Veinticuatro poemas, conforman el tono de este breve libro que oscila entre la magia y el destierro, el conjuro y el olvido. Entre ensalmos y ruinas, bebedizos e imprecaciones, se convoca un pasado sepulto, el destello de un rostro que se resiste a la memoria, a las crepitaciones de la hoguera en el desierto.
Lo inconcluso, el entrecortamiento de la fábula, la revelación que se avizora como hierba indómita, zozobran en los retazos de una historia que se silabea en la guerra, el amago de una cartografía y su despojo. Se habita, nos dice un poema, en la casa del naufragio, la que permanece oculta e hirviente, en la tiniebla total.
Invitamos a leer este libro como se aligera una pócima. De su lectura tal vez surjan las caligrafías de lo silenciado o los delirios del desarraigo. La inmersión atare fuegos proscritos, lo que se niega entre las fragmentaciones de un palimpsesto.
La señora salió del restaurante apurando sus pasos, como si tuviera más que una sobreactuada urgencia, una cita marcada con anticipación en su agenda bien estructurada.
Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró en la más alta torre del castillo y, sabiendo que el hada no tendría que hacer mucho para encontrarlo, buscó entre las páginas hasta encontrar el adecuado. Lo leyó en voz alta pero, tal vez con el apuro, equivocó algún dato... Y vino a caer en este mes y este año en que están leyendo la historia.Aterrizó al pie de la ventana del cuarto de una muchacha que se disponía a salir para sus clases de la universidad. Golpeó los cristales hasta llamar su atención, esperó a que abriera y le contó la razón de su presencia. Ella le creyó, porque era muy fantasiosa, porque estudiaba física cuántica, por la vestimenta que ostentaba −incluía un vistoso sombrero de plumas y una espada con puño de rubíes−, la forma de hablar, los gestos y por la cantidad de veces que se arrodillaba a ofrecerle su corazón, por tanto lo dejó entrar a su cuarto, temiendo que los chicos le hicieran burla cuando comenzaran a pasar camino a sus escuelas... Pero comprendió que debía enfrentarse a un problema mayor, ¿cómo esconder a un príncipe en una casa pequeñita, sin pasadizos, ni túneles, ni catacumbas, con el despertador de la madre sonando en el cuarto de al lado y él intentando desenvainar la espada para matar al hechicero que hacía tanto ruido?

Buenos Aires, 1977
----------¿Cómo empezar? ¿Por el principio, el final o por el medio? ¿Por el cuadro de Héctor Borla o por R.R? ¿Por Walter o por Anabel? ¿Por la gorda de Fellini o por quién diablos? El papel está puesto en la máquina. Sí, es hora, ya es hora de empezar a teclear, uno, dos, tres espacios. Así está mejor. Querido Walter. No me gusta. Pasan las horas y te extraño. Mucho peor. Pero debo seguir. Ella vendrá al mediodía. Desde que te fuiste, te juro, no he conocido a otro hombre. Pero sí me dan ganas de llorar. A mí. ¿A quién va a ser? Aquella tarde en que nos conocimos pude sentir que había algo diferente en vos. ¿Quién lo diría de un triste marinero que recaló en Buenos Aires? Y ahí viene uno de los R.R. tan arreglado como siempre, bien vestido, con su perfume a colonia de violetas. Y debo continuar, como conclusión creemos necesario implementar el sistema en el menor tiempo posible. Así que elevamos a usted el presente informe. Me detengo. Elevamos, elevamos, como si las palabras pudieran elevarse. Pero así les gusta, me enseñaron eso. Buenos días, R. Buenos días. Tantas estupideces pueden decirse en un informe, hay que justificar las funciones, tantas cosas que no tienen justificación. Y es por eso, señor director, que creemos imprescindible
Gabinete veneciano
Fernando R. Mansilla
Novela
Editorial Mirada Malva
Colección Mirada Narrativa
140p.
2011
El protagonista de Gabinete veneciano, inmerso en un profundo desarraigo existencial, busca inútilmente un espacio social vedado para aquellos que, como él, se sienten equidistantes entre la vulgaridad reinante en aquellos países sumidos en el populismo y el falso reconocimiento del que gozan las oligarquías corruptas. El narrador nos muestra cómo el estigma del pequeño burgués es sufrir un hondo malestar cultural; sumido en sus propias contradicciones, persigue ídolos efímeros, a quienes admira y desprecia a un tiempo. Para aquellos sumidos en la incomunicación, el sexo es únicamente la satisfacción de una necesidad, que convierte a los personajes en seres abyectos y desfigurados que se dejan llevar por sus excentricidades y fantasías.
