Magali apaga el celular, no más interrupciones para su propósito. No más machos militares. No más esa supuesta vida de casa grande. Hace un mes dejó de tomar sus pastillas antidepresivas y las otras que sirven para atontarla. Seguía simulando sus efectos.
Día a día sacaba una píldora de cada droga y sentía un placer extraño cuando tiraba de la cadena del inodoro y veía cómo se movían las cuatro pastillas blancas, aparentemente inofensivas, y desaparecían en ese torbellino de agua que se las tragaba.
Fase I ejecutada y cumplida a cabalidad en un mes.
Fase II a ejecutarse en un solo día. La precisión es requerida. El tiempo pasa. En realidad son menos de 12 horas.
Magali sale a correr. Llega con energías. Se da una ducha. Se cambia rápido. Saca dos maletas. Las llena con prisa. Mira por la ventana hacia el volcán que vigila a todos. Siempre dominando, casi desde cualquier lugar. Fuerte. Imponente. Más alto que todos. Así como los ojos de Gustavo durante sus quince años de casados.
De un solo tirón, Magali corre las cortinas. Ya no es vista por ese blanco alto enorme, el volcán de Yurucay. Ya no es vista por el rubio de su marido.
En su bolso asegura el dinero, su pasaporte, sus diarios, los retratos de sus fríos hijos.
Adriana Rosas volvió a Barranquilla después de terminar su tesis doctoral en Literatura en Barcelona, vivir la experiencia de estudiar cine por un semestre en Buenos Aires y estar en la Patagonia argentina como mochilera. Algunos de sus cuentos, ensayos y crónicas han sido publicados en antologías, revistas colombianas y en una mexicana. En proceso de edición se encuentra su libro Sus gafas alargadas de actriz de cine. En la Universidad del Norte es catedrática de Literatura y ciudad, Cine y Literatura y un Taller de Escritura Creativa. Dirige el Taller Caminantes Creativos afiliado a RELATA del Ministerio de Cultura. Para el Concurso Nacional de Cuento RCN ha dictado talleres de Lectura y Escritura Creativa; actualmente es Coordinadora de evaluadores para la Universidad del Norte. Dirige la Tertulia-Taller Cuéntate en BibloPaz a través de Fundalectura. Sus investigaciones y conferencias giran en torno a escritoras, la escritura creativa, crónicas y cine.
Saca las llaves del auto, sube las dos maletas con rapidez. Con decisión.
Dirige su mirada a la casa, le da su bendición y cierra la puerta con una sonrisa amplia, sin barbitúricos. Libre, feliz.
Va en el carro, le tiemblan las manos. Lo nuevo también hace estremecer. Debe llegar en dos horas al aeropuerto de la otra ciudad. Va una hora y media de camino. No sólo sus manos tiemblan; se estremece de forma extraña el carro, la carretera. Se orilla. Se baja. La tierra se sacude, se escucha un bramido fuerte. Trata de relajarse. Estar lejos de los árboles.
Vuelve la calma. No ha pasado ningún carro. Los pájaros tienen un canto desentonado. No hay viento. Magali voltea hacia atrás. En el cielo hay una nube grande, negra.
Vuelve, abre la puerta, alarga su brazo para encender la radio, busca una emisora de noticias: "Hace poco entró en erupción el volcán de Yurucay. Se registró una fuerte explosión y una columna de humo alcanza varios metros de altura. Se produjo un sismo de grandes magnitudes...".
Magali apaga la radio. Gira las llaves del carro, suena el motor. Y sigue su camino con determinación.

Magali enviado a Aurora Boreal® por Adriana Rosas. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Adriana Rosas. Foto Adriana Rosas © Adriana Rosas.
Magali a través de la ventana grande de la sala se despide de sus hijos y de Gustavo. Tan pronto como baja la mano y el carro sale por el portón, una sonrisa se desliza en sus labios. Tiene la libertad. No volverán antes de las 8 de la noche y en ese tiempo Magali alcanzará a emerger como el volcán que hizo erupción hace veinte años. Volcán que exhala el hilo de humo al que todos están acostumbrados. Volcán que podría estar a punto de estallar.


