¡Milagros, milagros y más milagros!

jorge kattan 025Que la guerra civil española fue cruenta es innegable. Cualquiera que consulte los anales históricos o platique con alguna de aquellas sufridas víctimas que lograron sobrevivir, se dará cuenta de lo sangriento y disparatado que fue el deplorable conflicto. Los detalles de la guerra misma, por ser archiconocidos, no vienen al caso en este cuento. Aquí sólo se relatará la historia de dos jovencitas que, a raíz de la conflagración, quedaron huérfanas: las hermanas Beatriz y Gertrudis Argüello.
Beatriz se quedó a residir en Jaén, su tierra natal, como paniaguada de una tía abuela suya , y un tío, por el lado materno, se llevó a Gertrudis a vivir a Cojontepeque, un pintoresco pueblecito centroamericano acurrucado en las faldas de un volcán. Eso sí, cada una de ellas creía que la otra había perecido en alguna escaramuza facciosa. Lo cierto es que Gertrudis, casi cuarenta y cinco años después de la guerra, leyendo distraídamente la gaceta comarcal, topó con un artículo en el que se mencionaba a una tal Beatriz Argüello, cuyo nombre le pareció muy familiar. El corazón le empezó a palpitar arrítmicamente queriéndosele salir del pecho debido a la gran emoción que la embargaba, pues aquella Beatriz del artículo bien podría ser su hermana, a quien había dado por muerta. En dicho artículo se alababan hasta la saciedad las piadosas obras que tal señora estaba realizando por toda España. Pues bien, gracias a los buenos oficios del redactor del periodiquillo local y del subdirector de una radio capitalina se logró verificar que esa caritativa Beatriz era nada menos que su propia hermana.
Tan pronto consiguió su dirección, le escribió una carta telegramática para establecer contacto, y he aquí que a vuelta de correo recibió doña Gertrudis una larguísima epístola de doña Beatriz.


Quiero hacer un paréntesis aquí para esclarecer el hecho de que yo fui intermediario fortuito de toda la comunicación entre las dos hermanas debido a que, como doña Gertrudis padecía de cataratas en ambos ojos, recurrió a mí no sólo para que le leyera las misivas de su hermana, sino para que, además, le escribiera las cartas de contestación que ella me dictaba. Hecha esta aclaración voy a dar lectura a la primera carta que doña Beatriz le remitió a su hermana:

"Queridísíma Gertrudis:
¡Milagros, milagros y más milagros! ¿No te parece que el que nos haya sido posible ponernos en contacto después de casi medio siglo sólo tiene una explicación divina? Es evidente que fue a través de tu gaceta comarcal y de una radiodifusora que tú lograste enterarte de que yo no había perecido en la guerra civil, como tú suponías, pero el Señor, que obra de múltiples y misteriosas formas, se sirvió de esos medios de comunicación para ejecutar su cometido. Dios está siempre detrás de todas las cosas y actos. ¡El es principio y fin de todo lo habido y por haber! O, mejor dicho, es el alfa y omega de todo lo que existe en el universo.
Por mi parte, tengo que admitir que aunque la razón me indicaba que habías fallecido, el corazón (acaso guiado por la luz del Espíritu Santo) me sugería lo contrario.
Hermanita, la vida ha sido bastante dura conmigo, pero gracias al Santísimo, no puedo quejarme, porque El —¡tan omnipotente!— me ha dotado de la envidiable propiedad de olvidarme y de disociarme con facilidad de las malas experiencias.
En fin, en esta primera epístola sólo quiero hablar de asuntos que te endulcen los oídos. Antes que nada, quiero hacerte saber que yo, tras un profundo examen de conciencia, decidí, hace mucho tiempo, quedarme solterona porque, como se suele decir, es mejor dedicarse a vestir santos que a maridos borrachos, jugadores, pendencieros y mujeriegos. He sacrificado mi vida en beneficio del prójimo. En realidad no debería decir que me he sacrificado, porque el hacer el bien sin mirar a quién, sólo me ha traído regocijo y fortuna espritual.

