-¡ A ver con qué demonios nos va a salir ahora don Everardo!
- ¡ Qué daría yo por saber lo que se está tramando!
-¡ A lo mejor nos van a informar sobre la construcción del nuevo matadero!
¡Cuán lejos de la realidad estaban todos, pues lo que se avecinaba desafiaba los límites de la fértil imaginación pueblerina!
Jorge Kattán Zablah. Cuentista y ensayista salvadoreño. Abogado (Chile) y Doctorado en Letras por la Universidad de California en Santa Bárbara, California. Autor de las siguientes colecciones de relatos: Estampas pueblerinas, Acuarelas socarronas, Por el carnaval de la vida, Cuentos de Don Macario y Pecados y pecadillos. Director emérito del Departamento de Español, Defense Language Institute, Monterey, California. Sobre su obra se han escrito numerosos ensayos y se han dictado conferencias. Es miembro correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Lengua y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.
Llegada que fue la hora indicada, el alcalde, luciendo su traje dominguero y acompañado de su señora esposa, dona Clotilde, les dio órdenes a tres fornidos alguaciles de que bajaran de una carreta tirada por bueyes un pesado bulto que acababa de arribar de la capital. Al ser depositado en el suelo, todos los presentes pudieron constatar que el fardo venía embalado en una amorfa caja hecha de madera de pino, la cual, a su vez, estaba visiblemente marchamada y asegurada con flejes de acero bien sellados.
Fue menester recurrir a la ayuda del martillo y de las tijeras de hojalatero para poder extraer el contenido y hubo de transcurrir más de media hora antes de que quedara al desnudo aquello que tan protegido venía.
El público, atónito por el artefacto que ahora tenía ante sus incrédulos ojos, había enmudecido por completo y no emitía ni siquiera un tímido murmullo. Y con sobrada razón, pues el aparato parecía ser una máquina infernal engendrada en los talleres del Angel Caído. Incluso, los más pesimistas creyeron reconocer en dicho apocalíptico instrumento al mismisimo Lucifer, cosificado, anunciándoles de esa forma peregrina y burlona la inminencia del Juicio Final y, a la vez, extendiéndoles a través de tal engañifa, una invitación a hospedarse en las calcinantes y tenebrosas habitaciones de su demoníaco palacio.
La tensión aumentó de intensidad cuando los alguaciles colocaron al lado de la máquina dos docenas de objetos cilíndricos envueltos en papel, que tuvieron por efecto el confirmarles lo que todos temían; es decir, de que algo horrible y desastroso estaba a punto de acontecer porque aquellos cilindros no podían ser otra cosa que balas de cañón. Se notó entonces una acusada consternación en el rostro de los circunstantes, quienes dieron por sentado que lo que estaban presenciando eran los preparativos para una guerra, o cuando menos, para una revuelta sangrienta.
El alcalde, exhibiendo el pecho henchido de pura vanidad, con gran parsimonia y prosopopeya empezó luego a explicarles a los deslumbrados lugareños cada una de las partes de aquel estrafalario objeto, valiéndose para esos efectos de un largo puntero:
-Este alucinante aparato que ven aquí ha sido fabricado con porcelana de finísima calidad... Este es un tanque o cisterna que, como pueden apreciar, está provisto de una palanquita para hacer que circule el agua por todo el interior del artefacto... Aquí está la taza, que viene con su asiento y tapadera... Aquí...
Y de esta manera continuó don Everardo describiendo con lujo de detalles el singular aparato hasta llegar a un punto en que, visiblemente embargado por la emoción, exclamó:
-Señoras y señores, esta maravillosa y reluciente máquina sin duda alguna provocará en nuestra egregia comunidad una verdadera revolución en materia de salubridad, porque este extraño objeto, que los tiene a todos ustedes tan perplejos, no es otra cosa que un moderno retrete, al cual, desde este momento bautizaremos con el cristiano nombre de inodoro, porque se supone que elimina los malos olores.
