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Puro Cuento

Pablo Valle - "Reader"

pablo valle 010Qué gran invento estos boliches que están abiertos las veinticuatro horas en las estaciones de servicio, pensó Carlos. Tienen muy buena luz para leer. Mucho ruido, también, pero todo no se puede. A él no lo distraían fácilmente. Además le gustaba que lo distrajeran. Ver entrar y salir clientes de los tipos más diversos: taxistas, parejitas, trabajadores de turno noche. Le gustaba mirar a la gente de paso. También ojeaba de vez en cuando el televisor que colgaba en una esquina, pero no mucho, no le interesaba el boxeo ni ningún otro deporte que pudieran pasar a esa hora. Leía un rato, levantaba la cabeza cada tanto, al azar, daba un vistazo a su alrededor y volvía a la lectura. Había desarrollado una habilidad especial para desplazar la vista del libro y volverla a posar exactamente en la misma línea, en la misma palabra, como un juego. (Había desarrollado esa habilidad en ese tipo de lugares, bares o cafés, buscando chicas, miradas de chicas.)

En realidad, esa noche no tenía exactamente un libro sino un reader para e-books. Estaba encantado con el aparatito. Navegaba caprichosamente por los cien libros que tenía cargados, en varios idiomas. Agrandaba la letra hasta que veía de lejos. Subrayaba, tomaba notas. Se reía solo, para adentro, de su nueva manía, tanto se había resistido. Y también había tardado un poco más en decidirse a salir a la calle con él, por miedo de que se lo robaran, pero al final lo hizo. Era un barrio tranquilo, nunca le había pasado nada raro, tenía que tener mucha mala suerte.

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José Prats Sariol - Damajuana de aguardiente

jose prats 095Inédito

Para Raymond Chandler, por A couple of writers

 

Capítulo inédito de novela en preparación

“Los escritores deben mirarse directamente a los ojos y, si no ven nada, eso es lo que tienen que decir” —pensó Fernando, masticando su traducción del consejo que diera Chandler. Entonces se puso de pie y fue por un buche de aguardiente de la damajuana, a ver si se le aclaraba la cabeza, se le vidriaban los ojos y añadía aunque fuera un párrafo a Ya nadie escribe cartas de amor.

“¿Damajuana es un arcaísmo?”, se preguntó tras tragar el buche, con la esperanza de romper la nada de Chandler.

“Apenas se usa… En Francia sí, dame-jeanne, pero en Cuba casi nadie. Lástima, Google dice que viene de una reina de Nápoles, Juana I, porque sopló una botella de casi ocho litros en el taller de un vidriero.” —se dijo.

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Milcíades Arévalo - El gato invisible

milciades arevalo 250La señora Abigail vivía en una casa de paja, en la que apenas cabían ella, sus dos hijos, el loro Artemio y una cantidad de cosas inútiles. El solar sí era lo suficiente grande para albergar un duraznero, hortalizas y flores que aromaban el aire tierno que venía del monte cercano. A uno le daban ganas de quedarse a vivir allí, para sentirse como en otro país.

El día que me encontré con ella me preguntó con gran preocupación si sabía algo de su hijo Felizardo, un chico que no salía del río. La señora Abigail temía que el día menos pensado, se convirtiera en pescado y terminara adornando la pileta del municipio.

—¿Dónde diablos se habrá metido mi muchachito? —me preguntó angustiada. Sólo en ese momento me di cuenta que la señora Abigail se parecía a don Ismael, su difunto marido, setenta años más vieja, el rostro surcado de arrugas, las manos callosas, la mirada perdida en el vacío...

Después del almuerzo fui con mi padre a sembrar trigo. En eso se nos fue la tarde, mi padre empuñando el arado que arrastraba una yunta de bueyes y yo, vestido de espantapájaros, espantando los gorriones, las perdices, las golondrinas y otros pájaros que querían comerse el trigo que había sembrado mi padre. ¡Sí, señor!

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Teresa Iturriaga Osa - Ojos de mujer gacela

teresa iturriaga 250El día que conocí la existencia de los Yoruba fue una mañana de Navidad ante la tumba número 206 en el Cementerio Británico de Funchal, cerca de la Iglesia Anglicana de la Santísima Trinidad. Como todos los años, había organizado un viaje familiar fuera de España para escapar del ruido de los cascabeles. Y ese año fuimos a Madeira, a medio camino entre Europa y América, un paraíso en el Atlántico con una selva de flora macaronésica muy similar a la de las Islas Canarias. Después de visitar la iglesia de rua do Quebra Costas, antes de llegar a la fortaleza Do Pico, el guía turístico nos indicó la entrada al camposanto. Una vez dentro, llamó fuertemente mi atención la sencillez de una sepultura sin lápida con un cartel clavado sobre la tierra y rodeado de pedruscos en forma rectangular. La inscripción explicaba brevemente que allí reposaba Lady Sarah Bonetta Davies, nacida en Nigeria, ahijada de la reina Victoria de Inglaterra y enterrada en agosto de 1880. En su memoria, sin ninguna pompa ni ostentación de símbolos, una máscara ritual realzaba su origen africano sobre la grava. El lugar era delicioso, rebosante de plantas silvestres y un manto vegetal de líquenes, helechos y barrillas cubría las estatuas a su antojo. Era visitado por muchas personas que venían buscando información sobre sus antepasados protestantes cuyos restos habían encontrado en tan bello jardín un digno cobijo para la eternidad desde 1772. Años antes de su fundación, los muertos que en vida no habían profesado la fe católica no tenían un marco legal que les permitiera ser enterrados intramuros y eran arrojados al mar desde los acantilados de Garajau dejando los cadáveres en las rocas a merced de las olas y de los peces. Próximo a las piedras de un mausoleo, bajo la sombra de los árboles, yacía también el monarca africano George Pepple, fallecido en octubre de 1888, Rey de Bonny, uno de los principales puertos del comercio de esclavos de los portugueses desde el siglo XV y una de las mayores zonas productoras de aceite de palma, situada en el Delta del Níger.

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Amibabud, el mensajero

sara harb 250Cada comienzo de año voy a ver a mi médico, que alinea mis centros de energía y me prepara para enfrentar el nuevo período. Como siempre, me saluda casi sin mirarme; sé que me ausculta con varios tipos de percepción y que como mujer le gusto, pero hemos llegado a un entendimiento tácito de no incluirnos en nuestras aspiraciones románticas, por el bien de ambos. A través de los años, entre los dos se ha establecido una cofradía que linda con lo secreto. Luego del saludo, se establece entre nosotros una vieja complicidad, que nos permite tratar asuntos inusuales: sabemos que no somos comunes.

Cuando los temas se agotan me dice que debo subir a la camilla. Pone en mis chacras los filtros necesarios, luego me deja haciendo una meditación.

No sé cómo conecto; esta vez lo hago con una información que no logro interpretar pero reconozco, aun con los ojos cerrados. Sé que al médico le asisten seres espirituales que me sanan y me ayudan a entrar en un estadio de percepción especial.

Esta vez, pasados unos minutos, estando en la camilla acostada en esa duermevela que da la búsqueda del silencio interior, siento que la puerta se abre; las entidades que me observan dan paso a alguien que ha entrado, un ser de una estatura descomunal, tan alto que ese detalle me asegura que no es mi médico, sin embargo, dudo. Con los ojos cerrados le pido que, por favor, me llene de amor, que me ayude a resolver mis asuntos.

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