Cajambre
Armando Romero
Editorial Difácil
Novela
Páginas 180
ISBN: 978-84-92476-28-2
Cajambre, novela ganadora del primer premio para novela corta "Concejo de Siero", España es editada nuevamente en España por editorial Difácil
Sinopsis / Información
La muerte accidental de Ruperta, hermosa joven negra, a manos de un colono blanco desencadena una serie de hechos que amenazan el equilibrio social de esta región. Sólo el control de las fuerzas que originan estos hechos puede restaurar la paz en Cajambre. Encuentro y contraste de culturas, hallazgo de la realidad sorprendente que subyace en la vida de sus habitantes, ya sean descendientes de los africanos que llegaron a América, o de los colonos blancos que vinieron a buscar oro o a explotar las reservas de madera. Cajambre es una novela de suspense, en los margenes del humor y la tragedia, donde nuestro interés por la trama nos permite ver con gran precisión el mundo social, cultural y político que nos presenta.
Con un trozo de carbón
Con mi gis roto y mi lápiz rojo
Octavio Paz, "Garabato"
Apuesto a las sorpresas y desafíos que la vida todavía me debe otorgar como lector. La escritura –ya veremos por qué garabatos—de Orlando González Esteva ha sido mi más reciente, feliz reto y disfrute.
Comparto una recepción donde invito a recrearse con sus textos. Confieso la ignorancia: apenas conocía algunos de sus poemas publicados en revistas como la mexicana Vuelta, dos o tres de sus ensayos minimalistas en un diario de Miami.
Ahora no sólo he podido leer con mesura ¿Qué edad cumple la luz esta mañana? (La antología que le publicara el Fondo de Cultura Económica en 2008), sino las prosas compiladas en Los ojos de Adán (Ed. Pre-Textos, Valencia, 2012). Puedo formarme una opinión, releerlo, anotar en márgenes, escribir estas cuartillas de saludo, de gracias.
Selección del poema para Aurora Boreal® por el autor.
Rémy Durand: Venezuela, 1946, en aquella América indo-afro-europea que ha dejado en su vida huellas profundas.Pasa su niñez en Venezuela, abrazando el español de América del Sur y sus resonancias. Alumno en la escuela primaria del Liceo La República de Caracas. A los diez años sale para Francia y de ahí se marcha para África, en Dakar. Estudia en el prestigioso liceo Van Vollenhoven y en la Facultad de Letras de la Universidad donde consigue la licenciatura en literatura francesa e hispánica. Crea el Théâtre des Étudiants (Teatro de los estudiantes). Como director escénico y actor presenta varias obras del repertorio del teatro Francés contemporáneo. Sale del Senegal en 1968 y se gradúa con una "Maîtrise" (Magister) en estudios de dramaturgia en la Facultad de Letras de Aix-en-Provence en Francia. En 1970 se gradúa con el "concours" CAPES en letras modernas. Hace mucho tiempo que los caminos lo llevan al diálogo de culturas : desde 1974 trabaja en las Alianzas Francesas, sucesivamente en Colombia, India, Ecuador e Irlanda, para promover la Francofonía, la lengua y la cultura francesas, también la cultura de cada uno de los países donde ejerció, en búsqueda de este mestizaje cultural que fundan la grandes civilizaciones. De 1995 a 2009, es Director cultural en la "Inspection académique" de la Provincia del Var, en Toulon – Francia. Rémy Durand publicó poemarios, ensayos, relatos, novelas cortas, artículos de crítica y dió conferencias sobre la poésia francesa. Ha colaborado a revistas, periódicos y antologías: SUD (Marseille), Voix d'Encre (Carpentras), Poésie 1 (París), La Lettre sous le Bruit, Lou Andréas (La Seyne-sur-Mer), Le Printemps des poètes dans les collèges du Var (Antologías, editorial les Cahiers de l'Egaré, Le Revest-les-Eaux, 2000 à 2005), Poésie des deux Rives (Antología, Nice 2004 à 2008), Le Lézard amoureux (Antología, 1996 à 2005). Participa en Fiestas de Libros, al Printemps des Poètes (« Primavera de los Poetas ») y a las Nuits de la poésie. (« Noches de la Poesía") de La Seyne-sur-Mer. Crítico de arte, crítico literario, publicó numerosos artículos en la prensa latino-americana : El Espectador, El Tiempo, El Diario del Caribe (Colombia), El Comercio y Hoy (Ecuador). Ver http://remydurand.com/biblio2.htm Creó en Quito los « Jueves poéticos », y en Dublín los "Poetry Thursdays", invitando a los poetas de estos países para lecturas de sus poemas. Fundó en 2001 en Toulon la Asociación Gangotena (organización de encuentros de poetas). Fue el colaborador y traductor de una antología de poetas ecuatorianos contemporáneos « Apartar lo blanco de la luz » « Séparer le blanc de la lumière » 33 poetas ecuatorianos del siglo XXI, publicada en Quito en noviembre 2011. Ver : http://remydurand.com/anthologie.htm
En contra de la sospecha que este texto es simplemente una denuncia, lo que tenemos es una elaborada novela, bien estudiada y escrita.
