Los versos del navegante
Selección y prólogo de Lauren Mendinueta
Traducción de Nuno Júdice
Editorial: Assírio & Alvim
208 Páginas
2013
Fragmento del Prólogo (Lauren Mendinueta)
Si puedo estar a tu lado en un día gris
Sin que preguntes el motivo,
Mas, tomando mi mano,
Regalándome un poema, una flor,
Una sonrisa,
Me haces sentir la necesidad de tu presencia.
Los crímenes de la calle Barthes
Pablo Valle
Novedad
Cuarto título de Katzen
Marzo 2013
Una novela que combina dos vertientes interrelacionadas.
Por un lado, es un policial de enigma, en la que el detective es un joven corrector (protagonista de otros cuentos del autor), Carlos Leinad, que suele utilizar sus conocimientos textuales —de su oficio y de la teoría literaria— para llegar a descubrir al asesino.
El otro aspecto tiene que ver con su ambientación en una época no demasiado frecuentada por la literatura argentina: la transición de la dictadura al primer período democrático (la llamada "primavera alfonsinista", que en la realidad histórica termina con los levantamientos militares de Semana Santa de 1987, pero en la novela tiene su culminación decepcionante en un incidente poco conocido: la represión policial a los estudiantes universitarios, de noviembre de 1986).
Paso No 1. Reciba una llamada
Mientras realiza labores cotidianas como: dirigirse a su escuela, caminar rumbo al trabajo, a punto de sentarse a desayunar con las amigas o en el centro comercial.
Tárdese en contestar la llamada; pretexte, en caso de ser mujer, no encontrar el teléfono en el bolso, situación que dará pie a pertinentes comentarios sobre el exceso de cosas innecesariamente necesarias en estos tan imprescindibles artículos femeninos. Si, por el contrario usted (a quien desde este momento se le designará como "el doliente") es varón, diga simplemente que no lo oyó.
Después de esta llamada perdida apresúrese a contestar al siguiente timbrazo.
Ojo: Procure recibir su llamado en el transcurso de la mañana, pero no excesivamente temprano ya que podría perturbar sus horas de sueño.
A partir de las nueve de la mañana, podía vérsele sentado en una esquina de la Plaza de la Catedral, con Mariguana portando chaleco, sombrero y corbata de lacito, en la pose tan aprendida que ya pensábamos que dormiría así de ordenárselo su dueño. Llegaba con su andar de beodo, la cabeza medio metro por delante del cuerpo, candidato a ser atropellado por lo que le pasara por delante, protegido por las fuerzas del destino, que lo tenía vivo desde hacía más de cuarenta años a base de alcohol y una comida diaria que a veces cambiaba por un trago.
Jamás faltaba a su cita, con la puntualidad de un trabajador estatal. Su sencillo negocio era una prueba del ingenio criollo para sobrevivir a toda costa con el esfuerzo mínimo. Había comenzado de pura casualidad, cuando un turista lo vio, tan trompa como siempre, con el viejo sombrero calado hasta las cejas, sentado en la acerita del Callejón del Chorro, en la puerta del solar donde tenía su cuarto y le observó darle una calada del cigarro al perro.
- ¡El perro fuma! - exclamó sorprendido el stranger - ¿Cómo lo llama?
- Le dicen Mariguana - respondió Matica sin emoción, mirando a trasluz la botella y comprobando una vez más que estaba vacía.
- ¿Puedo tirarle un foto? - preguntó mientras extendía su tarjeta - Señor...
- José Miguel Mata, para servirle.
Reseña del libro Breve Historia de la Narrativa Colombiana Siglos XVI – XX de Sebastián Pineda Buitrago.
A la crítica literaria se le suelen colgar calificativos harto favorables para quienes gozan con los inventarios complacientes. Si se ha dicho de ella que es un vinagre que malogró en su tránsito al vino; aquí hemos de contrariar para creer que ese vinagre suele aguzar el paladar en más de una ocasión. Hija de los grandes ensayistas que en Hispanoamérica nos han dado todo un corpus de pensamiento, la crítica, cuando se asume con rigor y equilibrio, reinventa las literaturas en su vocación de diálogo e interpretación. Así lo hace Sebastián Pineda Buitrago en su libro Breve Historia de la Narrativa Colombiana. Su ensayo conversa de manera diacrónica con las vertientes y autores que a su juicio, configuran las manifestaciones relevantes en los distintos momentos de la literatura colombiana. Su mirada es siempre serena y osada; perspicaz y viajera. ¿Pero qué significa una crítica dotada de estas características? Sebastián, buen lector de Alfonso Reyes, sabe que el juicio estético comporta dimensiones ajenas al valor implícito de la obra que obliga a evaluar desde del otro lado de la muralla. Para ello se vale de la historia de la ideas, prisma en desuso en estos tiempos de vulgar escepticismo; pero también acude a la literatura misma, a ese acervo eslabonado por los hitos literarios y las diversas tradiciones que se reúnen y que de manera silenciosa trazan los rumbos creativos.