Aquel miércoles, a las cinco de la tarde y como de costumbre, se hallaban reunidas en la cantina "El Patriota", de don Afrodisio Aguado, todas las autoridades municipales de Cojontepeque para discutir, por sexta vez, un controvertido tema. Se trataba, nada menos, que de la construcción de una modesta represa que vendría a aliviar los drásticos efectos de la sequía que estaba azotando tanto a Cojontepeque mismo como a los villorrios aledaños.
-¡Se me están muriendo los chanchos! ¡Hay que construir ese embalse cuanto antes! -dijo quejumbrosamente el alcalde, don Everardo Salazar. -¡Muy cierto! Se me están secando las hortalizas. ¡Hagamos la mentada presa! -se lamentó amargamente el tesorero municipal, don Lactancio Clavijo.
-¡Palabra de honor! ¡Esta calamidad está acabando con mis pobres gallinas! ¡Esa represa es la única solución! -sentenció el juez de paz, don Restituto Paniagua.
-¡Es la merita verdad! ¡Si no llueve pronto, hasta nuestras vidas corren peligro! -indicó don Macario Cárcamo, quien, además de cronista oficial, fungía como regidor.
La cuestión es que a nadie le cabía la menor duda de que había que construir una pequeña represa; pero cuando se abocaron al arduo asunto de determinar a qué altura del riachuelo, que atraviesa el pueblo y la comarca entera, sería conveniente levantarla, se armó la gran samotana porque cada uno ofrecía poderosas razones para que no se construyera en sus terrenos. En resumidas cuentas, nadie estaba dispuesto a que le anegaran sus tierras.
15 de febrero, 2012. Leyendo el conmovedor Diario de Katherine Mansfield, magnífica cuentista (a ver si se me pega algo de su arte cuentista, ella que aprendió tanto del genial Chekhov), pero que vivió sus últimos años, tan minada de salud y con tanto sufrimientos aunque redimido en esos extraordinarios cuentos finales que, a pesar de todos sus agobios, pudo escribir.
En las últimas frases del Diario, escritas en el otoño parisino, mirándose en los jardines de Luxemburgo y unos tres meses antes de morir, vemos que vive un momento de epifánica de trascendencia. Quiere fundirse con la tierra y el mar y, sobre todo, con el sol, quiere ser "a child of the sun", una niña o hija del sol (ese sol que yo aprecio tanto en estos días, sentándome a recibirle en la puerta ajardinada de mi condominio, como veíamos de niños a aquellos viejecitos acogiéndose a él), y quiere trabajar, y "un jardín, una casa pequeña, hierba, animales, libros, cuadros y música". Y escribir (como me aferro a ello), aunque sea de un taxista, como casi lo seré o mañana al hacer mi declaración de "taxas", já, já.
El Asco (Thomas Bernhard en San Salvador)Escuchar el abismo.
No es fácil escribir verdadera literatura, aunque se puede discutir qué se entiende por verdadera. Y es que escribir la literatura que necesitamos, la literatura que nos saca de la complacencia y del facilismo, del ideologismo y del escapismo, se enfrenta a los fantasmas y al dolor que nos acosa. Exorcisamos el abismo a través de la escritura. Y es esto lo que realiza Castellanos Moya con su novela corta Asco, publicada varias veces en el Salvador, antes de que fuera editada por Tusquets, seguida de una nota del autor y de Roberto Bolaño. En efecto, a través de una prosa hablada y dura, una prosa que tiene como ejemplo los textos del iconoclasta autor austriaco Thomas Bernhard (aunque también nos recuerda a Sartre con su novela La Nausée), nombre que incluso adopta el personaje principal, nos enfrentamos como a un monólogo interior de una pieza de teatro, si no es por la contínua referencia a un oyente, en este caso, al mismo escritor Moya, que no dice una sola palabra en toda la narración. Escuchamos (y leemos) la voz de Edgardo Vega -su nombre salvadoreño - que no reside en su país de nacimiento,
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