Fui a la cocina a prepararle un café. ¡Maldita sea! El gas lo habían cortado la semana anterior, no había leche ni café. Apenas me quedaba media botella de dubonnet.
-¿Quieres un trago?- le pregunté.
-¡Regio!
Mientras lavaba los vasos me acordé de un domingo de agosto del año anterior. Teníamos unas ganas locas de hacer el amor y no teníamos suficiente dinero para pagar una pieza en la Calle de la Alegría. Mientras se me ocurría alguna idea, empeñar el reloj, asaltar un banco o robar la alcancía de una iglesia, entramos a la cinemateca a ver Ángel Azul. Tan pronto comenzó la película nos enroscamos a besarnos con locura. Los besos de Claudia duraban una eternidad. Con una meticulosidad exasperante me besaba la frente, la nariz, las orejas, el cuello y me mordía hasta hacerme sangrar... Yo perdía la noción del mundo y sólo percibía los reflejos plateados en la pantalla, la voz varonil de la Dietrich, la música de cabaret alemán, el murmullo creciente de los espectadores... Cuando estábamos a punto de lo indecible, se puso a gritar: -"¡Lengüita, mi amor, lengüita!-" El acomodador nos localizó inmediatamente con el foco de su linterna. "-¡Sucios!"- nos gritó con su inmundo hocico y nos sacó a las patadas. Fue algo triste y conmovedor...Volví a la sala con dos vasos a medio llenar. Claudia seguía asomada a la ventada, pendiente de su auto, que visto desde el quinto piso no parecía de verdad sino una mancha de sangre pintada en el pavimento. Un sol lánguido se derramaba sobre los tejados de la vecindad alargando inútilmente la monotonía de la tarde. Unos chicos daban volteretas en el parque vecino. Un pájaro trinó entre los árboles. No sé si Claudia dijo "me gustan las tardes así", pero eso me pareció, tal vez porque otras tardes felices le había oído decir lo mismo.
Milcíades Arévalo nació en 1943, en El Cruce de los Vientos, Zipaquirá, Colombia. Director y editor de la revista Puesto de Combate, fundada en 1972. Ha publicado Manzanitas verdes al desayuno (Cuentos eróticos, 2009), Cenizas en la Ducha (Novela, 2001), Inventarío de Invierno (Cuentos juveniles, 1995), El oficio de la Adoración (Relatos, 1988), Ciudad sin fábulas (Cuentos, 1981) y, A la orilla del trópico (Relatos, 1978). Tiene inéditos media docena de libros.
-No te preocupes tanto por tu pinche carro; en este barrio todavía queda gente honrada- le dije.
Se retiró de la ventana, se sentó en la silla turca y probó el dubonnet con la punta de la lengua. Prendió un extra largo y cruzó las piernas; las hebillas de sus zapatos brillaban como si fueran de oro. Sabiendo que no había podido olvidarla, la miré a los ojos tratando de encontrar en ellos el amor que me había prometido para toda la vida. Era amargo y triste pero así era. Dios había hecho a Claudia a la medida de mis sueños, con tan mala suerte que al despertar no me tenía sino a mí mismo. Le reclamé:
-Te ofrecí el mar, una casa de cristal a la luz de la luna, el amor que soñabas... Nada de eso te importó y me dejaste abandonado "en un mundo de jueces y de sombras".
-Solamente palabras, Alexandro. Fíjate en mí: conseguí todo lo que quería sin mover un dedo- dijo mostrándome sus manos enjoyadas. Cuando le daba por ofenderme era cruel, pero yo era mucho más cruel que ella:
-¡Los éxitos de tu vida me importan un carajo!
Ni siquiera se inmutó. Tranquilamente se levantó por unos cubitos de hielo de la nevera y continuó contándome su vida. Había conocido gente chévere, se divertía cantidades, no tenía que cumplir horarios, su vida había cambiado radicalmente.
-Mala suerte la mía- me quejé.
-No le eches la culpa de tus desgracias a la suerte. Sencillamente no nos entendimos.
Interrumpió mis pensamientos para asomarse nuevamente a la ventana. Cuando estiró su cuello de jirafa para ver mejor, noté que la falda apenas le cubría lo necesario. ¡Vaya osadía! Las medias se ajustaban alrededor de sus piernas como un guante de seda. El color de sus nalgas era de trigo y toda ella era de seda. Parecía más desnuda que vestida. Claudia era linda, impúdica, procaz, incapaz de distinguir el pecado de la inocencia, pero no puta. De un zarpazo le quité la falda y la tumbé al piso.
Cuando sonaron las seis campanadas en la iglesia del barrio, se levantó. Se delineó las cejas, se pintó dos líneas rojas en los labios, se alisó el cabello y se echó perfume por todas partes. Tan pronto estuvo lista, bajé a acompañarla al auto. No había nadie en las escaleras pero en la penumbra se oían las risitas burlonas del conserje y su mujer.
-¿Dónde estás viviendo ahora?- le pregunté.
-Es mejor que no lo sepas. Así sufrirás menos- me dijo espantando de una vez cualquier comentario acerca de su vida privada. Me dio un beso y partió haciendo chirriar las llantas del auto contra el andén. En la distancia no fue más que una lucecita roja.
Subí al apartamento, cerré la ventana, entré al baño y oriné mirándome al espejo. No era yo sino otro el que se miraba: tenía el rostro enjuto, la mirada desolada, el pelo gris... Apagué la luz y me acosté en la silla turca pensando cosas vagas e indefinibles acerca de una muchacha que iba por las calles de la ciudad recogiendo pétalos de niebla. ¡Plof!
* De Manzanitas verdes al desayuno, 2009
Mala suerte enviado a Aurora Boreal® por Milcíades Arévalo. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Milcíades Arévalo. Foto Milcíades Arévalo © Milcíades Arévalo.
Para ser tuya tendría que morir. 


