Alejandro Belonne Devereux. Argentina 1980. reside en madrid desde 2008. Es fundador de la editorial de poesía mural La Madrileña, con sede en Madrid, y La Porteña, con sede en Buenos Aires que cuenta con la colaboración de la Editorial Eloísa Cartonera. En la actualidad prepara un libro de cuentos y una novela que se encuentran en proceso de edición.Cuando entró en la casa tuvo la impresión de que una parte del otoño se había metido adentro. En la cocina persistía el olor a alimentos hervidos. Tomó la bolsa de los mandados que colgaba de la llave de paso del agua sin ver al gato que dormía sobre una de las sillas, debajo de la mesa. Buscó el dinero en el tazón de las monedas y atravesó el corredor pensando en las acelgas para la cena. Cuando llegó a la habitación se detuvo frente a la puerta abierta, apoyándose de lado en el marco.
Adentro, a oscuras, dormía su esposa enferma. Escuchó la respiración de ella complicándose dentro de los pulmones, en la penumbra del cuarto. El señor Sils se entristeció de golpe y fue consciente de ese entristecimiento, y de su soledad. No prendió esta vez la lámpara de la mesa de luz. Se abrigó y salió para el mercado.
La habitación de la mujer estaba impregnada de un fuerte olor, ese olor a fiebre caliente y agrio, como de azufre, que se desprende de los cuerpos enfermos. La señora se movió entre las sábanas y gimió débilmente, cómo si aprendiera a hacerlo. Sus párpados, tendidos sobre los ojos, se fueron retirando y se sintió enseguida a ciegas. Se incorporó morosamente, haciendo rezongar los elásticos de la cama y dejando a la vista (si ello pudiera verse), sobre la almohada hundida, una maraña gris de pelos muertos.
Respiraba un aliento que de haber podido interpretarlo le resultaría amargo, cobrizo, al pasarle entre los dientes. Arrastrando un poco los pies comenzó a caminar haciendo sonar las articulaciones de sus rodillas y tobillos. Atravesó el comedor con una levedad de sonámbula y miró por la ventana que daba al patio. Allí, empleando el asombro, descubrió lo que se destacaba afuera. En el centro del patio ardía la fogata precipitando sus colores al aire. Llegó hasta la puerta y salió fascinada a buscar lo que brillaba afuera. No sabía exactamente qué era, y bajo su piel se filtraba la agitación de aquella incertidumbre. Se acercó hasta la pila de fuego y se movió a su alrededor, examinándola. Cuando se metió en ella (lo hizo del mismo modo con el que hubiera entrado a una llovizna) no sintió la nociva labor del fuego, ni las ramas partirse bajo sus pies descalzos, ni el olor del eucalipto y el laurel en combustión. Estaba vacía de intelecto, era una simple cáscara de mujer movida por el hábito de su corazón que trabajaba duramente bajo su pecho. Parada frente a la fogata dejaba con enamoramiento que las llamas le lamieran la piel, quedando toda revestida por ese baño luminoso que le imprimía la sensación de ser ligera. Después de un momento salió del fuego y caminó hasta el porche, obedeciendo el cansancio de sus huesos.
El señor Sils vuelve del mercado. Irá desapareciendo la memoria esporádica, luego los recuerdos y conceptos adquiridos, perderá la habilidad para preservar información relevante, usted comprende que algún día su esposa no sabrá cómo se llama, ni de qué manera vivió, ni cómo es el color azul, o cualquier otro color, ahora es consciente del deterioro de su propia memoria, pero después esto también irá desapareciendo y ya no podrá evocar nada, será incapaz de recordar señor Sils, lo siento, realmente lo siento, pero no experimentarán con mi esposa, doctor.
El señor Sils atraviesa el sendero de ligustros con la bolsa exigida en ambos lados por los paquetes de acelga y se queda petrificado frente al porche. Aturdido, deja caer la bolsa al piso y se lleva las manos a la cara, a la boca. Sus ojos leen y no alcanzan a comprender el esquema de su mujer prendida fuego. No consigue gritar; corre torpemente hacia el porche.
Su mujer, sentada en la mecedora, continúa meciéndose mientras se mira fijamente las manos incendiadas, como si tratara de esclarecer su funcionamiento. La silueta resplandeciente se destaca sobre el fondo de la casa, que ha quedado a oscuras. El fuego se desliza sobre la señora Sils al impulso de la brisa y ese deslizamiento le deposita en la conciencia una especie de placer injustificado y dulce.
El señor Sils, subiendo los escalones del porche, advierte consternado que el fuego no provoca ni lesiones ni dolor en el cuerpo de su esposa; es como una amable sustancia moviéndose sobre las desigualdades de su camisón y de su cuerpo, como agua y aceite intentando y no logrando mezclarse. Avanza un poco para observar más de cerca el fenómeno imposible y balbucea:
No puede ser Elena, ¿qué es esto?
Su mujer se vuelve hacia él, perdida, y viéndolo, pareciera decir "Si, ¿qué es esto?" - tratando de atrapar una porción de fuego en la concavidad de sus manos - "¿qué es esto tan bonito?"
¡Por Dios Elena, es fuego¡ -dice él.
El pronto despertar del recuerdo comenzó a recorrer los pasillos de la conciencia de ella, que apoyando la cabeza prendida fuego en el borde del respaldo lo fue recibiendo con estremecimientos. Una rauda multitud de imágenes la atravesó, convocándose caóticamente, y ella, bajando los párpados también incendiados se aferró a la silla con todo el cuerpo.
"¡Por Dios Elena, es fuego¡" El significado de esas palabras llegó con violencia y el aceite comenzó a mezclarse con el agua. Recordó por un instante al fuego; recordó su bárbaro oficio, y entonces, puñales de hirviente acero comenzaron a trabajar frenéticamente en el cuerpo de la señora Sils.
La que se vistió de fuego enviado a Aurora Boreal® por Alejandro Belonne. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Alejandro Belonne. Foto Alejandro Belonne©Arturo Vidal. Foto Mujer fuego©Mario Camelo.
La señora Sils, envuelta en llamas, atraviesa el patio oscuro y se sienta lentamente en la silla mecedora, cansada. El fuego, ciego, se mueve por encima de ella variando de coloraciones amarillas y un tanto azuladas. Está anocheciendo detrás de los árboles. 


