Soñé que caminaba hacia el escritorio, y que andaba tranquila porque la trama, los datos y esbozos de una novela estaban tan planificados, que solo me bastaría sentarme a transcribirlos. Desperté. Molesta porque hurgando lo más meditado y entrecerrando ojos inclusive, no encontré el mínimo indicio de una historia. Y bueno, ya ha pasado un tiempo desde que no escribo nada, pensé... porqué amargarme ahora que había dejado de hacerlo, una jornada poco común presidió ese desencuentro mañanero. Pasaba que el trapeador estaba tan sucio que la simple idea de lavarlo a mano me repugnaba, pero había que tomar en cuenta que alguna pendejada había pasado en las cañerías, y que de todos los lavabos estaba goteando un espeso grumo entre café y rojo, que durante toda la noche a placer formó unos asquerosos laguitos que no se si queriendo o sin querer pisé al despertar descorazonada por mi sueño, insisto: no se si quise pisar o no, y eso es un dulce sentimiento que provoca en mi la posibilidad de hacer o decir algo que sé que súbitamente me perjudicara y no a la larga, el juego promueve el desastre al instante. Ejemplo: mi novio, en las conversaciones tiene una intolerancia exagerada a cualquier comentario inapropiado sobre su familia, no me refiero a insultos ni a nada malo, sino a algo así como: —mi amor, tu hermana se está poniendo gordita, o: —¿tu mamá tiene muy mal genio no? El pobre individuo se sulfura, comienza desde el tic en la mano, sus dedos se mueven involuntariamente de arriba hacia abajo, en un intento de (yo supongo) levantarme la mano, después un furor rojo, no miento, rojo que se eleva desde su cintura hasta su frente, (sé que viene desde la cintura por qué se puede ver la coloración paulatina desde el triángulo de camisa que deja abierto hasta la parte baja del esternón con la intención de mostrar los cinco pelos a lo sumo que adornan su pecho pálido, que deja de ser pálido por mis supuestas imprudencias) y eso no es nada, después viene el levantamiento de su cuerpo rígido, se pone de pie, las manos en la cintura, me mira directamente a los ojos, que están más blancos que nunca, (seguramente por el contraste con la piel roja) y más o menos entre quince y veintiún segundos, le cambia la voz y con ella dice dos o tres cosas que me duelen y hieren tanto, que termino llorando, lanzando algo, y por último, corriendo y tirando cualquier puerta, ganando protagonismo, acudiendo a mi víctima, mi victimes, mi amiga infalible, la que a veces tengo que forzar de más la máquina.
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No sé si me lo inculcó mi padre, lo saqué de algún libro o lo deduje de mi nombre con el tiempo. Lo cierto es que crecí con una firme convicción sobre el valor de la honra. Me llamo Honorato Caballero, alias "Quasimodo", y estoy desde hace cuatro meses en la celda 39 del Penal García Moreno de Quito, aguardando sentencia. La espera es larga, pero no tengo queja. Incluso puedo decir que la gente me aprecia. Lo comprobé el día en que, al pasear por el patio del panóptico, uno de los presos se acercó y me dijo: "No se ofenda: nosotros también le llamamos «Quasimodo»... pero con respeto. ¡Qué estilo el suyo, carajo!". Me extendió la mano y se la tomé, convencido de merecer la felicitación de un entendido, de un profesional. En cambio, el fiscal me acusa de un crimen execrable, sádico, inédito en los anales del país. No creo que sea así, y para demostrarlo sólo puedo contar mi historia, tal como ocurrió.
Conocí a Ana María cuando yo estudiaba Derecho. No fue un encuentro casual, pues ella iba a un instituto de Arte Dramático cercano a la facultad. Era esbelta, cejas altivas y pómulos angulosos y simétricos. Quedé perplejo el día en que, llevado por un golpe de audacia, conseguí que fuéramos a tomar un café.
Para ser fiel a la cronología de los hechos, debo confesar que, al llegar a casa, me sometí a un escrutinio frente al espejo. De niño había sufrido una poliomielitis y, al mirar mi figura encanijada y dispareja, me dolió la vista y el sentimiento. Ese instante renuncié a la pretensión de conquistar a Ana María, pero fue ella quien al día siguiente me tomó de la mano como si fuéramos enamorados.
—Me encanta que trabajes en la Cancillería... para diplomático —me dijo, mientras seguíamos el camino.
—Ante todo, soy poeta —contesté, fiel a mi íntima vocación.
—Ambas cosas van bien —replicó con mayor entusiasmo todavía.
Una mujer camina por Florida.
