A Freddy Avilés
Aparecer viva y sin ninguna pinta de sangre en la primera plana del diario amarillista más famoso del país, te asegura la fama de por vida.
—¡La matagallinas fue enjaulada! ¡La matagallinas fue enjaulada!— voceaban todos los vendedores de periódico a primera hora de ese día.
Me hice pasar por la Gallareta, la asesina más buscada de gallinas y ya tengo una semana en cana. Averigüé todo su récord policial para representar bien su papel: 37 años. Esquizofrénica. Alzheimer. 176 gallinas robadas. 41 colgadas en el umbral de varias casas. 621 mutiladas. 6 cabezas encontradas en las loncheras de los niños de una guardería. 11 patas pegadas debajo de las bancas de la Catedral. Se sospecha que fue la causante de la aparición repentina de 34 gallinas teñidas de azul y amarillo en el centro regenerado del pueblo. Unos dicen que estaba haciendo campaña política. Otros, que era cocinera y vendía caldo a un dólar. De seguro ella me había visto en la nota.
Yo era su fan número uno. Hice un criadero de gallinas en el patio trasero de mi casa para poner en práctica mis ideas. Mis primeras acciones consistían en suturar dos gallinas por su carúncula. Las dormía primero, para que los vecinos no sospecharan. Utilizaba plantas de valeriana, las mezclaba con agua y Lexotan. Se las daba con jeringa después de hacerles cariñitos para que no hagan ruido.
In memorian JC,
fantasma en este cuento
SR: En la entrevista que concedió a diario El mundo de Lima el 29 de mayo de 1981, usted menciona que su madre había sido una afamada pianista alemana. En otra entrevista concedida a Joaquín Soler Serrano a inicios de ese mismo año para la Televisión Española, usted comentó que su madre era una campesina alemana, que perdió una pierna en un accidente con un tractor siendo muy joven. Dos años después, en una entrevista concedida a la revista Objetos de Caracas el 1 de junio de 1983, usted dice que su madre, una ingeniera húngara muerta en el parto, había regenerado el concepto arquitectónico de la entrada principal en las viviendas de una sola planta, en un artículo publicado apenas dos meses antes de su muerte. En posteriores entrevistas, no la vuelve a mencionar. ¿Podría explicarnos por qué existen tantas versiones sobre la vida de su madre y por qué posteriormente decidió guardar silencio al respecto?
Para Alicia
El estado de descomposición del cadáver nos permitió determinar a simple vista que llevaba mucho, demasiado tiempo sin ser descubierto. Los primeros resultados arrojados por los exámenes del laboratorio de criminalística determinaron que la mujer había muerto hacía tres años y que durante todo ese tiempo el cuerpo había permanecido echado en la cama de ese departamento ubicado en el sótano de un edificio. Las sábanas eran de color verde claro y, por la capa de polvo acumulada sobre ellas, dedujimos que no habían sido tocadas durante un tiempo considerablemente largo. La televisión estaba encendida. Todo parece indicar que estuvo encendida durante tres años. La fecha de caducidad de la mayor parte de la comida en la refrigeradora indicaba el año de 1999. El 12 de noviembre de 2002, fue descubierta por una casualidad: una tubería rota en el piso inmediatamente superior al sótano provocó una inundación que llamó la atención de vecinos de casas contiguas. Fue necesario que los bomberos rompieran la puerta para poder ingresar al lugar, ya que ésta se encontraba herméticamente cerrada.
Las palabras no nos sirven para comunicarnos con el otro
sino para abolirlo.
Octavio Paz
Todo esto empezó con una pregunta muy simple: ¿cuál es la importancia de la palabra en un ambiente terapéutico? Pero inmediatamente se trasciende la pregunta, se la amplía, se la lleva precisamente al campo de lo humano. No se puede mirar el famoso «campo terapéutico» como, simplemente, un espacio propio de ciertos «escogidos» que han ganado algo de reconocimiento. La pregunta se trasciende —como si en el momento mismo de formularla ya estuviéramos mirando más allá— porque no se trata de la importancia de la palabra en una determinada técnica, de terapia concreta. Se trata de preguntar por aquello que nos define, por aquello que nos otorga la única condición que nos separa del resto de mamíferos: la condición de sujetos. La palabra, en su relación directa con el testimonio, nos otorga lo que de humanos tenemos, nos humaniza en el acto y, por supuesto, nos humaniza en el ámbito histórico de perdurabilidad que posee. Entonces, la palabra, el testimonio, no únicamente se relacionan con la metodología de la terapia —recordemos que «hacer explícito lo implícito» es una de las directrices de la Terapia Gestalt—, sino que se constituye como el mecanismo, jamás neutro, de la posibilidad de convertirnos en sujetos, de convertirnos en seres humanos, de volvernos lo que somos y, por tanto, de re-crearnos en la propia libertad que brinda la palabra o en la misma libertad que quita el silencio.
