Te pones los pendientes y te vas. Desde la cama, te veo doblar la esquina del pasillo, espalda blanca, cabello largo, ondulado y oscuro, tan oscuro que distingo reflejos azules entre los rizos. Oigo que cierras la puerta con un golpe ligero, casi nulo. Imagino el llamado del elevador, esa pequeña cápsula de tiempo que te absorbe cuando abre sus puertas y te entregas tranquila, igual que cuando separo tus muslos y te dejas habitar por mí. Sabes que ese túnel angosto y vertical (no el de tu cuerpo), te separa del todo de mi presencia y me parece que es un acto natural para ti. Desde que te conozco, me percibo esa rara fobia a los ascensores, y yo sé que es por eso. Porque el ascensor te traga y yo me percibo diminuto. Sólo por eso. Me pongo los bóxer y la camisa colocados en la silla (no te gusta tirar la ropa en el suelo mientras nos desnudamos para hacerte el amor). Me siento en el sillón de la sala. Tomo el paquete de tabaco oscuro que dejaste la última vez y enciendo un cigarro. En la primera calada el paladar retiene el ligero sabor (o sinsabor), eso, que me hace imaginar que esta tarde aún no has llegado conmigo y me pongo a esperarte.
La ventana está abierta. En julio, a las siete, hace calor todavía. La mitad de la ciudad se ha ido de vacaciones. En verano, esta es una urbe fantasma visitada sólo por turistas. La gente que se queda es parte de esa atracción. Detengo mi vista en el edificio de enfrente, en la tercera planta, al mismo nivel que mi apartamento. Una mujer joven abraza a un hombre. Él es alto y robusto. Están en la cocina, preparan algo, probablemente la cena, aunque es temprano. Dicen cosas y se abrazan. Ella coloca sus brazos alrededor de la cintura, se recarga en él y cierra los ojos. Él le rodea los hombros y la espalda. Algunas veces he visto a esa mujer desnuda. Espigada, ligera. No sé si es inconsciente del trasluz de sus cortinas o le dé lo mismo la posibilidad de que la observe. Pasa de una habitación a otra, se pasea por la sala buscando algo, ríe, entra al baño. Luego sale el hombre en calzoncillos, dice algo en voz alta (creo) y mueve los brazos como un director de orquesta de su propio discurso. No siempre es el mismo hombre. Pero a él lo veo a menudo desde hace unos meses. Desde que él la visita, la ventana de su alcoba está siempre, casi siempre, cerrada con la cortina metálica. Y la dueña, me parece, ha decidido olvidar los geranios de ese balcón.

Adán de Maríass [seudónimo de Miguel Ángel Colán Ramos] nació en Lima, Perú 1960. Estudió en la Universidad San Martín de Porres en la Facultad de Educación, y Literatura en La Universidad Nacional Mayor de San Marcos [estudios no concluidos]. Pertenece a la A.N.E.A. y a la Asociación Peruana de Autores y Compositores desde mayo de 1990. Ha publicado los poemarios Sol de Madrugada y Júbilo en un solo libro gracias al auspicio de CONCYTEC en 1989, Donde apenas empezaba a ser yo (Edición Electrónica por Editorial Obrapropia). Ha colaborado con diversas revistas literarias como Cinosargo, Matemáticas y Poesía, Revista Papirolas y Blackbird.
A Walter Garib,
inolvidable amigo
Querido Medardo:
La mañana estaba con mucho sol pero ellos se habían levantado tarde. Clemencia fue la primera en salir de la cama. Encontró al niño en la ventana de la sala, viendo pasar gente, carros. Al salir Clemencia de la ducha, Hernando le propuso ir al Parque Nacional con el bebé.
Desayunaron a monosílabos. Hernando dijo sus cortas palabras con la boca ocupada y sin quitar los ojos del periódico. Las palabras que pudieran terminar una frase más bien parecían estar en la música de la radio, en los balbuceos del niño tratando de hacerse entender desde los brazos de Clemencia. Hernando terminó el desayuno mirando la página de anuncios de cine. El nombre de una película y el del director le distrajeron mientras escarbaba las encías con la lengua. Volvió a mirar los otros anuncios pero de nuevo se detuvo en aquella viñeta de siluetas oscuras con una ciudad al fondo.
La noche del sábado ellos habían tenido una discusión de celos, todo porque antes de las cuatro Hernando salió apresurado, con una explicación dada como a empellones y después no pudieron ir de compras, ya era muy tarde cuando él regresó. Las paces en la cama no llegaron. A pesar de que ella quiso olvidar que Hernando la había dejado vestida para ir de compras.
A pie fueron al parque. Los domingos preferían no usar el carro para salir, a no ser que fuera para ir al supermercado o visitar alguna de las dos parejas de amigos que tenían y que solían visitar, una vivía en Chía y la otra por los lados de Usaquén. La voz del niño fue el único diapasón erguido sobre la mudez de la pareja. Al pasar junto al señor de los globos de helio el bebé los hizo detenerse. Después Clemencia caminó sola con él. En la otra manita del niño estaba el globo, tieso en la punta del hilo, mecido a veces por el viento. Hernando llenó su silencio mirando a los demás paseantes, los prados, las fuentes.
