Los acertijos del dragón

esteban_barreiro_001No sabría decirles si este dragón era bueno, o malo, puesto que no son los dragones mi especialidad, pero he oído decir que era juguetón. (Seguramente lo mismo piensa el gato una vez que ha logrado atrapar al ratón, y finge que se distrae y que su víctima se le escapa, para saltar nuevamente sobre él. Pero de esto no diré nada, puesto que no se me pide, y puede hasta que no sea tal y como pienso). Dicen que debía ser muy viejo. ¡Viejo viejísimo! ¡Requeteviejo!... Que no tenía amigos, pues aquéllos de su clase que no habían perecido por la espada de algún príncipe justiciero, habían acabado muriendo de cualquier otro modo, y q`ue tal vez por eso mismo se aburría en su guarida. Debía de ser un fumador empedernido, -juzgaban muchos- o un verdadero incendiario, pues día y noche y noche y día (si uno se fijaba en tales cosas) se veía salir humo de la inmensa caverna que ocupaba en lo alto de la montaña. A veces rugía de repente, y el rugido que lanzaba provocaba una avalancha de pequeñas y medianas rocas en la falda de la montaña y un ligero temblor contagioso a medida que el eco llevaba de una a otra cumbre el rugido amenazante, o quizás simplemente fatigado.

Me han contado que un buen día (un día malo, hubiera dicho yo, por aquello del susto) se plantó de repente en medio de la plaza principal rodeada de casas muy altas con balcones y fachadas ornadas, y exigió hablar con el burgomaestre. Nadie lo vio llegar. No se presentó de repente como una amenaza que batiera el aire con sus alas inmensas, asolando e incendiando a su paso cuánto se pusiera por delante, sino que llegó y se instaló en medio de la plaza -seguramente cuando todos dormían- y dando una muestra de buenos modales esperó a que se despertaran los vecinos.

Rolando D. H. Morelli nació el 25 de diciembre de 1953, en Horsens, Dinamarca y a los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Curso estudios e inició su labor creativa en Camagüey, donde residió hasta 1980. Una vez instalado en los Estados Unidos terminó sus estudios superiores, y se doctoró con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde entonces. Ha explicado clases en varias universidades norteamericanas, entre éstas las de Tulane, en Nueva Orleáns, y la Wharton Business School de la Universidad de Pennsylvania. Tiene publicados entre otros los volúmenes de cuentos, Algo está pasando (Hawai, Editorial Persona, 1992), re-editado en edición bilingüe por Ediciones La gota de agua; Coral Reef: voces a la deriva (Madrid, Ediciones Simbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyos han aparecido en varias antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio, Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989); From this side / Desde este lado Philadelphia, Pa. 1989 y El Faro, Ciudad de México, 1989. Es colaborador regular de conocidas revistas y publicaciones on line y en papel tales como Baquiana, Caribe, La Peregrina Magazine, entre otras. Ha contribuido artículos a Anales literarios, poetas Edición de Matías and Yara Montes Foundation, Honolulu, Hawaii, 1998 y a otras compilaciones. En 2002 su cuento "Afuera" fue incorporado a la antología Isla tan dulce y otras historias de la Editorial Letras Cubanas. En 2003 obtuvo la única mención concedida en cuento, del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano "Mario Vargas Llosa", con su libro de cuentos Repaso de la sombra, y en 2007 le fue concedido el galardón Emilia Bernal de la fundación de este nombre en colaboración con NACAE. Es asimismo el compilador y editor de dos volúmenes de cuentos y narraciones de José María Heredia (2006) que aparecieron originalmente en revistas de México hoy generalmente desconocidas. Ha participado en numerosos congresos internacionales, entre estos, Celebrando a Martí. (Martí entre la mitificación, el denuesto, la censura y la manipulación), Koubec Memorial Center, Miami; Con Cuba en la distancia, celebrado en Cádiz, y fue invitado a cerrar las sesiones de las jornadas convocadas en la Casa de América, Madrid, por la Federación de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales (Colegas) en enero de 2008 como parte de las jornadas «Cuba: Revolución y Homosexualidad». Dicha conferencia íntegra apareció luego publicada en la prestigiosa revista La Ilustración liberal: revista española y americana (Año: 2008, Número: 35) con el nombre de "Discurrir, decursar y discursar de una sensibilidad homosexual en Cuba: algunos hitos y momentos cruciales". El mes de abril de 2010 hizo un recorrido por varias universidades del suroeste de los Estados Unidos en calidad de conferenciante y con el fin de leer y presentar su narrativa más reciente.

