No logro definir la imagen pero sé que alguna vez estas manos fueron acariciadas, sostenidas con amor, que se entrelazaron con otras al inicio de la pasión. Ahora, las miro arrugadas, llenas de manchas y sabañones, los dedos abotagados sin definición en los nudillos, torpes ya para asir cualquier cosa. Cuando toco mi rostro sólo siento aspereza, pero, desde el fondo de mis recuerdos, mi mente me dice que alguna vez esos dedos fueron suaves, delgados, ágiles, que acariciaban mi rostro sin tener que separarse casi de inmediato, como ocurre. Esos dedos no quieren olvidar que también acariciaron otro cuerpo, tal vez sin sabiduría, pero generosa, alegre, curiosamente. Si alguna vez mis manos fueron tratadas con amor, respondieron, se abrieron al afecto, buscaron —dudando si existía— una posibilidad de escapar a la soledad, a la aridez humana, a la hipocresía.
Aún dentro de mi pesado ser –nunca lo puedo olvidar– hay algo que late. Todo lo que me rodea se ha ido, de alguna manera, comiendo la vida de mi cuerpo; pero aún no se pierden, quedan, las últimas semillas de una vida distinta. Es más, aún queda el recuerdo de la vida que latió y que me acompañó por nueve meses. Un recuerdo que nunca me abandona y me hace pensar que esta realidad, la de hoy, es sólo una consecuencia de otra, no sé si anterior, paralela o alterna. Pero esta memoria siempre viene acompañada por una sensación de humillación, de vergüenza, de una necesidad de defenderme, de no mostrar en esas calles, por donde mi cuerpo anterior se paseó altanero y libre, uno mancillado, habitado por algo, un cuerpo fecundado por alguien que dejó su simiente para que crezca en su ausencia. Esas mudas tapias de cal se transformaron en fuente de gritos, de insultos, burlas y vejámenes. Bajo los manchones de mi memoria, queda el sabor del polvo que tragué intentando responder a esos griteríos; cuando quise decir que poco me importaban sus ofensas, sus escarnios. Pero, como el polvo, mis palabras sólo flotaron un momento para caer en el suelo y ser pisoteados por todos. Luego vino el silencio y, con él, la indiferencia final.
César Chávez Aguilar. Ecuador, (1970). Estudio Derecho en la Universidad Central del Ecuador. Cuentos y ensayos suyos han sido publicados en revistas nacionales e internacionales como: Línea Imaginaria, Letras del Ecuador, Ourovouros, Encuentros (Revista Nacional de Cultura), Rocinante, Guaraguao, Kipus. Participó en el «Congreso Internacional Pablo Palacio, Jorge Icaza y las vanguardias» (Quito, 2006). Ha realizado investigaciones bibliográficas para el Municipio de Guayaquil y para el Centro Cultural Benjamín Carrión, de la ciudad Quito, del cual es actualmente bibliotecario. En el 2012 publicó Herir la perfección, su primer libro.
Los muros de mi casa parecen estar sucios todo el tiempo. Los limpiaba cada día, y aún así seguían luciendo tiznados. Ya estoy cansada, hoy ya no limpio, dejó que la mugre vaya ganando y habitando cada rincón de esta casa. Ya no me importa. Alguna vez me importó. Recuerdo cuando lavaba cada manchón que aquel niño —al que pensé como una posibilidad de alegría—, dejaba en los pisos y las paredes. En ese entonces procuraba la pulcritud del espacio donde él permanecía. Nunca dijo nada sobre eso, me miraba afanarme sin ofrecer la mínima ayuda, sólo observaba. Esperé que el silencio que me habían impuesto abandonara la casa con su presencia, pero solo lo ahondó. Era como una pequeña sombra, molesta, suspicaz, vigilante, caminaba sin rumbo, como en constante huida. Las cuatro paredes lo retuvieron hasta cuando sintió que sus brazos lo podían mantener. Un camión destartalado se lo llevó sentado en su parte de atrás; el bamboleo crujiente de ese viejo cajón de madera fue lo último que vi de él. Aún no logro definir si me alegré con su partida, o su ausencia fue la última tristeza que en verdad sentí. Tal vez fueron las dos cosas. Esa persona, la que está debajo del borrón de óleo, y esta otra, la que está sentada esperando el vacío final, tienen dos respuestas distintas, no necesariamente contrapuestas, acaso complementarias.
