Respondió Matica con resignación, guardándose la tarjeta en el bolsillo, al tiempo que se encogía de hombros y le colocaba su sombrero al perro, para que no lo asustara el sofisticado artefacto que extraía el otro de un bolso que los raterillos de la zona se iban sumando para hurtar al primer descuido.
El expedicionario encendió un cigarro y lo colocó en la boca del perro, se apoyó en una rodilla y disparó el obturador mientras Mariguana daba una inspirada chupada al pitillo que le miraba Matica con envidia, esperando a que se fuera el intruso para poder compartirlo, como venían haciendo con casi todo desde que se conocieron en una mona dormida en la Avenida del Puerto, enroscados bajo un banco que los resguardaba a tramos horizontales del sol de la tarde.
Marié Rojas Tamayo. Cuba, 1963. Libros publicados: Tonos de Verde, 2004 y 2005, Adoptando a Mini, 2005, ed. Fundación Drac, Mallorca. De príncipes y princesas, 2006, Editorial El Far, Colección El Viajante, Mallorca. En busca de una historia, Colección Mundo Imaginario, Editorial Andrómeda, España, 2010; Cinco minutos a solas con las musas, relatos, Viaje a los astros, Locuras temporales, poemarios, Inventiva Social, Argentina, 2010.
- ¡Magnífico! - concluyó el turista mientras llevaba la cámara de regreso al bolso, que nunca dejó de mantener aferrado bajo el brazo.
La vida de un hombre puede estar dibujada hasta la monotonía en cada uno sus detalles y, de pronto, un suceso inesperado le obliga a dar un vuelco. Eso fue lo que sucedió cuando, antes de partir, el visitante dejó un billete de cinco dólares en la mano de Matica, cuyo lema para no trabajar era: "Si te aprieta el cinturón, te comes el cinturón", dejándolo tan pasmado que no atinó ni a dar la bendición, como hacía con la hija cuando le traía el almuerzo.
De momento fue a celebrar con una botella de Chispa de Tren, ron clandestino hecho para matar las penas, el hígado y la conciencia a una velocidad pasmosa. Dado su poco exigente gusto en materia etílica y a que, de vez en vez, los vecinos le daban un vasito de lo que estuvieran bebiendo, con aquellas cinco milagrosas dádivas tuvo para varias jornadas... Cuando se vio de nuevo sin el preciado líquido, una genial idea iluminó la parte lúcida de su mente.
Al día siguiente se instaló en lo que sería su puesto fijo, con un sombrero para él y otro para Mariguana, caja de cigarros en mano y un cartel que decía:
"Retrate al perro fumador por un dólar"
El éxito fue inmediato, nadie diría que un perro tan desaliñado diera para tanto. Fue mejorando el tocado, agregando el chalequito, el lazo, entrenándolo para que se mantuviera erguido... Sacaba para la bebida y conocía a gente de todas partes; le regalaban mecheros, llaveros, bolígrafos que él recogía en una bolsita con el emblema "Lo mío primero", cuando la falta de iluminación le indicaba la llegada del final de su jornada y regalaba a los vecinos del callejón, que por primera vez vieron compensados los tragos del pasado.
Se hizo tan popular que los trabajadores del Museo de Arte Colonial lo fueron integrando a su vetusta arquitectura. Cierta vez, un policía recién asignado a la zona se lo fue a llevar y le vino arriba una avalancha de vecinos, de grabadores del Taller de Gráfica - situado al fondo del Callejón -, de camareros del restaurante El Patio, de floristas vestidas con batones y collares de diosas africanas poseedoras de permiso legal para dejarse retratar por los turistas, de peinadoras de trencitas, de integrantes del grupo musical "Los Mambisitos" – no se sabe por qué "itos", en realidad deberían ser "los veteranos" - y si no se va rápido, le sale hasta el obispo, que ese día oficiaba misa en la Catedral...
A partir de ese momento, nadie perturbó su paz, hasta las cámaras de vigilancia del Casco Histórico esquivaban la mirada y lo dejaban intocado, compartiendo con su mejor amigo cigarros, ganancias, almuerzo, besitos de despedida de Orishas y peinadoras y tragos pagados o regalados.
La identidad del iniciador de tan magna empresa fue develada una mañana de domingo, cuando la hija vino a hacerle la limpieza mensual, consistente en sacar las botellas vacías y llevarlas a vender, botar la basura acumulada y echar mucha agua con detergente por todos lados. Entre el grupo de periódicos guardados por el padre para colocar encima de las aguas del chucho, encontró un sobre certificado de buen tamaño, aún cerrado, con sellos anunciadores de otros mares. Matica no supo explicar como había llegado a sus manos, probablemente lo habían metido por debajo de la puerta, o se lo entregaron en uno de esos momentos en que no reconocía ni su imagen en un espejo.
