Iba por la 190 cuando el piloto de la gasolina empezó a parpadear. Cruzó las Avenidas M y N y entró en la gasolinera de la calle 12. Aunque ningún síntoma externo lo delatara, se encontraba en el epicentro del enfado, en las entrañas de la mala conciencia: desde hacía algunas semanas, se estaba pasando de la raya; demasiados olvidos, excesivas transgresiones a la agenda; era necesario enmendarse. El miércoles era el día señalado para echar gasolina, y ya era viernes. Tal vez fue la severidad con la que continuaba juzgándose al salir del coche, lo que le impidió notar que una de las ruedas delanteras estaba pinchada. Vio el neumático aplastado contra el cemento al acabar de llenar el depósito y, aunque no era supersticiosa, no pudo dejar de pensar que todo aquello era algo más que un mero accidente.
Después de pagar, alejó el coche de los surtidores y sacó el gato y la llave de tubo del portamaletas. Abrumada por una sensación de calina pegajosa, caminó hacia la rueda pinchada, encajó la llave en uno de los tornillos, la pateó con todas sus fuerzas y, junto al movimiento de la tuerca, sintió el golpe en el tobillo. Fue como si le hubieran dado un martillazo, pero se obligó a no exteriorizar el sufrimiento y, apoyándose sobre el otro pie, se recostó sobre la puerta del coche y cerró los ojos. Cuando el dolor fue disminuyendo, apareció la inflamación. Con un regusto agrio en la boca y la frente empapada de sudor, puso el pie en el suelo y percibió una intensa quemazón en el tobillo. Su único alivio fue pensar que, afortunadamente, su marido estaba en casa y podría ir a por las niñas.
Álvaro Romero-Marco nació en Guadalajara y ha vivido en Zaragoza, Barcelona y Madrid. Es doctor en Literatura Contemporánea española por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente es profesor de la Universidad de Santa Cruz, California. En el año 1996 Incipit Editores editó su novela El pretendiente. Anterior y posteriormente ha publicado numerosos poemas y relatos en revistas españolas y extranjeras. Uno de sus últimos relatos ha sido recogido en la antología Raíces Latinas, narradores y poetas inmigrantes. Por lo que respecta a sus trabajos de crítica literaria, ha escrito una treintena de artículos especializados sobre diversos temas y autores (Max Aub, Américo Castro, Alfonso Sastre, Rafael Chirbes, Juana Salabert, Roberto Bolaño, etc.). Próximamente, la Fundación Max Aub, que tuvo a bien concederle una de sus prestigiosas becas de investigación, publicará su libro Max Aub y el cine.
En la tienda de la gasolinera compró una bolsa de hielo y un paquete de chicles. Después se dirigió hacia el coche cojeando y conectó el aire acondicionado. A continuación extendió la pierna sobre el asiento del copiloto, puso el hielo sobre la torcedura y llamó a su marido. Le dijo que tardaría en llegar a casa y, sin dar más explicaciones, le pidió que fuera a buscar a las niñas al colegio. Luego, mientras esperaba que bajara la hinchazón, mascar chicle la calmó.
Acabó de cambiar la rueda pasadas las cinco y media y, aunque lo que más necesitaba era una ducha fría, en lugar de dirigirse a su casa, fue a uno de los bares a los que solían acudir los trabajadores de la prisión. Dentro, el dolor en el pie continuó, pero fue mayor el placer de beberse una cerveza y charlar con los compañeros, y logró relajarse. A eso de las siete, su marido la llamó y le preguntó si le había sucedido algo. Todo bien. Estaría allí en media hora.
Entró en casa cuando la claridad de la puerta cristalera que daba al pequeño jardín ya empezaba a disiparse y, al ver que no estaban las niñas, supuso que su marido ya las había acostado y se alegró. El tobillo estaba hinchado y le dolía. Se sentía muy cansada y, de buena gana, se hubiera ido a dormir, pero hizo un esfuerzo y aceptó que su marido le preparara la cena mientras ella se duchaba.
La había estado presintiendo todo el día y la mancha en la braga la confirmó. En unas horas, sentiría las punzadas de ovarios. La ducha logró serenar algo su ánimo pero, al ir a secarse y ver el moratón en el tobillo, sus nervios volvieron a crisparse. Masculló una maldición y, pensando en lo que le esperaba al día siguiente, se dijo que nada de lo que estaba sucediendo era oportuno.