Mira un suelo que está cubierto de papeles de todos los colores y tamaños. Podría ser hermoso.
Ella recoge uno. Tiene marcas de pisadas. Lo lee y se lo guarda en el bolsillo. Se detiene. Mira al cielo. Amenaza lluvia. Avanza.
Una mujer sola camina por Florida, dobla por Perón donde ya no pisa asfalto sino papel.
La mujer piensa en un hombre. Un hombre que no está en Florida ni en Perón ni en San Martín. En un hombre que está a un millón de años luz y cuya voz, la de alguien que no quiere despertar a quien duerme a su lado, está aún viajando por la galaxia horas después de cerrar el teléfono.
Un ruido bestial la aleja de la cabina.
Vivimos sumergidos en la metonimia. No respetamos la vejez: respetamos las canas. Nuestro mundo es el mundo del fragmento y del compendio. Gustave Flaubert sólo necesitó la alusión para crear ese monumento a la ironía llamado El diccionario de las ideas recibidas. Bastaba decir por ejemplo "Academia", para que generara una serie de asociaciones: "Hay que denigrarla", decía Flaubert, "pero intentar pertenecer a ella si uno puede". O si se mencionaba a Aquiles, había que añadirle "el de los pies ligeros", para hacer creer que uno había leído todo Homero.
La vida de un intelectual transcurre entre recapitulaciones y síntesis. ¿Qué es lo importante, qué es lo accesorio? ¿Cómo lograr que la parte informe del todo?
Carmen Virginia Carrillo ha logrado una serie de proezas en De la belleza y el furor, un libro de ensayos cuyo subtítulo: "Propuestas poéticas renovadoras en la década de los sesenta en Venezuela" delimita un territorio escasamente transitado, repleto de hallazgos y también de desafíos. Si la escritora hubiera ambicionado un ensayo tradicional, hubiera sido suficiente con usar la cronología, ubicar a los escritores en la proximidad de sus edades físicas, señalar sus afinidades y discrepancias, y crear un trabajo perfectamente virtuoso y pulcramente anodino.
Al abrir un libro esperamos mucho. Y este libro, Todo tiempo futuro fue peor, de Raúl Brasca, que fue por primera vez publicado en 2004 en Barcelona, recoge el trabajo microficcional de este ingeniero, crítico y escritor argentino. Es un libro de ciento cuatro micros, es decir, micros que forman parte de un amplio paisaje. En efecto, Brasca nos facilita la vida al haber reunido sus micros en un solo ejemplar, pero, al mismo tiempo, nos la complica, porque cada micro es un mundo denso en este paisaje, imposible de disfrutar (aunque no de leer) en tan sólo un día. Habría que leer un micro por día para realmente poder oler el cuerpo de cada uno de ellos, como por ejemplo, el que le da título a este libro, que es una carrera inútil contra el futuro, porque ya estamos en él, y nos acribilla con sus balas para dejarnos "complemente muertos". Hay que dejar que cada micro crezca en nosotros y descubriremos en el trabajo de Brasca el cruce de lo narrativo con lo anecdótico, el sentido filosófico con la sorpresa, el buen sentido del humor con la mirada crítica, sutil y profunda de nuestras metáforas, por ejemplo, en 'Adánico': "El día en que, con sagrado asombro, aquel mono se dio cuenta de que su alimento de siempre, eso que estaba mordiendo, era una manzana, fue arrojado del Paraíso Terrenal".