La presencia afro en el continente es un capítulo todavía por estudiar. No está cerrado mientras en nuestros países haya racismo. Nuestros países luchan con taras de clases y, además, de razas, que no le permiten a los indígenas y a los descendientes de africanos en nuestros países tener una vida mejor. Ya no existe la esclavitud, es cierto. Pero nunca ha dejado de existir la discriminación y la exclusión, amén de los prejuicios raciales. Cuando por boca de un personaje leemos en la novela de la autora afro-peruana, Lucía Chacón Illescas, que los negros son mentirosos, tocamos una cuerda que hasta hoy día podemos escuchar. Y es que la novela de esta autora, Malambo, publicada en 2001, recrea un capítulo sensible de la vida colonial cuando los negros eran esclavos en el continente. La narración transcurre en Malambo, antiguo sector de los negros de Lima, del otro lado del rio Rimac, que se le conoce como "el río que habla", donde se encuentran dos mundos jerarquizados y separados por este río.
"Desventurados los que divisaron a una
muchacha en el Metro
y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos
y la perdieron para siempre entre la multitud
Porque ellos serán condenados a vagar sin rumbo por la estaciones..."
Estación del metro
Oscar Hanh
La inquietud vino desde el sector delantero de la fila y se extendió hasta donde me encontraba. Cientos de zumbidos, aleteos, chasquidos y vibraciones se dirigieron hacia mí, frustrando mi propósito de pasar inadvertido bajo el disfraz vegetal que estaba usando. El problema de ser humano y también agente viajero es la mala popularidad de nuestra raza y deber usar trajes falsos para tomar cruceros. Desde la gran peste no éramos precisamente la especie más querida de la Vía Láctea.
El polimorfo que estaba delante de mí en la hilera se giró y me miró con sus ojos amarillos rezumando asco: "Humano", dijo con un chasquido viscoso de sus valvas y cambio de forma hasta volverse una muralla de escamas. Yo me ruboricé y por ese cambio químico obviamente liberé olor. Nada podían hacer ni el tinte verdoso ni la corteza tan cuidadosamente adherida centímetro a centímetro sobre mi piel, para cubrir ni mis respuestas hormonales ni mi risa nerviosa.
Las carcajadas humanas alcanzan de 60 a 65 decibeles, pero en una de las primeras reuniones del ORBICOP tras discutirlo (había muchas leyes absurdas que poner para frenar a las especias con más sobrepoblación de esta galaxia) decidió que en lugares públicos los sonidos humanos no podrían pasar de 50 decibeles, por consideración a quienes no tenían tímpanos si no membranas hipersensibles. Una conversación promedio, si es acalorada, puede llegar hasta 70 decibeles.
Otra de las reglas tenía que ver con el olor; aunque la gran mayoría de nuestra raza no había estado enferma, nos obligaban a tomar tres duchas desinfectantes por día; pero estar en la situación en la que yo me encontraba: a punto de tomar un arca rumbo a la Galaxia Enana del Sextante, a punto de emprender un viaje largo con miles de extraterrestres, era para ponerse a dar de gritos y sudar a chorros.
a N, que me lo contó
Caminan por una calle con nombre de mujer. Llevan las manos en los bolsillos y, por momentos, los codos de sus abrigos oscuros se rozan en medio del frío. Dos niños los pasan por un lado en sus bicicletas y el murmullo de sus risas se pierde en pocos segundos.
