Mouriño llegó hasta la puerta de ese edificio en Barracas sin lograr que las dudas lo abandonaran del todo. Entonces, ahí, en la puerta, fue peor, porque el edificio parecía de cuarta, de décima, en fin, difícil de calificar.
Tocó el timbre del departamento correspondiente, y alguien le abrió sin siquiera preguntarle quién era. ¡Funcionaba el portero eléctrico! Ya se había olvidado del sonido que hacían. Era como si allí no hubiera nada de valor para robar. A la inversa, parecía más bien que el visitante sería robado apenas ingresara.
En todo caso, ahí tenía que estar él, no se había equivocado, era el lugar donde Rivera lo había mandado. Y no podía dejar de confiar en Rivera.
Por supuesto: el ascensor no funcionaba. Por supuesto: no había ningún portero (encargado) a la vista. Esto último, sin embargo, era lo más conveniente. Subió por las escaleras hasta el cuarto piso y buscó el departamento "C" (había muchos por piso, una pajarera). La puerta no estaba abierta pero se abrió, sola, apenas él estuvo enfrente, antes de que tocara el timbre, que probablemente no funcionara. Quiso buscar dónde estaba la cámara, pero desistió; tenía que entrar.
El departamento era de un solo ambiente, pero bastante grande, hasta donde podía ver, porque la persiana de la única ventana estaba subida a medias, ladeada, como si tampoco funcionara. Tardó en acostumbrarse a la media luz, pero cuando lo hizo vio a quien tenía delante y no lo pudo creer.
El autobús partía a las 9:30 y yo salí de la Cité a las 9:15. La comida había sido larga, mucho más por los vinos. En aquellos días era imposible no acompañar cada sentada a la mesa con vino. Me tercié la pequeña tula de weekend y con Jorge salí corriendo a tomar el Metro. Al pensar en la velocidad del Metro gané seguridad para llegar a tiempo. Y la primera demora fue en Chatelet-Les Halles. Correr por los intestinos de esa estación inmensa, correr en la banda de caucho peatonal que comunicaba con otros intestinos, correr hasta el andén de la vía Pont de Neully. Todo el trayecto lo hicimos a pulmón abierto. En Concorde había que hacer la conexión con la vía Port de la Chapelle, pero cuando llegamos allá acababa de pasar el Metro. Eran las 9:30 y nuestra carrera se enfrentaba al horario inglés de un autobús. Me sentí desanimado, ya no vería Londres. Me entregué al sosiego que me daba el vino, aunque no dejaba de envidiar a Lisímaco, quien esa misma noche viajaba también a Londres. En Beaubourg los dos habíamos hablado de terminar la semana callejeando por Picadilly, pero yo no le concreté nada. Preferí quedarme en París y no volví a ver a Lisímaco. Después cambié los planes.
Llegamos a Madeleine y la carrera fue más veloz. Jorge me decía que se sentía muy avergonzado conmigo porque él se había demorado mucho en preparar el pollo, y yo ahora perdería el autobús. Le respondí que no, que estuviese tranquilo, y lo palmeé en los hombros, mejor sigamos corriendo, agregué. En Rue Royale estaban estacionados tres autobuses. Buscamos el de Magic Bus y lo encontramos. Celebramos con mucho entusiasmo. Ahora sí yo todo feliz porque vería a Londres. Antes de despedirse, Jorge reconoció a dos amigas suyas. Estaban detrás de mi puesto. Eran simpáticas y suramericanas. Las saludó y me relacionó con ellas. Me gustó saber que viajaría acompañado. Luego que nos presentó se despidió muy efusivo. A las carreras partió hacia Port de Orleans, allá lo esperaba Celina.
Para hablar cómodo con las muchachas encaramé una pierna en el asiento. Lo de rigor: París de día, París de noche, estudios, viajes, y ahora el Londres que visitaríamos. Eran brasileñas. Entre ellas hablaban en portugués y a mí se dirigían en español. Clara María era pequeña, bonita, y hablaba a media lengua, como si tuviera frenillo, quizá por eso le sonaba tan bello el portugués. Cuando les conté de mis apuros con Jorge para llegar a Rue Royale, por vez primera noté que me miraba aquel muchacho. Yo charlaba con las brasileñas y él no me retiraba su mirada, me miraba como entre aterrado y curioso. El muchacho viajaba con un grupo de amigos, tal vez estudiantes. Alto, rubio, colorado, de ojos muy grandes y azules. Deduje que era inglés. Seguí hablando con las muchachas y me dijeron que llevaban comida, me ofrecieron compartirla. Quizá notaron mis manos vacías, las prisas por llegar a Madeleine no me habían permitido armarme de alguna vitualla.
-Muito obrigado-. Les dije, y sonrieron hermoso.
Llevaba, no lo recuerdo bien, quince, tal vez veinte años pintando. Era mi vida. Había empezado a pintar porque donde crecí, al lado de mi casa, había una tienda y el tendero pintaba. Era un pintor nato que detrás del mostrador, mientras atendía, entre el azúcar, las aspirinas, el aceite y la goma de mascar, tenía todo un taller de pintura improvisado. Bastidores, pinceles, óleos...