Jorge Kattán Zablah: Escritor salvadoreño, autor de las siguientes colecciones de relatos: Estampas pueblerinas (Costa Rica), Acuarelas socarronas (España), Por el carnaval de la vida (Costa Rica), Cuentos de Don Macario (El Salvador), Pecados y pecadillos (El Salvador) y El Ilusionista (Estados Unidos). Sus cuentos sueltos figuran en antologías a nivel salvadoreño, centroamericano y continental. Director Emérito del Departarmento de Español del Instituto de Lenguas del Departamento de Defensa, Estados Unidos, en Monterrey, California. Es miembro correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Lengua y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Carmel, California.

Bajo inspiración divina —seguramente— adopté una niña recién nacida, y hoy, esa chica, a quien Maricarmen le puse por nombre para honra de María Auxiliadora y de la Virgencita del Carmen, cuenta con catorce primorosos años y de ella te hablaré más en seguida.
Mi vida es un verdadero caleidoscopio por la forma en que me multiplico para llevar adelante mis obras de caridad. Entre mis actividades se encuentran mis visitas a orfelinatos y hospitales infantiles, proporcionarles consuelo a maridos oprimidos o despechados y organizar carnavales con el propósito de recaudar fondos en beneficio de los asilos para ancianos y dementes. Fuera de lo dicho, también acompaño y ayudo a nuestro eximio y ponderado párroco don Artemio Guardado a darles la extremaunción a aquéllos cuya peregrinación por este mundo está a punto de concluir.
A Maricarmen, mi linda hijita, la tengo en el Pensionado Teresiano, en donde las monjitas, con gran tesón, me la van guiando por el camino del pudor, el recato, la compasión y la ternura. Los domingos constituyen capítulo aparte, pues los pasamos juntas. Esos días, en primer lugar, asistimos a misa mayor... ¡Tendrías que ver a Maricarmen para creerlo! ¡La vieras con los ojos fijos en el Sagrario, denotando una dimensión extraterrena, lacrimógena y solemne, sólo comparable con la mirada de los personajes que figuran en El Entierro del Conde de Orgaz, de nuestro aplaudido Greco! Se me ocurre que va para santa o, cuando menos, para monja famosa (perdona que blasone de esta manera, que yo sé que es pecaminoso). ¡Somos tan felices cuando estamos juntas! El resto del día ella me acompaña en mis idas y venidas en aras de la beneficencia pública.
Las Teresianas y yo le hemos trazado a Maricarmen un derrotero espiritual —que ella cumple con acusada devoción y entusiasmo—, cuyos fundamentos son los siguientes:
1. El bien que hagas hoy día, será pronto olvidado. ¡Hazlo de todas maneras!
2. El prójimo necesita tu auxilio, pero es capaz de atacarte si intentas ayudarle. ¡Inténtalo de todas maneras!
3. La franqueza y la decencia te harán vulnerable. ¡Practícalas de todas
maneras!
4. Dale al mundo lo mejor que puedas ofrecerle y recibirás un puntapié en las
posaderas. ¡Por ningún motivo dejes de practicar este principio a como dé lugar!
En fin, querida hermanita, Maricarmen se une a mí para hacerte llegar el más largo y cálido de los abrazos. Queda en espera de tus noticias, tu hermana que encomienda tu alma a Dios para que nunca haya perniciosas distracciones en tu camino,

Beatriz

P.D. Te adjunto dos fotografías de cuerpo entero."

Debo decir que durante la lectura de esta interminable carta tuve que hacer muchas pausas para tomar aliento. Doña Gertrudis derramó centenares de lagrimones y me obligó a leérsela tres veces. Acto seguido, me pidió que, por favor, le sirviera de amanuense y le escribiera la respuesta que ella me dictó, la cual figura a continuación:

"Querida hermanita de mi corazón:
He recibido tu prolija y hermosa carta que me despachaste desde Jaén hace quince días. ¡Ay, Beatriz! ¡Yo también sólo veo milagros por todas partes! ¿Quién iba a imaginar que después de creernos muertas recíprocamente durante tantos años, nos íbamos a estar carteando? He visto las fotos que me mandaste. Tú has cambiado mucho, pero no lo suficiente como para que no pueda reconocerte. El tiempo es implacable. Maricarmen se ve tan angelical como tú me la describiste. Es un verdadero querubín.
Quizás lo más notable de esta larga separación es el haberme enterado de que has dedicado tu vida a hacer obras de caridad. ¡Qué casualidad! Mira, en eso yo tampoco me quedo atrás que digamos, como más adelante te relataré. Se ve que aquellas virtudes que nuestros padres (Q.D.D.G.) nos inculcaron encarecidamente no cayeron en oídos sordos.
Yo también decidí por iniciativa propia quedarme solterona y por cierto que por las mismas razones que tú aduces en tu carta.
Me gano el sustento en un taller de alta costura, del cual soy propietaria. Tengo varias operarias que se encargan de casi todo el trabajo. ¡Y gracias a Dios, porque sin ellas sería poco lo que yo podría hacer, ya que me falla la vista! Tan cegatona estoy, que esta carta se la estoy dictando a don Alejo, entrañable amigo y confidente mío. Un día lo conocerás. Es un 'tío' encantador, de buen fondo, muy caritativo y medio poeta por añadidura. Pues bien, hermanita, en mi taller de alta costura hemos confeccionado recientemente el vestuario para todas las Hijas de María, elaborado con blanqúisima organza traída de Bélgica, con sus cinturones azules hechos de seda pura importada del Japón ¡Tendrías que ver cómo lucen cuando salen todas ellas en procesión el Día de la Inmaculada! Les hacen brotar lás lagrimas a todos aquéllos que a su paso las contemplan con arrobo. Este vestuario, lo he donado con sumo gusto a la congregación de Las Hijas de María, de la cual, a mucha honra y para gloria del Todopoderoso, soy su Presidenta vitalicia. Enorgulléceme igualmente ser la Vice-presidenta de la Cofradía de Santa Mónica, cuya misión primordial consiste en encaminar por la vía recta y cristiana a las parejas que viven en pecado mortal, principalmente en casos de amancebamiento y adulterio contumaz. Al igual que tú, dedico gran parte de mi tiempo a consolar viudos, desposeídos y enfermos. En todas estas actividades estoy asesorada, —o más bien iluminada—, por los sabios consejos de nuestro director espiritual y párroco de nuestra iglesia, don Agustín Garfio y Garduña, compatriota nuestro que vino a recogerse a estas latitudes castigado de manera arbitraria por su congregación. Los cargos que se le imputan carecen de todo fundamento y han sido engendrados por la envidia más abominable. Llegó aquí acusado de haber llevado en su juventud una vida de rajadiablos y de haber demostrado públicamente grandes liviandades hacia el sexo bello. Con la ayuda de dos de mis costureras, me encargo de cambiar y de arreglar las flores de los altares, y tres veces por semana barremos la sacristía para aligerarle el peso de su cometido religioso a nuestro admirado y pulcrísimo párroco, don Agustín, quien, sin lugar a dudas, va caminando con pasos firmes y seguros por la vía de la santidad. (A propósito, ya se le atribuyen algunos milagritos de poca monta, germen de los estados de beatificación y canonización, como tú bien sabes).
Beatriz del alma, he dejado lo mejor para el final: estoy haciendo ya los preparativos para un viaje a Jaén. ¿Qué te parece? No me aguanto por estrecharos en mis brazos a ti y a mi inocente y seráfica sobrinita. Cuando sepa las fechas, os las comunicaré sin pérdida de tiempo.
Suplicándole a las Once Mil Vírgenes, a las Animas del Purgatorio y al Salvador del Mundo que os guarden como os han protegido hasta ahora, me despido de vosotras
con un prolongado abrazo salpicado de abundantes besos.
Tu hermana que está ansiosa por realizar ese sonado reencuentro,

Gertrudis"

Cuando terminé de escribir esta carta que ella me dictó, yo tenía los dedos hinchados y adoloridos, pero me sentía muy contento de haber hecho una buena obra.
A los pocos días de haberla despachado por correo, arribó la respuesta de Jaén que mandaba doña Beatriz. Y Doña Gertrudis me dijo entonces:
Alejo, le he estado esperando para que me lea esta carta de mi hermana que me acaban de entregar.
Y yo, sin mayores dilaciones, inicié su lectura:

