Ambos se encandilaron, ambos se perdieron el uno en el otro, y ambos se creyeron, por supuesto enamorados. «Amo», dijo Antínoo tratando de cubrir con su mano izquierda su delgado pene que seguramente en un año o dos se ensancharía; «Flaco» —el nombre de una antiguo amante—, dijo Adriano al descubrir los dos huesos de la cadera que, por sobre otras partes del cuerpo, sobresalían a la vista, como si la visión de aquella pelvis, lo obsesionase ya y para siempre. Para siempre o por lo menos durante los próximos días, los próximos años en el que el emperador no pensaría en nada más. Con su mano, como le había enseñado Plotina que tendría que hacerlo, que la condición divina se ostentaba con público o sin él, lo mandó llamar; que el pastor acudiera a su lado, que se apresurara que él mismo, aún siendo dueño del tiempo, tenía apuros. Antínoo, sin dejar de taparse todavía, miró a un lado y a otro descubriendo con temor, que algunos muchachitos insolentes, aquellos bromistas que en ninguna parte faltan, se habían llevado su vieja túnica.
Juan Carlos Arteaga. Ecuador, (1985). Editor y profesor. Ha publicado los libros: Transtextos (2006) en co-autoría con Andrés Cadena. Sexualidad Virtual (2011). Lectura y escritura de lo obsceno (2013). Los textos: La heteronormatividad y la nada (2010) en Ecuador Debate. La vieja carne y la nueva carne (2012) en la revista AnacondaSin embargo, y ante la insistencia de aquella mano, firme como la de los amos que aprietan sin ahorcar, caminó así, desnudo, hasta la litera; es más, se subió a ella. Los sirvientes, cruzando miradas malhumoradas, se quejaron en silencio del sobrepeso que tendrían todavía que transportar absurdamente por algunas horas más, siempre asegurándose de que la cortina ya se encontraba nuevamente cerrada, no vaya a ser que el Filoheleno se molestase. Adriano, no decía nada; Antínoo, tampoco. Se creían el amante y el amado que por fin se reconocen. Ahora, tanto tiempo después, es imposible decir cuál era cual. Transcurrieron varios minutos de silencio, como siglos enteros de incomodidad. Por fin, el emperador le preguntó al muchacho si es que conocía la historia de Bóreas, aquel pequeño que casi muere entre sus manos por las dietas que él, satisfecho de mirarlo perder libra a libra, le suministraba junto con un ejército de médicos comandados por el fiel Hermógenes quien, si no estaba de acuerdo, por lo menos sabía disimularlo bastante bien. Cada vez que lo subía a la balanza, Adriano sonreía ante el triunfo de un kilo perdido. Tuvo que intervenir Sabina, aquella tonta que le fue encargada como esposa, para que él no dejara morir de hambre al favorito. Antínoo negó con la cabeza y el Máximo se cuidó muy bien de no relatar la historia, que ya su fama le precedía bastante, mientras decía «esto, no» sopesando los tiernos testículos del muchacho en su mano derecha, como se pesaban antiguamente las criadillas de los toros para saber su precio. Al contacto, el sexo del pastor reaccionó algo. Asqueado, el hombre retiró su mano de allí. Apenas existían algunos pelillos que cubrían aquel fino pubis: era una verdadera suerte el haberlo encontrado en aquella edad. «Donde Hermógenes», gritó
Adriano y ya los esclavos, que se creían a salvo de un nuevo paseo pues, desde hace como veinte minutos que habían bajado la litera de sus hombros, que la habían depositado en el piso, tuvieron que llevarlos hacia allá. Llegaron a la habitación real, llegaron al campamento del Jonio, y ambos —Antínoo con una túnica prestada, con una hermosa túnica púrpura—, fueron hasta donde dormía el doctor. Sólo entonces, sólo en medio de ese camino, última de las salas antes de lo que ocurriría, Adriano se preguntó por los padres del muchacho. Antínoo, como adivinando las preocupaciones del viejo, aclaró que se encontraba solo en Bitinia, que hace mucho tiempo que sus padres habían muerto y que al principio fue cuidado por una prima quien pronto lo dejó allí, en la puerta de gentes piadosas que lo tenían comiendo con los cerdos, por lo que escapó; en fin, la historia de siempre. Adriano no debía preocuparse pues nadie esperaba al muchacho para cenar. El emperador suspiró: aquello también era una suerte. Ya Hermógenes y Adriano bañaron en leche al muchacho, haciéndolo sentar en una tinaja llena. Faltaban solamente algunas pocas horas para que el hombre pudiera mirar al otro sin esas dos bolsas colgantes que tanto le molestaban.
