El deshielo de un iceberg

oscar molina 001Daniel vio un pájaro con el cuerpo rojo y las alas negras. Entusiasmado, dijo: ¡Miren, un pájaro!, pero ninguno levantó la vista. Faltaban pocos metros para llegar a la cabaña. Vinicio, su hermano mayor, quería llegar pronto porque ya se orinaba. La carretera estaba mojada y su padre conducía lento. Su madre había reclinado el asiento para recostarse. Tenía la cabeza ladeada y veía por la ventana, en silencio. La familia pasaría reunida tres días de vacaciones.
La cabaña estaba recubierta de madera. Tenía un comedor con seis troncos aplanados como sillas, una chimenea de ladrillo, una cocineta blanca a gas, tres habitaciones cercanas y un baño con tina. Un empleado de la Hostería Alondra le entregó la llave al padre de los niños y encendió la chimenea antes de salir. Vinicio había corrido al baño, el padre se recostó en el sofá verde sin cojines, Daniel fue a su cuarto y la madre se acercó al fuego para calentar sus manos. Daniel y Vinicio dormirían en el mismo cuarto. Él y ella, en cuartos separados.
Los niños pelearon al escoger una parte de la litera. Vinicio dijo que, por ser al mayor, tenía que dormir arriba. Daniel, vestido con una camiseta estampada con distintas muecas de Buzz Ligthyear y un pantalón beige con bolsillos de sobra, empezó a llorar. La madre fue al cuarto enseguida, les pidió que hicieran silencio y decidió que esa noche Daniel dormiría arriba. Vinicio salió rápido de la habitación, sin decir nada, y se acercó hasta el sillón donde su padre había empezado a leer una antología poética en la cual iba por la mitad. El padre se quitó los lentes, acarició la cabeza del niño y la recostó sobre su pecho. Vinicio permaneció así un momento, observando las llamas de la chimenea, y después le preguntó a su padre si podía salir a dar una vuelta alrededor de la cabaña.


Vinicio se quitó uno de los guantes de lana para tocar la nieve. Cogió un puñado, formó una bola y la aplastó con fuerza hasta destruirla. Caminó cerca del auto y encontró una rama grande y delgada. Daniel veía desde la ventana del cuarto cómo su hermano movía ese trozo de árbol como si fuese una espada. Sintió ganas, como en otras tantas veces, de hacer lo mismo que su hermano y fue a buscarlo.

Óscar Molina. Ecuador, (1987). Periodista. Cursa un Máster en Creación Literaria en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona (España). Su microcuento 'Con calma' recibió una mención de honor en el concurso MicroQuito. Otros microcuentos suyos han sido publicados en los portales Sea breve, por favor y La Comunidad Inconfesable (España), Aurora Boreal® (Dinamarca). Como periodista ha colaborado con El Comercio, Revista Vanguardia, Revista Q, Mundo Diners, el portal de música Planarteria, The Clinic online (Chile) y QuéLeer (Venezuela).

