Los domingos se reunían en el patio de mi abuela para el sancocho. Todos amaban a mi abuelita Eloísa. Mi papá Luis decía "que así era mejor, que tenía dos papás". Si alguno de los hermanos se enfermaban Felipe y Gustavo los cuidaban. Si para pagar el colegio. Si para consentir a la abuela. Si para la comida. Si para regañarlos, eso era lo único que no le gustaba a mi papá. Se reunían papá Felipe y papá Gustavo y la reprimenda iba por dos.
Todo iba muy bien, pero a mi abuela se le ocurrió un tercero, se enamoró del camionero de la gaseosa que venía dos veces por semana al pueblo. Allí todo se trastocó. El hombre no entendía que la familia de dos papás era ideal. El hombre no entendía que la abuela Eloísa no se quería ir para ninguna ciudad, no quería abandonar a sus dos maridos. Sin sus hijos no se iba en ningún camión rojo. Se tendría que ir con sus dos maridos y sus cinco hijos, todos juntos en el camión. Y además, quién ha dicho que ella se quería marchar de su pueblo. Que se fuera él solito, ella no se iba para ningún lado.
De la infidelidad de la abuela, se olvidaron sus dos maridos Gustavo y Felipe.
Adriana Rosas volvió a Barranquilla después de terminar su tesis doctoral en Literatura en Barcelona, vivir la experiencia de estudiar cine por un semestre en Buenos Aires y estar en la Patagonia argentina como mochilera. Algunos de sus cuentos, ensayos y crónicas han sido publicados en antologías, revistas colombianas y en una mexicana. En proceso de edición se encuentra su libro Sus gafas alargadas de actriz de cine. En la Universidad del Norte es catedrática de Literatura y ciudad, Cine y Literatura y un Taller de Escritura Creativa. Dirige el Taller Caminantes Creativos afiliado a RELATA del Ministerio de Cultura. Para el Concurso Nacional de Cuento RCN ha dictado talleres de Lectura y Escritura Creativa; actualmente es Coordinadora de evaluadores para la Universidad del Norte. Dirige la Tertulia-Taller Cuéntate en BibloPaz a través de Fundalectura. Sus investigaciones y conferencias giran en torno a escritoras, la escritura creativa, crónicas y cine.
El tío Juan sacude su barrigota, niño grande tierno. Mi abuela coge el cuello de la gallina lo retuerce de un solo tirón. Hoy es domingo, hay sancocho. Abuelo Gustavo y abuelo Felipe llegan riendo a la cocina del patio, se miran, se abrazan. Cada uno, por un lado diferente, se acercan a la abuela Eloísa, y sólo con una mirada, agarran al mismo tiempo el cuello de la abuela y lo giran a la izquierda y a la derecha.
Silencio.
La abuela cae.
Todos callan.
Abuelo Felipe y abuelo Gustavo se miran con complicidad, la abuela se levanta como si tuviera cinco años. Y se une a la risa comunitaria.
La abuela Eloísa enviado a Aurora Boreal® por Adriana Rosas. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Adriana Rosas. Foto Adriana Rosas © Adriana Rosas.
Las tres gallinas entran a la cocina, amarradas por las patas. Mi tío Juan las correteó por todo el patio. Y fue él quien quedó sudadito, chorreando por todos lados. Me daba risa mi tío, su cara de cerdito enrojecido, exhalando fuertemente, agitando las tres gallinas como un trofeo.