Con excesiva frecuencia nos encontramos listas interminables. Quiero decir: cuando leemos los análisis de versiones fílmicas basadas en textos literarios. Muchas de ellas (por lo general referidas a las transformaciones llevadas a cabo en el proceso de adaptación cinematográfica) suelen venir a dos columnas para facilitarnos el repaso comparativo entre la película y la novela. Y ahí asoman, muy reverendas: de personajes, de escenografías, de acciones, de épocas, de locaciones, de escenas, de vestuarios. O realizadas con cualquier otro criterio. He de confesar que cuanto más exhaustivas son, más tediosa puede llegar a ser la lectura de estos itinerarios críticos. ¿Estoy sugiriendo que la exhaustividad resulta indeseable en este tipo de análisis? No necesariamente. Tampoco digo que el problema sean las listas en sí, como recurso metodológico. Pero habremos de reconocer que demasiados estudios de esta naturaleza se extravían en la minucia: buscando ponerlo todo, dejan de poner lo fundamental.
No obstante, sabemos que elaborar listas siempre es un ejercicio tentador en estos casos. Seguramente porque nos permite adelantarnos en la identificación de las diferencias más notorias entre la obra cinematográfica y la novela original. Con todo, este expediente no representa per se un verdadero avance crítico. Me explico: dada la naturaleza intrínseca a todo trasvase, es decir, al procedimiento que consiste en llevar un relato de un soporte expresivo a otro (en este caso, del verbal al audiovisual), realizar modificaciones viene a ser un presupuesto de base. Adaptar es transformar, es adecuar una narración a los requerimientos y posibilidades de otro lenguaje. ¿Cómo podríamos evitar, entonces, que el análisis de una adaptación fílmica devenga en la constatación mecánica de aquello que de entrada ya se presupone? Habría, probablemente, contestaciones muy diversas para este interrogante.
Lo mío no será tachar al "Boom", como se ha puesto de moda entre tanta gente de mi generación. Al contrario: lo mío será subrayarlo. Y celebrar estos cincuenta años transcurridos desde su deslumbrante explosión. ¿Quién tiene la fecha? Aunque no hay consenso, nadie podría negar que "La ciudad y los perros" (1963) de Vargas Llosa y "Rayuela" (1963) de Julio Cortázar algo han tenido que ver con su detonación. Los nuevos detractores del "Boom" han sacado otra vez el viejo memorial de agravios y repetido las vetustas diatribas de siempre. Pero yo voy a celebrar, pues he crecido leyéndoles, admirándoles y aprendiendo de su maravillosa literatura. Hay mucho que agradecerles. Aunque teníamos en Latinoamérica novelas importantes antes de los años 60 del siglo pasado, lo cierto es que apenas sí teníamos novelistas. Quiero decir que aquellas obras previas al "Boom" o fueron libros únicos de sus autores o, con muy raras excepciones, pertenecieron a repertorios bastante magros. Para mal y para bien, en América Latina el novelista profesional fue inventado en esa década prodigiosa.
Claro que hay más. A mediados del siglo pasado, la narrativa en lengua española había caído en el marasmo de un realismo más bien soso, convencional. La poesía, en cambio, venía de recorrer varias décadas de esplendor a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, nuestra novela no acababa de modernizarse, no lograba asimilar el ímpetu renovador que las vanguardias artísticas habían inoculado en otros ámbitos de la cultura. Así fue hasta "La llegada de los bárbaros" (2004), como los llamaron Joaquín Marco y Jordi Gracia en aquel volumen recopilatorio sobre la recepción de estos narradores en España. Cierto: no es posible formular una estética común al leer las novelas publicadas en esos años, porque no la hay; pero sí es notorio, de una a otra, el empeño de sus autores por reinventar el género, por zafarle esa rémora tradicionalista que ya le impedía respirar. Y eso también es de agradecer.
Cuando un fenómeno literario o estético logra una gran repercusión cultural, le sobrevienen epígonos por doquier. Todo el mundo quiere su pedacito de gloria, ya se sabe; incluso hay quienes, para conseguirlo, imitan sin pudor. Hasta este punto, no he dicho más que una perogrullada: cada ratón va por su queso. La cuestión se pone verdaderamente espinosa, sin embrago, cuando dicho fenómeno literario o estético se vuelve hegemónico. El prestigio que logra un determinado núcleo de autores y de obras resulta asaz contundente; de manera que, en lo sucesivo, no parece posible crear de una forma alternativa. Y esto ahoga, desde luego, cualquier exploración artística distinta. Algo parecido ocurrió con el "Boom" de la novelística latinoamericana.
Aunque hubo una gran pluralidad de estilos e inclinaciones en la narrativa de aquellos años 60 y 70, algunos rasgos generales predominaron en sus obras más emblemáticas. La búsqueda de la "novela total", por ejemplo; o la experimentación formal; o el rompimiento de la linealidad temporal. Trazas como éstas presuponen un atento trabajo de lectura; es decir, un esfuerzo para desentrañar los hilos del relato. También es cierto que ponen de manifiesto una vocación de trascendencia, una filiación de sus autores con la "alta cultura". Bueno, nada que objetar: estas características del "Boom" son tan válidas literariamente como sus opuestas. He aquí la nuez del asunto que quiero plantear.
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