A pesar de que Vera ya no entrevista a nadie hizo una excepción hace poco. Cuando llegó a la casa del titán Ramos lo saludó cortésmente y la entrevista empezó, en vivo para Latinoamérica. Primero, Vera vio un temblor horrendo en las rendidas manos de Ramos pero no le prestó atención y acto seguido le preguntó cómo se había iniciado en las letras, y cómo había conseguido, primero, publicar en Periférica, luego publicar en Granta, y después ganarse el premio Herralde, el Planeta, el Rómulo Gallegos y ahora ser nominado para el Cervantes, y como Ramos se tomó segundos Vera interrumpió para preguntar tonteras varias y mayores, pero Ramos se puso de pie y le dijo, con cara afeada, que se calmara, respondió a todo así:
—Verá señor Vera, primero que nada no quiero que usted exista. Segundo, le explico: yo he escrito mucho pero las he visto duras. Mis primeras novelas y libros de relatos los publiqué mientras trabajaba en una fábrica de fideos. Al comienzo yo escribía y todos me rechazaban, no me ganaba ni un premio y ninguna editorial quería publicarme a menos que les pagara; entonces pagué sacando préstamo en la cooperativa y saqué mi primer libro que me trajo la altivez. Era pobre, quería regresarme a mi pueblo porque mi primer libro nadie leyó, además veía como Fco. Guevara se ganaba todos los premios y el aire sexy de la fama le sonreía, viajaba, salía en la prensa. Seguía su blog enmudecido, con el alma en las manos, sólo para morirme de rabia furibunda porque en él escribía sus tonteras, ponía fotos (guapo aunque gordis) y ponía también las tonteras de sus amigos, sus antologías en las cuales se incluía él con la misma foto: el frente de su cabeza con la quijada puntiaguda, el tabique de la nariz operado, los cachetes en llamas de luz que acomete impetuosa las pelusas de un perro runa y alumbra a un puñado de pulgas que oscilan suspendidas entre saltos, la papada ondeante. Lo más penoso que hizo fue un tráiler publicitario en el cual él mismo era el protagonista sin importarle el recato o la modestia, sin percatarse que su propia alma ya presa y hendida por el mercado, la fama y la tontera, se encontraba atónita de vaciedad pues la publicidad imperiosa domeñaba su prosa. Pero tengo que admitir que le tenía envidia. Sus dos novelas hasta entonces eran mejores que mi libelo vomitivo cargado de verbo mandrio, y yo decía ¿pero cómo escribe tan bien este careverga?, perdone mi lenguaje señor Vera, pero nada de esto importa ahora.
Selección de minirrelatos de Emilio del Carril elaborada por el autor para Aurora Boreal®
Emilio del Carril
Puerto Rico (1959). Escritor. Fue coordinador de la Maestría en Creación Literaria
Tres días, no amanece, tampoco has regresado. Pensé que habías vuelto a tu rutinario juego de abandonarme y reaparecer en cualquier momento... Eres todo un dilema meteorológico en mi vida. Al menos, te entiendo, me entiendes; el néctar es eterno, a pesar de los cuerpos en fuga; en la huida, el escape de las diosas en celo. Sí, también te gustaba oír mis tonterías, mientras te estirabas acariciando mis talones.
Tres días, no amanece, tampoco has regresado. Pensé que habías vuelto a tu rutinario juego de abandonarme y reaparecer en cualquier momento... Eres todo un dilema meteorológico en mi vida. Al menos, te entiendo, me entiendes; el néctar es eterno, a pesar de los cuerpos en fuga; en la huida, el escape de las diosas en celo. Sí, también te gustaba oír mis tonterías, mientras te estirabas acariciando mis talones.
Eres excitantemente perversa, me enloqueces sin remedio. ¡Y cómo no volverme loca por ti! Tú voz danza entre susurros de la luna, acaricias mis fantasías y delirios. Eras la propia piel de nuestros deseos, también nos adornábamos de besos bajo sombras ajenas. Todos acechan, pero pocos lo entienden, y solo tienes que pasar el dedo por el ápice del amor y llevarlo a los labios. El espejo, tuyo, mío, el de ambas, el mismo.
Te siento, te convoco, no llegas, tres días, y mi palabra queda silente, como la ciudad. Mis manos humedecidas de lágrimas secas gimen versos sin culpas. Tu adiós fue una caricia en mi talón al atardecer, ahora la noche acaricia las cicatrices del dolor, es la noche de las noches. También te advertí que si no eras mía, no serías de nadie.
Recuerdos, pensamientos, amores y celos, soy una maldita. Supe que me engañabas desde el día que vi tu mano rozando la espalda de un otro o una otra que pasaban, siempre fuiste muy democrática, sin discrimen por razón de género, yo no solo te quería a ti, mujer misteriosa, mi dulce y sensual acompañante, cuando gota a gota nos hacíamos el amor bajo mi lámpara con luces intermitentes, orgasmos sicodélicos, y esa burbuja sementosa que sube y baja al compás del calentón dentro de otra lámpara, la de la mesita. A esa acercaba la mano junto a la tuya, y así la imagen de la eyaculación me parecía más cautivadora que repugnante.
¿Ves, amorcito, que todo pudo ser bello? Un futuro emprendedor, solas las dos, pero insististe en pasar el ras de tu mano por el hermoso vientre de aquella rubia, también por la nuca del joven ejecutivo. Siempre te fascinaron los extraños. También comprendí que tu felicidad radicaba exclusivamente en observarlos, siempre en tus silencios. Pero, ¿estamos obligados a ser felices? Y si la vida es una mentira que tan solo imaginamos que es real, entonces comenzamos a tener recuerdos falsos, nos eternizamos en esas distintas versiones del pasado. Quién sabe... Yo solo quería que fueras fiel, que tus caricias tatuaran el nombre: Mariana.