"Queridísima Gertrudis:
No sabes la gran alegría que me has dado con la noticia de tu inminente venida a España. He llorado a mares de puro júbilo. Es un verdadero milagro esto de nuestro cercano reencuentro. Eso sí, quisiera prevenirte para que no te vaya a dar un infarto cardíaco o, cuando menos, producirte una hernia estrangulada al volver a tu tierra, porque las cosas no son como, con seguridad, te las representarás en tu mente, ya que por aquí todo ha cambiado de una manera radical.
Mira, hermanita, en nuestra España, luego de la muerte del Generalísimo Franco
(Q.D.D.G.) y del advenimiento de lo que mal denominan 'democracia', se ha venido desarrollando un fenómeno conocido con el nombre de 'el destape'. Para que te des cuenta cabal de lo que es este fenomeno, te citaré textualmente lo que el Padre Guardado dijo en su homilía el domingo antepasado: ".. el destape', hijos míos, es un arca enorme, pero a diferencia del Arca de Noé que estaba hecha de finísimas maderas, ésta parece haber sido construida a base de estiércol putrefacto...Pues bien, 'el destape' es un arca descomunal que navega al garete por las aguas arremolinadas del caudaloso río del pecado, la desfachatez y la degradación " ¿Qué te parece, Gertrudis? ¿Te acuerdas, querida hermana, de la Avenida Alfonso XIII adonde nos llevaban cuando éramos chicuelas? Allí hoy día no va nadie que se precie de decente, pues ahora se han apoderado de esa legendaria calle las mujeres casquivanas, los que padecen de desequilibrios y extravíos sexuales, los drogadictos y los maleantes. Al descaro que impera en estos tiempos se le hace estrecha cualquier definición. Imagínate, hermanita, que en algunas aceras se venden así nomás, al aire libre, órganos reproductores humanos hechos de plástico, exhibidos en todos los matices de los colores negro, café, rosado y amarillo tuberculino, como asimismo otros artefactos que dicen que se utilizan para toda clase de repugnantes aberraciones sexuales y libidinosas. (Esto no lo he visto: me lo han contado). Entiende que te estoy hablando de las mismísimas aceras de las calles por donde pasa el Santo Entierro todos los años y así comprenderás mejor la magnitud de este descarado atropello a las buenas costumbres y a la dignidad humana. Las degeneraciones de Sodoma y Gomorra son juegos de niños comparadas con estos insólitos desmanes. (He tenido que parar aquí unos instantes para enjugar unas cuantas lágrimas furtivas y para santiguarme varias veces).
Siguiendo con este rosario de horrores, quiero referirte el caso de un descastado caballero que, a plena luz del día, se andaba paseando por la Plaza Mayor en paños menores, a vista y paciencia de los agentes del orden, turistas y público en general. El suceso relatado es de por sí muy reprochable, pero lo que lo hace todavía más pecaminoso es el hecho de que los calzoncillos de marras eran de lo más transparente que puedas concebir y hasta un ciego podía verle el miembro viril (o badajo, como le llaman algunos desvergonzados) al tal fulano. Emparentado con el ejemplo que te acabo de citar, querida hermana, está el caso de una señorona de la realeza, que jura y asegura que un día en que andaba de compras por los almacenes Galerías Preciado le robaron las 'bragas' (creo que en Cojontepeque les llaman 'calzones') que llevaba puestas sin que ella se enterara. Esto te da una idea exacta del grado de refinamiento a que hemos llegado en materia de rapiña y otros delitos en que intervienen los dedos y las uñas. Hay, sin embargo, dos grupos que niegan la veracidad del delito en cuestión, es decir, del "braguicidio", nombre curioso con que se le conoce. Aunque ambos están de acuerdo en que ese día la tal señorona anduvo sin bragas por el centro, sostienen que fue por razones diferentes. Uno de los grupos afirma que se trata de una vieja desmemoriada a quien ese día se le olvidó ponerse esa prenda íntima; el otro, en cambio, señala que no es más que un caso de extravagante procacidad, y que la señorona, con toda premeditación y alevosía, decidió ese día llevar todo al aire libre con el propósito de aminorar los efectos del calor andaluz, ventilándose así sus pudendas interioridades. Dejando de lado cuál de las versiones sea la correcta, cualquiera de ellas, hermanita de mi vida, ilustra muy bien este torbellino que está arrasando con toda España y que, como te dije, denominamos 'el destape'. Mira, Gertrudis, ¡qué de cosas podría relatarte!... ¡Cosas veredes que farán fablar paredes!, Ah, sí, ¿te acuerdas de las playas de Barcelona adonde solían llevarnos a veranear nuestros padres (Q.D.D.G.)? Hermanita, no me lo vas a creer, pero si alguien te viera allí en traje de baño, se escandalizaría y pensaría de inmediato que has perdido el juicio, porque en esas playas la gente se baña tal como Dios la trajo al mundo, es decir, 'en pelotas' (perdona esta palabra tan grosera y que no forma parte de mi vocabulario cotidiano).
Bueno, hermanita del alma, mi hija Maricarmen y yo te hacemos llegar un apretadísimo abrazo, te colmamos de besos y elevamos plegarias al Santísimo para que salvaguarde tu persona y tu espíritu.

