El taxi brillante como una hoja de afeitar

adan_mariass_002Noche dura. Noche con lluvia recién terminada. La pista bien mojadita y peligrosa. Dan ganas de echarle aserrín en todas las pistas de la ciudad pero no hay lo suficiente. Los autos resbalan su potencia mecánica. La noche más larga que el bostezo de un millar de leones hambrientos. Hace mucho frío en Lima, pero no es nada comparado con otras ciudades. Lo que acá te mata principalmente es la depresiva humedad, y el poderoso miedo que te acuchilla sin tregua.
Sabino se quitó los anteojos, los puso sobre la tapa del inodoro, abrió el caño. El agua fue cayendo uniforme, limpia, prevista para las manos ansiosas de Sabino quien se lava la cara como si fuera la última vez. Busca la toalla como tanteando una rutina más que higiénica, algo que tiene que ver con los tientos. Se seca la cara, y exagerando hasta la nuca. Se mira en el espejo ovalado y resiste de buena gana la primera impresión. Se pasa el peine, abre algunos surcos como si rastrillara la cabeza forrada de muchísimos pelos, y el look que viene acompañado de un gel especial. Sale del baño sin apagar la luz. A pesar del frescor del agua sus ojos de taxista madrugador se empiezan a cerrar de purito cansancio, así todo un buen rato echado en su cama hasta que sale de su casa, sube al auto que todavía no ha terminado de cancelar y avanza algunas cuadras, mira por el espejo retrovisor que un auto se acerca, se estaciona frente a una pizzería con el cartel de closed. Los modernos faros disparan un potente chorro de luz. Observa que el otro auto se adelanta sigiloso y no llega a doblar la esquina. Alguien baja del auto, es alta y esbelta, me parece conocida pero no me atrevo a asegurar. La luz en esta calle es de sospechosa baja intensidad. Parece una chica de los años sesenta, lleva aferrando entre los dedos un cigarro que en mi distancia no lo percibo encendido. Entra a una casa.
Espero un buen rato...

 

Adán de Maríass [seudónimo de Miguel Ángel Colán Ramos] nació en Lima, Perú 1960. Estudió en la Universidad San Martín de Porres en la Facultad de Educación, y Literatura en La Universidad Nacional Mayor de San Marcos [estudios no concluidos]. Pertenece a la A.N.E.A. y a la Asociación Peruana de Autores y Compositores desde mayo de 1990. Ha publicado los poemarios Sol de Madrugada y Júbilo en un solo libro gracias al auspicio de CONCYTEC en 1989,  Donde apenas empezaba a ser yo (Edición Electrónica por Editorial Obrapropia). Ha colaborado con diversas revistas literarias como Cinosargo, Matemáticas y Poesía, Revista Papirolas y Blackbird.

Pienso en todas las cosas que me pueden suceder si me llego a enamorar totalmente de Eloísa. Una mujer que convive con otra mujer. El otro día las vi salir con cara de satisfechas de un hostal, y les confieso que me excita toda ella no su perturbada relación lésbica.

La conocí en un café del barrio de Mirones. Aquella vez me sedujo su forma graciosa de sonreír mientras leía algo que nunca pude saber. Observé sus finas manos, me dieron ganas de chuparle todos sus dedos. Contra mi voluntad fui prudente, no me acerqué, pero sí le hice aterrizar sobre su mesa marmoleada un avioncito de papel, vaya ocurrencia. Ella no levantó la mirada, simplemente desplegó el avioncito, leyó el contenido y lo guardó en la cartera. Entre tanta gente nunca sabrá quien fue. Lo que está escrito solamente lo sabemos ella, yo y ese alguien que pudo haber visto todo. Eloísa siguió con su lectura, con un interés disimulado, como si hundiera los ojos en ese libro recién abierto nuevamente en forma de V.