En la línea de las películas de David Lynch está el libro de Araceli Otamendi, Pájaros debajo de la piel y cerveza, publicado en 1994. Estos pájaros llegaron a mí directamente de las manos de su autora. Lo leí en el avión de regreso de las jornadas de mujeres escritoras en Brasil y juro que no sentí las cuatro horas de vuelo, lo que no significa que sea una novela liviana.
Araceli Otamendi se esmera en construir, con manejo de elementos psicológicos, un entramado de seres oscuros, pasando por encima de las buenas intenciones que cada uno de ellos pudiese tener. Los personajes son de una factura sólida e interesante. Tanto, que al final el lector no se detiene a considerar el descenlace de la historia porque estos personajes tan fuertes quedan gravitando, cada uno perfectamente diferenciable, creando una atmósfera esperpéntica en la que, tal como ocurre con las películas de David Lynch, la perversidad deviene en abismo seductor.
Teobaldo era sordo, pero amaba la música más que a su novia. En lo posible procuraba asistir a los conciertos del Parque Centenario vestido de la mejor forma, no para llamar la atención entre la concurrencia sino porque el arte le merecía un respeto muy grande, como debe ser.
Se perfumaba con lavanda inglesa, se recortaba los pelitos de la nariz y se lustraba los zapatos hasta que le quedaran relucientes. Se adornaba la cabeza con un sombrero alunado de elegante factura, un bastón de cedro con empuñadura de marfil y una bufanda al cuello. Después de darle un pistoletazo a alguna mota que se le hubiera colgado en la solapa del abrigo, salíamos para el concierto, él caminando en sus tres patas y yo con una silla a la espalda.
Cuando por fin llegábamos al parque, ya habían tocado las mejores sinfonías. Teobaldo ni siquiera se inmutaba. Colocaba su silla al lado del contrabajo, sacaba el cuerno del estuche y se lo ponía en la oreja, cerraba los ojos y ahí se quedaba, lelo, embelesado, ido. Ni la tempestad que se cernía sobre la ciudad, ni el zumbido de las moscas, ni el silbido del viento entre las ramas de los árboles, nada de eso le importaba, sólo la música.
Para ser tuya tendría que morir.
Cuando la vi salir de las galerías Vamp, casi no la reconozco. ¡Oh, Dios! No parecía la misma Claudia que seis meses atrás había prometido acompañarme durante toda la vida, sino una de esas chicas que sólo aparecen una vez en las portadas de Hawk y quedan inmortalizadas para siempre. Lamenté que se hubiera cortado el pelo. Era largo y sedosito; le caía sobre los hombros como una cascada de ébano.
-Alexandro, ¿qué ha sido de tu vida?- me preguntó escandalosa y feliz. Un cálido perfume la envolvía toda, mucho más que su vestido azul cielo, la cadena de oro alrededor del cuello, los anillos de sus dedos.
Le conté que había cambiado de barrio, hacía free-lance en una agencia de publicidad, corregía textos, el dinero era escaso... Le propuse fuéramos a mi apartamento para terminar de contarle el resto.
Corrió a sacar el auto del parqueadero y arrancamos como bólidos por la 7a, hacia el norte. Manejaba con pericia, como si las calles fueran suyas. Cambiaba de carril, le hacía quites a los buses, se pasaba los semáforos en rojo, detestaba a los policías, maldecía a los ciclistas distraídos, en fin... ¡Era una loca! Al llegar al Parque Nacional le pedí que aparcara al final de la calzada, frente al desvencijado edificio de ladrillo.
Apenas eran las tres, pero debido a la suciedad de las claraboyas el trayecto hasta el quinto piso parecía la boca del lobo. Subió renegando por la falta de peldaños en la escalera, la oscuridad, el chismorreo de los inquilinos detrás de las puertas... Cuando abrí la puerta de mi apartamento se lamentó, no de mi austeridad sino de mi desorden: los libros amontonados en el piso, la ropa colgada detrás de la puerta, las goteras de la ducha, los bombillos fundidos. Una silla turca me servía de cama. Abrió la ventana de par en par y me preguntó escandalizada:
-¿Cómo puedes vivir en un sitio tan inmundo?
-Es provisionalmente- le mentí.
-Por cien mil pesos podrías conseguirte una pieza decente en Suba.
-¡Qué ilusa eres! Los arriendos están por las nubes.
Un sueño es una escritura, y hay muchas escrituras que sólo son sueños.
Umberto Eco.
Cuento inédito
Es fin de curso. Salimos apresurados del Instituto de Readaptación para Extranjeros. Me esperan Javi y Sabu, hijos de inmigrantes paquistaníes.
Los noto en plan de juerga. Javi me dice con un tono profesoral:
-Te voy a enseñar dos frases fundamentales para sobrevivir en la cultura canadiense. Si alguien o algo te enfada, debes decir con el ceño fruncido: "that is wonderful".
-Dat is guanderful -repito.
-Excelente -dice.
Javi me da unas palmaditas de apoyo en el hombro.
-La segunda frase la empleas si quieres decir algo positivo a alguien que es amable contigo, y es: "son of a bitch".
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