Tu hermana Beatriz

P.D. Gertrudis, Maricarmen está loca de contenta con la buena noticia de que pronto te tendremos entre nosotras y me ha prometido que mañana, sin falta, te escribirá un par de párrafos. Ella continúa marchando por el camino de la perfección que la Madrecitas Teresianas y yo le hemos trazado. ¡Es increíble que a los escasos catorce años con que cuenta haya alcanzado un estado casi angelical! Tengo que confesarte, eso sí, que hace poco
encontré en su habitación dos librejos que merecían ser devorados por las mismas llamas que incineraron los libros de caballerías, según nos da noticia El Quijote. Me refiero a Pepita Jiménez y a El Hemano Asno, dos volúmenes que, como tú bien sabes, versan sobre la falsa vocación religiosa. No alcanzo a comprender cómo pudieron caer en sus manos esos textos tan nocivos."

Al poner punto final a esta carta, le pregunté a la llorosa doña Gertrudis si deseaba que se la leyera de nuevo y, ante su respuesta afirmativa, me puse manos a la obra.
Al poco tiempo, y tal como anunciara doña Beatriz, llegó la misiva de Maricarmen, que era esperada con gran ansiedad. He aquí mi lectura de esa carta:

"Adorada tía Gertrudis:

Tal como le prometí a mi mamá, he aprovechado la primera oportunidad que se me ha presentado para escribirte. Con esto te pruebo que, a pesar de mis escasos catorce años, soy una personita en quien se puede confiar. Como, con toda seguridad sabrás, curso mis estudios en el Internado Teresiano y, desembarazándome aquí de la modestia que es una de las virtudes que tanto en casa como en la escuela me han inculcado, debo decirte que soy una de las chicas más aventajadas. En todas la asignaturas me va requetebién. Claro, tiíta, en el colegio todo está muy regimentado; se me ocurre que es casi como estar en una cárcel o en un cuartel. Ya sé, estoy exagerando un poco...Tal vez la comparación no sea muy afortunada que digamos. Si te he ofendido, tiíta, te pido mil disculpas. Una de mis profesoras, la Madre Eduviges de la Encarnación, que por cierto muestra gran inclinación hacia lo 'hiperbólico' (vocablo que ella misma me enseñó la semana pasada) o, con perdón tuyo, tiíta, muy dada a las mentirijillas, nos contó que allá por Cojontepeque, donde tú resides, existe  —o existió, no lo dejó muy en claro— un pájaro de colorido plumaje llamado 'quetzal', cuya característica más destacada es la de que no puede vivir en cautiverio. En otras palabras, si se le enjaula, muere. Pues bien, querida tía Gertrudis, lo mismo nos pasa a mis compañeras y a mí con tanta reglamentación, aislamiento y disciplina. Pero como dicen que la necesidad es la madre engendradora de muchas soluciones, las monjas, que se creen tan vivas, todavía no han caído en la cuenta de que nosotras las internas somos más avispadas que todas ellas juntas. Para no hacerte el cuento tan largo, tiíta, todas las noches, luego que la hermana Celadora nos pasa revista, nos pegamos nuestras escapadas y así amortiguamos un poco el tedio de la vida casi conventual que llevamos. (Esto que quede entre tú y yo). Tiíta, en buenas cuentas, entre mi mamá y las teresianas han 'programado' mi vida. A continuación y muy a vuelo de pájaro, te voy a describir lo que es un día normal de mi vida en el Pensionado Teresiano. A las