Miguel Espinosa (Murcia, 1926-1982) es un escritor de culto, una rareza en el ámbito de la literatura española, que nos sorprende con la fina ironía de su prosa. Conocido por Escuela de mandarines, su escritura gira alrededor de una idea y se sustenta en pilares tan antiguos como sólidos: la palabra profética que desciende hasta las formas primarias del verbo, despojando lo humano de los artificios de la cultura, devolviendo a las criaturas a su condición animal. La Historia del eremita es la primera versión de la paradigmática Escuela de mandarines (1974) que no pasó desapercibida para la crítica universitaria, pues llamó la atención de especialistas como Gonzalo Sobejano y Luis Miguel García Jambrina; y de críticos influyentes como Rafael Conte, quien en el monográfico que le dedicó la revista Quimera en 1984, publicó un artículo, junto con Enrique Tierno Galván y Juan Ramón Masoliver y en el que también se incluye una entrevista del colombiano Miguel de Francisco. En 2005 Rafael Conte nos dejó un lúcido artículo: Miguel Espinosa sigue vivo.
Extracto del prólogo del libro La mirada desobediente, Adriana Hoyos
Este segundo libro, escrito entre 2007 y 2010, tuvo, originariamente, un título distinto –Punto de fuga– y otra ordenación. Y algunas alusiones veladas al acmeísmo –a veces me da la impresión de que Hoyos es una poeta a la inversa de Pizarnik o Lispector: de Sudamérica hacia el Este–. También una convicción muy profunda la llevó a la nueva óptica: La mirada desobediente. El título, de actitud rimbaudiana, justifica su modo:
Cuando desviamos nuestros ojos en un gesto de pudor, prudencia o educación, la mirada desobedece por instinto y se posa sin contemplaciones, directamente, sobre aquello que intentamos evitar.
¿Es un libro para ver? No creo: no se dedica a mostrar, sino a transformar. Tiene algo de alquimia y transmutación. De conversión de la experiencia interiorizada en objeto poético. Verbal. Dividido en cuatro partes –"Descripción del pueblo", "El destino a cada paso", "La vida a sorbos", "Entre la palabra y el olvido"–, el volumen nos ofrece el proceso y no el resumen de un mundo, algo que va in crescendo. "Descripción del pueblo", la primera sección, que también podría llamarse The Lost Paradise, sin perder nada, es un tejido de recuerdos y vivencias, con su paisaje con figuras o sin ellas, visto a la luz de este instante: lejos/cerca, presencia /ausencia. Resulta significativo el símbolo de la puerta como gozne entre dos ámbitos y el del agua como imagen del tiempo vivo: Cruzas el umbral / Abres la puerta / En la fuente el agua fluye.
Eran dos hombres sumergidos en aromas de la noche y parcelas de maíz y yuca. De los pilares del rancho colgaban sus hamacas y ellos recostados en ellas. Perennes solterones se habían amistado para cultivar la tierra que habían desbrozado hacía un par de años. De la noche, remoto, atravesando montes y descampados, vino el grito lastimero y femenino. Los hombres alargaron sus manos y se tentaron para saberse mutuos guardianes. Hubo pausa de brisa entre árboles. Sólo los bichos prosiguieron sus llamados de amor. Once segundos y fue el segundo clamor, esta vez más inmediato. La piel les sudó hielo, les desnudó cobardías y los encajó en el miedo. La brisa restableció su marcha entre los árboles y esta vez fueron los bichos los que interrumpieron sus reclamos. Los hombres se sentaron en sus hamacas y el tercer grito fue en el patio donde tenían el rancho. Aullaron los perros y las aves se inquietaron en sus nidos. Ellos experimentaron en sus venas revuelo de hojarascas con escarcha de espanto. Uno de ellos buscó ansiosamente un par de tabacos; el otro rastrilló un cerillo. Éste dijo, observando tenso la salvaje belleza de la mujer en el umbral de la puerta, estática en su sola pierna: No entiendo José María, qué pasa; ¿Cómo puedo verla si soy ciego? Y el otro: Y yo, Eliseo María; ¿Cómo puedo oírla si soy sordo?

