Flamante geografía
Martha Canfield
Editorial Nido de Cuervos
155 páginas
2012
Horacio Peña Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte. Nacido en Managua, Nicaragua. En 1967 ganó el Premio Internacional de Poesía en el certamen Centenario de Rubén Darío. En la actualidad es catedrático en Houston-Tillotson College, en Austin, Texas. Escribe una poesía llena de alusiones y mitos en la que trata de revelar el misterio del ser y del tiempo. Entre sus libros se cuentan Ars moriendi y otros poemas y Antología del inmigrante. Es miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua.
Inédito
Diversos estudios han ahondado en el Cántico de Jorge Guillén (1893-1984), con especial énfasis en la primera y segunda edición, dejando a un lado la tercera y la cuarta, salvo algunas excepciones. Cántico, como es común en numerosos poemarios[1], sufre diversas modificaciones y ampliaciones hasta su versión definitiva[2]. En las construcciones y ampliaciones de Cántico, hasta su versión final, hay que destacar suscolaboraciones en la revista cubana Orígenes, que albergará una gran colección de poemas que formarán parte de Cántico e incluso de Clamor (1956).
Las mismas colaboraciones de Guillén en Orígenes muestran un especial interés por la niñez. La imagen de la niñez es relacionada por el poeta con el Creacionismo. Por ello, el propósito de este ensayo es acercarnos a sus poemas sobre la niñez publicados en la revista Orígenes y observar su posterior inclusión en Cántico. Allí diluye y esconde el tema de la niñez como fase primordial del Creacionismo, según la poética de Vicente Huidobro. Cuando sea pertinente se observará la inclusión o la ausencia de poemas de Orígenes en Cántico, particularmente en la última versión de 1950.
Ludwig Pfeuffer nació en Würzburg, Alemania en 1924. Su familia emigró a Israel en 1936, allí se llamó Jehuda Amichai. Durante la segunda guerra mundial participó como soldado en la Brigada Judía creada por el ejército británico. Luego, durante la guerra de independencia, en el Palmach que fue el brazo armado de Haganah.
Jehuda Amichai es reconocido como el gran poeta nacional de Israel, sus poemas han devenido canciones populares, los niños los recitan en las escuelas…
Pertenece a lo que se llamó «La generación del estado», al igual que Nathan Zach y David Avidán, quienes en la década de los cincuenta del siglo XX fundaron en Jerusalém la revista LIKRAT : Versos, donde se fraguó una verdadera revolución literaria, tanto en la elaboración de un nuevo discurso poético, como en la percepción novísima del entorno cultural.
Germán Espinosa. Escritor colombiano, (1938-2007), más conocido como novelista que como poeta. Tres de sus novelas son monumentos de la literatura latinoamericana del siglo XX: Los cortejos del diablo (1970), La tejedora de coronas (1982), El signo del pez (1987). Recuerdo que nos conocimos en Cartagena en 1973, haber hablado largamente sobre la historia de la ciudad y lamentado la poca literatura que nos quedó de la época de la conquista. Una frase suya me acompañó durante años: « Lo que no fue escrito entonces es deber escribirlo ahora. » Acercarse a él era difícil, además por esa época me era imposible invitarle a tomar algo, casi siempre wisky, no tenía los medios para hacerlo. Así que toda comunicación quedó reducida a un saludo en la calle o en un café. Pero mucho hablábamos sobre él y Los cortejos del diablo, con Eduardo Gómez, Augusto Pinilla y Andrés Holguín.
¿Qué sabemos hoy, en la aurora del siglo XXI, parido a empellones apurados desde matriz alucinógena; indeseable siglo, sentencian, metido a bulto en closet cual pariente vergonzante cortesía Síndrome de Down, esquizoemocionalidad y ética desarticulada por minucias reincidentes? Quién fue realmente -si la realidad sensible se acepta cual válido signo de reconocimiento, no de conocimiento- aquel misterioso personaje alias Víctor Ostrovich, Igor Kurulenko, Sergei Uliánov, oscilante peligroso entre los blancos zaristas y los rebeldes rojos, nos preguntamos los reunidos, New York, otoño, 1980, en cajón estudio, frío hasta la congelación cuando el invierno, caluroso hasta la deshidratación durante verano, pero siempre caro hasta la impunidad, en un vibrante barrio cerca del metro.
El varón argentino del presente relato se llama Amancio. Intentaré estructurar un friso (acaso lo será para algunos lectores) crudo y fidedigno. Quien esto escribe, también varón y argentino, se apropiará del transcurrir de una jornada de su amigo del alma. El que lo es desde que cursáramos el colegio secundario en un barrio al que no pertenecíamos:
El desnudo hijo dentro de la imperial bañadera de hierro llena de agua. Un despintado banquito de tres patas, al lado. Y una canasta con jabón de tocador de coco, esponja, sales de baño importadas, una caja grande de fósforos de madera y barcos de papel. El desnudo hijo es un adulto lento, vacío, triste. Estupefacto. Mira el agua. Un brazo apoyado sobre el borde de la bañadera. Lo mira. Mira el agua.
El uniforme oculta los calzoncillos rojos de óvalos blancos, cosidos por su madre con un corte de algodón satinado que guardaba para un vestido. El teniente Abel se aleja unos pasos del espejo para esconder la barriga carbohidratada, de flaco estrecho. Toma por el manubrio la bicicleta verde olivo y se dispone a pedalear. Reacciona cuando le parece ver la sombra de Marilyn. En ella va pensando, con la rutina lenta de cada madrugada, al salir hacia la Oficina. Una conversación había quedado colgada. Otra vez la borrasca del divorcio amenaza su cronómetro de psiquiatra seguro de que la actuación no presenta fallos. Otra vez Marilyn le impide averiguar, evaluar.
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