En La semilla de la ira, Consuelo Triviño Anzola recrea la vida de un formidable intelectual latinoamericano
José María Vargas Vila ocupa un lugar muy especial en el imaginario narrativo latinoamericano. Así como nadie necesita leer las Memorias de Giacomo Casanova para hacerse una idea de lo que es un Casanova, no hace falta haber leído a Vargas Vila para convocar con su nombre imágenes de galanes inescrupulosos, y de mujeres perdidas, de enfermedades vergonzosas y de suicidios a la caída del crepúsculo.
Cuando era un adolescente, detecté la abrumadora y equívoca fama de Vargas Vila en las librerías de viejo de la Plaza Lavalle en Buenos Aires. Ignoro si Vargas Vila era publicado por Tor, o por alguna otra editorial que se encargaba de difundir a los clásicos en libros que crujían y se desencuadernaban apenas uno trataba de revisar sus primeras páginas. Las portadas de Tor solían ser inolvidables por lo malas. Además de inconfundibles, eran intercambiables. Un hombre afligido, sentado al borde de una cama, generalmente ataviado con pantalones y camiseta, tenía la mano derecha apoyada en los desordenados cabellos de su frente y obviamente meditaba. En el background, el hombre era observado por una mujer disgustada y en paños menores. La portada servía para anunciar un manual destinado a combatir la impotencia. La misma portada, exactamente la misma, anunciaba el título de alguna novela de Vargas Vila. Y eran tan numerosas esas novelas, que al cabo de un tiempo la editorial decidió prescindir de las portadas dedicadas al manual para combatir la impotencia y concentrarse en ilustrar la producción de Vargas Vila.
Ella se sienta muy secretariamente, en la silla justo al frente del profesor. Cruza las piernas muy profesoramente y sé que sonríe. Lleva un blazer negro sobre su blusa de seda salmón. La falda es básica y negra pero ceñida. El profesor habla.
―Para hoy, tenían asignado leer las primeras cincuenta páginas de Manhattan Transfer, de John Dos Passos. Les pregunto, ¿en qué instancias vieron que se perturba o interrumpe la trama? ¿Cómo lo hace el autor? ¿Por qué?
Levanto mi mano. El profesor me cede la palabra. Ella, la que se sienta muy oficinamente, suelta una pequeña carcajada. Así, por lo bajo. En esas. La miro. Me hace un sarcástico ademán de "adelante".
―John Dos Passos retrata los diferentes integrantes de la inmigración...
―Sí, claro, ―interrumpe ella, muy politemente, ―pero más que eso, el autor nos ofrece espacios desde donde habla la diversidad. Es en la pluralidad de voces que se retrata la diversidad, y claro, la interposición de la grafía lingüística en el papel bien podría leerse como un intento de perturbar al lector, de enfrentarlo de golpe a la realidad del espacio inmigrante.
Ella se voltea muy modelamente, muy reinadebellezamente y me sonríe, golpea un poco su cabello con la mano y vuelve a mirar al profesor.
El Concilio del amor
Título original: Das Liebeskonzil. Eine Himmels-Tragödie in 5 Aufzügen
Zúrich 1895
Oskar Panizza
Traducción y adaptación: Pablo Valle
Revisión: Silvia Tombesi
Editorial Katzen
2013
Síntesis
La corte celestial (un decadente Dios Padre, una frívola Virgen María y un debilucho Jesucristo) está desesperada. ¿Qué se puede hacer para evitar que la humanidad (sobre todo los fogosos italianos, empezando por el papa Borgia y su propia corte) se despeñe definitivamente por las barrancas del pecado y del placer?
Por fin, y dado que ya no pueden destruir su propia creación, se les ocurre una idea: llamar al Diablo. Él sabrá qué inventar...
Una tragicomedia implacable, la más prohibida y perseguida de todas, en la pluma de un escritor único.
Aquel domingo de octubre de 1936, cuando se conocen en el banquete habanero que le brinda José María Chacón y Calvo a la recién llegada, María Zambrano es una joven malagueña, precoz y sobre todo observadora, sugestiva y culta, casada con su más reciente novio y de paso a Chile en el buque frutero Santa Rita. Lezama tiene 26 años, ella 32. La foto en el restaurante y las de ellos de aquella época, muestran un Lezama apuesto y aún delgado; a una María sílfide o náyade.