En seguida y sin soltar el puntero, el alcalde agregó:
Y estos cilindros que a ustedes con segurridad les han parecido proyectiles balísticos, créanmelo o no, son rollos de papel higiénico, un papel que tiene la doble virtud de disolverse mágicamente en el agua y de no manchar las posaderas, como nos ocurre hoy día con la tinta del papel-periódico que utilizamos tales menesteres.
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Abandonemos por unos instantes a los testigos oculares de este famoso acto oficial y dejémoslos a merced de la verborreante elocuencia del señor alcalde para puntualizar aquí que en los tiempos en que estos hechos tienen lugar el excusado o retrete estaba albergado en una caseta localizada a varias varas de distancia de la casa principal; de modo que en los días invernales nadie se libraba de mojarse de pies a cabeza en los viajecitos que hacía para ir a obrar,es decir, para aligerarse el cuerpo. Fuera de esta incomodidad, era amenaza y un constante peligro para la salud pública tanto por el mal olor que producía como por ser un criadero de moscardones, cucarachas, chinches y ratas, amén de tarántulas, alacranes y murciélagos.
El inodoro, pues, venía a resolverle un tremendo problema al hombre que, como nadie puede ignorar, es el animal más cochino del universo. De este modo, aunque la cultura tardaría varios lustros en asomar las narices por aquellas latitudes, la civilización, en cambio, arribó tempranamente a Cojontepeque, revistiendo la risueña forma de un retrete de nívea y resplandeciente porcelana.
Y ahora, ¡retomemos el hilo de nuestra historia!
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Cuando el alcalde terminó su perorata, alguien le hizo la siguiente pregunta:-¿Quiere decir todo esto que vamos a instalar el inodoro en la misma caseta del excusado ?
-¡De ninguna manera !- respondió en forma tajante don Everardo. Y prosiguió:
-Yo me he dado de voluntario para que este primer inodoro se instale en mi propia casa... Mañana mismo vendrá a mi hogar una cuadrilla de jornaleros para cavar una zanja por la que correrá una cloaca hecha de tubos de barro y que irá desde mi casa hasta la quebrada del Coyol. Por esa cloaca navegarán alegremente las inmundicias de mi familia, en vez de quedar estancadas en el hoyo del retrete, que es lo que nos ocurre en estos días.
A todo esto, dona Clotilde, que desconocía estos detalles del plan, picada por curiosidad, le disparó a su ma rido este ballestazo a quemarropa:
-Mirá Everardo, si vos decís que el aparato no se va a instalar en una caseta, ¡yo quiero saber dónde demonios lo pensás poner!
-Pues lo voy a instalar dentro de la casa... En el baño, al lado de nuestro dormitorio.
Oír esto doña Clotilde y perder los estribos fue un solo acto, pues, a grito pelado se dirigió así a su marido:
-Mirá viejo lépero... ¡Qué me parta un rayo, pero lo que soy yo, jamás consentiré que alguien haga sus porquerías dentro de mi casa y ya no digamos en mi propio dormitorio! Primero me divorcio, viejo degenerado...
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Así de caldeados estaban los ánimos, cuando entró a terciar en el espinudo asunto don Macario Cárcamo, Cronista oficial de Cojontepeque y a quien en todo el pueblo se le atribuía la virtud de ser la voz de la cordura.
-¡Señores-exclamó el anciano-hay que comprender que el progreso siempre ha provocado revuelos como el que ahora presenciamos. En estos casos, yo de manera invariable receto la misma medicina: paciencia, pues sólo es cuestión de acostumbrarse.
Ahora bien, da la extraña casualidad de que ahora mismo traigo aquí, debajo delbrazo, la gaceta capitalina en la cual aparece un relato que tal vez nos venga como anillo al dedo y que a mí me encantaría leerles.
Toda la concurrencia aceptó con agrado la generosa oferta de don Macario y De inmediato se sentaron en el engramado, formando un semicírculo y dispuestos a escuchar lo que el anciano les había prometido.