seis y media de la mañana comienza la hora de silencio, a las siete oímos misa en la capilla y luego enfilamos hacia el comedor, donde desayunamos, después de haber rezado la Ofrenda del Día, un Padre Nuestro y tres Avemarías. Tenemos clases todas las mañanas y, por las tardes, hacemos nuestros complicados e interminables deberes. Después de cenar, rezamos el Angelus que, como sabes de sobra, tiíta, termina con la Jaculatoria y la Salve Regina (que los sábados cantamos en latín, tras rezar el rosario). A las nueve, viene la hora de silencio para que nos acostemos, y aquí es donde nosotras, una vez que la Madre Celadora nos ha pasado revista, nos escurrimos por una puerta trasera para visitar a los chicos de un internado que queda a dos cuadras del mío. ¡Qué sería de nosotras si no fuera por estas escapaditas! En fin, tiíta del alma, no sé ni para qué te relato todo esto, ya que tú y mi mamá estuvieron internas también en un pensionado religioso muy parecido al mío.
Como mamá ya te habrá contado, los domingos los paso con ella, con quien, luego de asistir a misa mayor, nos dedicamos a hacer obras piadosas.
Bueno tíita Gertrudis, voy a ponerle fin a esta cartita aquí mismo y te la voy a echar en el buzón en cuanto pueda.
Tu sobrina que te quiere bien y que está anhelando que los días pasen muy rápido para poder verte, abrazarte y besarte,

Maricarmen

P.D. Tiíta, deseo pedirte un gran favor. Quisiera que en tu viaje me trajeras una cajita de condones, pero de los buenos, porque los que fabrican aquí, en España, parecen hechos de gelatina y se nos rompen a cada rato. Creo que vosotros en Cojontepeque les llamáis preservativos; total, lo mismo da. Y si no es abusar de la confianza, te agradecería infinitamente que me trajeras también unas cuantas onzas de esa droguita alucinante que le llaman 'crack', que lo pone a una muy eufórica y más saltarina que un pollo descabezado. (Asegúrate de que haya sido hecha en Colombia, porque la que llega a España viene de Bolivia y ésa ya casi no nos produce ningún efecto). Eso sí, te suplico tiíta, por lo más sagrado, que no le digas ni una palabra de esto a mi mamá, que es una vieja atrabiliaria... Una verdadera troglodita, desde un punto de vista espiritual. Cuando vengas, te contaré más detalles sobre el particular. ¡Que Dios y la Virgencita del Pilar me otorguen el sosiego que tanta falta me hace para no impacientarme demasiado ante la perspectiva de poder abrazarte pronto.

Al finalizar de leer la posdata, me percaté de que doña Gertrudis había caído en lo que parecía un desmayo místico, víctima del certero impacto que la lectura de los últimos renglones le había ocasionado. Yo, por mi parte, escandalizado ante esa nueva muestra del milagro español, conocido como el destape, le imploré al Señor que me concediera el único deseo que el cuerpo y el alma me exigían a gritos despepitados: que me permitiera retirarme en algún manicomio para terminar mis días hilvanando sonetos o, cuando menos, una que otra endecha o redondilla.

¡Milagros, milagros y más milagros! enviado a Aurora Boreal® por Jorge Kattán Zablah. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Jorge Kattán Zablah. fot Jorge Kattán Zablah © Jorge Kattán Zablah.

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