Fuera de la poca luz que irradiaba la pantalla, se puede decir que nos había caído encima una oscuridad como la que con toda certeza existía antes de la creación del universo. Si a esto, Martín, le agregas mi miopía congénita, te será fácil intuir los enredos que tuvimos para encontrar asientos en aquella dantesca negrura.
Algo le debo de haber dicho a mi mujer, porque de pronto sentí un ligero palmotazo en la espalda. Al voltear la cabeza alguien me disparó estas frases en un surrurro: "Señor, en esta sala está prohibido hablar cuando la película ya está en marcha. Si lo vuelve a hacer, se va a arrepentir" Supuse que quien me había amenazado de tal manera sería algún espectador de pocas pulgas y opté por complacerlo en vez de armar un soberano bochinche.
Un poco olvidado de aquel inusitado incidente, le pregunté a mi mujer si le gustaba la película. Mas, antes de que me respondiera, escuché la misma voz cargada de indignación, que resultó ser la del acomodador del teatro, exigiéndome que desalojara de inmediato la sala del cine. Acaso para afinar la puntería, me increpó: "¡Y no me venga con el cuento de que no se lo advertí!" Ya en el vestíbulo, el hombrecillo de marras me lanzó una mirada de desprecio, acompañada de estas palabras admonitorias: "La ley es la ley, señor. Usted debería de saber muy bien que hay que hacerla respetar y cumplir a como dé lugar."
Me acomodé en una silla percudida a esperar a que terminara la función para reunirme con mi esposa e irnos al carajo de ahí.
Casi una hora más tarde, el mismo individuo se encargó de abrir las cortinas y de encender las luces, indicando así que la película había concluido. Cuál no sería mi sorpresa al percatarme que de ese enorme salón no salía ningún espectador, como no fuera mi propia mujer. Al verla le tomé una mano y, sin que mediara palabra alguna entre nosotros, con urgida celeridad nos fuimos alejando de ahí para dirigirnos a nuestra casa, lugar de donde jamás debimos de haber salido ese fatídico día.
Martín, voy a ponerle punto final a esta carta aquí mismo. Eso sí, te puedo confesar que después de haber vertido tanta hiel en este papel ahora me doy cuenta de que me he quitado un colosal peso de encima y de que mi alma vuelve a aligerarse para sentirme como antaño.
Casi se me olvida contarte que, al difundirse entre los habitantes lo sucedido en el teatro, el Gobernador Provincial, luciendo su anacrónico bigote hitleriano y temblando de emoción, condecoró a Julián Gómez Pérez, que tal resultó ser el nombre del acomodador, colocándole en la solapa de su chaqueta alquilada la Medalla del Perico Dormido en presencia de infinidad de conciudadanos y, además, lo ascendió a la categoría de Supervisor de todos los acomodadores de la provincia. En la solemne ceremonia, el Gobernador terminó exhortando a la ciudadanía entera a que emulara a este caballero en su ejemplar conducta de obediencia ciega a la ley.
Querido Martín, antes de despacharte esta carta la he releído y he caído en la cuenta de que más parece un retazo desgajado de la literatura del absurdo que otra cosa. ¿Qué opinas tú?
¡Que Dios nos proteja de tanto imbécil que anda suelto!
Tu amigo del alma,
Gabriel
Jorge Kattán Zablah. Cuentista y ensayista salvadoreño. Abogado (Chile) y Doctorado en Letras por la Universidad de California en Santa Bárbara, California. Autor de las siguientes colecciones de relatos: Estampas pueblerinas (Costa Rica, 1981), Acuarelas socarronas (España, 1983), Por el carnaval de la vida (Costa Rica, 1998), Cuentos de Don Macario (El Salvador, 1999), Pecados y pecadillos (El Salvador, 2003) y El Ilusionista (Estados Unidos, 2012). Director Emérito del Departamento de Español,
Defense Language Institute, en Monterey, California. Sobre su obra se han escrito numerosos ensayos y se han dictado conferencias. Es miembro correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Lengua y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Carmel, California.

La ley es la ley enviado a Aurora Boreal® por el cuentista y ensayista Jorge Kattán Zablah. Foto Jorge Kattán Zablah © Sharon Richmnod de Kattán.