El hombre se llamaba Catalino Esquivel, un viejo encantador que cuando la gente entraba y le pedía media libra de arroz, se levantaba del lienzo, despachaba la media libra de arroz. Cobraba, daba el vuelto y volvía a concentrarse en su pintura hasta el siguiente cliente que le gritaba "Don Catalino media docena de huevos" y así transcurrían todos los días desde que abría la tienda hasta que la cerraba bien entrada la noche.
Yo no debía tener más de siete u ocho años. Me iba en las tardes a la tienda de don Catalino y lo observaba pintar. Veía cómo este monstruo de la pintura transformaba la realidad en otra realidad que me dejaba maravillado. Debo a don Catalino mi interés por la pintura. Por culpa de él nunca me interesé por el fútbol como todos en mi cuadra.
Llegaba a la tienda y apoyaba mi mentón en la vitrina a la que escasamente alcanzaba, y el olor a trementina y óleo me transportaba a sus lienzos y a sus pinturas.
Cuando empecé a tener uso de razón, empecé a pintar sobre tablas con acuarelas y con el tiempo descubrí que don Catalino me había revelado la magia de la técnica al óleo.
Todas mis horas se invertían entre la tienda de don Catalino y mis dibujos, acuarelas, pasteles y óleos. A veces me daba por esculpir barro y greda. Me hice adolescente y ya había pintado las paredes de mi cuarto y el techo. El cura del barrio me autorizó para pintar ángeles en la iglesia y me vi forzado a estudiar a Rafael y a Velázquez. Copié motivos.
Un día entre las cruces
Armando Romero
Ediciones El otro el mismo
Novela
Páginas 148
2007
Afrodescendientes en el istmo de Panamá: 1501 - 2012
Melva Lowe de Goodin
La profesora Melva Lowe de Goodin ha escrito un texto de interés para aquellos preocupados por el destino del país, sobre todo, por aquellos que desean conocer e investigar sobre los Afrodescendientes en el Istmo de Panamá: 1501-2012. La autora logra resumirnos con suma habilidad, y de manera muy equilibrada, los textos, los autores y los hechos históricos que han marcado este avatar de la población afro del país, una historia que se remonta hasta el período colonial, cuando los negros fueron deportados como esclavos del continente africano, destino compartido en las Américas, y, sin embargo, no está lo suficientemente realizado en nuestros países, es decir, que gran parte de nuestra riqueza y destino está basado sobre el trabajo y la explotación de los afrodescendientes (primero en la colonia y, posteriormente, con el Canal) que no terminan de estar invisibilizados, tanto por la historiografía tradicional como por los censos de población.
Gustavo M. Galliano, poeta, narrador y docente universitario. (Argentina). Tiene un libro de relatos breves La cita y en preparación un nuevo libro de narrativa (Un dragón en el acuario) y un poemario (Ocultos tras la bruma). Ha participado en numerosas antologías literarias internacionales y publicado en revistas literarias alrededor del mundo. Colabora con diversas revistas de literatura y arte en Argentina, Canadá, España y USA. Es miembro fundador de Naciones Unidas de las Letras (UNILETRAS), de Unión de Escritores Hispanoamericanos (UHE), de Red de Escritores en Español (REMES) y de Poetas del Mundo.

Who's Your Daddy? And Other Stories
Geoffrey Philp
Peepal Tree Press Ltd.
2009
Páginas 160
Muy poco sabemos de la literatura caribeña actual y, especialmente, escrita en idioma inglés. No debería ser así, no solo por la circulación de títulos, textos y escritos, sino también por los evidentes vínculos históricos, culturales y humanos de Panamá con el Caribe y, especialmente, con las islas de habla inglesa. A pesar de no estar traducido todavía al español, Geoffrey Philp es uno de esos nombres, de esos escritores, que deberíamos ingresar en nuestras lecturas, junto con otros escritores caribeños que cruzan fronteras y temas. Philp es un escritor que nació en Jamaica, y que actualmente vive en la ciudad de Miami. Es poeta, cuentista y novelista, que ha convertido la experiencia humana, caribeña, no solo en un tema para ser trabajado literariamente, sino que su empresa consiste en revelarnos sin tapujos ni mogijaterías lo complicado de esa experiencia en una variedad de formas que van desde la homofobia, pasa por el crimen, el racismo, y la destrucción absoluta de todo sueño que pueda ser logrado en el país de acogida, los Estados Unidos, como se expresa en el cuento Who's is your daddy?
Al otro lado del acaso
José Cardona-López
São Paulo: Lumme Editor, 2012
112 páginas.
ISBN: 856244183x
ISBN-13: 9788562441837
Siga un pequeño sendero y podrá encontrarse inmerso en un mundo imaginario de hormigas y otros cuentos de ficción escritos por el autor colombiano José Cardona-López.
Titulado Al otro lado del acaso, el nuevo libro se ha publicado recientemente en São Paulo, Brasil, por Lumme Editor, una prestigiosa editorial de autores reconocidos internacionalmente.
Es una colección de 50 cuentos de diferentes tamaños, en la que se utilizan diversas intenciones literarias y estilos como la narrativa poética, el absurdo, la metaliteratura y el surrealismo, explicó Cardona-López.
"Son cuentos que se fueron haciendo poco a poco y sin que hubiera un propósito de convertirse en un libro que saliera pronto y todo ha ocurrido de una forma que me tiene satisfecho," comentó, "Es un libro que escribí lentamente y comprende cuentos de diversos tamaños."
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