Se me enredan los pies. Me tropiezo. Caigo en cuatro. Me levanto de inmediato y miro hacia la puerta de la calle. En ese momento, lentamente, Jesús David abre la puerta y dirige su mirada en dirección al poste.
—¡Espérame!— le grito.
Salimos los dos. Miramos para todos lados. Por primera vez veo a Jesús David nervioso. Se detiene, me coge por el brazo y me dice:
—Señor Roberto, no se mueve y está en un charco de sangre enorme. A mí, me dan miedo los muertos.
—Camina, hombre, no seas tonto –lo agarro fuerte y lo jalo para que crucemos la calle.
Entonces, me entra el susto a mí.
Mientras nos acercamos siento que esa barriga me es familiar. Disminuimos el paso a medida que el cuerpo se hace más nítido.
—Señor Roberto, y si esperamos a que llegue primero la policía. A mí me suena que ese hombre está frito. ¿Y si vuelven a aparecer los que lo mataron y nos rematan a nosotros por mirones?
—Vamos, Jesús David, no seas tan cagado. Y eso que tú eres el vigilante del edificio y estás que te meas encima.
Adriana Rosas volvió a Barranquilla después de terminar su tesis doctoral en Literatura en Barcelona, vivir la experiencia de estudiar cine por un semestre en Buenos Aires y estar en la Patagonia argentina como mochilera. Algunos de sus cuentos, ensayos y crónicas han sido publicados en antologías, revistas colombianas y en una mexicana. En proceso de edición se encuentra su libro Sus gafas alargadas de actriz de cine. En la Universidad del Norte es catedrática de Literatura y ciudad, Cine y Literatura y un Taller de Escritura Creativa. Dirige el Taller Caminantes Creativos afiliado a RELATA del Ministerio de Cultura. Para el Concurso Nacional de Cuento RCN ha dictado talleres de Lectura y Escritura Creativa; actualmente es Coordinadora de evaluadores para la Universidad del Norte. Dirige la Tertulia-Taller Cuéntate en BibloPaz a través de Fundalectura. Sus investigaciones y conferencias giran en torno a escritoras, la escritura creativa, crónicas y cine.
—Señor Roberto, tampoco exagere. Yo soy tronco de man echao pa' lante, el diablo me tiene es miedo a mí. Lo que pasa es que nos pueden echar la culpa de esa muerte. Y por aquí no se ve a nadie más.
Justo en eso, volteamos los dos al edificio, como llevados por un hilo y vemos que se corre una cortina del cuarto piso.
—Señor Roberto, esa es la loca de la chismosa de doña Raque, la del 402. Tome una foto con su celular, para que la cosa quede registrada con hora, y no sea que esa vieja cacatúa nos eche la culpa.
Nos miramos a los ojos. La parsimonia, creo que ahora me está invadiendo a mí. Me detengo a pensar. Y de repente, vuelve la adrenalina:
— ¡Jesús David! Ahora te vas a hacer el huevón. Camina, pues.
Me mira. Saca pecho. Y lanza un suspiro: —Déle, doctorcito, yo lo acompaño.
Nos acercamos con pasos lentos. Jesús David mira arriba y abajo de la calle, no sea que aparezcan los que mataron a este hombre y acaben con nosotros por metidos.
—Don Roberto, esa barriga me es conocida. Pero tiene la cara cubierta por la gorra. Esos zapatos los he visto entrar al edificio.
Don Roberto, este man me suena.
—A mí, también.
—Don Roberto, yo creo que es el marido de la cacatúa del 402.
—Y esa vieja se asomó y no dijo nada. Será que es medio cegatona y no lo reconoció, o fue ella quién lo mandó a matar, o hasta le pudo haber disparado desde allá arriba, y por eso, después de los disparos no escuché ningún ruido, ni gente corriendo, ni moto, ni carro.
—Don Roberto, ¿Si voy al edificio y por el intercomunicador llamo al 402 y pregunto por el señor Nicanor? Así sabremos si es el muerto o no.
—Espera, no te vayas. Yo creo que es más fácil subirle la gorra y mirarle la cara al hombre.
—Don Roberto, déle usted que es más macho.
—De eso no queda duda.
A ver, Jesús David, yo la subo y tú con la linterna de este celular le iluminas la cara.
Nos quedamos como callados, meditando. Una risita nerviosa nos cae a los dos.
Cuando ya vamos a ejecutar nuestra misión, se siente el sonido fuerte de una moto que viene muy rápido.
Jesús David y yo saltamos rápidamente mirando a la calle. Ya sentimos cómo nos van quemando los tiros, cómo nuestros cuerpos van cayendo.
La imaginación no me ha faltado. Pero antes de que estos pensamientos se hagan realidad, la moto nos encandila con sus luces. Unas botas se bajan. Miro rápidamente la cara de Jesús David y veo su boca abierta como esperando un trueno de disparos.
Se apaga la luz de la moto. Y una voz gruesa nos pregunta:
«¿Aquí qué pasó?»
Nos miramos otra vez Jesús David y yo. En ese momento parece que su cara me dijera:
«Tranquilo, señor Roberto, que son policías. No son ningunos sicarios».
Explicamos todo y le suben la gorra. Me han eliminado el temor ante la revelación.
Los cachetes del muerto no dejan ver bien su rostro.
El policía le sube la barbilla.
—Don Roberto, ese es don Nicanor. El del 402.
—¿Usted lo conoce? —pregunta el policía.
—Sí. Vive en el edificio de al frente. Yo soy el vigilante. —Y señalándome a mí— Don Roberto vive en el tercer piso.
Es de noche. La noche siguiente a la muerte de don Nicanor. Todavía no se sabe quién lo mató, quién lo mandó a matar. No se sabe en este país de no saberse quién hace las muertes. Quiénes conjugan matar en todas las formas con puntos rojos.
Las acacias florecen en rojo enviado a Aurora Boreal® por Adriana Rosas. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Adriana Rosas. Foto Adriana Rosas © Adriana Rosas.
Las acacias están florecidas, rojas con puntos amarillos.


