Sin experiencia en las artes amatorias, ajeno a los prolegómenos de la cópula, desacostumbrado a dar y recibir caricias cuando se desfogaba en los montes, Danilo no buscó el beso de la desposada porque nada sentía en el miembro viril, cuya extendida dureza es lo que más incita a buscarlo.
La madre de Rosa Agustina, que había hecho construir en el patio de la casa una habitación para el matrimonio, fue la primera en darse cuenta de que su hija no había sido feliz en su primera noche de casada. Lo presintió cuando, en la mañana, todavía entre oscuro y claro, Danilo no la miró a los ojos al recibir la taza de café negro que le ofreció; y lo comprobó cuando, ya habiéndose despedido el yerno, que salió de prisa porque tenía que ir a darles de comer a los animales de su rancho, entró al cuarto de la hija y la encontró pensativa, con los ojos cansados, todavía desnuda bajo la sábana blanca y sin mancha que la cubría. La interrogó con la mirada, sin ocultar su ingrato presentimiento, y como Rosa Agustina cerrara los ojos y permaneciera callada, insistió en voz baja, sentándose a su lado: ¿te dolió mucho?
—No, mamá, no me hizo nada, déjame dormir.
—A veces sucede, se da con más frecuencia de lo que una cree; los hombres son unos tontos, se asustan la primera vez, debes tener paciencia, después verás que no te dejará dormir, querrá hacerlo de noche y de día, no le vayas a contar a nadie.
Pero Rosa Agustina tuvo la debilidad de contarle a la que consideraba su mejor amiga, ésta le contó a su madre, que a su vez le contó a la vecina, de modo que antes del medio día se sabía en todo el pueblo que el matrimonio no se había consumado. Preocupada, tan pronto llegó el rumor a sus oídos, Petrona Fontalvo salió a pie para el rancho que le cuidaba el hijo. Los que pasaban a su lado, montados en burros, mulas o caballos, ya al tanto de la penosa situación, preferían no decirle nada, cabizbaja y meditativa como iba, con las chancletas de estar en casa en las manos, que se había quitado a mitad de camino para aligerar el paso.
Ramón Molinares Sarmiento. Escritor colombiano (Santo Tomás, Atlántico, 1943). Estudió en la Escuela Normal de Medellín y en la Universidad Libre de Bogotá. En las universidades de Lille y Montpellier, Francia, realizó estudios de especialización en literatura francesa. Es autor de las novelas Exiliados en Lille, El saxofón del cautivo y Un hombre destinado a mentir. Fue columnista del diario El Heraldo de Barranquilla, donde también ha publicado cuentos y ensayos. En el concurso "Noventa años de El Espectador" fueron premiados sus cuentos "Chartier" y "Carne de varón tierno"
Antes de abrir el falsete de su propiedad, dos perros flacos corrieron sin ladrar a su encuentro, moviendo alegres la cola, saltándole sobre la falda que le llegaba a los tobillos. Con una mano sobre la frente, puesta en forma de visera, caminó sobre la orilla de los sembrados de yuca, maíz, auyama y otros productos de pancoger; se detuvo en el chiquero, en donde los cerdos dormían con la panza llena; y vio las vacas apastando en la división hecha para ellas y a sus terneros esperándolas en el corral. Al final de su recorrido, imperturbable, sin asombro, en la orilla del jagüey, bajo la fresca sombra de una ceiba, contempló a su hijo con el pantalón y el calzoncillo enrollados en los tobillos, pegada la cintura en movimiento a la blanda cola del animal que lo traía al rancho en la mañana y lo llevaba de vuelta a casa en la tarde. Retrocedió sin hacerse notar, pensativa; se dirigió al rancho de alto techo de paja, recostó un taburete contra uno de los horcones y se sentó a descansar con los pies calientes apoyados sobre un banquillo de madera. A la tristeza que le produjo ver a su hijo desfogándose con un animal al día siguiente de haberse casado se sobrepuso el consuelo de saberlo apto para consumar el matrimonio.