Lo sé, no debí ser vengativa. Sí, como tú también lo podías ser, te corté la mano derecha y me quedé sin mi izquierda. No escarmentamos siquiera después de la primera mutilación. Cuando llegamos del hospital, a pesar del insoportable dolor, nos miramos tiernamente, cuánto lloramos juntas. Basta con una mirada para el perdón, aun cuando los amaneceres del ánimo sean siempre lentos.
¿Y cómo no perdonarnos si hay pasión? Es imposible separarla, nuestro culto a las sombras de luchas infinitas, de tantos dolores del pasado, cuando nos conocimos finalmente no tuvimos ojos para nadie más, ni caricias, es como perseguidos en el propio cuerpo a través de los sueños, de los miedos y de las virtudes. Nuestra desnudez es una y las pequeñas fantasías, las mismas. Mírate, mirarnos, la eternidad de los espejos, reflejarnos una y otra vez...
No solo nos miramos, también sentimos el deseo, nos desnudamos en nuestro hermoso ritual, de desabrocharnos la blusa la una a la otra, con cada botón se acrecienta la humedad vaginal. Nos acariciábamos con la única mano los pechos, nos besamos, no necesité que me tocara más para mojarme hasta los muslos. Me corrí como nunca, ella también, dos o tres veces ¿cómo contarlas? Quemarse en las sensaciones hasta quedarnos dormidas bajo el alivio del abanico.
Estuvimos tres o cuatro días sin salir, hasta habíamos olvidado nuestro último arranque de violencia y celos. Los periódicos estaban arrinconados en la entrada del apartamento, así que tuvimos que empujar con violencia la puerta para salir al mundo de los otros. Mariana, siempre algo más tímida, salió muy silente tras mis pisadas.
Esa tarde teníamos que comprar comida, un vestido nuevo para la despedida de soltera de una amiga y algún lubricante, sentíamos una resequedad ardorosa bastante incómoda. Llegamos al centro comercial y la gente nos miraba, las dos mutiladas, y mi corazón sentía la cuchillada del arrepentimiento a pesar del perdón. No volvería a ocurrir, pero yo tampoco lo permitiría, no sé tal vez si necesitábamos ayuda, un consejero, un psicólogo, u olvidarnos de las pendejaditas de los demás.
La felicidad es breve, como el espacio exterior entre tantas otredades, lo sé, debí ser más paciente y es que mi pasión incorruptible hacia ella, hacia nosotras, era una maldición, una obsesión, la digresión de la cordura. Ella sabía que la amaría por siempre, y no importaba qué nunca nos separaríamos mientras me mirara, nos miráramos a los ojos, hacer el amor con la intensidad de nuestros deseos, pero así mismo podían ser mis celos y su vengativo comportamiento, repetitiva hasta la saciedad como nuestros encuentros infinitos. Ojo por ojo, diente por diente, y pude observarla de perfil hacia el muchacho del estacionamiento, me di cuenta. Así fue hace tres días, llegué a casa, no volverás a mirar a otro ni otra, le arranqué los ojos para que no pudiera ver a nadie, desde ese día la perdí, a mi amada sombra, espero que algún día regreses, o te buscaré más allá de los silencios, en la eternidad.
Ana María Fuster Lavín. Puerto Rico 1967. Es escritora, editora, correctora, redactora de textos escolares y corresponsal de prensa cultural. Libros publicados: Verdades caprichosas ( 2002), cuentos, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Réquiem (Ed. Isla Negra, 2005), novela cuentada, premio del PEN Club de Puerto Rico. El libro de las sombras (Ed. Isla Negra, 2006), poemario, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Leyendas de misterio (Ed. Alfaguara infantil, 2006), cuentos infantiles. Bocetos de una ciudad silente (Ed. Isla Negra, 2007), El cuerpo del delito (Ed. Diosa Blanca, 2009), poemario, y El Eróscopo: daños colaterales de la poesía (Ed. Isla Negra, 2010), poemario, Tras la sombra de la Luna (Ed. Casa de los Poetas, 2011), recientemente publicó su primera novela (In)somnio (Ed. Isla Negra, 2012).
Días sin sombra - Amores tormentosos II enviado a Aurora Boreal® por Ana María Fuster Lavín. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ana María Fuster Lavín. Foto Ana María Fuster Lavín © Ana María Fuster Lavín. Foto Reportajes Nr.14 © Mario Camelo.
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