rolando_morelli_002Al comienzo, como era de esperarse, se hizo el miedo entre estos y cada uno intentó ponerse a salvo de semejante amenaza, pero muy pronto, viéndolo de repente a otra luz, tan inofensivo como ahora les parecía, no faltaron los intentos de aproximarse a él y hasta de sonsacarle conversación. Fue entonces cuando dijo aquello de que sólo quería hablar con el burgomaestre. Se había encerrado aquél con su familia en un sótano del palacio que ocupaba la casa de gobierno y hasta allí fueron a buscarlo los vecinos más decididos, y de allí lo trajeron después de convencerlo de que el dragón debía ser más inofensivo que el falderillo de su mujer la burgomaestra.

La Máxima Autoridad lo encontró echado sobre sus patas delanteras, en actitud de esfinge -o tal le pareció- y con un cuerno metido en uno de los ojos de la estatua que representaba al prócer fundador de la ciudad. En la boca sostenía -lo que pareció corroborar la sospecha de muchos- una pipa labrada en pedernal de una sola pieza. La boca de la pipa debía ser del diámetro de una caldera de las más grandes que se hubieran visto nunca y en ella volcó el dragón en algún momento una carga de hojas que acarreaba debajo de las escamas del cuello, y a las que prendió fuego con sólo soplar en la boquilla a través del tubo. Luego, para que las hojas no ardieran de una sola vez volvió a soplar sobre la llama con un soplido corto y brusco, lo que hizo que se apagara la viveza del fuego, y las hojas comenzaran a humear dentro de su receptáculo.

Nada de ello le vio hacer el burgomaestre sino que al comparecer frente al dragón ya fumaba éste la pipa en cuyos efluvios parecía regodearse llevando con un movimiento continuo de la cabezota encornada los movimientos del humo cual si aquél se tratara de una melodía que sólo el dragón pudiera escuchar.

-Su Excelencia me ha mandado llamar -dijo el burgomaestre, haciendo acopio de valor supremo pues en ese instante representaba a la ciudad toda y al pueblo que lo había elegido al puesto que ocupaba, y no estaba bien manifestar temor alguno o cualquiera de los sentimientos que como a cualquier persona lo asaltaban en este momento-. Os damos la bienvenida. -añadió, sin estar seguro de que debiera ser o no aquélla la fórmula de cortesía a usarse frente a un dragón. De todos modos -se decía- nadie le había invitado y su presencia allí constituía una imposición y un abuso de confianza.

-Es muy grande y es muy chico. -dijo el dragón, sin hacer caso a las palabras del burgomaestre-. A veces blanco; a ratos negro. -Añadió, mientras soltaba una carcajada que hizo saltar los vidrios de muchas ventanas-. Tiznado anda sin desmedro; vive en el aire, y no tiene pico.

De nuevo rió -se dice, con unas carcajadas atronadoras, y doblaron por sí mismas, como impulsadas por un viento poderosísimo, las campanas de las iglesias más próximas, y asimismo las de la casa de gobierno, y quienes estaban más próximos quedaron sordos de momento. Entre estos, el burgomaestre y todo su Concejo. Por eso, no alcanzaron a oír las siguientes palabras del dragón, después de pronunciar las cuales se retiró éste como mismo había llegado. (La historia no dice, ni tampoco lo precisan o parecen saberlo quienes la cuentan, lo que quiere decir eso de "se retiró éste como mismo había llegado". ¿Quiere decirse que esperó en el mismo lugar a que llegara nuevamente la noche y los vecinos se hubieran retirado a descansar, para marcharse? ¿O que así como mismo había llegado sin ser esperado se marchó de repente para sorpresa de todos aquellos que, seguramente ni podían entender lo que ocurría ni mucho menos esperar que todo pareciera resolverse tan fácilmente? Confieso que tampoco yo lo sé. Cuento lo que le he oído
contar a muchos, y lo que me ha contado especialmente una mujer muy vieja y ciega, que vivió cuando sucedieron estos hechos, época en la cual era aún muy niña).