Como en otras ocasiones en que se presentaba en el rancho sin prevenirlo, se levantó del asiento, encendió el fogón y se puso a hacer el almuerzo: una presa de carne de res puesta a hervir con yuca, guineos verdes, cebolla en ramas y hojas de cilantro, que el hijo había traído en la mochila que ella le preparó en la mañana, en la que metió, además, café y panela.
Danilo no se sorprendió al encontrarla en el rancho, pero la madre permaneció tanto tiempo en silencio, meneando la olla sin referirse siquiera al estado de los animales, que no tardó en comprender que estaba informada de lo ocurrido en su primera noche de casado. Comieron callados los alimentos, servidos sobre una mesa sin mantel, estrecha y de tablas sin pulir, sentados frente a frente, temerosa ella de decir algo que pudiera agravar la situación y atento él a los gestos y a la severa expresión de la madre, que no podía ocultar del todo la preocupación que la acosaba. Danilo partió en dos la presa de carne pero la madre no aceptó la parte que le ofreció.
Se levantó Petrona antes que él para poner en el fogón la ollita del café, que bebieron sentados en los taburetes ya apartados de la mesa y recostados contra los horcones del rancho sin paredes. Unas gallinas saltaron sobre la mesa en busca de las sobras. Fuera de la sombra del rancho el sol era encandilador, ardiente la arena, agobiante el chirrido de la chicharras.
Danilo subió por una escalerilla a hacer la siesta en la troja, un armazón de palos amarrados, casi pegada al techo de paja del rancho, en donde almacenaba el maíz y el millo para los animales. Bajó de allí luego de un sueño reparador, repuesto de la azarosa vigilia de la noche anterior, cuando ya las sombras de los árboles se habían alargado y comenzaba a soplar sobre los campos la fresca brisa de la tarde. Como de costumbre, cortó la hierba y la leña que llevaba diariamente a casa; llenó de limones y guayabas la mochila en que había traído el almuerzo, les dio de comer a los cerdos y a las gallinas y finalmente ordeñó las vacas cuya leche Petrona les vendía cruda a las vecinas. Cuando hubo ensillado y cargado la burra, un animal de ojos adormilados, largas pestañas y pelambre cuidada con esmero, le dijo a la madre: móntala tú, mamá, hoy me voy a quedar en el rancho.
¡Cómo se le ocurre a un recién casado dejar sola a su mujer! le replicó Petrona con un grito de ira que desencadenó en el hijo el temor de verse de nuevo desnudo con Rosa Agustina. Te he visto al medio día en el jagüey, continuó, y sé muy bien que sí puedes. Tu padre —mintió— tampoco pudo la primera noche; se asustó y no pude ayudarlo porque yo también estaba asustada. Abrázala, bésala, acaríciala para que te responda y ayude; si piensas que no vas a poder no podrás. Anímate ¡cómo no vas a poder con ella si puedes aquí!
Danilo se sintió avergonzado. Siempre había hecho en sus treinta años de vida lo que le indicara su madre. Tan sometido estuvo siempre a ella que la gente del pueblo no decía: Danilo tiene novia sino ya Petrona le consiguió novia a Danilo; no decía, Danilo se va a casar sino ya Petrona va a casar a Danilo. Saber que su madre creía que podía fue para él reconfortante. Se animó como tantas veces en que lo convencía de ser capaz de hacer algo que le parecía difícil, pero a pesar de sus deseos de complacerla no pudo sobreponerse al fracaso de la noche anterior. Era la viva imagen del desamparo cuando en la mañana siguiente lo vio salir del cuarto la madre de Rosa Agustina, que se apesadumbró tanto como él al ver que no se detuvo a recibirle la taza de café que le había preparado.
Petrona y María Francisca, que habían concertado el matrimonio de sus hijos sin que hubiese mediado noviazgo duradero entre ellos, salvaron al principio las apariencias. Lograron que Danilo y Rosa Agustina siguieran durmiendo juntos, asistieran a misa los domingos y visitaran parientes como cualquier pareja de recién casados.
