El viaje

chello_001El autobús partía a las 9:30 y yo salí de la Cité a las 9:15. La comida había sido larga, mucho más por los vinos. En aquellos días era imposible no acompañar cada sentada a la mesa con vino. Me tercié la pequeña tula de weekend y con Jorge salí corriendo a tomar el Metro. Al pensar en la velocidad del Metro gané seguridad para llegar a tiempo. Y la primera demora fue en Chatelet-Les Halles. Correr por los intestinos de esa estación inmensa, correr en la banda de caucho peatonal que comunicaba con otros intestinos, correr hasta el andén de la vía Pont de Neully. Todo el trayecto lo hicimos a pulmón abierto. En Concorde había que hacer la conexión con la vía Port de la Chapelle, pero cuando llegamos allá acababa de pasar el Metro. Eran las 9:30 y nuestra carrera se enfrentaba al horario inglés de un autobús. Me sentí desanimado, ya no vería Londres. Me entregué al sosiego que me daba el vino, aunque no dejaba de envidiar a Lisímaco, quien esa misma noche viajaba también a Londres. En Beaubourg los dos habíamos hablado de terminar la semana callejeando por Picadilly, pero yo no le concreté nada. Preferí quedarme en París y no volví a ver a Lisímaco. Después cambié los planes.
Llegamos a Madeleine y la carrera fue más veloz. Jorge me decía que se sentía muy avergonzado conmigo porque él se había demorado mucho en preparar el pollo, y yo ahora perdería el autobús. Le respondí que no, que estuviese tranquilo, y lo palmeé en los hombros, mejor sigamos corriendo, agregué. En Rue Royale estaban estacionados tres autobuses.  Buscamos el de Magic Bus y lo encontramos. Celebramos con mucho entusiasmo. Ahora sí yo todo feliz porque vería a Londres. Antes de despedirse, Jorge reconoció a dos amigas suyas. Estaban detrás de mi puesto. Eran simpáticas y suramericanas. Las saludó y me relacionó con ellas. Me gustó saber que viajaría acompañado. Luego que nos presentó se despidió muy efusivo. A las carreras partió hacia Port de Orleans, allá lo esperaba Celina.
Para hablar cómodo con las muchachas encaramé una pierna en el asiento. Lo de rigor: París de día, París de noche, estudios, viajes, y ahora el Londres que visitaríamos. Eran brasileñas. Entre ellas hablaban en portugués y a mí se dirigían en español. Clara María era pequeña, bonita, y hablaba a media lengua, como si tuviera frenillo, quizá por eso le sonaba tan bello el portugués. Cuando les conté de mis apuros con Jorge para llegar a Rue Royale, por vez primera noté que me miraba aquel muchacho. Yo charlaba con las brasileñas y él no me retiraba su mirada, me miraba como entre aterrado y curioso. El muchacho viajaba con un grupo de amigos, tal vez estudiantes. Alto, rubio, colorado, de ojos muy grandes y azules. Deduje que era inglés. Seguí hablando con las muchachas y me dijeron que llevaban comida, me ofrecieron compartirla. Quizá notaron mis manos vacías, las prisas por llegar a Madeleine no me habían permitido armarme de alguna vitualla.
-Muito obrigado-. Les dije, y sonrieron hermoso.


El vino aún inundaba mi cabeza, pero yo conservaba luces para imaginar lo que vería en Londres: Trafalgar Square, Westminster, Notting Hill Gate, Brithis Musseum, la calle de Sherlok Holmes, parques y todo lo que se me cruzara. Buscaría rock y cerveza, desde luego.

José Cardona-López. Profesor titular de español, literatura hispanoamericana y creación literaria en Texas A&M International University. Ha publicado la novela Sueños para una siesta (1986), y los libros de cuentos La puerta del espejo (1983), Siete y tres nueve (2003), Todo es adrede (2009, 1993) y Al otro lado del acaso (2012). Cuentos y poemas suyos han sido incluidos en antologías publicadas en Canadá, Colombia, España, Estados Unidos y Perú. Ha publicado Teoría y práctica de la nouvelle (2003), libro en el que de manera amplia presenta, discute y aplica la teoría sobre la nouvelle (novela corta).