No habría podido olvidarse en la ciudad lo sucedido aunque pasara mucho tiempo cuando un día cualquiera reapareció el dragón en medio de la plaza. Y de nuevo sorprendió a los confiados vecinos con su presencia allí. Esta vez, el burgomaestre y su Concejo, sin embargo, creyeron estar más a la altura de las circunstancias y se presentaron de inmediato ante él para extenderle la bienvenida a nombre de todos los vecinos. Por lo pronto, se habían habilitado de unos pequeños tacos de algodón y cera para colocarse en los oídos, de manera que no fueran a reventárseles nuevamente los tímpanos. El dragón no fumaba esta vez, aunque acarreaba consigo la inseparable pipa de pedernal, además de un recipiente con miel dentro del cual hundía de vez en cuando su larga lengua bífida que se plegaba en canal para absorber la miel como si se tratara de un canuto.

Y comenzó a decir el dragón, dirigiéndose a todos con voz meliflua y muy pausada:

-Lo nuevo que he venido a decirles expresamente, es casi tan importante como aquello otro que ya antes les comuniqué. A ver si os hacéis todo oídos y no os perdéis una sola palabra, o de lo contrario...

Naturalmente que ninguno oyó palabra de aquello que se decía, de manera que ninguno podría decir con certeza de qué se trataba. Los taquitos de algodón y cera habían cumplido su encargo, y como ahora el dragón hablaba con voz queda y muy suave los que le escuchaban no oían sino un rumor que no trascendía a palabras. (Digo mal, cuando digo que "ninguno oyó palabra de aquello" que se decía, porque el hijo único del burgomaestre, que aprovechando el desconcierto generalizado había logrado evadir la vigilancia de su madre y acercarse al grupo que presidía el padre, lo oyó todo, de manera que al marcharse una vez más el dragón, estuvo en condiciones de reportar a los mayores aquello que había escuchado). Al menos, esto es lo que dice la viejecita que me lo ha contado, y yo no tengo porqué dudar de su palabra.

Claro que al principio le riñeron sus padres por desobediente, y amenazaron con un castigo ejemplar que consistía en recogerse a su dormitorio y no abandonarlo hasta que aquellos lo consideraran oportuno.

-Hijo querido, -le riñó su madre conmovida de sólo pensar que algo hubiera podido ocurrirle a su vástago-. Es que aún no conoces los peligros y acechanzas del mundo, ni los imaginas siquiera...

-Nada, madre, -dijo su marido- que el chico debe ser castigado con severidad a causa de su falta. Así aprenderá a ser obediente.

Entre tanto, contemplaban los burgueses todo género de iniciativas respecto a aquel problema que, a estas alturas resultaba imposible de soslayar, y consistía en que, así de pronto, y sin que mediaran invitaciones ni ceremonias de ninguna índole, como un Pedro por su casa, el dragón podía plantarse en medio de la plaza principal y hacerles sentir algún género de desasosiego contra el que había que pronunciarse decididamente. ¿Pero qué podían hacer? Se devanaban los sesos, preguntándose, y preguntándoles los unos a los otros, interrogando en particular a aquellos tenidos comúnmente por los más notables entre los notables.

Pasaban los días sin que ninguno pudiera encontrar la solución y no cesaba el chico en su afirmación de haber oído lo que decía el dragón. Finalmente una criada llevó a los padres sus palabras y la convicción de que éste parecía decir la verdad. De tal modo fue así que estos decidieron suspender el castigo y escuchar lo que el muchacho tenía que decir.

-El dragón nos ha dejado un acertijo, padres míos, que alguno entre nosotros debe resolver. De lo contrario... -dijo el chico bajando la voz hasta hacerla apenas audible, tal y como le había visto hacer al dragón-. De lo contrario...

-De lo contrario..., ¿qué...? ¡Habla, más alto, hijo, para que podamos oírte! -Le rogó el burgomaestre, su padre.

-Pues de lo contrario sucederán aquellas cosas que os había anunciado antes de marcharse la primera vez.

-¡Vaya gracia que tiene! -dijeron a una voz los concejales y demás burgueses-. ¿Y cómo vamos a enterarnos de qué fue lo que dijo la primera vez si nos dejó a todos sordos de cañón?

-De cualquier modo, sería más difícil averiguarlo que intentar dilucidar el acertijo que nos dejó -razonó bien el muchacho, y ahora todos se volvieron a él con sorprendida admiración.

-Bien dicho, pero ¿quién es capaz de descifrar un acertijo semejante? Por sí o por no, propongo que armemos de inmediato a todos aquellos que sean capaces de defender la plaza y... -dijo uno de los hombres prominentes del burgo.