De no haber sido por una malformación de su pie izquierdo, que la hacía cojear y la obligó desde niña a usar un zapato redondo que parecía un casco de potranca, el cuerpo de Rosa Agustina habría sido tan hermoso como el de su madre, del que, hasta los doce años, era, sentada, una réplica exacta. Rosa representaba su papel de mujer feliz en su matrimonio porque, en realidad, Danilo, además de presentable, era tan dócil que acabó por despertar en ella la necesidad de protegerlo como una madre. Se desnudaba en lo oscuro y lo desnudaba a él, ponía la cabeza sobre su hombro y se dormía sin tocarle el miembro desvalido para no angustiarlo.
Volvieron a ser blanco de murmuraciones y chistes cuando, tres meses después de casada, seguía ella sin dar indicios de estar embarazada.
Sin embargo, la larga y angustiosa espera se resolvió un día en que Rosa Agustina se presentó en el rancho montada en una mula prestada. Llegó antes del medio día y se puso a hacer el almuerzo, como le sugirió su suegra, quien le dijo que fuera a visitarlo sin prevenirlo. Danilo desprendía de las matas de maíz las mazorcas ya secas al sol, y el olor del cilantro le despertó el apetito, lo que le hizo pensar que había llegado su madre. Sin terminar de llenarlo se echó el saco de fique al hombro, que descargó después sobre el piso de tierra del rancho; allí se quitó el sombrero y se abanicó con él, sacó agua fresca de la tinaja con una totuma y sólo cuando terminó de beber, de pie, se dio cuenta de que quien estaba inclinada sobre la olla no era su madre sino su esposa, que se volteó a mirarlo sonriendo, nerviosa, un tanto excitada. Por primera vez, en lugar de sentirse protectora, Rosa Agustina se sintió protegida por su aspecto viril, por el sudor que le cubría la frente laboriosa y por la fortaleza de sus brazos largos y musculosos. Le dio la espalda con el cucharón en la mano para ocultar su lúbrica excitación y volvió a inclinarse sobre la olla, colocada en el piso de tierra sobre unos ladrillos.
Entonces, sereno, en la tranquilidad de su ambiente, en el silencio apenas acentuado por el ruido de las chicharras, Danilo avanzó hacia ella, que al sentir su proximidad permaneció inmóvil, apoyadas las manos en las rodillas, casi en cuatro patas, sin soltar el cucharón. Ya ubicado detrás de la mujer, como llevado por la costumbre, como si estuviera en el jagüey, el habituado a lo que el sacerdote llamaba en el confesionario pecado bestial se aflojó el cinturón y dejó caer el pantalón y el calzoncillo, que quedaron enrollados en sus tobillos, sobre sus abarcas de tres puntadas.
Sin desesperación le alzó con delicadeza la punta trasera de la falda , le bajó la pantaleta, acarició con sus manos encallecidas las redondeces desnudas y, endurecidos por fin los deseos acumulados en tantas noches de insomnio, entró en el inmaculado cuerpo de la esposa. Procedió con delicadeza, pero fue brusco, no pudo evitarlo. en el último instante. Ella no pudo creer que el temido y doloroso desgarramiento viniera mezclado con una desmesurada sensación de placer... la más intensa que hasta entonces experimentara en cuerpo y alma.
Tan exhausta como él, Rosa Agustina se volteó a mirarlo con lágrimas de felicidad y lo besó por primera vez en los labios con la ternura que inspiran los caballos mansos.
Larga espera enviado a Aurora Boreal® por José Manuel Camacho Delgado y Ramón Molinares Sarmiento. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Manuel Camacho Delgado y Ramón Molinares Sarmiento. Foto Ramón Molinares Sarmiento © Ramón Molinares Sarmiento.
Danilo Cruz no pudo cumplir con sus obligaciones de varón en su primera noche de casado ni en las casi cien de intentos fallidos que le siguieron.