jose_cardona_003Antes de partir, el conductor hizo bajar a una señora que esperaba a su amigo, tenía aspecto de gitana. Hubo un alegato en francés e inglés.
-El motorista dice que no hay razones para esperar a nadie más-. Me dijo Clara María-. Que el amigo de la señora no está registrado en la lista de pasajeros, y además el autobús ya está copado.
El conductor estrujó a la señora hasta hacerla bajar. Muchos protestamos, pero no pasó nada más. Al momento de la protesta miré hacia atrás y el muchacho rubio manoteaba y hablaba. No alcancé a distinguir su idioma, pero el gesto de levantar una mano y sacudirla, haciendo énfasis en su indignación, me hizo saber a quién me recordaba. Quizá antes había pensado en que me recordaba a alguien, pero no reparé en ello. Ahora, sintiendo una cuerda de hielo en el centro de mi espalda, supe que él me recordaba a Juan Manuel Quezada, un amigo y vecino de adolescencia que había perecido ahogado en un paseo a Ladrilleros. El muchacho y Juan Manuel eran exactos. Recordé que a Juan Manuel no lo vi en cadáver, sólo supe de su muerte repleta de agua. Más me asusté, pues dudé con fuerza de la muerte de mi amigo. Aunque este nuevo Juan Manuel era muy joven y por tanto absurdo que fuera mi amigo, no dejaba de asustarme. Juan Manuel había muerto a una edad muy parecida a la que debía tener el muchacho, y si ahora me lo encontraba era lógico que se me apareciera igual de joven. La voz de Clara María me sacó de mis pensamientos. Hablamos de la carretera y calculamos la hora en que tomaríamos el ferry.
Verano. El día permanecía con su luz muy alta. La vena de asfalto cruzaba un extenso paisaje sin montañas. El autobús rodaba y rodaba, pero el paisaje seguía igual, era como estar siempre en un mismo lugar. Esta sensación, y el sol encima, nos adjudicaba una especie de aturdimiento. Con las muchachas hablaba poco, nos decíamos lo que pudiera ser necesario, hasta que el viaje terminó por cerrarnos los ojos. Cuando los abrí estábamos en plena oscuridad. Con la noche sentí que sí nos movíamos hacia adelante. La comodidad en mi puesto me permitía estar de lado y divisar todo el interior del autobús. Y justamente por esa comodidad a cada rato miraba al muchacho que me miraba. Yo no dejaba de recordar a Juan Manuel, de pensar que el muchacho era Juan Manuel, el espíritu de Juan Manuel. Sonreía al decirme que si viajaba a Londres era normal el soportar una buena dosis de suspenso.
Y poco a poco el suspenso entraba a ser miedo, y el miedo me ganaba. Más me ganaba porque ya estaba muy cerrada la noche, los pasajeros dormitaban y el silencio del viaje era denso, grueso. Las brasileñas me dieron una manzana. Volvieron a dormirse, y el muchacho mirándome, creo que no parpadeaba. Traté de dormir un poco pero no pude. El miedo, el terror de saberme ante el espíritu de Juan Manuel no me dejaban resguardarme en el sueño. Estaba a merced de cualquier momento pavoroso, así supiera que aquel ser era mi amigo. Trataba de huir de su mirada pero era imposible. ¡Silencio, soledad, oscuridad, y esos ojos abiertísimos mirándome!