El emperador, recostado en la litera que a su vez descansaba sobre los hombros de cuatro de los más vigorosos sirvientes, todos morenos —delgados pero atléticos pues el Olímpico no podía ver ni de lejos, ni en un otro que despreciara, la gordura—, se aburría paseando de un extremo a otro de Bitinia: esperar allí, aunque solo fuera por unas semanas, francamente lo descontrolaba; no estaba habituado a ello. Hasta su propio cuerpo se resentía con la inactividad presentando ciertos estreñimientos que, aunque no eran graves —por lo menos así se lo decía Hermógenes—, alteraban sus horarios y, por supuesto, su genio. De repente, los esclavos, por un desnivel en la calle, se atolondraron al caminar y uno de ellos casi cae al piso, soportando los otros tres todo el peso de la cama. Y bastaron solamente algunos segundos para que el Evergeta escuchara aquella voz. «Alto», gritó el Amo del Todo y perezoso descorrió la cortina para espiar, para encontrarse de frente con ese joven pastor de trece o catorce años que, desafiando la prohibición de los anteriores idus de marzo, se bañaba desnudo en la fuente, tirando agua desde su cabeza y recitando, con un pésimo acento del este, los primeros versos del poema de Homero, aquellos que hablan de la cólera y de los muertos.
Vivir consigo mismo es tan difícil,
cuando lo único cierto es un tambor de pieles que los otros rompen
para levantar sus voces.
Ernesto Carrión
En medio del calor atosigante, aquel que no puede ser mitigado ni siquiera con el vientecillo constante que se levanta cuando las olas golpean de frente contra las rocas, Simón despertó desesperado. Había sido una noche extraña, tan llena de imágenes. El hombre volteó su rostro y descubrió que las sábanas, que apenas se habían cambiado hace dos días, nuevamente estaban empapadas; pero también descubrió a Cosme, el confiable Cosme, que dormía plácido.
Encontré este relato en un motel del desierto de Mojave. Lo vi agazapado en un rincón del armario, empecé a leerlo y en seguida advertí que la protagonista era J. A. Harrington, la famosa Asesina del Hámster. Estaba escrito en inglés y carecía de firma, título y fecha. Lo traduzco al español sin olvidarme de la servitudes linguistiques, pero sin renunciar por ello a la técnica de la expansión, que en este caso se concreta en esta breve introducción y en un pequeño epílogo que creo necesarios para que el lector tenga cabal y verdadera noticia de los avatares de Mrs. Harrington.
Al salir de la cárcel, miró el reloj y se apuró. Si no se daba prisa, sería la tercera vez en una semana que recogería tarde a sus hijas. Pensó que no podía molestar más a la maestra y, al mismo tiempo que aceleraba el paso, empezó a sentir el calor húmedo y sofocante en la cabeza. Aquel verano el bochorno estaba siendo insoportable y, tras arrancar el coche, agradeció el frescor del aire acondicionado.
La novela nos narra la aventura de tres amigos, italianos, que es la experiencia de un mundo cada día más global: la migración
Destino o casualidad (véase entrevista) es interesante observar que la novela de Danto Liano termine en la isla de Lampedusa, donde cientos de inmigrantes o refugiados africanos son retenidos, administrados y expulsados. Si es por casualidad, nos alegramos que haya sido así y si es por el destino, entonces, habría que descifrar el porqué. En ambos casos, esta novela es la re-construcción de todo un bagaje de la memoria, una memoria que se desplaza en la historia desde que tres amigos, campesinos de Calabria, salen del puerto de Nápoles (una ligera réplica del puerto de New York) por todos los inmigrantes y viajeros allí reunidos, hacia las Américas, hacia un pequeño país, Guatemala, mandado por multinacionales norteamericanas y presidentes fraudulentos y dictatoriales que impulsan proyectos de "progreso" y de "inmigración" para trabajar la tierra y "mejorar la raza".
Que la guerra civil española fue cruenta es innegable. Cualquiera que consulte los anales históricos o platique con alguna de aquellas sufridas víctimas que lograron sobrevivir, se dará cuenta de lo sangriento y disparatado que fue el deplorable conflicto. Los detalles de la guerra misma, por ser archiconocidos, no vienen al caso en este cuento. Aquí sólo se relatará la historia de dos jovencitas que, a raíz de la conflagración, quedaron huérfanas: las hermanas Beatriz y Gertrudis Argüello.
Beatriz se quedó a residir en Jaén, su tierra natal, como paniaguada de una tía abuela suya , y un tío, por el lado materno, se llevó a Gertrudis a vivir a Cojontepeque, un pintoresco pueblecito centroamericano acurrucado en las faldas de un volcán. Eso sí, cada una de ellas creía que la otra había perecido en alguna escaramuza facciosa. Lo cierto es que Gertrudis, casi cuarenta y cinco años después de la guerra, leyendo distraídamente la gaceta comarcal, topó con un artículo en el que se mencionaba a una tal Beatriz Argüello, cuyo nombre le pareció muy familiar. El corazón le empezó a palpitar arrítmicamente queriéndosele salir del pecho debido a la gran emoción que la embargaba, pues aquella Beatriz del artículo bien podría ser su hermana, a quien había dado por muerta. En dicho artículo se alababan hasta la saciedad las piadosas obras que tal señora estaba realizando por toda España. Pues bien, gracias a los buenos oficios del redactor del periodiquillo local y del subdirector de una radio capitalina se logró verificar que esa caritativa Beatriz era nada menos que su propia hermana.
Tan pronto consiguió su dirección, le escribió una carta telegramática para establecer contacto, y he aquí que a vuelta de correo recibió doña Gertrudis una larguísima epístola de doña Beatriz.
Página 91 de 152