Sin pérdida de tiempo, el Cronista se caló las antiparras y dio comienzo a la lectura con su habitual timbre doctoral:
HISTORIA DEL REY INVISIBLE
Erase una vez en Inglaterra un rey a quien raras veces se le veía de pie porque prefería estar acostado en su camastrón imperial. Eso sí, en esa perpetua posición horizontal siempre se encontraba bien acompaiñado, pero no de su fiel esposa, la bondadosa reina Catarina, sino de bellas y apetitosas cortesanas, tales como Lucy Walter, Elizabeth Killigrew, Catharine Pegge, Nell Cwynn y muchas otras.
Este lujurioso monarca, que Carlos II tenía por nombre, vivió entre los años 1630 y 1685. Empero, debido a que casi nunca se le veía asistir a los tradicionales desfiles, a los torneos y justas reales y a los frecuentes festivales, sus súbditos lo suponían muerto, invisible, o afectado por la parálisis, enfermedad muy común entre la realeza europea de aquellos tiempos. Y no andaban muy descaminados en su lógica, porque un rey que no se dejaba ver era lo mismo que un rey que no existía. Pero lo cierto es que Carlos II se hallaba vivito y coleando, refocilándose en su célebre camastrón y no era ni tullido ni mucho menos invisible, como muchos aseveraban.
Un día de tantos, su médico de cabecera, al irrumpir en su recámara, lo encontró solo,-cosa inaudita-, hecho un mar de lágrimas y con la moral por el suelo. La verdad es que el galeno se alarmó en g rado sumo porque él, como todos los súbditos de aquel reino, creía que los monarcas no podían llorar.
-¿Qué acontece a Vuestra Majestad?- interrogó tímidamente el médico.
Y el rey, enjugándose los lagrimones en un fino pañuelo de seda importado de la China, luego de recuperar su aplomo, le contó, de la mejor manera que pudo, aquello que tanta amargura le causaba.
Comenzó diciéndole en esa triste oportunidad que su lasciva conducta había traído consigo el desprestigio de la Corona debido, sobre todo, a la enorme cantidad de vástagos ilegítimos que había procreado. Suele decirse en sentido figurado, agregó, que un monarca debe de ser como un padre para sus súbditos, pero en mi caso me atrevo a afirmar, sin recurrir a eufemismos, que yo de veras soy el progenitor de casi todos los habitantes de mi reino. Le explicó, luego, que aunque él adoraba con amor entrañable a cada uno de sus hijos bastardos, eran tantos esos vástagos engendrados en forma extramarital y cincunfleja que el Tesoro del reino no podía soportar tanta carga pecuniaria. No había modo, por consiguiente, de que él estuviera en condiciones de cumplir con los cánones tradicionales, los cuales ordenaban que había que dotar a cada hijo de un ducado o un condado para que pudiera vivir con holgura el resto de sus días. Por eso, y pese a que los quiero a todos por igual, sólo me he podido dar el lujo de reconocer a doce de ellos.
Lo que el rey le dijo a continuación a su médico de cabecera le produjo a éste verdaderos escalofríos:
-Lloro y no me avergüenzo de ello... Lloro con ganas porque tengo el corazón adolorido y destrozado de tanta culpabilidad... Y sólo tú puedes salvarme. Quiero-indicó alzando la voz- que encuentres el remedio que impida que el número de mis hijos ilegítimos continúe en grosero y espantoso aumento. Y sentenció:
-Te doy una semana para que me me traigas el remedio... Si quieres seguir conservando la cabeza unida al resto de tu cuerpo. ¡Cumple! ¡Recuerda que te he dado sólo una semana!
