Era como las tres de Villanueva

ramon molinares 002Dicen que todos los muertos llevan sus lágrimas, pero Carmen Alonso no llevó las mías; las derramé todas por ella antes de que la mataran. Por esto creo que sería mejor decir: toda muerte de un amor lleva sus lágrimas.
Confieso haber llorado al perderla, pero no me horrorizó que la despedazaran con un cuchillo de descuartizar, ni que encontraran sus miembros desperdigados en la orilla de la carretera que va al mar, en donde se encuentran numerosos moteles para encuentros ocasionales, porque así, de esa manera, imaginé más de una vez eliminarla y hacer lo mismo que hizo el asesino con sus pedazos.
Días después de conocernos me contó que desde cuando las blusas apretadas de la adolescencia definieron sus senos incipientes, la tía que la crió no dejó de decirle que había nacido para reina; que nadie reparaba en su alta estatura de basquetbolista porque lo tenía todo bien proporcionado. Comentarios como estos, corroborados más tarde por la mirada lasciva de hombres maduros, hicieron de ella una mujer altiva, soberbia, segura de merecerlo todo.
Sonreía y movía coqueta los hombros al escuchar en la radio de mi automóvil esa canción de Alejo Durán que dice en uno de sus versos: mereces que te lleve a Cartagena para enseñarte a nadar en el mar. Creíamos que merecía esto y mucho más, hasta cuando nos hacía pasar del amor al deseo de matarla.


La primera vez que, sin dilatados galanteos, la sentí caer rendida de placer sobre mi pecho, me pareció que era de su sexo complacido de donde provenía el delicioso aroma que saturó la atmósfera de la habitación en que copulábamos; pero en seguida, cuando de nuevo recorrí su largo cuerpo de reina con mis besos morosos, deteniéndome en su frente, en sus ojos cerrados de cansancio, en su boca entreabierta, en sus excitantes axilas y en sus senos flácidos pero tibios, comprobé que el olor que me extasiaba no solo se desprendía de sus entrepiernas lubricadas en el instante culminante del goce sino de todos los poros de su piel. Era un olor pegajoso, embriagador; tan agradable era que no quise lavarme en el baño del hotel ni de regreso a casa. Más que olerlo, lo saboreaba en mis dedos impregnados de sus flujos.
En mi cama de viudo, puesta aparte la intensidad del placer experimentado, me dije que si hasta entonces no había pensado en casarme de nuevo era porque no había tenido a mi alcance una mujer de tan buenos modales como ella, presentable y exitosa en el ejercicio de su profesión de abogada, pero ahora pienso que estas reflexiones no eran más que una manera de sublimar la excitación, la lujuria que despertó en mí ese aroma de hembra siempre deseosa y deseable, que después era capaz de percibir a distancia. Hablando por teléfono, una imagen olfativa me levantaba el ánimo.

Ramón Molinares Sarmiento. Escritor colombiano (Santo Tomás, Atlántico, 1943). Estudió en la Escuela Normal de Medellín y en la Universidad Libre de Bogotá. En las universidades de Lille y Montpellier, Francia, realizó estudios de especialización en literatura francesa. Es autor de las novelas Exiliados en Lille, El saxofón del cautivo y Un hombre destinado a mentir. Fue columnista del diario El Heraldo de Barranquilla, donde también ha publicado cuentos y ensayos. En el concurso "Noventa años de El Espectador" fueron premiados sus cuentos "Chartier" y "Carne de varón tierno"

Esa primera vez que estuve con Carmen Alonso soñé con la casa del pueblo en que nací, me crié y recibí parte de mi educación sentimental. Me vi flaco en el sueño, adolescente, con los ojos asombrosamente abiertos, escuchando bajo el frondoso mango del patio las conversaciones que en domingos y feriados, entre tragos de ron de caña, sostenía mi padre con sus amigos:
— "Aquí, en Villanueva, son tres las mujeres a las que uno no debe arrimarse porque se arruina. Todos los que se han metido con Petrona Suárez, Tomasa Castillo y Juliana Donado han quedado sin nada entre las manos
—Lo peor, lo vergonzoso es que al que está queriendo a una de ellas no le importa que esté queriendo a otro.
—Así no es, estás equivocado, esas mujeres no engañan a nadie, no son traicioneras; tienen un macho y cuando este ya no tiene nada que darles o deja de gustarles buscan a otro. Nunca tienen dos hombres al mismo tiempo.
—Al pobre Gaspar Sarmiento ya no hay matarife que le fie media res para vender en la carnicería, Petrona acabó con todo su capital; Moisés "Cajón", el de la funeraria, se quedó sin madera; y el cojo Leonidas tuvo que cerrar la panadería por falta de harina de trigo.
