Comedora de hombres

jairo restrepo 005

En el Valle de Lérida existe una criatura femenina tan misteriosa y fascinante como la Madremonte o la Candileja. Pensar en ésta y sus artificios me colma de espanto y recelo: Apaga el lustre de la sangre mientras la noche es densa y el hombre en sus caminos tiene libertad para equivocarse.
Mi hermano Jacobo y yo, en el recorrido de Lérida a Ambalema, dejamos un sembrado de arroz (a lo lejos parecía glauco como el mar) y nos internamos en un paraje donde nos pareció que el sol no llegaba jamás. Los hombres cobrizos, reconocidos por el olor y el calor de sus palabras, parecían no haber pisado esta tierra.
Jacobo tenía una amante ambalemuna y de vez en cuando iba a visitarla. Esa vez me pidió lo acompañara. Quería saber de sus artificios de enamorado, pues tenía fama de rendir a toda mujer que se detuviera a oírlo.
A la tercera hora de nuestra partida (habíamos salido a las diez) avistamos una pequeña construcción circular, de dos plantas, dispuesta en un descampado. Al fondo, dos kilómetros hacia el oriente, el hilo de plata del río Magdalena fluía hacia el norte. Jacobo creyó conveniente darle vistazo a la vivienda. El celo me trabajó como continua caída de agua en mi cerebro. Yo había hecho el recorrido durante el día, dos veces en distintas oportunidades, y no recordaba haber encontrado aquello.
Cuando nos acercamos a la construcción, la noche se venía en prietas y frías oleadas de brisa. La casa emergía, cono de chocolate, a un lado del camino, cerca de unos árboles de ciruelo. A la distancia de quince metros era difícil hallarle puertas. Al acercarnos un poco más supimos que las paredes tenían rectángulos grises. De las ranuras brotaban cintas de luz que nos caían en la cara como hielo.
Jacobo me detuvo y señaló la segunda planta. Una mujer, a quien no veíamos en toda su corporeidad, nos señalaba los rectángulos y nos invitaba a entrar. Dudé, pero Jacobo me arrastró hacia adentro. Por el gorjeo de su garganta supe que tenía una sonrisa satisfecha de amor.


En cuanto nos encontramos dentro del recinto, la mujer bajó. Olía a tierra. Su dulce voz me hacía soñar su cuerpo que parecía desamparado de caricias.
La mujer desapareció e inmediatamente se volvió a manifestar con un candelero en el cual la vela encendida parecía a punto de apagarse. Tenía el pelo de un negro lustroso que, con los movimientos de la cabeza, arrojaba destellos azulados. Ardía en sus ojos una frágil llama. Vestía túnica de lino blanco. Un cinturón rojo abrazaba sus caderas. Sus senos eran remolinos al menor movimiento de su cuerpo. Nos indicó unos lechos cuyos colchones eran paja de arroz. La madera de las cabeceras tallada con hombres desnudos y el falo erecto.
La mujer volvió a desaparecer, no sin antes explicarnos que iba a buscar alimentos. No supimos por qué costado de la pared se fue. Había dejado el candelero y las sombras que lanzábamos hacia las paredes parecían fantasmas al acecho de nuestros movimientos.

Jairo Restrepo Galeano, Colombia, 1951. Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia (1981). Magister (cum laude) de la Pontificia Universidad Javeriana (2009). Actualmente trabaja como profesor de tiempo completo en la Universidad Central, Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Arte, Departamento de Humanidades y Letras en Bogotá, Colombia. Autor de Ojos de arena (cuentos), Cada día después de la noche (novela ganadora del Premio Nacional de Novela Ciudad de Pereira, 1995), Narración a la diabla (novela). Publicaciones en revistas nacionales e internacionales; incluidos en varias antologíasNos sirvió la cena en platos de cerámica cuyos motivos de adorno eran parejas copulando. En vasos de porcelana, imitando senos, nos dio de beber un líquido marrón pálido con sabor de tamarindo. En los platos, lonjas de carne con arroz. Comió con nosotros, pero no tocó la carne. Encontraba en la mujer algo que no acababa de comprender.
Pocas cosas nos preguntó y nosotros apenas nos atrevimos a hablarle. Su belleza nos intimidaba. Era inusual el silencio de Jacobo.
Luego de comer, nos tumbamos en los lechos que había dispuesto para nosotros. La mujer se tendió en uno pequeño donde la luz del candelero no desnudaba tallas eróticas. Jacobo se empeñaba en mirarla y la mujer, al mismo tiempo, le devolvía su atención con intensos embates de lujuria. Un cuarto de hora más tarde, la mujer se levantó y subió a la segunda planta por una abertura cerca de su cama. Jacobo se rebulló y guardó silencio. Parecía deseoso de no conjeturar nada conmigo. Como estaba cansado me dormí rápido.
El ruido de cigarra del candelero me despabiló. No vi a mi hermano. Me levanté y llamé en voz baja, pero no respondió. Ni la mujer ni él estaban en la primera planta. Entonces presioné las paredes y algo parecido a una puerta se abrió. Me encontré con la noche afuera. Las estrellas se fatigaban en el vacío. Me pareció oír, entre la maleza, gritos y lamentos que conmovieron mi ánimo. El eco de aquello se apagó rápidamente. Di la vuelta en torno de la casa y no descubrí nada. El miedo, que me aprisionaba, me soltó cuando escuché el lejano ladrido de un perro.
Conseguí trepar a la segunda planta por una escalera externa. Al llegar al último escalón se me reveló la naturaleza del grito y el lamento: el aire, al tocar aleros de la casa arrancaba sonidos inescrutables para mi mente pávida.
Volví a entrar en la sala. Encendí una cerilla. Jacobo no había regresado. Cuando busqué la abertura por donde la mujer había subido, oí sonidos de besos. Sonreí porque creí que mi hermano pasaba un noche de amor.
Caí, de nuevo, en un profundo sueño.
Por la mañana, lo primero que hice al despertar fue mirar a la cama de Jacobo. Ahí estaba. El lecho de la mujer se encontraba intacto. Mi hermano tenía la cara gris. Lo sacudí por los hombros y lo conminé a partir. Me miró desde unos ojos en los cuales habían desaparecido el lustre y la vivacidad del movimiento interno y alterno de la sangre.
La mujer entró. Tan pronto la vi, comprendí lo que en la noche no había logrado descifrar: su piel trenzada de tierra pálida, sin embargo bella. Ahora todo en ella eran fibras tensas y llenas de vitalidad y alegría. La interrogué sobre la palidez de mi hermano y me habló de nocivos vientos que circulan por los gestos de los enamorados.
senales 003No indagué más. Comprendí que permanecer un minuto más allí comprometía cuanto mi hermano había arriesgado.
Durante la mañana, Jacobo caminó a mi lado, ausente de mis palabras que intentaban inocularle ocre en su rostro. Lo sacudía la fiebre. Hacia las doce del día, entrando en Ambalema, se sentó al borde del camino. Luego se tendió. Movió sus labios pero no articuló nada. Sonrió. Sus ojos, en vez de reflejar el paisaje, mostraban la casa circular y en ellos el rostro de la mujer sonriéndole.

"Comedora de hombres" enviado a Aurora Boreal® por Jairo Restrepo Galeano. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Jairo Restrepo Galeano. Foto Jairo Restrepo Galeano © Jairo Restrepo Galeano ©

Suscríbete

Suscríbete a nuestro boletín y mantente informado de nuestras actividades
Estoy de acuerdo con el Términos y Condiciones