Contenía una revista de lujoso empaque. Al lado de un reportaje sobre un monasterio tibetano con fotos de monjes haciendo un mandala, en un artículo sobre las maravillas de la villa de San Cristóbal de La Habana, estaba la foto de Mariguana con sombrero, echando humo por los costados del hocico, con un Malboro entre los oscuros labios. Al fondo, sonreía Matica.
Como era de esperar, hubo fiesta en el Callejón del Chorro, Matica y su perro tomaron hasta perderse el final. La celebración fue en grande, las Orishas invitaron hasta a un trovador que para buscarse la vida cantaba mariachis en el malecón, un pintor del Taller se ofreció a hacer una litografía de los dos personajes, "parte ya del entorno citadino"; un poeta, más conocido como repartidor de pizzas en bicicleta, le improvisó una oda llena de emociones encontradas... Para cerrar, sacaron los cajones y formaron una rumba que duró hasta que las estrellas comenzaron a palidecer.
Los vecinos se fueron retirando a descansar un rato antes de recomenzar su jornada, le siguieron los pintores, el trovador y el poeta, a quien tuvo que llevárselo uno de los pintores que vivía en un cuartico encima de El Patio, pues de puro bebido no recordaba su dirección y nadie se atrevía a dejarlo solo con la bicicleta. Se fueron también las diosas africanas, con los vestidos ajados de tanto meneo convulsivo, única manera de gozar el ritmo arrancado de las cajas. Finalmente, la hija del homenajeado se encargó de arrastrarlo hasta el camastro, ayudada por el policía, con quien comenzaba a entenderse desde que el marido la dejó por unas jimaguas... La entrada del solar se cerró de un sonoro portazo... Nadie imaginaba lo que seguiría a ese festivo amanecer.
A las nueve de la mañana, Matica no estaba en su puesto oficial. Todos comprendieron que la excitación lo había obligado a tomar la sabia decisión de dormir unas horas más, pero a la altura del mediodía empezaron a inquietarse por su ausencia. Cuando la hija pudo hacer su escapada diaria con la cajita del almuerzo en la mano y no lo vio sentado en la entrada del Museo, preguntó por él con alarma, obteniendo una muda respuesta. Tras intercambiar una mirada telepática, corrieron a tumbar a golpes la puerta del cuarto de Matica... Sus setenta años mal cuidados, no habían podido soportar tanta emoción.
La puerta cedió: El cuarto estaba vacío. Ni el hombre, ni el perro, ni la revista.
Se organizó al momento una partida. Se repartieron las calles, callejones, avenidas, plazas, portales y bancos de la vieja ciudad para encontrar al monumento nacional extraviado en la alborada de su gloria.
La búsqueda fue infructuosa, a pesar de que el policía sumó a sus colegas de la zona. No se pudo hacer un reporte oficial, habían de esperar al menos cuarenta y ocho para que las preocupaciones de la hija fueran escuchadas. Todos callaban una turbia sospecha: al escuchar su edad y hábitos, se le daría simplemente por ahogado en las aceitosas aguas de la bahía. Era lo que se estaba temiendo desde hacía cuarenta años, cuando la mujer lo dejó, llevándose la niña, los muebles y el dinero, dejándolo a solas con el alcohol.
- Yo sé lo que se traen en mente, por eso mejor no denuncio nada, total, nadie lo va a extrañar - rompió en sollozos la única persona que lo amó.
La confortaron como pudieron, le rogaron esperar... Pero no dos, sino tres días transcurrieron sin noticias de su paradero. Al anochecer del tercero, Doña Leo, la dueña del restaurancito donde trabajaba la hija del desaparecido, iniciada en los misterios de la transculturación y los contactos con otros mundos, propuso reunirse en el patio del solar y hacer una rueda espiritual. Tal vez con fe, manos unidas, una ofrenda de aguardiente, miel y tabaco, tendrían suerte de localizar al espíritu, quizás instalado en los prados del infinito.
- Las búsquedas del otro lado funcionan mejor que las del lado de acá - sentenció mientras atraía a la doliente al ruedo para que sostuviera una póstuma entrevista con el padre.