En el comedor, le pidió a su marido que subiera el aire refrigerado, se sentó frente a un plato de carne asada con puré de patatas humeante y simuló que estaba hambrienta. Si no lo posaba en el suelo, el pie no le dolía; pero, de repente, sintió varios pinchazos en los ovarios y la presencia de su marido comenzó a irritarla. Acabó de cenar con rapidez y, mientras la puerta cristalera empezaba a reflejar las lámparas encendidas del interior, colocó los platos en el lavavajillas y se fue a la cama.
Lo que más le agitaba eran las estrategias que estaba utilizando el insomnio. Cuando iba a entrar en el duermevela, o bien volvía a aparecer la preocupación por lo que le esperaba al día siguiente o bien afloraban varias ratas panzudas del colchón. Aunque creía estar perfectamente preparada, la ansiedad no se debía tanto a lo que tenía que hacer aquella mañana como a si sería capaz de hacerlo correctamente. Para ella tener miedo no era raro, pero aquella noche el temor era tangible, tan sólido como la bola indigesta de carne que rumiaba su estómago.
La primera náusea llegó a la garganta muy poco antes de que su marido entrara en la habitación. La sintió áspera y henchida, y, sin recordar la esguince de tobillo, saltó de la cama, ahogó un gritó y, brincando con el otro pie, corrió hacia el baño y se abocó sobre la taza. Vomitar, la alivió. Luego pulsó el botón de la cisterna, se enjuagó la boca y regresó a la cama.
Una o dos horas después, mientras oía la respiración entrecortada de su marido y continuaba notando la huella del vómito en la garganta y una constante molestia en el tobillo y los ovarios, se arrepintió de no haber tomado un somnífero; pero después pensó que, precisamente aquel día, no podía ir a la prisión arrastrando la resaca que le producirían los sedantes. Lo único que tenía que hacer era relajarse. Todo saldría bien; durante meses había sido perfectamente aleccionada para que nada fallara.
En la cocina, mientras calentaba el agua, vació tres cubiteras de hielo en una bolsa de plástico y las envolvió en un paño. El olor a limón y manzanilla, y el frío sobre el tobillo la calmaron un poco. Eran algo más de las tres de la mañana; aún podía dormir un par de horas. O al menos, acabar de tranquilizarse. Luego pensó que un poco de música le iría bien pero, temiendo despertar a las niñas, rechazó la idea. De repente, cuando la tensión nerviosa fue disminuyendo, le empezó a doler la cabeza y, con el hielo en la mano, fue hasta el baño y se tomó dos calmantes.
Sólo se oía la rueda de ejercicios del hámster y de vez en cuando el motor de algún coche lejano. No llegaba a entender cómo podía gustarles tanto a sus hijas. Un roedor, a fin de cuentas. Nunca había comprendido qué interés tenía un animal que dormía de día, comía de noche y era capaz de comerse a sus crías si no le olían bien. Pensó que sólo eran cosas de niños y, molesta por el ruido que hacía aquel bichejo, buscó la jaula, la colocó sobre la mesita que había junto al sofá, abrió la puerta metálica y sacó la rueda de ejercicio.
A las cuatro y media, cuando los analgésicos la habían dejado traspuesta, percibió que el hielo derretido le estaba mojando el pie, abrió los ojos y oyó un aullido. Era ella la que había gritado al mismo tiempo que se quitaba de encima al hámster dándole un manotazo y estrellándolo contra la pared.
Durante media hora, dejó que el agua fría acariciara la espalda y le golpeara en la cara y el pecho. Le gustaba cómo olía el gel de baño. Nunca había pensado que el pepino y el té verde tuvieran un aroma tan especial. Combinado con el resto de los ingredientes, resultaba exótico. Luego decidió que, el próximo año, irían de vacaciones a Hawai y, después de secarse, se puso una venda alrededor del tobillo. Se encontraba mejor. Eran las cinco y cinco. Tenía tiempo de sobra. Un poco de maquillaje para disimular las ojeras y las huellas que la falta de sueño había dejado en su cara. Máscara en las pestañas, sombra suave en los párpados y brillo en los labios. Se puso el uniforme y bajó a la cocina. Sobre la mesa, vio un plato de huevos revueltos y beicon, aspiró el aroma del café y sonrió a su marido.
Después de observar la oscuridad de la puerta cristalera destiñéndose, ella le dijo que dejara de preocuparse, que estaba preparada; todo iría bien, y después añadió que en cuanto saliera de la prisión iría a buscar a las niñas. Entonces él sonrió y señaló con la mirada la jaula del hámster. Ella comprendió y le pidió que les dijera a las niñas que el animal se había escapado; que pusiera cualquier excusa. Antes de ir a por ellas al colegio, les compraría otro.