Tan razonable sugerencia pareció bien a casi todo el mundo y con la aprobación del burgomaestre se acordó someterlo a Concejo de inmediato. Dieron todos la espalda al muchacho y se dirigió cada quien a su negocio u ocupación sin pensar más en él.

-Bien, hijo querido -pudo anunciarle la madre, a tiempo que le acariciaba la cabeza-. Todos estamos satisfechos de tu sagacidad, y tus padres más que ninguno otro. Ya puedes salir a jugar con los demás chicos si así lo deseas, pero recuerda que aún sigues siendo eso, ni más ni menos, un chico, y que por más agudeza que poseas, careces de experiencia en cosas del mundo.

Entre tanto, se dio en pensar el pequeño en el mejor modo de ayudar a los que tal cometido tenían por delante, a resolver el acertijo que les dejara el dragón:

Es muy grande, y es muy chico;
(a veces blanco, a ratos negro);
tiznado anda sin desmedro;
vive en el aire, y no tiene pico.

-Veamos... -se dijo, frunciendo el seño-. «Es muy grande, y es muy chico» -Podría tratarse de varias cosas: El bosque, por ejemplo -razonó-, es verdaderamente grande, pero para alguien como el dragón no debe serlo tanto. Y a veces, cuando a consecuencia de un incendio arde alguna parte de él se vuelve parcialmente negro hasta que nuevamente reverdece. Si entonces nieva sobre él, pues será blanco y negro a la vez, pero claro -reflexionó el muchacho- el bosque no anda ni va por el aire, aunque naturalmente tampoco tenga pico. No. Descartado el bosque. Veamos nuevamente de qué pudiera tratarse. Fijémonos en los atributos: si es muy grande y muy chico a la vez eso quiere decir que posee una cualidad única, la de comprimirse o expandirse según las circunstancias, o la voluntad. ¡Un genio tal vez, como esos de los cuentos, que residen dentro de una lámpara de aceite...! Pero entonces, naturalmente, tampoco podría decirse que vivan en el aire. El dragón por su parte puede decirse que toma el aire a voluntad con sus poderosas alas, que es como decir que vive en el aire... ¡Y no tiene pico! Sus fauces son algo único e inconfundible. A veces anda algo tiznado, pues debe ser algo descuidado en cosas como el aseo personal, y a eso pudiera llamar él andar sin desmedro. Pero no podría decirse que su color sea blanco, sino más bien el dorado de sus escamas.

En ese instante, mientras contemplaba con mirada ausente los techos de las casas a través de la ventana de la pieza que ocupaba, y se devanaba los sesos en busca de la solución al acertijo, observó de qué manera el humo que salía de las chimeneas se elevaba en el cielo límpido y azul de la mañana, unas veces muy blanco y vaporoso y otras muy negro, siempre ligero y grácil como si poseyera alas. Una columna de humo muy compacto asomaba a la boca de una chimenea y se elevaba antes de expandirse y mezclarse con el humo procedente de otra, de manera que siendo muy chico podría decirse de él que era muy grande. A veces era blanco y a ratos, negro. El tizne no le iba en menoscabo, sino que adornaba el blanco como si se tratara de un encaje, y aunque no tuviera pico (ni alas para el caso), el humo bien pudiera decirse que vivía en el aire. Satisfecho con la buena fortuna de su observación, el chico se dirigió a donde estaban sus padres para comunicarles que el acertijo había quedado finalmente resuelto. Los padres le escucharon y el burgomaestre, su padre, convocó al Concejo en pleno para comunicarles la buena nueva. Las felicitaciones llovieron sobre el muchacho y se acordó al fin que éste y no otro fuera el encargado de dar respuesta al dragón en cuánto aquel se presentara a reclamar la solución a su adivinanza.


Es muy grande, y es muy chico;
(a veces blanco, a ratos negro);
tiznado anda sin desmedro;
vive en el aire, y no tiene pico.

Reiteró el dragón en llegado el momento, mientras daba chupadas a su pipa de pedernal de una sola pieza, que había prendido un poco antes. El humo que escapaba por los orificios de su narizota era unas veces blanco y otras negro, y se juntaba y envolvía la cabezota del dragón, nimbándola antes de disiparse. Mientras aguardaba una respuesta que bien adelantaba él, ninguno había de proporcionarle, mucho menos aquel chico por más astuto que lo tuvieran, el dragón mecía su cabeza de un lado al otro.