Sin excluir chispazos de atracción física, propios de la química inefable, Lezama ya había leído en Revista de Occidente y quizás en Cruz y Raya, ensayos de la discípula rebelde de Ortega y Gasset, de la que en unas décadas sería la voz más nítida y tal vez lúcida del pensamiento filosófico de habla hispana. María ni sabía quién era aquel sagaz interlocutor, que ya presumía de erudiciones y sobre todo de metáforas gongorinas.
Este ensayo pretende algo hoy muy exótico: invitarlos a observar una amistad como confluencia de ideas, mutuas resonancias, fricciones filosóficas que en el poeta se convierten en su poética y en la filósofa en su "razón poética" para entenderse entre ellos y entender la otredad. O quizás sea mejor decir las otredades.
Hermoso signo contra obtusos fanatismos, seguir aquellas señales no es un acto de arqueología intelectual sino un desafío al presente histórico, a la historia que Hegel equivocadamente vio como construcción, futuro. La correspondencia entre ellos, los textos que ambos se intercambiaron hasta después de la muerte de Lezama el 9 de agosto de 1976, y algunas informaciones y anécdotas bien verificadas, permiten armar un punto de vista que enaltece a los dos grandes escritores, con Cuba –para bien y para mal-- en el centro. Mi cercanía a la conocida como Escuela de Ginebra enlaza texto y contexto, considera útil tanto la valoración estilística de una sinécdoque en Muerte de Narciso, como las informaciones sobre un librero de la calle O'Reilly llamado Veloso, apodado el Gallego, sobrino del dueño de la entonces mejor librería habanera, La Moderna Poesía, que le permitía a Lezama pagar los libros a plazo y al que María le encargaba libros recién publicados en Ciudad de México, Buenos Aires, París...
Crónicas para sentimentales
Jacinta Escudo
Cuento
F&G Editores
Páginas: 130
2010
"Una mariposa grande, de vuelo plano, negra y azulada con una franja blanca, describió un arco sobrenatural, suave se posó en la tierra húmeda, plegó las alas, y desapareció".
V. NABOKOV
Imaginemos la escena y el libreto. Javier Vásconez, personaje de sí mismo, rara mariposa en el bosque de sus propias palabras– el soberbio espécimen de Javier Vásconez, en suma–, abandona una tarde de primavera el Café Comercial, y de repente ve, como Nabokov, una mariposa negra y azulada con una franja blanca, tan real, tal vez, como la ficción sublime de las historias que pueden ser verdad. Años después, abandonado Madrid y el café Comercial, en una primavera andina, aparecerá tras su ventana otro espécimen: "un fogonazo, una mancha casi invisible (...) que levanta el vuelo dejando detrás una estela refulgente, amarilla o quizá turquesa, en el aire»: la Thecla Teresina protagonista de este cuento, que no es otro que Nikolai, que no es otro que Nabokov, que no es otro que el mismo Javier.
Así nace este cuento de escritores y de mariposas.
Ella está viendo un video en el que un hombre inocente es arrestado por la policía. Esto ocurre en Los Ángeles, California. El hombre es negro. Su perro está intranquilo y comienza a ladrar en el auto. La policía sale con el hombre negro, esposado, en dirección de la patrulla. El hombre no se resiste. La multitud protesta. El perro sale del auto. Uno de los policías empuña una escopeta. Apunta hacia el can. El animal avanza para defender a su amo. El policía dispara dos veces. El perro cae abatido. La gente grita, se enfurece y llora. Ella me cuenta todo lo que ocurre en el video que observa desde su computadora. Yo leo. ¿Sabes lo que es eso?, me pregunta. Sí, le contesto sin conmoverme un ápice, un perricidio. Y vuelvo a sumergirme en la lectura de una novela en la que no hay videos ni perros ni policías ni hombres negros.