En el Valle de Lérida existe una criatura femenina tan misteriosa y fascinante como la Madremonte o la Candileja. Pensar en ésta y sus artificios me colma de espanto y recelo: Apaga el lustre de la sangre mientras la noche es densa y el hombre en sus caminos tiene libertad para equivocarse.
Mi hermano Jacobo y yo, en el recorrido de Lérida a Ambalema, dejamos un sembrado de arroz (a lo lejos parecía glauco como el mar) y nos internamos en un paraje donde nos pareció que el sol no llegaba jamás. Los hombres cobrizos, reconocidos por el olor y el calor de sus palabras, parecían no haber pisado esta tierra.
Jacobo tenía una amante ambalemuna y de vez en cuando iba a visitarla. Esa vez me pidió lo acompañara. Quería saber de sus artificios de enamorado, pues tenía fama de rendir a toda mujer que se detuviera a oírlo.
A la tercera hora de nuestra partida (habíamos salido a las diez) avistamos una pequeña construcción circular, de dos plantas, dispuesta en un descampado. Al fondo, dos kilómetros hacia el oriente, el hilo de plata del río Magdalena fluía hacia el norte. Jacobo creyó conveniente darle vistazo a la vivienda. El celo me trabajó como continua caída de agua en mi cerebro. Yo había hecho el recorrido durante el día, dos veces en distintas oportunidades, y no recordaba haber encontrado aquello.
Cuando nos acercamos a la construcción, la noche se venía en prietas y frías oleadas de brisa. La casa emergía, cono de chocolate, a un lado del camino, cerca de unos árboles de ciruelo. A la distancia de quince metros era difícil hallarle puertas. Al acercarnos un poco más supimos que las paredes tenían rectángulos grises. De las ranuras brotaban cintas de luz que nos caían en la cara como hielo.
Jacobo me detuvo y señaló la segunda planta. Una mujer, a quien no veíamos en toda su corporeidad, nos señalaba los rectángulos y nos invitaba a entrar. Dudé, pero Jacobo me arrastró hacia adentro. Por el gorjeo de su garganta supe que tenía una sonrisa satisfecha de amor.

La arena acallaba los pasos alejándonos del balneario. A medida que avanzábamos, oíamos cómo el retumbo del mar se confundía con un son apacible y complaciente que llegaba a favor de la brisa. El son, de una tristeza tranquila, ocupaba nuestra curiosidad.
Subimos un montículo de arena. Una gruesa ola acababa de retirarse de la playa. Ese viernes de octubre fue Lina quien primero lo vio. Me tomó el brazo por el codo y me mostró. Lo vimos sentado; los pies desnudos. No llevaba ninguna ropa salvo una túnica blanca cuyos faldones se doblaban sobre sus piernas. Su barba y sus cabellos blancos enmarcaban una cara en cuya frente brotaban dos cuernos pequeños. Soplaba una flauta.
Nos acercamos. Tenía los ojos vacuos. Probablemente era ciego. Los tendones de sus miembros se transparentaban bajo su piel de venas gruesas y casi oscuras.
Sin dejar de sostener la flauta con una mano, alargó la otra y palpó a su alrededor buscando a tientas. Puso la mano en una bota de cuero, se la llevó a la boca y bebió. Después dejó la bota en la arena, la flauta regresó a la boca, la cara vuelta hacia un punto fijo, dentro del mar.
La flauta era del color de sus cuernos carnadinos. En cuanto sonó para nosotros, pareció gaviota de granate moteada de marfil. Las manos revoloteaban a su alrededor con aleteos de pájaro.
Otras esquinas (Relatos)
Jairo Restrepo Galeano
Caza de Libros – Club de Lectores
2011
85 págs.
Al vagabundear por Otras Esquinas el lector se siente avanzar entre parpadeos: cada vez que sus ojos se abren y cierran, una poderosa imagen se desliza. A veces esa imagen es fantasmagórica, tenebrosa; a veces real, bella, erótica; a veces analítica y crítica de la sociedad. Sin embargo cada parpadeo es un largo abrir, observar-detallar el mundo, para luego dejar venir la oscuridad del final del parpadeo.
Aquí estoy, otro día en la plaza, esperando ese bus que me lleva siempre a la casa de la señora rica. Hace un poco de frío, y una tiene que ponerse mucha ropa encima. La señora me dio una chaqueta y un pañolón, y los uso cuando se nos viene el mal tiempo, como ahora.
Cuando vengo a la plaza ya están otras personas esperando el bus. La mayoría son mujeres, entre los 25 y los 40 años, que se ganan, la vida de la misma manera que yo: limpiando casas. Pero también hay hombres en el grupo, entre los 40 y los 45, y jóvenes, de 16 a 20 años, nos subimos, y el bus nos va dejando en las mansiones que hay en el trayecto, y en los hoteles, hasta que llegamos a esa pequeña ciudad que está a la orilla del mar. "Carmel junto al mar" se llama la ciudad, y es muy bonita y muy limpia, con muchas tiendas, y vitrinas en las aceras, y restaurantes.
Ese amanecer apareció instalado en el centro de la plaza. Algunos dijeron que surgió de la nada, otros que vino volando en su baúl, estos que lo trajo la lluvia de estrellas de la noche anterior, aquellos que lo dejó abandonado el último circo ambulante... La mayoría, simplemente, ignoró su presencia.
José, el escribano, fue el único que espió sus movimientos a través de las doce horas de luz que le regaló el verano. Al caer la noche lo vio intentando acomodarse en su vieja arca de madera y se le antojó un sacrificio mayor que el que un humano pudiera soportar. Acercándosele, lo invitó a compartir su choza y su cena de pan y té de hierbas.
Al romper el alba había alguien tocando a su puerta. No puedes monopolizar al hacedor de milagros, le dijo, señalando una larga línea a sus espaldas, llena de enfermos, contrahechos, mendigos, madres con hijos sin zapatos y viejas tirando de animales con el vientre hinchado de parásitos.

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