.
Fue una lástima perderme el resto de la fiesta, porque nadie pudo describirme exactamente como me la imagino la cara de Deolinda cuando, estando por partir, descubrió que Guille se había escabullido de su vista durante los cinco minutos que ella le dio tregua para cambiarse esos zapatos blancos altos que le estaban taladrando los talones. Mi cuñada quedó soltera de hecho y denunció la desaparición. La policía hizo lo que pudo, me consta, pero la desidia del comisario del pueblo, más preocupado en comprar de oferta un nuevo coche de marca sueca, acabó por archivar el caso.
Así se sepultó la vida real de Guille en nuestro pueblo y empezó su leyenda. Muchas cosas se han dicho respecto de él: que se perdió en la montaña, que Deolinda lo encontró y lo mató, que él se suicidó. Incluso hay quien dice que lo ha visto en un pueblo vecino reparando bicicletas de otros. Me extraña que nadie hasta ahora haya pensado en lo obvio, salvo yo. Será porque a la gente le gusta albergar la imagen romántica del soñador que nunca consigue su ideal. ¿Por qué no podría estar en la ciudad, tal como él lo deseaba? Total, ahora que ya estaba muerto en la mente de todos en el pueblo, nada lo ataba a él, ni siquiera ya el afecto de nuestros hijos, que, bien pronto, trocaron las bicicletas por las motos Vespa. Y es que para los jóvenes es fácil olvidar.
En una de las últimas convenciones de la Volvo, mi ex compañero de la universidad me invitó a cenar en el céntrico hotel donde estábamos hospedados los que veníamos de las provincias. Estábamos bebiendo unas copas en compañía de sus dos secretarias (él me dice que ahora en las grandes empresas se estila tener dos, ya no una), quienes habían renunciado a tomar apuntes y nos alegraban con su presencia. En algún momento de altas carcajadas me distraje y miré por la cristalera a la calle iluminada. Estábamos en el centro de la ciudad y a esas horas ya solo pululaban los mendigos y recicladores. Entonces vi a Guille empujando un carrito que llenaba diligentemente de latas. No podía no ser él. Desperté como de un sueño y, poniendo una excusa, salí a buscarlo.
Me reconoció y conversamos sin problemas. No hablaré de su fuga ni de su llegada a la ciudad, porque eso lo puede imaginar cualquiera que haya leído libros y visto películas: un asalto a mano armada apenas pisó sus calles, estancia breve en un hospital, mendicidad, un amago de alcoholismo y adaptación final como reciclador. Nada de lo que le pasó era original. Lo único que merece ser rescatado de esa charla a la luz de las farolas de la avenida de la Unión, que él había visto en sueños tantas veces en nuestro pueblo, es esto:
- Lo he pensado mucho, Guille, y ya sé lo que me ibas a decir sobre la capital, ahora que estamos aquí...
- La verdad es que yo no te iba a preguntar nada sobre la ciudad. Te iba a hacer un comentario sobre la chica rubia que acababa de entrar al bar. Te iba a decir que había salido con ella el sábado anterior y ahora venía a buscarme y yo no sabía cómo quitármela de encima... me había dicho tantas cosas... No fue realmente nada, ¿lo ves? No fue realmente nada.

Entonces vi nuestras vidas, la de Guille, la de Amelia, la de Deolinda y la mía, las cuatro juntas, desde aquella remota noche, pasando rápidamente frente a mis ojos como una película. No supe qué decir. Tan solo repetí muchas veces "No, Guille, eso no fue realmente nada" mientras me alejaba de él y entraba al hotel. Una de las jóvenes secretarias, creo que la más bonita, cruzó las piernas cuando me vio. Yo hice una especie de mueca que quería ser sonrisa, empecé a tener ganas de estar ebrio y pedí whisky para todos.

Guille, eso no fue realmente nada enviado a Aurora Boreal® por Fernando R. Mansilla. Publicado en Aurora Boreal® Digital con autorización de Fernando R. Mansilla. Foto Fernando R. Mansilla©Carlos Villacorta.

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