…fuiste transeúnte de nebulosas, viendo cosas que no acababan de hacerse inteligibles…
Alejo Carpentier, El arpa y la sombra
El transeúnte de nebulosas arribó a Guanahani el 12 de octubre de 1492. Posó de inmediato la mirada en los pedazuelos de oro que traían los naturales de la isla colgados de agujeros que tenían en las narices; una especie burda eran aquellas piedrecillas, pensó con desprecio. Comenzó, en el acto, a urdir la legendaria patraña, para engañar a la corona, de que y que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Pero lo que de verdad captó su apetito fueron aquellos mancebos de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, gigantes que vinieron desde la hora en punto a quitarle el sueño de molinero sin cereal que moler en sus molinos. Se iba, pues, de claro en claro queriendo ver colmada su ansia de verterse siquiera dentro de uno de aquellos vasos de su lujuria. Trocó entonces el tétrico viandante la escasez del químico amarillo elemento por cuerpos. A falta de poder follárselos (cosa que le impedía el grave riesgo que suponía, para sus ambiciones mercantilistas y nobiliarias, ser sorprendido en pleno “pecado contra natura”), optó por hacerlos esclavos, y pretendió, no contento, simplificar el cuento, sugiriendo que eran “pusilánimes” por andar todos desnudos como sus madres los habían parido, y sin armas. Así fue urdiendo la historia famosa de su propia infamia.
[T]here was a long and tumultuous shouting sound like the voice of a thousand waters— and the deep and dank tarn at my feet closed sullenly and silently over the fragments of the “House of Usher”.
The Fall of the House of Usher
Edgar Allan Poe
Sintió algo así como el engranaje del carro en la cresta de la montaña rusa, una sacudida similar a la de esos frenazos súbitos en auto o a los tirones que dan las transmisiones al embragar, y después, por uno o dos segundos, la sensación de auparse en cámara lenta sobre una ola de aire suavísima, mansa, silenciosa, que con intriga lo suspendía en vilo por encima del mundo. Entonces fue igual que si esa ola de espuma aérea se hubiera de golpe desvanecido, o le hubieran quitado una alfombra de nubes de debajo de los pies, porque a continuación lo ensordeció un enjambre de gritos pavorosos y sintió que se precipitaba en caída libre: el estómago hecho un penacho de plumas a la altura del pecho, el pecho encaramado en la laringe, la laringe detrás de los ojos y los ojos en todas partes, inútiles, porque era noche cerrada, ciega, inescrutable. Aterrado, comprendió que el vagón se había descarrilado y descendía fuera de control, apenas rozando los rieles de acero que gemían por recuperar el enganche de las ruedas, así que se agarró desquiciado al arnés que todavía lo sujetaba con firmeza pero que igual caía junto a él, ambos indefensos, insalvables, abrazados en vano contra el vacío.
De un brinco se reconoció incorporado en la cama, sudoroso y jadeante, con las manos aferradas a las solapas del camisón. Tardó unos cuantos segundos en reconocer aquel entorno, que aún parecía exudar cierto matiz onírico: el mullido edredón, el suave ronroneo del acondicionador de aire, el plácido olor artificial a brisa marina que asperjaban los aromatizadores de la habitación. Recordó que era aquella su luna de miel, aquel su hotel en Río de Janeiro y esta, que seguramente dormía a pocos centímetros, la única realidad posible, la íntima realidad gozosa del cuerpo de su mujer. Tanteó con el brazo la oscuridad y pronto halló junto a él la cima de la cadera y el hondo valle de una cintura que hasta a ciegas reconocería. Sólo entonces atinó a reclinarse de nuevo sobre la almohada y adosar su contorno a la carne sinuosa y tibia de la hembra que dormía. Admitió que estaba otra vez en pleno achaque estomacal: el mismo feroz empacho que solía aquejarlo siempre que sucumbía a un atracón nocturno. Acurrucado allí, sin embargo, bajo las tibias sábanas, era mejor agradecer el fin de la pesadilla y dejarse llevar por la calidez de aquellos cabellos sueltos, que olían a huerto de naranjas o a azahar. Y circundando la dulzura convexa de su compañera, sintiéndose seguro otra vez, poco a poco se hundió en la oscura alberca del sueño.
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