En la prisión, acompañada por un oficial de guardia, otro de prensa, el forense y los dos guardias, entró en el despacho del jefe. Eran las seis en punto y, tal y como estaba previsto, el responsable del grupo dio unos últimos consejos. Les dijo que, como todos sabían, aquel día cambiaba el procedimiento de la ejecución de los reos de muerte. Como ordenaban las nuevas leyes estatales, las inyecciones de las tres drogas, serían sustituidas por una de barbitúricos que el guardia habilitado para ello – y la miró – administraría al reo, en su presencia y sin que mediara entre ellos la pared que antes permitía al ejecutor evitar la mirada del condenado. Luego pidió el apoyo para ella, recordó que el tiempo de la ejecución sería mucho más largo (de 18 minutos pasaría a 48) y, finalmente, les exigió profesionalidad, excelencia e integridad en todas sus acciones.
A las seis y tres minutos un sacerdote salió de la celda, los guardias amarraron al reo a la camilla y lo condujeron a la sala de ejecuciones. Cuatro minutos después, ella entró en la sala y colocó el maletín sobre la mesa. Llevaba una bata de color verde, un gorro de enfermera y unos guantes de látex. Por lo demás, todo fue mucho más fácil de lo que había esperado. A las seis y ocho minutos le puso la anestesia local y después le hizo un pequeño corte en la parte superior del pecho y le colocó el catéter. A las seis y quince se dejó que el preso pronunciara sus últimas palabras. Un minuto después ella le pidió perdón y a continuación le inyectó el barbitúrico. Ni siquiera luego, durante los treinta minutos que duró la agonía, se puso nerviosa. Tal vez sintió un poco de inquietud al final, cuando se vio reflejada en el espejo tras el que los testigos la observaban en secreto y, por primera vez, se sintió verdugo.
Esta es la traducción del relato anónimo que encontré en el motel de Mojave. Este es el meollo de la historia de J.A. Harrington, pero creo que su aventura quedaría incompleta si no se recordara que el asunto se inició algunos meses antes, cuando los abogados de Morales lograron que el Tribunal de California detuviera la ejecución de su cliente. Admitiendo que la combinación de las tres inyecciones letales vigentes y la forma mecánica de administrarse producían un gran sufrimiento en los reos de muerte, el Tribunal dio la razón a los abogados de Morales y ordenó que las inyecciones le fueran suministradas por personas especializadas. Así se determinó, pero al no encontrar médicos o enfermeros que estuvieran dispuestos a participar en la ejecución de la pena de muerte, ésta se detuvo. Algún tiempo después, este caso, junto a otros, fue llevado al Tribunal Supremo, quien ordenó que se paralizaran las ejecuciones por inyecciones letales y que se buscara una solución al problema del sufrimiento que éstas producían. Aconsejado por diversos comités de abogados, médicos, científicos y responsables de diferentes prisiones del país, finalmente el Tribunal Supremo resolvió suprimir las tres inyecciones por una de un poderoso barbitúrico que administraría, presencialmente, un miembro de la guardia de la prisión previamente adiestrado. Al igual que otros trabajadores de diferentes prisiones a los que se les ofreció la oportunidad de convertirse en verdugos, J. A. Harrington la aceptó. Tras un aprendizaje arduo y minucioso, realizó su trabajo con exquisita profesionalidad hasta que empezó a sufrir varias crisis de ansiedad y, aconsejada por un psicólogo, demandó a la prisión. Harrington denunció a sus jefes por considerar que ellos habían sido los verdaderos culpables del asesinato de la mascota de sus hijas; ya que, en su opinión, fue la presión que había recibido durante el adiestramiento lo que la empujó a matar al hámster. La madre exigía una compensación económica que paliara esta irreparable pérdida, así como una declaración que atenuara la desestima con la que venían tratando sus hijas desde que supieron que había sido ella quien había matado al animal. La resolución del caso no fue ni breve ni fácil, pero gracias a la gran repercusión social que tuvo la noticia, la demanda triunfó.
La asesina del Hámster enviado a Aurora Boreal® por Álvaro Romero-Marco. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Álvaro Romero-Marco. Foto Álvaro Romero-Marco © Álvaro Romero-Marco.
Encontré este relato en un motel del desierto de Mojave. Lo vi agazapado en un rincón del armario, empecé a leerlo y en seguida advertí que la protagonista era J. A. Harrington, la famosa Asesina del Hámster. Estaba escrito en inglés y carecía de firma, título y fecha. Lo traduzco al español sin olvidarme de la servitudes linguistiques, pero sin renunciar por ello a la técnica de la expansión, que en este caso se concreta en esta breve introducción y en un pequeño epílogo que creo necesarios para que el lector tenga cabal y verdadera noticia de los avatares de Mrs. Harrington.