-El humo, Excelencia -se animó al fin a decir el chico.

-¿Qué? ¿Te molesta el humo de mi pipa? -pareció irritarse el fumador, echándole al rostro precisamente una bocanada de aquél.

-Digo que el humo es la respuesta que corresponde al acertijo que nos ha dejado para resolver.

-¿El humo? -Fingió el dragón un desconcierto que, si bien era cierto, respondía a otra causa: la sorpresa misma de que el chico hubiera dado con la respuesta correcta-. De humo debes tener tú llena la cabeza. ¿No es cierto? -Preguntó ahora dirigiéndose al Concejo que presidía el padre del muchacho.

Antes de que los reunidos tuvieran tiempo de decidir por sí mismos si debían reír o no reír, el chico volvió a dirigirse al dragón:

-El humo, Excelencia, que a usted parece complacer tanto...

Al oír esto el dragón dejó escapar un gruñido de satisfacción y apartando un instante la pipa de sus fauces balanceó la cabezota entre los humos de la última bocanada, como si aquélla quedara suspensa entre nubes.

-Puede ser blanco o negro -siguió diciendo el muchacho-. Usted que es indudablemente poeta, sabe de la delicadeza de que está hecho el humo, como también ocurre con los sueños, que están hechos de esa misma naturaleza leve. El tizne no le empercude ni le afea, como sí ocurre con cualquiera de nosotros, ni le resta prestancia alguna a su ligereza, que bien podría considerarse vuelo, como el de los pájaros. Y claro que, aunque guarde sus semejanzas con el sueño no podría confundírsele con él porque el sueño reside en nuestro espíritu y en nuestra capacidad para soñar en tanto el humo..., se materializa en el aire del cual vive.

La concurrencia reunida en la gran sala de la Concejalía, y aquellos que ocupaban los pasillos adyacentes guardaron un absoluto silencio que el dragón dejó en suspenso todavía un rato antes de decir, mohíno -aunque bien lo disimulara-, y a regañadientes, como si se tratara de cualquier cosa aquella de haber acertado con la respuesta a su acertijo:

-Me convences... ¡Vamos...! Pero la próxima vez te prometo que será algo más difícil de resolver, de manera que no te vayas haciendo ideas... Y sin dar tiempo a nada más se apresuró a decir:

Mientras más dura, más parte;
mientras más parte, más dura.
Muy vasta, y no conoce de arte
Muy grande y carece de estatura

Ya parecía que se daría vuelta sobre sus talones el dragón, causando inadvertidamente una hecatombe, o que saldría disparado hacia arriba, llevándose de encuentro el precioso techo del recinto con su artesonado de maderas preciosas cuando se apresuró a decir también el muchacho:

-La cantera, Excelencia. Sin dudas se refiere usted a la cantera. Aquí cerca precisamente tenemos una de mármoles azules y grises que hacen la riqueza de nuestra comarca y en particular de nuestra ciudad, pero claro, eso bien lo sabe su Excelencia, que es ducho en todo género de cosas.

-Vaya... Vaya... ¿Y por qué crees que se trate de la cantera? -dijo ahora el dragón plegando debajo de su cuerpo la enorme cola como un falderillo, sin percatarse él mismo de ello.

-Pues porque mientras más reservas haya, más habrá que partir la piedra, y de igual modo, mientras más se explote el yacimiento habría que concluir que sus reservas son verdaderamente abundantes y en consecuencia duraderas. La vastedad a que se refiere su Excelencia, tiene dos componentes: una gran cantera posee una extensión, pero asimismo, como la piedra sin esculpir por el artista aún carece de arte, pues lo mismo puede decirse de la cantera, que es vasta y sin pulimento. Y por último, incluso si resulta grande por su extensión y profundidad, no podría decirse de ella que alcanza estatura alguna, pues no sobresale de la tierra.

-En fin, que acabas por tener razón... -acabó por aceptar el dragón- pero no creas que la próxima vez te será tan fácil... Te daré una última oportunidad. De modo que no la desperdicies.

Si no alumbran cintilan;
si no queman, destellan.
Y en las noches titilan
cual carbones que medran

El chico consideró un instante la deficiencia de la rima, aunque también le pareció que el último de los versos era bueno, en tanto el dragón, que había improvisado aquella adivinanza se apresuró nuevamente en decir:

-Muy bien. Veo que estás escarmentado y...