Otro día la vi por la avenida La Colmena, un tanto apurada, la quise alcanzar pero rápidamente entró a un auto con lunas polarizadas que partió velozmente. Me quedé con las apasionadas ganas de decirle cositas dulces de amor mío, de presentarme cual Cupido y dejar de serle un completo desconocido. Se me acababa la paciencia justo cuando sale de la casa, pero ahora lleva un grueso abrigo y una boina azul, camina lento pero ya no se dirige hacia el auto, prefiere caminar, ya no tiene el cigarro entre los dedos. Salgo del auto decidido a seguirla discretamente. Cuando más me acerco me doy cuenta que es la misma chica con que sale Eloísa. Trato de mirar hacia otro lado, pero ella rápidamente advierte mi presencia y me mira como pensando. Decido regresar. Son las diez de la noche, entro a mi auto y arranco. Llego a la avenida Salaverry, a unos cincuenta metros veo que alguien levanta la mano desesperadamente. Es un borracho, que tambalea toda su mareada humanidad, prefiero seguir de largo y evitarme problemas. Doblo por la avenida Cuba y me detengo a dos cuadras de una gasolinera recién estrenada. Meto la mano en la guantera y saco un cigarro de una cajetilla azul a medio usar. Había dejado de fumar buen tiempo. Tuve el pretexto de una gastritis crónica. Enciendo el cigarro, aspiro y exhalo, nunca golpeo con la nariz. Aprieto el botón del transistor. La música ecualizada fluye entusiasta. Me relajo un buen rato. Casi me quedo dormido cuando un joven con aspecto descuidado, barba crecida, y frentón, tocó la ventana del copiloto.
-Señor buenas voy a Miraflores.
-A que calle-le digo.
-Voy a Miraflores.
Abro más los ojos porque el tipo me parece raro.
-¿Cuánto me cobra?
-No voy contigo-le digo, y arranco.

Mientras conduzco por la avenida Brasil me doy cuenta que estoy hablando solo y aún con palabras ajenas, pero de improviso un nudo grueso de angustias me comienza a apretar la garganta. Toso fuertemente y maldigo. Más allá veo a una señorita con unas apuradas urgencias, medio doblada por el dolor, pidiendo taxi. Ni modo, obligado tengo que parar. Ante mi sorpresa sube ensangrentada. Me dice que la lleve al hospital Loayza, porque algo se le está reventando por dentro. Hago volar a mis pobres llantas. Cruzo los semáforos, me la estoy jugando, una fuerte multa y me entierro en la fosa común de los piadosos. Con las justas llego. Se abre la puerta de Emergencias. Pido una camilla, pero me traen una silla de ruedas. No me he dado cuenta por el apuro de conducir desenfrenado, que ella ya cambió de color y de mirada, desgraciadamente ha fallecido. Sus ojos abiertos, enjuiciadores, parecen hablarme.
-¿Qué le ha pasado?-me pregunta el médico de turno.
-La verdad yo no sé nada, ni la conozco, yo soy un simple taxista.
En ese momento que llegan enfermeras y vigilantes, me despierto alborotado, sin saber que estoy en casa, en mi propia cama, me levanto y apago la luz del baño, recién amanece. Me saco la ropa, me pongo el pijama. Y me vuelvo a dormir el resto de horas que no he dormido bien.

taxi_driver_001Entran al café, Eloísa y su acompañante, cuchichean secretitos de alcoba, se sientan complacidas, piden salchichas, huevos revueltos y café express. Sabino intenta salir del sueño vigilante en que se encuentra pero no puede, ha trabajado tan duro estas últimas semanas para pagar la deuda de los muebles, que no pudo dormir lo necesario. Eloísa le besa la mano, el cuello y la boca a Josefa con tal empeño labial que creen estar solas en el café. Se prodigan exagerado derroche de cariños. Cerca de la barra una señora obesa les grita que paren ya, que esto no puede ser, que ya la moral se lo están comiendo y bebiendo con el pedido. La señora obesa sale del café granputeando.
Sabino tose. Respira mal. Habla enredado. Continúa durmiendo.
Noche dura y fría como el culo de Alaska, una amiguita especial con que Sabino a veces se la encuentra en el sueño, claro haciéndole el amor y otras cositas ricas, y después con mucha ternura de terrícola considerado le recorta las uñas bastante crecidas de los pies, y la baña con tal esmero como si la fuera a tender sobre una larga mesa cubierta de una sábana blanca bien almidonada.