Cuando llegamos a Boulogne las amigas despertaron para seguir durmiendo: el ferry acababa de zarpar y nuestro conductor enderezó hacia Calais. Más viaje en carretera, más oscuridad, y ese muchacho rubio de ojos muy azules que era Juan Manuel. El miedo celebraba jubileos conmigo. Hacia mucho rato que el vino me había abandonado, y mi corazón palpitaba fuera de la camisa, a la espera de que el fantasma me hablara, por lo menos. O, y sería terrible, decidiera sentarse a mi lado. Al pensar en esto, coloqué toda mi pierna en el asiento, como si ejerciera un acto de soberanía.
Llegamos a Calais y desperté a las brasileñas. Volvió el ronroneo en el autobús y me sentí seguro. El fantasma de Juan Manuel podía mirarme todo el tiempo que quisiera, yo le enfrentaría la mirada. El autobús ocupó su puesto en el ferry y las muchachas y yo fuimos los primeros en bajar. Corrimos a alcanzar la escalerilla que conducía al nivel de los pasajeros de segunda. En el ferry se producía una bulla infernal. Carros llegando, silbatos, frenos de aire, voces de orden para distribuir la carga, voces en diversos idiomas, pisadas con ruidos metálicos. Ya en lo más alto de la escalerilla busqué al muchacho y lo vi descender pausadamente del autobús. No llevaba prisa y miraba a todos los lados, parecía buscar a alguien. ¡Buscarme a mí!
Arriba había muchos pasajeros y el zumbido del ferry era lejano. Fuimos a la cafetería, necesitábamos un café o algo para conversar, sobre todo yo. Era autoservicio, así que hice la fila mientras ellas conseguían mesa.
-No has dormido nada, y te ves como nervioso-. Me dijo Lygia rebullendo el café-. ¿Te da miedo el mar?
-De noche sí-. Le respondí.
Sus ojos eran de saudade y, no sé por qué, me sentí impelido a contarle lo de mi susto por aquel muchacho. Pero no le dije nada, se convenció que el mar de noche me asustaba.
-No dura ni dos horas la travesía-. Dijo Clara María, quería animarme.
-Ojalá no caiga una tormenta-. Añadí, y nos dirigimos a cambiar francos por libras.
Miramos vitrinas en el almacén, pero los precios nos rechazaban. En la sala de pasajeros había gente durmiendo a pierna suelta, algunos lo hacían en sleeping bag. Los niños corrían y jugaban, como si acabaran de salir a recreo. Viajeros en tenis y yines con una carta geográfica en las manos, el solitario con una lata de cerveza y un cigarrillo. Parejas abrazadas en la proa, ancianos rubios en bermudas y sonrientes, y el mar por ahí. Regresamos a la cafetería. Allá estaba el muchacho. Parecía discutir algo con sus amigos, y no dejaba de mirarme. Yo me sentía protegido en medio de tan amplio espacio, con tanta gente y Lygia y Clara María. El miedo a aquella mirada ya había desaparecido, pero no el miedo al fantasma de Juan Manuel. Recordé que con él tuve algunas discusiones, en las que yo había sido muy rudo. Pensaba, pues, que el espíritu de Juan Manuel ahora podría ajustar cuentas conmigo desde el más allá. Busqué socorro en las muchachas. Les hablé de una amiga de São Paulo con quien me escribo.
Cuando fui en busca de otro café, tuve la buena sorpresa de encontrarme con Lisímaco y su amiga. Me hizo mucha bulla porque yo también viajaba a Londres. Luego de las risas por el encuentro pensé en decirle del ser que me miraba. Lisímaco notó mi nerviosismo y se adelantó a indagar.
-¿Qué te pasa?
-Ahora te cuento-. Y miré al sitio donde antes estaba el muchacho. Ya se había retirado de allí, ahora estaba parado en un costado de la cafetería.