Terminados los rezos propiciatorios, despojados con ramillos de hierba buena y albahaca los presentes, entre los que se incluyeron varios pintores, el trovador, el policía y el poeta, que no se perdía la ocasión de degustar el alcohol ni por el miedo que tenía a los encuentros con la otra orilla; se encendieron tres velas: una para el Ánima Sola que vaga por los caminos de ambos mundos; una para el ángel de la guarda del difunto y otra para Eleguá, dios del destino. Se colocó una copa de aguardiente entre siete vasos con agua, representativos de las Siete Potencias; se ofrendó miel a Oshún, que vuela sobre el aura tiñosa y todo lo ve, representada por una de sus hijas, la florista que vestía de amarillo. Ardió un tabaco de la mejor calidad, esparciendo su aroma por el Callejón.
De manos apretadas, los presentes comenzaron a invocar a José Miguel Mata; reclamo que empezó en tono murmurador y fue elevándose hasta convertirse en el grito de: ¡Matica, ven, acude a nuestro llamado, donde quiera que te encuentres!, capaz de estremecer las paredes semiderruidas del viejo caserón.
- ¡Ya está bien, ni que fuera sordo!
Un coro de alaridos acompañó la entrada de Matica, seguido por Mariguana que fue directo para el Cohiba, mordiéndolo por el lado correcto y dando una intensa aspirada, mientras su dueño estiraba la mano para agarrar el aguardiente, sin importarle la opinión de las potencias africanas.
- Caballeros, que no se diga, déjense de tanto grito - dijo el policía -. Yo de espiritismo no sé nada, pero ningún muerto se le cuela así al alcohol.
Para terminar de convencerlos, Matica echó unas gotas al piso, que el perro se apresuró a lamer, momento que aprovechó para tomar el habano que dejó caer, estilo fábula de la zorra y el cuervo, halar una sillita y estirar las piernas.
- Ah, qué bien se siente estar de regreso... - expresó con un suspiro de satisfacción, extrañamente sobrio -. Los hombrecitos azules serían muy hospitalarios, pero de fuma y bebestibles no ofertaban nada.
Tras haber recibido el apretón de manos de los presentes, de casi fallecer ahogado entre los brazos de la hija, de beberse otro trago y de mandar a echarse a Mariguana, que insistía en colocarse en su postura vertical para que le dieran un cigarrillo, Matica se sintió con ánimos de contar su historia:
- Estaba aquella noche durmiendo la mona, cuando una luz me dio en plena cara, despertándome de un salto. Delante de mí se hallaban dos hombrecitos azules, con cabezotas en forma de huevo y ojos saltones. Uno de ellos portaba una linterna. El otro tenía en la mano mi revista y me señalaba. Mariguana salió de debajo de la cama y comenzó a gruñirles, pero eso pareció convencerles de que éramos los que buscaban, porque el de la linterna apretó un control remoto y nos vino a recoger un tubo que no sé de dónde salió ni cómo atravesó el techo sin romperlo, por el cual ascendimos al interior de la nave. Sí, señores, no me miren con esa cara de espanto, ¡Mariguana y yo en una nave espacial, climatizada, con dos piscinas y habitaciones privadas, mejor que un cinco estrellas, que las de las películas de la tanda del domingo!
Paró para solicitar con una seña que le llenaran de nuevo el vaso, parecía más seco que los mares de la luna. Normalmente se hubieran reído ante tal afirmación, lo hubieran tildado de mentiroso, de borracho, loco, pero ni los tres días de misteriosa ausencia alcanzaban para explicar el único hecho que los tenía atados a los bancos, al suelo, a los escalones, a las sillas sacadas del restaurante para formar el ruedo espiritual: Por primera vez desde que la soledad se cernió sobre su destino, Matica no estaba ebrio...
- Me tuvieron tres días haciéndome entrevistas; hablaban bastante bien el español, mejor que muchos de los turistas con quienes me topo en el trabajo. Fueron muy amables, hasta nos bañaron a mí y a Mariguana, nos lavaron la ropa, todavía tengo pegado el olor de los aceites esenciales que nos echaron - un murmullo de aprobación se regó por el patio -. Me contaron que estaban haciendo una especie de zoológico con habitantes famosos de los planetas explorados. Habían visto la foto de nosotros en la revista y nos habían seleccionado. Se supone que fuera un honor, pero, si quieren oír la verdad, ¡me tenían loco con lo de la vida sana! Nada frito, cero aguardiente, ni ron, ni siquiera un vinito dulce después de las comidas, ¡no conocían el chispa! De cigarros ni hablar, al perro me lo tenían con temblores por la falta de nicotina.
- Pero si llegaste nada menos que al espacio exterior, con lo difíciles que están las visas, ¿qué haces aquí, Matica? ¿Por qué no te fuiste con ellos si como quien dice lo que te queda es una fumada? - preguntó el poeta.