Pensé que la quietud podía llevarme a las respuestas, pero únicamente me ha conducido al olvido, a una borrosa confusión de imágenes, como si una gasa me tapara los ojos, los oídos. La boca se siente llena de ceniza, y la piel está adormecida; el sabor de las cosas no se corresponde a sus imágenes. Las formas que antes me remitían a ciertas personas ahora ya no me dicen nada. La imagen de mi madre sólo es la imagen de una mujer, físicamente muy parecida a mí, grabada en una fotografía; en ella se ve una persona serena, sosegada, diría que casi agradable, pero no puedo conciliar esa visión con el vestigio de memoria que nace en mí y que viene con la sensación de abandono, de reproche, de ira. Me pregunto: ahora, que no tengo más tarea que vagar por los cuartos vacíos, ¿dónde está la mujer que fue mi madre? No es que su cuerpo no esté, sino que no hay ninguna huella ni rastro de su paso por esta casa; ni tampoco por mí, sólo la similitud exterior, una simple circunstancia física, un mero albur genético.
¿Será posible que uno se transforme sin darse cuenta? Aún ahora, es una costumbre que nunca abandoné, me encanta seguir la metamorfosis de las polillas —aquí sólo nacen unas negras, grandes, con sus alas manchadas por unos ojos de frías pupilas. Las veo crecer de una cosa insignificante, pasando por una bolsa asquerosa, en un animal, igual de repugnante pero distinto. A veces me pregunto en qué momento me convertí en lo que soy ahora. Me veo hablando en las esquinas con personas que ya no están, me veo, de pequeña, correteando tras la cáscara del trigo que volaba por todo el campo en tiempo de siega; todo ese tamo convertido en lluvia cuando se transfiguraba bajo la luz del sol. Dónde quedó la muchacha que peinaba infinitamente su cabello, dónde la mujer que se agitaba en los brazos demasiado rudos de un campesino ignorante, dónde la mujer que amamantaba a un rojiza criatura, dónde la mujer que lanza un puñado de tierra sobre una tumba sin nombre recordado. Sólo estoy aquí: una mujer de fea vestimenta, de nariz grande, que ya no espera ninguna transformación.
La luz de la tarde se va desvaneciendo. Antes, no me gustaba el verano, era excesivamente caluroso, su sequedad partía no sólo la cal de las paredes, sino la misma tierra; ahora no me parece demasiado desagradable. En esta estación vuelvo a salir de mi casa, a caminar, ya no por medio de la calle, altiva y orgullosa, sino sosteniéndome de los muros cercanos. De cierta manera vuelvo a sentir en las calles de este pueblo lo que debí sentir hace mucho: el silencio. Pero entonces estaba lleno de envidia, recelo, venganza; y ahora es un silencio más puro, ya no hay nadie que me vea caminar, ya no hay quien critique mi cabello, ni mi cuerpo. Simplemente, porque es un pueblo muerto, vacío. Los pocos que quedamos nos parecemos cada vez más a un borronazo, al boceto de un pintor principiante. No reconozco a nadie, supongo que a ellos les pasa lo mismo. Las casas se desintegran como nuestros cuerpos. Es extraño, la destrucción ha equiparado todo, construcciones y cuerpos, almas y arcilla, voces y argamasa.
Otra vez en mi casa, sentada en una banca, silente. Luego de caminar por todas partes, estoy sola, continúo sola. Ya no me pregunto por la soledad, siempre estuve sola, no conozco otra realidad. Debería preguntarles a esas sombras que me rodean, a esas figuras que yacen bajo el manchón del lienzo de mi vida, a esas imágenes posibles si en verdad estuvieron junto a mí. Yo quiero creer que fueron reales, no sólo líneas trazadas sin ningún sentido. Ahora no lo tienen, es cierto, pero quisiera que en realidad lo hubieran tenido.
La espera enviado a Aurora Boreal® por César Chávez Aguilar. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de César Chávez Aguilar. Foto César Chávez Aguilar © Iris Sandoval.
A veces creo que mi vida es una serie de imágenes pintadas sobre un lienzo, que luego fueron cubiertas por un manchón. Pero aún cuando las figuras que existen bajo ese borrón de líneas y color no se puedan ver o estén distorsionadas, sé quiénes son y cómo cada una de ellas ha marcado mi vida.