—Con esas mujeres ni a misa.
—Son calientes de entrepiernas.
—Debe ser, porque el que se les arrima no quiere apartarse de ellas".
Carmen Alonso me hizo sentir ridículo, avergonzado, cuando, después de nuestro tercer o cuarto encuentro, le dije lo que había estado pensando desde la primera vez: quiero ser tu último marido y que sean mi última mujer. Le formulé esta propuesta luego de escucharle esos dos aullidos, uno enseguida del primero, que no podía contener en el momento culminante del coito, antes de desparramarse de placer sobre mi pecho.
Recuerdo que al hacerle la propuesta estaba ella exhausta, bocarriba; yo, ladeado a su lado, disfrutando de su respiración sosegada, contemplando las bellas formas de su cara fileña, esperando que abriera los ojos y me respondiera, lo que hizo después de estirar los brazos y bostezar como la hembra satisfecha de un felino. En su mirada, como ingenuamente lo había imaginado, me pareció primero percibir el asombro feliz de la mujer a quien le acaban de ofrecer anillo de matrimonio con música de mariachis, pero luego, como si acabara de verme resbalar y a punto de caer sobre un piso mojado, se levantó de la cama, se envolvió en una toalla de la cintura para abajo y, sin poder contener la risa de burla que le sobrevino, me dijo: mi última mujer, mi último marido; me haces pensar en el último mohicano.
Desde entonces comencé a sentirme disminuido, incapaz de sobreponerme a la sensación de haber hecho el ridículo, seguro de que su risa no fue sólo de burla sino también de disgusto.
La natural soberbia de Carmen, su indiferencia ante mis atenciones, ante mis costosos regalos, no dejaban prosperar en mí la sensación de haberla poseído, como me ocurría siempre que lograba llevarme una mujer a la cama. Cuando me abandonó no pude decir como su poeta favorito: será de otro como antes de mis besos, porque Carmen no tuvo nunca la sensación de ser de alguien. De mis encuentros con ella regresaba a casa frustrado, sin la convicción de que me pertenecía, de que era mía, a pesar de que me resultaba evidente que disfrutaba hasta saciarse en esas noches de sexo y vinos que nunca fueron para mí tan cortas. La vehemencia de sus besos y abrazos y el agradable olor de sus flujos, me hicieron pensar que los hombres de una fidelidad a toda prueba, los que van de la casa al trabajo y de este a la casa sin detenerse a mirar las formas de sus compañeras de trabajo, son los que han tenido la suerte de casarse o rejuntarse con una mujer como ella.
De los viajes que realizábamos, Carmen les traía regalos a los compañeros de trabajo, especialmente al jefe, Orlando Zapata, quien, según ella misma me decía, le formulaba comentarios maliciosos ante sus subalternos, con los que reía y hacia reír a todos: a este de ahora no lo baja nadie del caballo ¿Cuándo es el matrimonio? Ya llevas cuatro meses con él ¿no te parce demasiado para tus hábitos?
Sin pudor, riendo como supongo había reído al escucharlos, Carmen me repetía al pie de la letra los comentarios de su jefe para que me diera por enterado de que todos en su trabajo sabían de la inestabilidad de sus relaciones.
—No digas pendejadas, me irritan los empalagos, tus "te amo" me parecen ridículos; goza y deja de gozar – me dijo visiblemente enojada una de las últimas veces que nos vimos, y siguió acaballada sobre mí, que me sentí como un simple instrumento de sus deseos al escucharle esos dos gemidos, uno después del otro, sin reposo entre ellos, incontenibles en el momento culminante de la copulación.
Le gustaba que le tomara fotos y fotografiarse ella misma, observar que las fotografías confirmaban su belleza de cincuentona.
En las fiestas organizadas por sus compañeros de oficina aparecía en las fotos al lado de su jefe; un hombre un poco más alto que ella, guapísimo, que abrazaba su cintura mientras ambos sonreían, privilegio derivado, según ella, de treinta y cinco años continuos de amistad.
—Esta es Rosario, la novia de Orlando, mi jefe; es bonita y deseable, a veces salgo a comer con ellos, me decía, poniendo el índice sobre la foto que me mostraba, pero esto no disminuía mi sospecha de que se acostaba con él, con Orlando Zapata. De ser cierta mi presunción —pensaba— no entiendo por qué permite que Carmen salga con otros.
Perturbado por los celos, me preguntaba de mala leche: ¿Salen solo a cenar los tres? ¿Será cierto, como oí decir, que a Carmen también le gustan las mujeres? ¿Por qué Zapata no lleva a su novia a Miami o a la Habana cuando va de vacaciones a esas ciudades? ¿Por qué sigue soltero a sus cincuenta y tres años? ¿Le gustan los hombres como a Carmen las mujeres?