—Juguemos a las peleas —dijo Daniel buscando en cuclillas una rama grande y gruesa entre la nieve.
—Yo no juego con llorones —respondió Vinicio, y tiró su rama lejos.
Vinicio se alejaba en dirección a la cabaña y, de repente, sintió un golpe en la espalda. Daniel le había lanzado una bola de nieve. Sin dudarlo, Vinicio armó otra bola más grande y, con más fuerza, se la tiró a Daniel. La nieve se deshizo en pedazos sobre el estómago de Daniel, quien empezó a llorar de nuevo.
El frío no dejó dormir a la madre. El cuarto no tenía calefacción y la manta que el hostal les prestaba era delgada y con la felpa gastada. Había dormido poco y por eso se levantó más malhumorada. El padre, en cambio, roncó despreocupado; las seis horas de manejo por la carretera lo dejaron agotado. Él, se notaba en el rostro y en los planes que describía mientras preparaba el desayuno para todos, estaba de buen ánimo. Dijo que tenía muchas ganas de esquiar. Vinicio se emocionó y le pidió que lo llevase. Los dos, después de lavar los platos, se fueron muy bien abrigados. La madre y Daniel se quedaron en la cabaña.
Ella encendió la chimenea, se tiró sobre el sofá, cubrió sus piernas con la manta raquítica y cerró los ojos. Daniel, aburrido de observar el fuego y el rostro inexpresivo de su madre, fue al cuarto y buscó los juguetes en su maleta. Tenía un coche de bomberos a control remoto, un frasco para hacer burbujas, dos pelotas saltarinas, la lupa que recibió por su cumpleaños y un dinosaurio grande, verde, y con dientes afilados. Daniel cogió el dinosaurio y empezó a hacerlo caminar sobre la cama. Él se encargaba de suplir los rugidos del silencioso y boquiabierto tiranosaurio. Godzilla, como lo llamaba, recorrió casi toda la habitación y, sobre la maleta a medio abrir de Vinicio, se encontró con un soldado más pequeño que él. Ése fornido muñeco, escondido entre la ropa deportiva, era el juguete preferido de Vinicio.
Daniel se acercó despacio donde su madre y movió su hombro para despertarla. Ella, entre asustada y molesta, le dio permiso para salir de la cabaña, pero con el gorro y los guantes puestos. Apenas pisó la nieve, Daniel se quitó los guantes y se sentó sobre sus talones. En una mano fría tenía a Godzilla y en la otra al soldado favorito de su hermano. Los puso frente a frente para que pelearan. El combate, al principio parejo, resultó victorioso para el dinosaurio. Godzilla envió de un coletazo al soldado contra un árbol y le rompió el brazo derecho. Daniel, nervioso, intentó devolverlo a su sitio, pero el brazo musculoso y desnudo de Bruce, como Vinicio lo nombró, no volvió a encajar.
quito lee 002Daniel entró en la cabaña sin hacer ruido. Su madre estaba en la cocina calentado agua para tomar un café. Él aprovechó que no lo veía y llevó los juguetes a la habitación. Daniel abrió de nuevo la maleta de su hermano y se esforzó en colocarlo tal como lo encontró. El brazo del soldado, liviano, roto, libre, cayó al fondo de la maleta. Daniel intentó sacarlo de ahí pero escuchó que su padre y su hermano habían llegado.
Cuando Vinicio entró al cuarto, silbando de buen humor, vio a Daniel sentado en la parte alta de la litera, cuidando al hámster entre sus manos. Chifu era la mascota de Daniel desde hace tres meses. Como no quiso dejarlo en casa de la abuela, lo llevó con él a la cabaña.
—No lo saques de la jaula, bobo, que aquí hace mucho frío y puede morir— dijo Vinicio quitándose las gafas de esquiar que estaban sobre su cabellera rizada, negra.
—Pero yo lo estoy calentado entre mis manos y no le va a pasar nada— contestó Daniel sacándole la lengua—. Enseguida, sin embargo, se bajó de la litera y fue a dejar a Chifu en la jaula plástica.
Vinicio quiso cambiarse de medias porque las suyas estaban húmedas. Se quitó las botas gruesas y negras que le llegaban al tobillo, se acercó descalzo a su maleta, la abrió y sintió que el calor de la ira quemaba detrás sus orejas. No era la primera vez que Daniel dañaba uno de sus juguetes, pero éste era realmente especial.
—¿Qué te he dicho sobre mis juguetes, ah, llorón entrometido?— gritó Vinicio, y caminó rápido para atrapar a Daniel, que intentó correr. Cuando lo alcanzó, le dio un puñetazo furioso en el estómago.
Los gritos de Daniel se expandieron por la cabaña. La madre, que estaba revisando las puntas de su cabello tinturado de rojo, se levantó para ver qué había sucedido esta vez.
—¡Quiero que por un momento me dejen en paz, maldita sea. Solo por un maldito momento! ¿Es tanto pedirles? —dijo la madre, histérica. Los niños se arrinconaron, uno junto al otro, cerca de la litera, dispuestos a recibir la acostumbrada cachetada seca.
El padre, que estaba rasurándose en el baño, se limpió la espuma con una toalla pequeña y fue a la habitación. Agarró el brazo de su esposa y le pidió que no les pegara a los niños, que saliera un momento, por favor, que él se encargaría de castigarlos. La mujer se fue, respirando fuerte, y el padre, sin tocarlos, les dijo: —Mañana van a quedarse todo el día aquí, encerrados. Y, cuando volvamos a casa, no verán dibujos animados cuando terminen las tareas, al menos durante dos semanas. Y este mismo momento se alistan para dormir—.
quito lee 001Daniel, después de unas horas del incidente, dormía tranquilo. Vinicio seguía dando vueltas en la cama; la ira no le dejaba cerrar los ojos. La habitación estaba en silencio. Apenas se escuchaba la respiración leve de Daniel y el ruidito constante que producían los movimientos de Chifu en la rueda dentro de su la jaula. Vinicio se concentró en ese chirriar discreto y, de nuevo y sin titubear, se acercó despacio a la jaula. Afuera nevaba. Su padre y su madre, al parecer, dormían.
Vinicio se colocó el abrigo, cargó la jaula bajo su axila y caminó hasta la sala. Se acercó despacio, por si acaso su padre o su madre estuviesen acostados en el sofá. Chifu, Vinicio lo intuía, se movía agitado dentro la jaula, confundido por la oscuridad de esa cabaña familiar. Sin prender la luz y evitando hacer ruido, Vinicio abrió la puerta y salió. La jaula tenía una abertura superior, rectangular, por donde se insertaba el alimento de Chifu. Por ahí también se sacaba al hámster para tocarlo y acariciar su pelaje blanco con motas cafés u observar de cerca sus bigotes casi transparentes y nerviosos. Vinicio caminó un poco, se arrodilló, dejó la jaula en el suelo y, con las manos desnudas, abrió esa pequeña abertura por donde la nieve empezó a caer hasta el fondo de la jaula, alrededor del cuerpo tembloroso de Chifu. Era una nieve suave, diminuta, abundante.
A la mañana siguiente, la madre volvió a despertarse por lo gritos. Daniel, arrodillado frente a la jaula de Chifu, lloraba escandalosamente. El padre, abrazado a él, le repetía que, al volver, le compraría otro hámster. La jaula, cubierta de nieve, parecía un gran cubo de hielo plástico. Chifu estaba tieso, enterrado en medio de ese bloque blanco. Vinicio, parado en la puerta de entrada a la cabaña y sin mostrar gesto alguno, sentía un hormigueo de satisfacción al ver a su hermano llorando. El padre fue a buscar cuchillos en la cocina, regresó y le dio uno a su esposa. Daniel les había pedido que rompiesen el hielo para sacar a Chifu y enterrarlo en el patio de la casa. Ambos entendieron y quisieron complacer el deseo de su hijo menor. Él y ella, arrodillados uno frente al otro, tuvieron que trizar el hielo para restablecer la calma del niño. Él y ella, casados desde hace ocho años, tuvieron que romper el hielo, lenta y cuidadosamente, por el bien de la familia.

 

El deshielo de un iceberg enviado a Aurora Boreal® por Óscar Molina. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Óscar Molina. Foto Óscar Molina © Óscar Molina.

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