***
Antínoo bajó una de sus manos para tocar y solamente se encontró con un largo chorizo como de vaca, sin una sombra de vello, pero también sin una sola sombra de ese ensanchamiento que hace tres años se pudo haber presagiado al mirarlo desnudo. Claro, tenía su voz, pero ¿qué ocurrió con todo lo demás?, ¿qué ocurrió con eso que le habían quitado?, ¿con eso con lo que soñaba todas las noches creyéndose completo y despertando en las mañanas sin estarlo? El antiguo pastor se arregló las vestiduras, con hilos de oro bordadas a cada lado de la cadera, y caminó hasta la proa del barco para encontrarse de frente con el Máximo, con Adriano quien hablaba en voz alta sobre una caverna en Mitra y un toro. Cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que lo vio. Ahora, apenas tres años después, le parecía que su vida, que toda su vida, había iniciado con la mutilación, el mismo día que ese hombre, con la cabeza blanca ya, al que todos adoraban, le había pedido cantar; y él, por torpeza, había accedido. «Canta», dijo Adriano, mirando desde arriba hacia abajo al muchacho, todavía complaciéndose con aquellos huesos de la cadera que él mantuvo intactos, tan de niño como cuando lo conoció. Porque ambos, si es que todavía se mentían afirmando que estaban enamorados, gozaban recordando el momento mismo en que se encontraron: después, todo fue dolor. Antínoo, aparentemente sonriendo, se acercó dos pasos hasta su señor y después lo escupió recibiendo automáticamente una bofetada. Que tuviese diecisiete años y que casi olvidara que era un hombre, sin serlo realmente, no significaba que podría hacer lo que quisiera. «Briseida, Briseida», gritó el Filoheleno y ya la prostituta, que antes había tenido otro nombre, claro, pero que pasó ha llamarse así desde la preparación para Adriano, llegó corriendo a la proa. El Máximo sujetaba con fuerza la muñeca de su favorito, la fina muñeca de su genio y lo arrastraba al camarote. Nuevamente, aquello. Briseida bajó las gradas y, cuando cerró la puerta detrás de sí, estando ya los tres solos, se quitó los vestidos, y se sentó sobre ese Júpiter. Sus piernas se abrieron para recibir al emperador, para sentarse cómoda sobre él y moverse de arriba hacia abajo mientras, con sus manos, tocaba la pequeña cosita de Antínoo que no reaccionaba, por supuesto. Por el rostro del muchacho, del antiguo pastor ahora convertido en príncipe, corrían gruesas lágrimas como espadas: siempre lloraba cuando alguna mujer intervenía entre ellos; aunque, claro, el hombre y su amigo tenían días en los que eran más felices. Por fin, el Amo del Todo le pidió a Briseida que saliera de la habitación y solamente los dioses sabían lo que sucedía después dentro. La tripulación escuchaba los gritos de Antínoo, alaridos como los que emiten las gatas, regándose por la noche. Y esto, todas las ocasiones en las que el joven solía desafiar, todas las ocasiones que últimamente eran muy frecuentes.
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Otro año más. Por la simple pisada de Adriano en los campos secos de Esmirna, cayó la lluvia esperada durante los últimos siete años; se celebró, entonces, una fiesta en honor a aquel ser divino, en el que se iba convirtiendo el anterior soldado. Allí llegó una hechicera —ya nadie recuerda su nombre—, con quien se entrevistó el emperador por lo menos durante dos horas. La mujer, mediada por un intérprete porque no hablaba ni latín ni griego, le dijo que debía sacrificar algo que le fuera extremadamente preciado, si es que quería tener éxito en la siguiente campaña al Este; y El Sostén del Mundo pensó, rápido, en aquella águila que le habían regalado en Roma, no hace mucho, como presente por su anterior cumpleaños. Así le dijo a ella y así ella aceptó. Cual no sería la sorpresa de Adriano cuando seis días después bajó a la caverna y, entre el lodo rojo, en el que debía estar la mesa de sacrificio y las cenizas del ave después del fuego —siempre purificación—, divisó a su querido, ahogado y desnudo, tiznado de rojo y muerto. El emperador, fuera de sí, salió corriendo de la caverna, arrancándose los cabellos y arañándose las mejillas, como alguna vez leyó que hacían las mujeres antiguas. Fue al barco y se sentó en la proa a llorar. ¿Cuándo en realidad aquel muchacho idolatrado se había separado tanto de su vida? Ya solamente le sobrevivía un hombre mayor, avejentado prematuramente, con el rostro hundido entre sus manos, lamentándose por lo que no tenía, como una niña cuando le prohíben tocar el juguete que más le gusta. Después, en honor al genio, construiría toda una ciudad y la llamaría Antinópolis y enterraría a su amor momificado, quizás con el estúpido deseo de eternizarlo; sin saber jamás que el amado, ese niño que él malcrió al punto de, en un par de ocasiones, poner en peligro el imperio solamente por complacerlo —un viaje, un juego de caza o un león como mascota—, el último día de su vida se acostó en el lodo sonriendo, sabiendo que todo sacrificio era válido, no ya por amor como pudieron pensar algunos, sino por el dolor que causaría en Adriano.
Adriano enviado a Aurora Boreal® por Juan Carlos Arteaga. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Juan Carlos Arteaga. Foto Juan Carlos Arteaga © Juan Carlos Arteaga.
El emperador, recostado en la litera que a su vez descansaba sobre los hombros de cuatro de los más vigorosos sirvientes, todos morenos —delgados pero atléticos pues el Olímpico no podía ver ni de lejos, ni en un otro que despreciara, la gordura—, se aburría paseando de un extremo a otro de Bitinia: esperar allí, aunque solo fuera por unas semanas, francamente lo descontrolaba; no estaba habituado a ello. Hasta su propio cuerpo se resentía con la inactividad presentando ciertos estreñimientos que, aunque no eran graves —por lo menos así se lo decía Hermógenes—, alteraban sus horarios y, por supuesto, su genio. De repente, los esclavos, por un desnivel en la calle, se atolondraron al caminar y uno de ellos casi cae al piso, soportando los otros tres todo el peso de la cama. Y bastaron solamente algunos segundos para que el Evergeta escuchara aquella voz. «Alto», gritó el Amo del Todo y perezoso descorrió la cortina para espiar, para encontrarse de frente con ese joven pastor de trece o catorce años que, desafiando la prohibición de los anteriores idus de marzo, se bañaba desnudo en la fuente, tirando agua desde su cabeza y recitando, con un pésimo acento del este, los primeros versos del poema de Homero, aquellos que hablan de la cólera y de los muertos.