Estos interrogantes, formas del odio que comenzó a incubarse cuando ridiculizó mi propuesta, redondearon por completo su forma el día en que, el último de nuestra relación de casi un año, descendió de mi cuerpo, sobre el que, como de costumbre, se había acaballado, sin dar los dos gemidos que delataban la intensidad de su placer y sin dar salida a esos efluvios olorosos que suavizaban su sexo y el mío.
La inexplicable repulsión que desde ese instante le suscitó mi compañía, acabé por convertirla en despecho cuando supe que ya andaba con otro. Para esos días, estimulado por una de sus confidencias, llegué a pensar que la maldad y la burla vengativa que le inspirábamos todos los que gozábamos de sus favores se originaban en el hecho de que la nacida para reina pudo haber sido violada por el marido de la tía que la crió.
Pensé en esta desagradable circunstancia la mañana en que, sentada a mi lado en mi automóvil para un viaje de una hora, de Barranquilla a Santa Marta, le vi la mirada triste, perdida en la lejanía, como si a su mente estuvieran llegando imágenes en las que se veía con el uniforme de colegiala. La mirada me pareció más triste en ella que en cualquier otra persona porque siempre quería dar la impresión de no estar hecha para la tristeza.
No puedo olvidar esa mañana en que, menos rencorosa que triste, me dijo: nunca le perdonaré a mi madre habernos dejado solos, a mi hermano Federico y a mí, a pesar de explicarme que la viudez la obligó a viajar a Venezuela en busca de trabajo, en busca del dinero que desde allá le enviaba a mi tía para nuestro sostenimiento.
Me gustaban los instantes en los que la veía como indefensa, agobiada por la tristeza, con la mirada perdida en la lejanía, de donde volvía bruscamente al escuchar ese verso de Neruda que le producía un efecto contrario a mi propósito de halagarla. No me vuelvas a decir "me gustas cuando callas porque estás como ausente" porque te puedo arañar la cara —me dijo colérica la última vez que le recité esta línea.
Poco después de la triste noche sin sus dos gemidos de placer me propuse matarla, hacerla pedazos. Pero me detenía la seguridad de no haber sido engañado, la convicción de que desde la primera vez que nos desnudamos me dio a entender, de manera explícita, que la nuestra sería una relación sin amor, como todas las suyas; me detenía, además, el recuerdo de esas tres mujeres de Villanueva que enloquecían a los hombre sin sentirse culpables por abandonarlos y sin que éstos, agradecidos por lo disfrutado, levantaran la mano contra ellas.
Hechas las primeras indagaciones sobre el crimen, la policía detuvo al último amante que le conocieron los compañeros de trabajo. El sospechoso era un huraño montañero, ex paramilitar confeso, oriundo de los páramos de Sumapaz, que luego de acogerse a una pasajera ley de Justicia y Paz, solo había pagado ocho años por sus crímenes. Joven y con dinero como muchos ex paramilitares, el rústico amante de Carmen llegó a Barranquilla en busca de una nueva vida.
—Este de ahora te va a matar —le dijo a Carmen su jefe ante los subalternos, que no lo acompañaron a reír impresionados por el moretón que tenía la compañera en uno de los ojos.
—No lo creo, esta es la primera y última vez que me ocurre una cosa como esta —dijo ella, pasando con cuidado los dedos de su mano derecha por el ojo lastimado.
—¿La primera? Interrogó con asombró su superior jerárquico, que bien conocía, como la conocí yo, la cicatriz producida con puñal que el primero de sus tres esposos le había dejado en uno de los costados.
Durante el encarcelamiento, el montañero insistió en su inocencia, increíble en un hombre que admitía haberla golpeado, y que había asesinado a muchos con motosierra y traficado con cocaína y marihuana.
Cuando me interrogaron, como a otros amantes conocidos por los amigos y compañeros de trabajo de Carmen, dije que era una mujer excepcional, que su irritante altanería ocultaba una tristeza grande, que no me engañó nunca ni me dio motivos para celarla; sufrí mucho al sentirme abruptamente abandonado, tanto como pudo haber sufrido el que me antecedió y el que ocupó mi lugar, pero nunca pensé hacerle daño. Esto dije. Mentí a medias porque entendí, Carmen me dio a entender desde los primeros días de nuestra relación, que estaba incapacitada para el amor y, por lo mismo, le disgustaba que la amaran.
