Cuánta envidia sintió en aquel momento, al escuchar el ronquido leve del muchacho como si se tratase de una amenaza. Simón arrojó las cobijas hacia un costado de la cama solamente para despertarlo porque no era justo que el otro sí y él no. Cosme miró atontado hacia un lado y hacia otro, ya algo acostumbrado a aquellos exabruptos. Después, volvió a cerrar sus párpados. Simón recordó en seguida el cartel que había visto en la tienda: Laviña estaría allí, en el pueblo, en solo tres días, ¿es que podría perturbarlo algo? Se levantó del desvencijado catre y caminó hasta la cocina en donde encontró a María que, como solía decir Josefina, había crecido ya. Y la saludó con un gesto de cabeza, volviendo sus labios hacia otro lado para protegerla de lo agrio de su aliento. Se sentó en la mesa esperando el café que ella debía servir y, cuando la muchacha se lo trajo, aprovechó para agarrarla con fuerza de la muñeca, increpándola por estar vestida así, desaliñada, ¿es que acaso no sabía que Laviña vendría en poco tiempo? «Viejo maricón», fue todo lo que respondió la muchacha soltándose en seguida. En aquel instante, como si se tratase de un salvador, Cosme entró en la cocina con un vaso de agua, con el cepillo de dientes y se llevó a Simón al baño. Toda la mañana, el hombre pasó intranquilo pues volvió a la cama e intentó dormir algo, nunca era suficiente, pero no lo consiguió y, mientras los minutos pasaban, entendía que aquel insomnio lo único que haría era envejecerlo cada vez más. Ya entrada la tarde, Simón y Cosme fueron hasta el tocador llevando consigo las pinturas y las telas. El muchacho las colocó con maestría alrededor de las carnes infladas del otro; después, pintó su rostro con sombras tomates, verdes, púrpuras, y, con escarcha amarilla, terminó por volverlo Lalita. Ya en el escenario, con apenas tres mesas ocupadas por algunos borrachos, Lalita, haciendo un esfuerzo enorme al contener el aire para que su estómago hinchado no se notase, cantó Hacer el amor con otro, subiendo excesivamente su voz en la parte en la que decía que no es la misma cosa, desentonado; aunque, por suerte, los otros apenas si es que se dieron cuenta. Al terminar la canción, cuando el público no aplaudió, Lalita se repitió mentalmente que no importaba, que aquello era el espectáculo, que era un artista y que no siempre tenía la posibilidad de ser aclamado como se lo merecía. Entonces, uno de los borrachos se levantó de la mesa y le gritó a Lalita, siempre mirando a sus compañeros de velada, que era demasiada ropa y que mostrase algo más pero ella, por supuesto, se negó. La risa se transformó rápidamente en amenazas y, antes de que pudiera darse cuenta, el negro José, pues Lalita, a pesar de las luces, había logrado reconocer ya al hombre, le gritó «viejo maricón». Lalita tuvo que bajar su rostro a pesar de que tenía ganas de contarle a los compañeros del negro José que, cuando estaban en la colegio, ambos se escondían detrás de los baños para mirarse. Por suerte, no lo hizo. Lalita sólo dijo en voz baja que faltaban apenas tres días para que Laviña llegara al pueblo. En el camerino del teatro, Lalita, con la ayuda de Cosme y del agua, se quitó toda la pintura que parecía adherirse a su piel como si se tratase de otra piel. Cuando llegó a su cuarto, descubrió que dentro lo esperaba Berta, una de las matronas del pueblo, junto con Bertita. Cosme abrió la puerta y lo dejó sólo, como cada vez que Simón quería ocuparse de aquellos asuntos.
Juan Carlos Arteaga. Ecuador, (1985). Editor y profesor. Ha publicado los libros: Transtextos (2006) en co-autoría con Andrés Cadena. Sexualidad Virtual (2011). Lectura y escritura de lo obsceno (2013). Los textos: La heteronormatividad y la nada (2010) en Ecuador Debate. La vieja carne y la nueva carne (2012) en la revista Anaconda.