El asustado doctor abandonó la recámara real con la convicción de que no le quedaba más que una semana de vida ya que él jamás había tropezado en sus múltiples tratados de medicina con remedios para combatir la lujuria y el exceso de fertilidad. Sus días, pues, estaban contados . Recomendarle al monarca abstinencia o su retiro a un convento, que eran las únicas dos opciones que se le ocurrían, sólo serviría para desencadenar su iracundia imperial porque tales cosas las podía sugerir cualquier mortal con dos dedos de frente, pues era lo que indicaban la lógica y el sentido común. Era evidente que el rey deseaba otra solución. Pero como dicen que la adversidad aguza el ingenio, el médico recordó desde el fondo mismo de su desesperación la gran afición por la música que profesaba el monarca y muy en especial por el violín. Evocó igualmente el recuerdo de haber visto al músico de la corte, Pelham Humfrey, hacer cuerdas de violín y viola a base de tripas de gato y creyó de inmediato haber encontrado la clave para resolver su su problema.
Al día siguiente el doctor se presentó en la recámara real portando un plato de exquisita porcelana en el cual yacía un húmedo y fresco pedazo de intestino de gato casero que él había suturado en uno de sus extremos.
-Vuestra Majestad- expresó con voz temblorosa-. ¡ Aquí tenéis lo que me habéis pedido!
-¡Por Belcebú! ¡Voto a Zanes! ¿Qué significa, hideputa, esta repugnante membrana sanguinolenta que me has traído?
-¡Cubrid vuestra Majestad el órgano reproductor con esta vaina cada vez que os entreguéis a los delirios del sexo y asunto acabado... !
No alcanzó a decir más. El doctor, que Condón tenía por apellido, fue ipso facto arrastrado por dos forzudos miembros de la guardia real hasta la más próxima mazmorra. Según órdenes del monarca, allí permanecería hasta que llegara el momento de su ejecución.
Asi fue castigado el médico de modo ejemplar por aquello que el rey tomó como el peor insulto de que él jamás hubiera sido objeto en su vida.
Sin embargo, esa misma noche y por si acaso el descabellado del doctor Condón tuviera un granito de razón, el monarca hizo de tripas corazón y utilizó la asquerosa membrana para envainar su tubérculo reproductor al refocilarse con su amante Lucy Walters, quien, dicho sea de paso, ni por pienso se enteró de que le acababan de meter gato por liebre. La verdad es que al rey no le agradó mucho cubrirse la protuberancia real con aquel gelatinoso tejido intestinal felino, pero como siempre le asaltaba aquella duda de "¿Y qué si mi médico estuviera en lo cierto ? ", de muy mala gana continuó utilizando la tripa con todas las otras primorosas cortesanas hasta que por fin se acostumbró a ella, al grado de que ya nunca más pudo entregarse a los placeres de Venus sin recurrir a la famosa membranita.
Fue entonces que el rey decidió concederle a su doctor dos meses más de vida. Había demostrado este gesto de magnanimidad para con él porque no quería cometer una irreparable injusticia y arrastrar en su conciencia un profundo y eterno remordimiento.
¿Y cuál no sería la gran sorpresa de Carlos II al darse cuenta de que, gracias a la membranita, ninguna de sus amantes había salido embarazada en los últimos dos meses?
Tan pronto se enteró de tal acontecimiento se puso de tan buen humor que mandó sacar del calabozo a su médico de cabecera, condonándole así el castigo, y a quien, en una gran fiesta palaciega no só1o lo elevó a la categoría de Caballero del Rey sino que , además, por decreto real, se le otorgó el nombre de "condón", en honor a su inventor, a la prodigiosa tripa que le había salvado la vida.
Cuando los súbditos del reino vinieron a caer en la cuenta de lo que sucedía en palacio, todos los hombres mayores de dieciséis años se pusieron frenéticamente a ensayar el mismo experimento, porque nadie quería ser menos. Hicieron la heroica y gloriosa prueba el cancerbero y el bufón, el aide de camp y el charlatán, el alabardero y el sacristán, el espadachín y el cerrajero, el lacayo y el estrellero; en resumidas cuentas, todos. Y aunque al principio muchos sintieron alguna incomodidad, con el transcurso del tiempo ya nadie pudo entregarse a los placeres horizontales sin envainar su protuberancia en una de aquellas maravillosas membranitas felinas.