—Sabíamos que algún día tenía que pasar, ¿no? —dice la mujer.
El hombre no la mira. Ve al frente; la montaña al otro lado de la alargada ciudad se nimba con un fino resplandor violeta.
—Sí —musita el hombre.
La mujer extrae una de sus manos del abrigo y se enlaza del brazo del hombre.
—¿Lo harás hoy?
Me llamó un amigo para levantar pesas en su casa. Me puse una pantaloneta y una camisilla, y salí. La noche estaba cayendo y ya la gente comenzaba a meter los mecedores. Creo que éramos las únicas personas que pensábamos levantar pesas.
Cuando llegué a su casa, él ya estaba sacándolas. Me saludó con un gruñido. Vestía solamente una pantaloneta amarillenta y un cinturón negro, de obrero de fábrica; calzaba unos apaches rotos, sin medias. Le ayudé a sacar las pesas y sacamos también la mesa de los ejercicios, que estaba remendada por todos lados. Puso música en una grabadora vieja y comenzamos a estirarnos y a calentar los músculos que parecían petrificados.
Él acababa de llegar del trabajo. No comía hasta que no hiciera ejercicios; se dedicaba a ellos con una urgencia frenética. Era oficinista en una empresa de teléfonos. Aunque alto y fuerte, tenía el cuello largo, la cintura estrecha y unas pantorrillas infinitas. En el barrio decían que era un "esqueleto con músculos".
Llenamos la barra con los discos más pesados y comenzamos a hacer sentadillas. Luego siguió un ejercicio masoquista al que llamábamos "¡Dios mío, ayúdame!"; poníamos las piernas en forma de tijeras y, con la barra atravesada, flexionábamos la pierna delantera; era como si nos estuvieran extrayendo los riñones, pero lo creíamos necesario. A este ejercicio le sucedían unos cuantos ejercicios de pantorrillas, pero no insistíamos mucho porque las teníamos atrofiadas. Luego ejercitábamos los hombros, que son los músculos más perezosos y vulnerables del cuerpo. Hay que trabajarlos cuando no se ejerciten otros músculos cercanos; si no, se cansan muy rápido; son traicioneros. Y por último, los trapecios. Hicimos nada más un ejercicio al que llamábamos "Qué me importa", por la forma en que levantábamos los hombros.
A mi Frida, que se encuentra en varios cuerpos.
Diana Varas Rodríguez
"¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?"
Frida Kahlo
Desde pequeña tengo la costumbre de imaginarme a la gente sin ropa. Cuando lo comento con naturalidad, muchos ponen ojos de búho y abren la boca como si se enteraran de una calamidad. Yo sencillamente he querido saber cómo son por dentro. Me es tan necesario ver el cuerpo desnudo, así como es indispensable para algunos verle la cara y los ojos a la persona con la que conversan.
La cabeza ha sido siempre la huella digital del ser humano. Invade nuestra cédula de identidad, libreta de colegio y pasaporte. En ella se encuentra la mayoría de los sentidos. Vemos, comemos, oímos y respiramos... Es como si todo nuestro ser se concentrara en este objeto giratorio y curioso que cuelga del cuello como un péndulo cuando llega el sueño.
A Freddy Avilés
En el barrio vive un hombre que huele a muerto. Jamás se lo ha visto conversando con alguien, y aún así, es el más conocido a cuatro cuadras a la redonda. Su olor se nos impregna en la ropa, en las sábanas, en las uñas. Todos lo llamamos Mortecina. Según dicen, nunca ha trabajado de enterrador o pintor de lápidas; no es constructor de ataúdes, ni labora en algo que tenga que ver con cadáveres. Su hedor siempre ha sido nuestra incógnita.
Al llegar la tarde, cuando todos suelen llegar a casa y las familias disparejas están completas; cuando nuestros umbrales se convierten en ventanas y las piscinas inflables que los niños han sacado a la calle tienen el agua turbia; a esa hora, podemos verlo, caminando a paso lento, con su mirada ida que le permite observarlo todo. No detenerse en un objeto específico le daba una capacidad increíble para analizar la totalidad del espacio. Sin ver a ningún lado esquivaba ciclistas, alcantarillas, vendedores de legumbres, cruzaba veredas y respetaba el pare.
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