Le conté lo que me pasaba y le señalé al fantasma, pero el fantasma había desaparecido. Mi amigo sonrió con malicia socarrona, meciendo la cabeza. Entendí sus insinuaciones y rotundamente deseché tal alternativa. El muchacho aquel era el fantasma de mi amigo de adolescencia, nada más. Mientras tomé el café con Lisímaco y su amiga, el muchacho no se dejó ver más de mí. Yo insistía en la historia, y Lisímaco la desbarataba con frases oblicuas y sonrisas. Nos separamos y quedé en llamarlos a una pensión de Stanhope Gardens, donde ellos pasarían el fin de semana.
El alba se hinchaba con su lentitud de amanecer y yo me llenaba de la conversación con las brasileñas. Muchas veces más volví a mirar al muchacho. Alguna fuerza de no sé dónde me obligaba mirarlo, y lo hacía con la misma insistencia con que el borde áspero de la uña va a los dientes. El humor salitroso, la luz enorme de la mañana contra unos acantilados blanquísimos, y los alcatraces con sus vuelos y chillidos, por unos momentos me sacaron de mi vigilia intranquila: estábamos frente a Dover. Apoyado en una baranda me dediqué a contemplar el arribo del ferry.
Al subir de nuevo al autobús, ya el muchacho estaba en su puesto. Me miró y sentí como si quisiera decirme algo. Volvió a helárseme la columna y preferí ser devuelto a París. Salimos del ferry y otra vez a bajarnos para los registros en inmigración. Lygia, Clara María y yo, nos pusimos en distintas filas, el muchacho en una muy nutrida de gente de la India. De nuevo sentí que yo no podía dejar de mirarlo, que a empujones aquella fuerza de los diablos me obligaba a hacerlo.
El muchacho y las brasileñas salieron de inmigración primero que yo. El agente que me entrevistaba, un indio sin turbante, había instalado toda una indagatoria conmigo. Pensé que hasta allí había llegado mi famoso viaje a Londres y, no lo niego, sentí tranquilidad, una especie de liviandad. De lejos las muchachas me hacían señas con las manos, y detrás de ellas el fantasma de Juan Manuel, mirándome, esperándome. El agente terminó sus gestiones conmigo y me indicó que siguiera, casi le dije que volviera a revisar mis papeles, de pronto no estaban en regla. Caminé lento hacia el autobús, aunque el chofer hacía sonar el claxon con desespero. Fui el último en subir, los pasajeros me miraban con clavos en vez de ojos. Todos estaban pendientes de mí. El muchacho parecía preguntarme ¿qué te pasa, hombre? Rutina, rutina, le respondí mentalmente y a tartamudeos.
Se reanudó el viaje y bien pronto noté que todo se me ponía al revés, fue ocasión para olvidarme de Juan Manuel. El autobús corría por la izquierda de la carretera. Me sentía entrando a un espejo, todo se me invertía. Le comenté a Lygia y ella me dijo que en Inglaterra todo era distinto, invertido. Por éso no es nada raro que Alicia hubiera estado en el otro lado de la puerta del espejo. Me hizo caer en cuenta de algunos detalles domésticos de los ingleses.
-Sin embargo los espejos de este espejo si te miran al derecho-. Me dijo con aire de mucha seriedad.
-¡O sea que Alicia dentro del espejo vivía al derecho!-. Concluyó Clara María poniendo cara de cielo. Los tres celebramos con risas y monerías.
El paisaje era un bocado de cardenal para fotógrafos, transparente, fresco, pero yo tenía mucho sueño. Además debía dormir para acopiar fuerzas, las necesitaría a montones en las caminadas que me esperaban.
Retazos de vigilia y sueño me hicieron ver a Juan Manuel. Yo discutía con él y en la discusión padecía una especie de remordimiento. Juan Manuel me reclamaba por una conducta indebida mía. El verde húmedo de la campiña me retraía a porciones de vigilia, y luego volvía a caer en la discusión con mi amigo. Entrando a Londres desperté. La ciudad era igual a como la imaginaba, sólo que había mucho sol. Recordé al muchacho y lo busqué. El fantasma ya no me miraba, pero yo seguí mirándolo hasta que me respondió. Mandé la vista hacia otro lado y me sentí avergonzado, como si acabara de cometer una grave imprudencia. Las calles de Londres me instalaron a mirar con mucha curiosidad por la ventanilla. Los carros tenían el volante a la derecha de la cabina, corrían por la izquierda de la calzada.