-Medito, Excelencia, en las varias posibilidades. Si se tratara de las estrellas del cielo, no podría ser adivinanza, digo yo, puesto que resulta demasiado obvio. Demasiado por debajo de la agudeza de su Excelencia.

El encornado examinador que, en efecto, no en otra cosa había pensado que en las estrellas del cielo cuando a toda prisa improvisó aquella cuarteta, se limpió la garganta en oyendo lo que el muchacho tenía que decir y quedó como alelado:

-Podría pues tratarse, por otra parte, de las chispas en el brasero, porque si bien no alumbran, bien podría decirse que como las estrellas cintilan un instante antes de apagarse, o lo que es lo mismo, destellan, pero no podría decirse de una chispa que no quema, si bien la quemadura podría ser leve, y en cuanto a no ser capaces de provocar un incendio, ahí andaríamos desaconsejados de mala manera, pues todo fuego empieza por una chispa que encuentra las condiciones idóneas para crecer e inflamarse. Me inclino pues por las luciérnagas que son en efecto como carbones que medran, es decir, languidecen y alimentan a la vez el fuego que vemos cintilar entre las flores del jardín en una noche cálida, pero que son como brasas benignas que no queman aunque destellan.

Tan concentrados en las palabras del chico se hallaban todos los concurrentes que ninguno se había dado cuenta de aquello otro que ocurría frente a sus ojos. El dragón se había ido como amansando, a medida que su examinado descifraba sus acertijos uno tras otro, y se había transformado la expresión adusta y enigmática exhibida con anterioridad en otra de complacencia e interés en las palabras del muchacho. Cuando aquel dio por concluido su razonamiento, e hizo una ligera inclinación de cabeza y una reverencia dirigida al dragón, aquél no tenía ya palabras que oponer a las del chico, de manera que para salir bien librado del asunto en el que él solito se había metido, (no tanto porque fuera pendenciero o porque sintiera deseos de imponerse abusivamente a unos pobres mortales, sino por simple aburrimiento y deseos de compañía) se dirigió a los presentes con su voz más compuesta y dijo a todos:

-Es verdad que a nadie hasta aquí he conocido en todos mis años, que son muchos, como este muchacho, para razonar bien y para obrar en correspondencia. Aún es muy joven, y sin embargo, ya ha dado sobradas muestras de estas cualidades que harán de él un día, una persona de consecuencia entre ustedes. -En esta ocasión, inclinando la enorme cabeza bicorne y volviéndose hacia la salida con su mayor tiento, se alejó al fin el dragón, dándose por satisfecho -y en verdad aleccionado en su prepotencia por la agudeza del chicuelo- y una vez en medio de la plaza alzó el vuelo dejándose olvidada su pipa de pedernal cortada en una sola pieza. Durante algún tiempo, los habitantes de la municipalidad lo esperaron de regreso, anticipando con temor la posibilidad de algún otro acertijo o engañifa con la cual el dragón buscara divertirse a su costa, pero éste ya nunca más se dejó ver de aquellos vecinos. Al muchacho le habría gustado incluso que volviera, pero ya ni siquiera volvió a verse el humo que antes escapaba por algún orificio y sobrevolaba las cimas de las montañas. También éstas entraron en un silencio reconcentrado y hermético, desde que cesaron de oírse los rugidos del dragón. Los vecinos, a instancias de algunos habían elaborado una enorme y poderosa red que debía, llegado el caso, atrapar al intruso si éste se atrevía a descender otra vez en el mismo sitio, pero nada de aquello sucedió de momento ni nunca más. El chico, entre tanto, había crecido y aunque joven aún, se había convertido en uno de los primeros ciudadanos del lugar. No obstante ser la persona más razonable y perspicaz que imaginarse pueda, su curiosidad por tener noticias del dragón no lo dejó nunca, y seguía preguntándose si éste se había marchado lejos o si, simplemente se aburría más que nunca en su guarida de la montaña, ahora que no buscaba a nadie que pudiera resolverle sus acertijos. El tiempo pasaba, y un día, se decía el joven, le gustaría a él despejar aquella incógnita, averiguar la respuesta a aquella adivinanza que resultaba más complicada que cualquier otra: ¿Qué había sido del dragón después de su última visita hacía ya tanto tiempo?

Los acertijos del dragón enviado a Aurora Boreal® por Rolando Morelli. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Rolando Moreelli. Ilustración©Esteban Barreiro. Foto Rolando Morelli©Rolando Morelli.

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