- Imagínense, la idea de pasar lo que me queda a base de verduras al vapor, pastillitas de algas y agua me sonó a un tormento peor que el calor de agosto en el infierno, por eso cuando me dijeron que mi cuerpo estaba muy intoxicado por el alcohol y el tabaco, que el perro andaba por el estilo y por tanto temían que no les duráramos mucho, les exageré la cosa: les puse mi hígado al borde de la explosión, los pulmones de Mariguana hechos un desastre biológico. Los convencí que no era el ejemplar ideal para su zoológico, que la inversión no valía la pena.
- ¿Y renunciaron a los terrícolas y se fueron así como así? ¿Dejaron el zoológico incompleto? - interrogó el poeta, haciendo pensar a los presentes que envidiaba en algo la suerte del reaparecido.
- No, se fijaron en la página de al lado y se fueron a buscar a uno de los lamas, pero antes me dejaron en la Avenida del Puerto. No tienen idea de cómo se pone el tráfico estelar, tuvimos que atravesar un embotellamiento en el triángulo de las Bermudas, si no, hubiera llegado al mediodía. Les dejé la revista de regalo, era lo menos que podía hacer.
Al otro día estaba Matica en el lugar y a la hora de siempre, tan borracho como siempre, con su perro engalanado con lacito nuevo, obsequio de uno de los vecinos, que se ganaba la vida bailando en zancos por las calles, ahora retirado tras conquistar el amor de una voluminosa danesa – la gran danesa, le decía él -, con quien partía a descubrir la nieve. A su lado, con retoques de pintura fresca, su cartel anunciador de la octava maravilla del mundo moderno.
Había retornado la calma al solar después de la rumba de bienvenida, de los chicharrones que frió la hija del redivivo, de las cervezas aportadas por los grabadores, del añejo que destapó el policía, del cava donado por el trovador-mariachi, los tabacos de los Mambisitos, el aguardiente de las floristas, el Akvavit, regalo del zanquero y su novia, que corrieron en cuanto se enteraron de la noticia, interrumpiendo la celebración privada de su última noche habanera – según una extensa explicación de la gran danesa, que duró más que el contenido de la botella, el akvavit o agua de la vida fue registrada por la historia cuando fue obsequiada a un arzobispo, allá por el 1531, como "una ayuda para todo tipo de enfermedades que un hombre pueda tener interna y externamente". Sumemos el chispa de tren que sacó el destilador – fórmula emergente que, si nos atenemos a lo escuchado, salvó a Matica de aparecer como especie de exhibición en un zoológico de otra galaxia -, el whisky que mandaron desde El patio, las croquetas de una de las peinadoras, los tamales de la madre de Oshún, los tostones de Doña Leo y la pizza gigante traída por el poeta - a quien le instalaron un catre en el cuarto del pintor para que no tuviera que arriesgar su vida en la bicicleta, ya para susto habían tenido bastante -. La frase que recorría cada brindis y recibía cada bandeja de chicharrones plenos de colesterol era: ¡Lo que se están perdiendo los amantes de la vida sana!
Pero luego de la alegría etílica del regreso, nadie volvió a retomar "en serio" el motivo esgrimido por Matica para explicar sus tres días de ausencia. No se buscaron segundas explicaciones, tampoco se negaba la primera, se optó por el silencio, lo cual no equivale a decir que "por el olvido". Simplemente no se comentó más su extraña historia en ese microuniverso que constituye un solar viejohabanero dentro del macromundo cubano, donde todo suceso tiene repercusiones y ecos infinitos, por pequeño que sea. No hubo las esperadas burlas. Y es que tal vez, por imposible que fuera, llegaron a creerle.
Solo una nave espacial, parqueada más allá de la atmósfera terrestre, pilotada por hombrecitos azules, podía mantener a Matica tres días lejos de la bebida.
* Premio "Ron y Miel", ediciones Comala, España, 2003.
Sucesos de callejón enviado a Aurora Boreal® por Marié Rojas. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Marié Rojas. Foto Marié Rojas ® Marié Rojas. Foto perro fumador tomada de internet http://www.fotolog.com/silvia_gomez999/62072503/
A partir de las nueve de la mañana, podía vérsele sentado en una esquina de la Plaza de la Catedral, con Mariguana portando chaleco, sombrero y corbata de lacito, en la pose tan aprendida que ya pensábamos que dormiría así de ordenárselo su dueño. Llegaba con su andar de beodo, la cabeza medio metro por delante del cuerpo, candidato a ser atropellado por lo que le pasara por delante, protegido por las fuerzas del destino, que lo tenía vivo desde hacía más de cuarenta años a base de alcohol y una comida diaria que a veces cambiaba por un trago.