Y, aparte de que Carlos II y su médico llegaron a trabar una íntima amistad, el rey, en señal de eterna gratitud, instaló en su reino el más grande criadero de gatos del planeta, cuya administración, con poderes absolutos, entregó al doctor Condón.
Y colorín, colorado, esta Historia del rey invisible se ha acabado.
Aquí puso el Cronista punto final a la lectura del relato, no sin antes exhortar a los lugareños a que dedujeran sus propias conclusiones.
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Hay que dejar constancia de que aunque los circunstantes no comprendieron con exactitud milimétrica el sentido de aquellas floridas palabrejas, retorcidas oraciones y arabescos linguísticos del cuento, intuyeron con claridad el mensaje, coligiendo que el progreso invariablemente encuentra al principo enormes obstáculos en su
camino, pero que al final siempre sale triunfador. Barruntaron, de la misma manera, que así como la membrana de marras, que en principio había sido inventada para impedir la proliferación de hijos ilegítimos, había terminado trayendo otros valiosos e incalculables beneficios, tales como evitar la propagaci6n de las enfermedades venéreas, así también el inodoro, que ahora só1o serviría para desembarazarse de las inmundicias ventrales, tal vez en un futuro no muy lejano se utilizaría en formas no menos provechosas.
Y como en tantas ocasiones anteriores en que don Macario Cárcamo había intervenido para desfacer entuertos, en esta oportunidad su divertida y aleccionadora historia produjo los efectos de un mágico bálsamo. Doña Clotilde, que hacía unos pocos minutos amenazaba a su marido con el divorcio, ahora, en cambio, sólo eran zalemas con él, al punto de que hasta tuvo el atrevimiento de depositar un cálido, jugoso y prolongado ósculo en la mejilla izquierda del señor alcalde. Y lo hizo, muy a pesar de que ella siempre había considerado que los besos en público constituían una escena reprochable y repugnante, digna de Sodoma y Gomorra.
Tan sobrecogida por la emoción estaba dona Clotilde que le pidió permiso a su marido para hacer uso de la palabra con el propósito de desahogarse:
-Perdonen mi falta de modestia, pero yo deseo ser el primer mortal de nuestro pueblo en usar este artefacto...Y para que quede constancia de mi atronadora participación en ese sonado hecho histórico, lo pienso hacer en presencia de diez testigos oculares... Y les extiendo aquí mismo mi más sincera invitación a todos los testigos de oídas que quieran honrarme con su asistencia a ese homenaje al mejoramiento de la salubridad de la localidad; eso sí, tendrán que estar aparapetados a la distancia prudencial que disponen las estrictas ordenanzas municipales en materia de pudor y recato femeninos.
Hizo aquí doña Clotilde una breve pausa para tomar aliento y en seguida, alzando la voz, continuó:
-Propongo que cuando se imprima el próximo folleto turístico de Cojontepeque, además de la foto de la iglesia, de la alcaldía y de nuestro balneario de aguas medicinales, se incluya el retrato de este glorioso inodoro... Y yo prometo que a todo aquél que se aventure a venir a nuestro pueblo le permitiré la entrada en mi
casa, por una módica suma de dinero, para que pueda admirar este aparato que tanta conmoción ha provocado entre nosotros.
El aplauso que siguió a la oportuna alocución de la mujer del alcalde fue estruendoso, pues sus elocuentes palabras habían dejado a todos los moradores de Cojontepeque con la convicción de que acababan de intervenir en un acto cívico de formidables proporciones y de que el gobierno local no podía estar en mejores manos.
Es cuestión de acostumbrarse enviado a Aurora Boreal® por el cuentista y ensayista Jorge Kattán Zablah. Foto Jorge Kattán Zablah © Sharon Richmnod de Kattán. Los cuadros son del pintor Diego Arango Arango. En orden: Treinte y tres estrellas©Diego Arango Arango 170x170 cm. Técnica mixta. 2011. Cuarenta y un estrellas©Diego Arango Arango 170x170 cm. Técnica mixta. 2011. Para saber más de la obra de Diego Arango Arango pulse aquí.