—No tengo la menor idea de quién pudo haberla matado— agregué—, no conozco al hombre que me antecedió en su vida ni al sospechoso en la cárcel. No creo que este señor siguiera con ganas de matar después de pagar la condena por sus crímenes de paramilitar.
Tres meses después de la muerte de Carmen, celos reprimidos, sobrellevados en silencio, simulados con indiferencia, irrumpieron de pronto con todo su veneno en la lengua de Rosario, la novia del jefe, a quien le resultaba intolerable el abatimiento, el desgano por la vida que se apoderó del jefe de oficina. Supe de esta situación porque algunos interrogados acabamos por conocernos y transmitirnos lo que se decía sobre el crimen.
—Orlando no me busca, no me invita a salir desde que mataron a Carmen, que por algo tuvieron que matarla así, dijo Rosario, sin consideración por la difunta.
—Carmen no merecía esa muerte, no creo que ese señor que está encarcelado la haya inducido a negociar con drogas, le replicó una compañera de oficina.
—Carmen, agregó otra, se enamoraba; al principio se enamoraba; que después se sintiera desencantada, aburrida o molesta con los novios, es otra cosa.
—La verdad es que yo tampoco creo que Carmen hubiera hecho algo tan malo como para merecer esa muerte, corrigió Rosario, ahora visiblemente compungida, arrepentida de lo que había dicho, consciente de que la temeraria acusación (por algo tuvieron que matarla así) sería fácilmente atribuida a los celos, para ella suficientemente motivados, y también para sus compañeros, aunque hasta entonces los hubiera mantenido en silencio.
—Me preocupa —añadió la novia ignorada que mientras todos tratamos de superar lo sucedido, Orlando siga hundiéndose cada día más en la pena, en el abandono, en el desgano ¿no han visto que ha venido dos veces con la misma camisa del día anterior, barbudo y los zapatos sin embolar? Está irreconocible, con una bobera que parece de loco.
—Todos nos hemos dado cuenta de eso, Rosario, pero debemos entender que Carmen era su más inmediata colaboradora, la que le resolvía los conflictos jurídicos; no firmaba nada que no hubiese sido revisado por ella; se conocían desde hace mucho tiempo, en la niñez fueron vecinos. Con todo y eso parece que se está recuperando; esta mañana, aun cuando no puede ocultar la pena, vino bien vestido, bien afeitado, incluso con los zapatos embolados— le dijo a Rosario una compañera.
—Y perfumado, con ese perfume que a mí me enloquece, agregó la abogada que había remplazado a la finada.
Ya liberado el rústico paramilitar por falta de pruebas, los amigos y compañeros de trabajo de Carmen, que seguían siendo interrogados, salían de los interrogatorios haciendo conjeturas, a veces descabelladas, que tenían en común la convicción de que el asesino debía ser uno de los amantes que Carmen hizo sufrir al privarlos de su belleza.
Pese a todas las suposiciones, la mañana del lunes en que se supo que Orlando Zapata había sido arrestado, los empleados de la oficina de Carmen se miraron desconcertados, poco sorprendidos, como si vieran confirmada una sospecha que por consideración no se habían atrevido a formular.
—Sin temor, más bien con alivio, Orlando Zapata nos abrió la puerta —contó uno de los tres agentes que fueron a detenerlo. Nos hizo sentar en las butacas de los muebles de la sala, y se sentó él en el sofá, que estaba recostado contra la pared. El señor cruzó las manos sobre su cabeza, que echó hacia atrás, en el espaldar del sofá, y nos dijo, con los ojos puestos en el cielo raso y una voz que le temblaba: ya no lo podía soportar, era demasiado humillante. Fui su primer hombre; estando yo en los 18 y ella en los 15 años. ¡Cómo me avergüenza haberla amado durante treinta y cinco años a pesar de sus tres esposos y sus muchos amantes. Ne quiero hacerte daño, no quiero casarme de nuevo todavía, espera un poco más, me susurraba al oído cuando hacíamos el amor. Estaba segura de que, como le decía una y otra vez, yo no perdería la esperanza de compartir con ella una vida decente. Desgraciadamente la perdí. La dichosa esperanza dio el inesperado paso que la convertiría en un odio feroz. Su último amante, el más ordinario entre todos los que le conocí, cachaco, además, me sumió en la desesperanza, en un hombre sin porvenir. La maté porque, destruido por completo mi sentido del honor, no podía evitar tener que seguir compartiéndola con otros.

Era como las tres de Villanueva enviado a Aurora Boreal® por José Manuel Camacho Delgado y Ramón Molinares Sarmiento. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Manuel Camacho Delgado y Ramón Molinares Sarmiento. Foto Ramón Molinares Sarmiento © Ramón Molinares Sarmiento.

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