Llegamos a St. Pancras y ya había mirado al muchacho por siete veces más. Y por siete veces más me sentí avergonzado. ¡Me era imposible no mirarlo, no buscar su mirada! Descendimos del autobús ordenadamente y yo quería estar en la pensión descargando mi pequeña tula, pero debía esperar que Lygia y Clara María reclamaran sus cosas. Mientras ellas hacían su diligencia busqué otra vez al muchacho. Las miradas se cruzaron y de nuevo sentí vergüenza. Sacudí los ojos hacia la calle. En segundos volví a mirarlo, ahora él estaba conversando con Lygia. Concluí que el muchacho quería coquetearle a ella. Como tal vez me había visto hablando seguidamente con Lygia, su miradura había sido de celos a primera vista, aunque de París a Londres no había hecho más que asustarme con su representación del fantasma de mi amigo. A los dos los vi como una buena pareja. Imaginé a Lygia muy empinada, besándolo, y sonreí. Clara María estaba al otro lado del autobús y me dediqué a esperarla.
De alguna parte de la tierra salió Clara María con un violoncello. Las cejas se me corrieron hasta la coronilla, y debí poner una soberana cara de idiota porque ella me hizo muchas burlas. Frente a mí estaba una mujer pequeña y molida por doce horas de viaje, en la mano derecha una maleta y en sus espaldas un violoncello. Era un astronauta llegando a una playa de Venus, un soldado cargando el tanque de guerra.
londres_001-¿Dónde será el concierto?-. Vi a Clara María en una esquina de Londres, curiosos rodeándola, el violoncello entre sus piernas, el arco en elegantes cabeceos.
-Nada de conciertos. Este instrumento nos lo regaló un tío y lo traemos desde Bahía-. Respondió entregándole la maleta a Lygia-. A la tarde se lo venderemos a un músico del Soho, ya hicimos los contactos. Con el dinero podremos seguir nuestro viaje por Europa.
Entre risas desinflamos mi visión de Clara María interpretando el violoncello en una esquina de Londres. Luego tuvimos que apretar la realidad por las hojas: intercambiamos las direcciones y los números telefónicos de las pensiones donde nos alojaríamos. Me sentía como en el final de la clausura de un curso estudiantil, y una mancha de tristeza se regaba en mi cuerpo. Lygia y sus ojos de saudade, Clara María y su voz a media lengua, durante el viaje habían significado mucho para mí.
Adeus fantasma!-. Me dijo Lygia al despedirnos. Mi cuerpo se volvió de plomo.
-¡Cómo!-. Exclamé volviendo a mis horas en el autobús.
Mientras ella esperaba a Clara María, el muchacho rubio le había dicho que yo era exacto a un amigo suyo que había muerto hacía dos años.
-¡Más fantasma será él!-. Les dije, y nos separamos con buenas carcajadas.
Salí a Euston Road para buscar el Metro. En el andén me detuve a examinar las dos vías de la avenida. Por mi derecha venían los automóviles, un bus rojo de dos pisos. Recordé que desde Dover todo se me aparecía al revés, que yo estaba como dentro de un espejo. Entonces, con la visión de Clara María y su violoncello todavía muy caliente en algún sitio de las retinas, le eché llave a esta historia del fantasma de Juan Manuel Quezada, y me dije que no podía haber terminado de otra manera.

El viaje enviado a Aurora Boreal® por José Cardona-López. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Cardona-López. Foto José Cardona-López © Mika Akikuni. Foto del violoncello de un tío en viaje © cairinthecity. Foto Londres fuente en internet.

 

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