Ramón Molinares Sarmiento. Escritor colombiano (1943). Estudió en la Escuela Normal de Medellín y en la Universidad Libre de Bogotá. En las universidades de Lille y Montpellier, Francia, realizó estudios de especialización en literatura francesa. Es autor de las novelas Exiliados en Lille, El saxofón del cautivo y Un hombre destinado a mentir. Fue columnista del diario El Heraldo de Barranquilla, donde también ha publicado cuentos y ensayos. En el concurso "Noventa años de El Espectador" fueron premiados sus cuentos "Chartier" y "Carne de varón tierno".Encarnación agradecía con oraciones el comportamiento de Patrocinio, su único varón; no olvidaba que desde cuando cumplió los nueve años los vecinos procuraban que sus hijos no jugaran con él.
Después del laborioso día el ebanista se sentaba a la puerta de la calle en un taburete que recostaba contra la pared para disfrutar de la fresca brisa de la tarde; jugando con el niño, que ya se paraba en sus rodillas, más que un buen padre de familia parecía una madre. Con esta dulce imagen de mansedumbre vista desde lejos llegaban los clientes a encargarle mesas, ventanas, puertas y escaparates, pero en el momento de establecer el precio, al mirarle de cerca el inquietante fulgor de sus ojos verdes, indescifrables en una cara cuyos músculos no se contraían ni relajaban para dar señales de complacencia o disgusto, no podían evitar la desagradable sensación de estar frente a alguien que había matado un hombre en Barranquilla.
Entonces, como faltos de televisión nada sabíamos de los crímenes que se cometen a diario en todo el mundo, no había para nosotros nada más horrible que una muerte violenta.
De no haber sido por su temible pasado, Patrocinio habría sido objeto de burla en las tardes en que, ya estando Alfredito en los siete años, los villanueveros lo veían entre las mujeres que esperaban a sus hijos a la salida de la escuela. Al contrario de lo que había ocurrido con él, los vecinos querían que sus hijos fueran amigos de Alfredito, que iba bien vestido a la escuela, cumplía con sus tareas escolares, no decía malas palabras, participaba en los novenarios y procesiones de la Virgen del Carmen y le obedecía en todo a su riguroso padre.
Patrocinio se sintió al borde de las lágrimas la mañana cuando, ya hecho un adolescente, habiendo entrado al primer año de bachillerato, Alfredito le dijo que no necesitaba de su ayuda ni para bañarse ni para vestirse. Tanta tristeza vio esa mañana Alfredito en los amorosos ojos de su padre que le permitió por última vez que le pusiera las medias. En adelante el muchacho amplió el número de sus amistades, que hasta entonces eran escogidas por el padre. Salía a hacer tareas en las casas de sus compañeros de colegio y los recibía en la suya con panderos y agua de panela que preparaba Patrocinio. Con Fabio, de su misma edad, era con quien más se lo veía en el destechado salón de cine de Villanueva, en la misa dominical, en las fiestas de quinceañeras y en los emocionantes partidos de fútbol que los villanueveros jugaban contra los equipos de los pueblos vecinos.
Fabio era bello y raquítico; su pobre indumentaria de huérfano de padre y madre, sus grandes ojos de mirada triste, el rostro macilento, delataban el desamparo. Menos que en la casa de su desproveída tía comía en las casas de los vecinos.
Algunas tardes, sin dar muestras de compasión, afecto o desagrado, Patrocinio escuchaba desde lejos su melosa voz de pájaro cantor a la hora de compartir con Alfredito la cena, que él adelantaba o postergaba de acuerdo con las obligaciones de su taller.
La misma noche de la muerte de Fabio, Patrocinio desapareció de Villanueva; no estuvo al día siguiente en el velorio ni asistió al entierro, lo que despejó las dudas de los pocos que no querían creer que fuera el causante de la desgracia ni imaginar que había lamentado entre maldiciones no haberle dado también muerte a su hijo, que escapó horrorizado de su cólera.
Volvió dos semanas después como si nada hubiera pasado, cuando Encarnación ya había mandado a Alfredito a vivir a Barranquilla; terminó un armario para colocar adornos y unos muebles de comedor que había dejado pendientes, y los clientes que fueron a recibir estos encargos con el ánimo predispuesto a compadecerlo, tanto por lo hecho como por su causa, no encontraron en sus ojos verdes, vivos y brillantes en su cara impasible, asomo alguno de pena o remordimiento. Quizá era el brillo encandilador de sus ojos lo que no dejaba ver los fieros conflictos que se debatían en su alma sin definida vocación para el crimen. No podía entender Patrocinio que los bruscos giros del destino nada saben de propósitos de enmienda.
Fabio fue muerto en el rincón de un patio enmontado, aledaño a la casa de Encarnación, sin cerca en el lado que daba a la calle. Su cuerpo flaco, de vértebras salientes, cuya blancura ósea era casi perceptible a través de la piel que las cubría, quedó bocabajo, con el pantalón y el calzoncillo enrollados en los tobillos y una franela blanca de rayas negras que, subida como la tenía, sólo le tapaba la parte superior de la espalda.
El patio enmontado separaba la casa de Encarnación de la de la señora Eugenia, quien, todas las noches, antes de acostarse, a eso de las ocho, se instalaba en el fondo del solar de su casa a hacer sus necesidades mayores. Sentada en una bacinilla de peltre que colocaba sobre un banco de madera, la señora pudo ver en el patio vecino, a través de la cerca de palos amarrados con alambre, las siluetas de dos adolescentes que, al paso de la luz de luna, no tardó en identificar.
Primero observó las figuras con curiosidad, después con asombro, y finalmente con estupor: Alfredito tenía el tronco inclinado hacia delante, como en cuatro patas, con las nalgas desnudas y la cabeza apoyada en el tallo de un papayo; y detrás de él, también desnudo de la cintura para abajo, Fabio agitaba su cintura con un vigor que contrastaba con la fragilidad de su apariencia. Avergonzada de lo que veía, la señora Eugenia cerró los ojos; cuando los volvió a abrir, Fabio, suspendido en el aire, en vilo, guindaba de unas manos fuertes que, detrás suyo, le apretaban la garganta. Cuando, con la lengua afuera, el muchacho dejó de patalear y fue lanzado como un pollo flaco contra el tallo del papayo, la señora Eugenia columbró el brillo de los ojos verdes de Patrocinio Reyes.
Lo visto por la señora Eugenia pasó en seguida a todos los oídos, a todos los labios, pero el homicida no fue denunciado ante las autoridades porque, como siguen sosteniendo algunos, el pueblo entero no pudo resolver la discordia establecida entre la muerte del adolescente y su causa: un crimen y una relación amorosa entre muchachos eran más o menos lo mismo para los villanueveros de entonces.
La muerte de un adolescente enviado a Aurora Boreal® por Ramón Molinares Sarmiento y Julio Olaciregui. Pubilcado en Aurora Boreal® con autorización de Ramón Molinares Sarmiento y Julio Olaciregui. Foto Ramón Molinares © Sarmiento Ramón Molinares Sarmiento.