Rápidamente, Berta le explicó a Simón que Bertita estaba lista ya. El otro se acercó a la muchacha y la desvistió. Estaba tan cansado. La hizo voltear, fijándose en aquellas nalgas morenas y en esas teticas de perra que, en tan solo un año o dos, terminarían siendo grandes bolas de grasa desparramadas por los costados. «Nos darán diez, quizás trece si tenemos suerte... los pechos no ayudan...», dijo Simón y le instó a Bertita a que tapara nuevamente sus vergüenzas. La tomó de la mano y la llevó por el pueblo como si se tratase de una peregrinación y la dejó frente de la casa de Esculapio que, al oir los golpes en la puerta, abrió asustado pero, cuando por fin miró por donde iba la cosa, solamente sonrió, agradeciendo lo que su amigo le traía. Después de unos veinte o treinta minutos de esperar fuera, pues Simón no era un desalmado y a las muchachas se las debía cuidar, salió Esculapio enfurecido, con su rostro todavía tirando a rojo por el esfuerzo que a su edad no se debía provocar todos los días, gritando que Simón era un estafador, un viejo maricón que lo había engañado, que aquella muchacha era tan virgen como su madre y que no pagaba nada de nada porque ella, más sabida que la auténtica Dorotea, la viuda de a solo tres casas más allá, no valía nada. Estoico, quizás algo humillado también, reprendiéndose por no haberse cerciorado antes él mismo, Simón volvió de regreso con Bertita y la dejó donde su madre repitiéndole
exactamente las palabras de Esculapio. Las despidió en seguida a ambas. Después, fue hasta el catre y se derrumbó en él pero, cuando apenas cerró los párpados, no pudo dormir. A la mañana siguiente, el hombre tuvo que correr hasta el baño porque no aguantaba las ganas de orinar y, cuando el chorro con hedor a atún salió de su cuerpo, el dolor lo mareó hasta casi desvanecerlo. Cosme corrió en su ayuda pero el señor lo despidió con un gesto molesto. Cuando terminó en el baño y volvió hasta el cuarto, Simón debió de recordarse que ya tan solo faltaban dos días para que pudiera mirar a Laviña. La mañana la pasó en el mercado, caminando entre cabezas de pez, escogiendo aquí y allá cuál era el mejor, cuál el más grande, regateando los precios y, sobre todo, dejando que su oído atento captase lo que las señoras decían cuando él pasaba, deteniéndose en aquel murmullo, descifrándolo de a poco, escuchando únicamente aquel «...cón...» con el que ya estaba familiarizado. Volvió a su casa y dejó las compras sobre la mesa para que María, pronto, se hiciera cargo de todo aquello. Después de esperar durante cuarenta o cincuenta minutos mientras la pequeña casa se llenaba de aquellos olores que todas las frituras tienen siempre, los tres se sentaron a comer. Ninguno dijo nada: Cosme porque no podía, María porque no quería y Simón porque no tenía qué. Al terminar, el regocijo de la espera cada vez menor, hizo que Simón se sintiera algo generoso y trajera tres copitas de aquel licor de menta que uno de sus admiradores, el año pasado, le había regalado después de una función. Los tres bebieron mirándose y, solo entonces, María dijo que tenía que hacer un trabajo para el colegio, unos ejercicios de matemáticas o algo así y casi salió corriendo sin dar más explicaciones. Pero Simón ya estaba cansando de aquellas ausencias reiteradas y, esta vez, se decidió a seguirla. Esperó cinco minutos exactos desde que la chica abandonó la casa, y salió en su búsqueda. No le fue muy difícil encontrar su rastro, descubrirla en el malecón, en el asiento trasero de uno de los autos de un muchacho del pueblo, elevando sus brazos, ayudando para que el otro metiera mano por arriba y metiera mano por abajo. Simón enfureció de pronto y caminó decidido hasta el auto pero, tres pasos antes de romper la ventana con el puño como lo tenía planeado, se detuvo. Aquel muchacho seguramente sería más grande y más fuerte que él y, ante sus insultos, solamente se envalentonaría más y más y después, quién sabe, la cosa podría terminar mal. Simón se sintió tan ridículo volviendo sobre sus pasos, preocupado por no ser descubierto como si él,