Estacionado el taxi brillante como una hoja de afeitar, por supuesto el de Sabino, el que habiendo pasado tantos años al igual que los muebles tampoco termina de cancelar, tiene una historia muy particular: solo en sueños todo el mundo quiere subir, y cuando Sabino despierta todo el mundo se quiere bajar.
La señora obesa frisa la cuarentena de años, y es la única hermana de Sabino, recontra celosa, y sospecha que sabe algo o mucho de su relación platónica con Eloísa.
-Ya estás muy viejo para iniciar aventurillas, sosiégate-le dice.

Al mediodía termina de lavar su ropa, tiene una fiesta en el Karembeau la otra semana, la tiende en la varilla donde cuelga su toalla antes de ducharse, saca un cigarro del bolsillo de su camisa, la sostiene en su boca caliente como si fuera un Cohiba. Entra en la sala a buscar su agenda, allí tiene anotado el teléfono de su hermana. No puede retener por no dormir bien más de cinco dígitos en la mente, ni siquiera sus nombres y apellidos completos: Sabino Erasmo Juan María de la Cotera Velaochaga-Cruz.
-Dígame.
Sabino apenas escupe dos palabras.
-Hola hermanita.
-Hola qué dices, estás durmiendo bien, comes a tus horas, no dejes de tomar tus pastillas, y no te olvides de cerrar la puerta de la casa, no te descuides, siempre que voy la encuentro un poquito abierta, ten cuidado, los robos a fin de año son terribles.
-Ya hermanita.
-Vente el domingo para la casa, el almuerzo corre por mi cuenta. No te preocupes de nada.
-Sí, voy.
-Te espero, no me falles.
-Ya hermanita.
Volvió otra vez al baño, pero desnudo, puso la ropa colgada sobre una silla, giró la llave de la ducha, el agua cayó con la fuerza precisa que él esperaba, el cansancio empezó a ceder, el jabón Palmolive resbaló torpemente de sus manos justo cuando tocaron la puerta.
Era Resquejo, el amigo que vende enciclopedias.
Él salió cubriéndose con una toalla y el jabón en la mano. Y él le trajo un ramo de claveles.
-Ni que fuera marica-le dijo cerrándole la puerta.
-No seas así, es el día del amigo, abre de una vez tu mente, no la tengas encerrada toda tu vida-le dijo Resquejo detrás de la puerta.
Sabino no le hizo caso, y continuó bañándose. Pensó en Eloísa, realmente existe o es producto de una mente alterada, la suya. ¿Cuántas horas acumuladas sin poder dormir todo lo que quisiera?

En Lima el día más avanzado tiene otro semblante, como si no se hubiese lavado la cara, con una suciedad ambiental evidente.

Bien aseado y oliendo a Kalós Tonight, en esta nueva noche con mitad de luna y aireado de nostalgias, hace arrancar el auto un Nissan color blanco, para cumplir nuevamente con su destino de taxista, él que nos tiene otra vez historias por contar y algunas donde guardar precavido silencio.


 

EL taxi brillaba como una hoja de afeitar enviado a Aurora Boreal® por Miguel Ángel Colán Ramos. Publicado en Aurora Boreal® Digital con autorización de Miguel Ángel Colán Ramos. Foto Miguel Ángel Colán Ramos©Carmen Rosa Colán Ramos. Adán de Mariass es el seudónimo de Miguel Ángel Colán Ramos. Foto Robert De Niro en Taxi Driver (1976).

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