Sabotaje a la verdad (Grupo Planeta, 2006) de la periodista uruguaya Florencia Melgar resume una profunda investigación periodística sobre los asesinatos en Argentina de dos miembros del parlamento uruguayo durante las dictaduras de la región. Uno de los episodios más sórdidos del Plan Cóndor.
Una tarde de fines de octubre un hombre sale sollozando, cabizbajo, de un gran edificio de baldosines rosados en la avenue d'Ivry del distrito XIII de París. El viento de otoño, la estación de los conversos, según Álvaro Mutis, lo azota, lo empuja con un fastidioso espaldarazo y arranca también unas cuantas hojas al almendro clavado en medio del

La literatura norteamericana goza de una gran vitalidad. Autores como Wallace, Franzen, Auster, Morrison (para nombrar a los más conocidos) nos han entregado narraciones que son verdaderas joyas de arte. Y hay también autores con apellidos latinos que han contribuido a narrarnos un país con una historia tan contradictoria como fascinante, tan inmensa como muchas veces incomprendida. Pensemos en autores como Óscar Hijuelos y Junot Díaz, que, con sus historias, enriquecen esa literatura con nuevas variaciones. Pero si la escritora Sigrid Núñez posee un apellido latino es porque como la protagonista de su primera novela, Una pluma en el aliento de Dios (1995), posee un padre chino-panameño que, en los Estados Unidos, adoptó el apellido de su madre panameña (con quien no había crecido) a la hora de nacionalizarse norteamericano, después de haber sido un soldado norteamericano en la Segunda Guerra Mundial estacionado en Alemania.

En esta novela actual, la mujer ya no es una mera espectadora sino la invitada a abrir las jaulas cerradas, pues hoy la libertad se encuentra a salvo de las expectativas ajenas. Superado el miedo de los fosos que nos rodean, se nos muestra cómo, el falso amor es una mascarada y la familia un cajón cerrado donde a menudo se nos relega.
Sentado en el interior de una sala de espera, una mañana fría de finales del invierno sueco, el joven de austero rostro, embutido en una chompa de alpaca, en silencio sostenía en sus manos un libro.
El rostro, severo y serio, denotaba la madurez de un hombre que, pese a su juventud, mostraba las profundas huellas que produce en el ser humano el hecho de haber soportado vejaciones, suplicios y falta de libertad por defender el derecho inalienable e irrenunciable de pensar, de manifestar sus ideas y la oprobiosa respuesta, autoritaria y bestial, con la que acometían en contra de esos derechos quienes por fuerza detentaban el poder en su tierra natal.
Las causas y razones que reunían, a dos hombres jóvenes, involuntariamente, era la continuación de esa cadena interminable de desazones que el ser humano, digno, debe soportar cuando ha sabido defender sus ideales.
No sabría decirles si este dragón era bueno, o malo, puesto que no son los dragones mi especialidad, pero he oído decir que era juguetón. (Seguramente lo mismo piensa el gato una vez que ha logrado atrapar al ratón, y finge que se distrae y que su víctima se le escapa, para saltar nuevamente sobre él. Pero de esto no diré nada, puesto que no se me pide, y puede hasta que no sea tal y como pienso). Dicen que debía ser muy viejo. ¡Viejo viejísimo! ¡Requeteviejo!... Que no tenía amigos, pues aquéllos de su clase que no habían perecido por la espada de algún príncipe justiciero, habían acabado muriendo de cualquier otro modo, y q`ue tal vez por eso mismo se aburría en su guarida. Debía de ser un fumador empedernido, -juzgaban muchos- o un verdadero incendiario, pues día y noche y noche y día (si uno se fijaba en tales cosas) se veía salir humo de la inmensa caverna que ocupaba en lo alto de la montaña. A veces rugía de repente, y el rugido que lanzaba provocaba una avalancha de pequeñas y medianas rocas en la falda de la montaña y un ligero temblor contagioso a medida que el eco llevaba de una a otra cumbre el rugido amenazante, o quizás simplemente fatigado.
A las cinco de la tarde cuando llego de la escuela el viejo poeta está otra vez en mi casa, sentado frente al ordena-computa, tecleando, su morbo tragado por la pantalla, se levanta de inmediato y me besa el cráneo, pasa la mano por mis crespos, y luego toca las palmas y sigue tarareando, mientras mamy canta en inglés, "give me a chance", "give me a chance"
Um país que sonha (cem anos de poesia colombiana)
Cuando llegué a vivir a Lisboa nada me había anticipado el gran amor que llegaría a sentir por esta ciudad, por este país. Para mí Portugal se resumía a un puñado de referencias literarias. Lo había encontrado en Los Maias de Eça de Queirós, en algunas de las novelas de José Saramago y, por supuesto, en Fernando Pessoa, ese gran poeta del siglo XX tan leído y apreciado en Colombia. Ellos y otros autores portugueses me hicieron soñar con esta luz perfeita e exacta 1 , pero ninguno me preparó para lo que significaría mi encuentro con el país. Cinco años después puedo decir que mudar mi residencia de España para Portugal fue la decisión más importante de mi vida adulta.
Noche dura. Noche con lluvia recién terminada. La pista bien mojadita y peligrosa. Dan ganas de echarle aserrín en todas las pistas de la ciudad pero no hay lo suficiente. Los autos resbalan su potencia mecánica. La noche más larga que el bostezo de un millar de leones hambrientos. Hace mucho frío en Lima, pero no es nada comparado con otras ciudades. Lo que acá te mata principalmente es la depresiva humedad, y el poderoso miedo que te acuchilla sin tregua.
Sabino se quitó los anteojos, los puso sobre la tapa del inodoro, abrió el caño. El agua fue cayendo uniforme, limpia, prevista para las manos ansiosas de Sabino quien se lava la cara como si fuera la última vez. Busca la toalla como tanteando una rutina más que higiénica, algo que tiene que ver con los tientos. Se seca la cara, y exagerando hasta la nuca. Se mira en el espejo ovalado y resiste de buena gana la primera impresión. Se pasa el peine, abre algunos surcos como si rastrillara la cabeza forrada de muchísimos pelos, y el look que viene acompañado de un gel especial. Sale del baño sin apagar la luz. A pesar del frescor del agua sus ojos de taxista madrugador se empiezan a cerrar de purito cansancio, así todo un buen rato echado en su cama hasta que sale de su casa, sube al auto que todavía no ha terminado de cancelar y avanza algunas cuadras, mira por el espejo retrovisor que un auto se acerca, se estaciona frente a una pizzería con el cartel de closed. Los modernos faros disparan un potente chorro de luz. Observa que el otro auto se adelanta sigiloso y no llega a doblar la esquina. Alguien baja del auto, es alta y esbelta, me parece conocida pero no me atrevo a asegurar. La luz en esta calle es de sospechosa baja intensidad. Parece una chica de los años sesenta, lleva aferrando entre los dedos un cigarro que en mi distancia no lo percibo encendido. Entra a una casa.
Espero un buen rato...
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