precisamente él, no fuese otra cosa que un ladrón vulgar. Pero era un artista y, además, ya solamente faltaba un día para que Laviña llegara al pueblo. Esa noche, tampoco pudo dormir soñando que su madre, convertida en un gigantesco monstruo, lo engullía de a poco. Como hacia las tres de la madrugada, se levantó para ir al baño y se sentó en la tasa a esperar. Allí, pudo darse cuenta de que las manchas de alrededor de su pubis se habían agudizado. Solamente rezó para no haber contagiado a Cosme... todavía al menos. Es que era tan joven. En la mañana, el hombre fue hasta la sala de la estrecha casa y retiró los muebles que, desde hace algunos años ya, necesitaban de una tercera tapizada para volverse presentables. Allí, como en un escenario, Simón ensayó cada uno de los gestos, cada uno de los movimientos, cada una de las tonalidades, que realizaría en su próxima presentación. A la hora del almuerzo, sorprendido porque el olor de la comida no llegaba para distraerlo, caminó extrañado a la cocina sin encontrar a María. Fue a su cuarto y tampoco estaba allí. Entonces, llegó hasta el cuarto de Cosme, aquel espacio representativo que el muchacho no utilizaba ya, y los encontró sentados en la cama, intentando una conversación con señas. Se acercó rápido y tomó de los cabellos a María, llamándola «perra», «perra», a cada instante, llorando de rabia, arrojándola lejos de su ídolo. Pero la muchacha no estaba para aquellas escenas y se levantó de su posición y lo empujó también intentando arañarle la cara, desalmada, sabiendo aún de todo el daño que le causaría una cicatriz en medio de su rostro. Después, caminó tranquila por el pasillo y despareció por la puerta sin decirle ese «viejo maricón» que Simón esperaba desde el inicio del combate. Para su sorpresa, Cosme caminó detrás de ella, desapareciendo ambos. Solamente transcurriendo cuarenta minutos cuando ya Simón tuvo que enfrentarse a Josefina que le gritaba que aquella no era forma de criar a una hija, que tenían razón todos los habitantes del pueblo, que él no era otra cosa que un pervertido y que un enfermo y que no se le ocurriera nunca más volver a pedir que María cocinase para él. Después, la mujer se fue. Todo sucedió tan rápido. Pero a Simón apenas si le importaba ya, quizás solamente por Cosme y hubiese querido preguntarle a Josefina qué fue del criado pero, ¿para qué? El hombre volvió a su cuarto y esperó, preocupándose excesivamente por no hacer nada. Dos horas más tarde, se levantó de allí, y se colocó uno de sus mejores trajes y fue en busca de Laviña. Caminó por el pueblo despacio y, al encontrarse con Esculapio, no se escondió sino que, más bien, continuó caminando altivo; y, al encontrarse
con el negro José, que volvía de pescar, tampoco se escondió; en ese preciso instante, ni siquiera se sintió humillado. Llegó a la cancha de fútbol sorprendiéndose por ser el único asistente; es que, ¿a nadie más le interesaba el talento de Laviña? La función era a las siete y ya eran las siete. El hombre no se impacientó. Ella llegaría. Julián, uno de los vendedores de aquellas raras figuras en balsa, pasó a su lado saludándolo, quizás intentando saber si es que Simón tenía alguna de aquellas muchachitas vírgenes que, últimamente, se habían convertido en la novedad del pueblo. Y el otro aprovechó para preguntar. Julián, sin entender demasiado a Simón, creyéndolo un poco turbado, respondió: «¿Es que no se ha enterado?, esa vieja no viene por acá. Parece que tuvo un altercado en La Concordia y eligió otro camino para llegar a la capital». Por la mejilla de Simón atravesó una sola lágrima sombría. El hombre regresó a su casa, se quitó el traje y, desnudo, se recostó. No importarían los desaires de su público, al día siguiente se presentaría Lalita. Al fin y al cabo, Laviña tendría que pasar algún día por allí. Además, aquel pueblo infernal no se merecía ninguna tregua.
La tregua enviado a Aurora Boreal® por Juan Carlos Arteaga. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Juan Carlos Arteaga. Foto Juan Carlos Arteaga © Juan Carlos Arteaga.
Vivir consigo mismo es tan difícil,


