Qué gran invento estos boliches que están abiertos las veinticuatro horas en las estaciones de servicio, pensó Carlos. Tienen muy buena luz para leer. Mucho ruido, también, pero todo no se puede. A él no lo distraían fácilmente. Además le gustaba que lo distrajeran. Ver entrar y salir clientes de los tipos más diversos: taxistas, parejitas, trabajadores de turno noche. Le gustaba mirar a la gente de paso. También ojeaba de vez en cuando el televisor que colgaba en una esquina, pero no mucho, no le interesaba el boxeo ni ningún otro deporte que pudieran pasar a esa hora. Leía un rato, levantaba la cabeza cada tanto, al azar, daba un vistazo a su alrededor y volvía a la lectura. Había desarrollado una habilidad especial para desplazar la vista del libro y volverla a posar exactamente en la misma línea, en la misma palabra, como un juego. (Había desarrollado esa habilidad en ese tipo de lugares, bares o cafés, buscando chicas, miradas de chicas.)
La visión que no pedí
Sobre una roca, con cada uno de los dedos de sus pies descalzos fijados en ella, el Mamo observa el paisaje que le brinda la naturaleza con su verde olivo, los árboles, las montañas, praderas y ríos.
Una larga sucesión de homicidios viene haciendo estragos desde hace meses en nuestra megalópolis y desplegando una atmósfera de inseguridad sofocante. Aunque no todos los millones de sus habitantes se sienten amenazados.
“…llevaban grilletes en las manos, invisibles, desde luego,
pero imposibles de romper… ¡Lo horrible necesita su carcajada!”
Helada. Thomas Bernhard
Memoria iluminada, galería donde vaga
la sombra de lo que espero.
Alejandra Pizarnik
Sobre una roca, con cada uno de los dedos de sus pies descalzos fijados en ella, el Mamo observa el paisaje que le brinda la naturaleza con su verde olivo, los árboles, las montañas, praderas y ríos. Con su traje típico ancestral, radiante en su sencillez, cruza en cada uno de sus hombros la mochila donde guarda las hojas de coca, y en la otra, las pertenencias necesarias para el día. Los cabellos sueltos, caen sobre la espalda, brillan con la luz nutriente del sol en conexión con las redes de la vida. La altivez de la mirada contempla el éxtasis del paisaje al sentir el aire de la cordillera sobre su rostro, con la musicalidad de las aves, el sonido del agua, el movimiento de los animales y las plantas que se nutren de las sales sagradas de la tierra.
Se despidieron en el aeropuerto con lágrimas urgentes. Prometiendo escribirse y extrañarse por los próximos doce meses.
Esta fue la segunda vez que me contrató. El trabajo no es difícil si la conciencia me deja seguir adelante. No hubiera sido muy distinto trabajar como taxista o con un Uber, pero no es lo mismo. Ella me contactó muy temprano por la mañana. Le gusta levantarse y saludar al sol, costumbre que quizás leyó en algún libro de autoayuda o le copió a alguien que usa su espiritualidad como una moda pasajera.
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