Que haya o no un país llamado Ecuador no tiene ninguna importancia. De modo que voy a continuar suponiendo que Ecuador es una línea imaginaria, cuya literatura aún sigue siendo secreta, casi desconocida. Aunque no puedo menos que preguntarme si no estoy en mi perfecto derecho de dotarle a este país de un rostro. Por más de veinte años he escrito acerca de la misma ciudad, Quito, una ciudad azotada por la lluvia y a menudo vinculada en mis libros con Praga, Barcelona, Madrid, París y Nueva York.
A mi juicio las ciudades y los países sólo adquieren sentido y realidad cuando entran en el terreno de la ficción y un escritor hace un mapa de ellas. De aquí podemos deducir que ninguna ciudad existe fuera de la ficción.
De esta línea imaginaria han salido una serie de poetas y escritores, muchos de ellos desterrados en su propio país, los cuales trabajaron para reinventar y proseguir con su talento la ruta señalada por los geodésicos. Ahí están las figuras de Carrera Andrade, Escudero, Dávila Andrade y Carvajal. El ingeniero de minas y poeta Alfredo Gangotena tuvo el acierto de invitar a Henri Michaux a Ecuador, el cual sigue siendo uno de los viajes más enigmáticos realizado por dos poetas. Pero no nos engañemos. Nadie viaja a Ecuador en busca de un mito o de un país. Nadie va a Ecuador por el país mismo, sino siguiendo un delirio individual. Es el caso de William Borroughs, y del poeta Allen Ginsberg, los cuales estuvieron en Guayaquil y Esmeraldas en la década de los setenta, cuando viajaban tras la misteriosa "ayahuasca", la droga del conocimiento. Así pues, podemos concluir provisoriamente con la idea de que esa línea tan equinoccial y sospechosa, aparece no sólo en la obra de Michaux, sino de forma notable, a puntapiés, en la obra de Pablo Palacio. Hay otros escritores (Jorge Icaza, José de la Cuadra, Pareja, Rojas, etc.) sobre los cuales debería hacer un registro de su paso por la línea imaginaria, pero no soy un historiador de la literatura. En este breve recorrido, quizás incompleto y arbitrario, me he limitado a nombrar a los que tienen conmigo algún aire de familia. Uno habla de los escritores a quienes uno venera o admira, no a los que leemos como parte de una manual oficial de literatura.
¿Dónde encajo pues en esta línea que señala los límites y las frontera que hoy día es tan necesario abolir?
Si El viajero de Praga fue un abrazo desesperado, acaso un acto de amor y de exorcismo, también fue un puente tendido a la literatura universal— como debe ser, ya que la literatura siempre es un puente, un proceso, una reflexión íntima e individual— cuya composición me permitió moverme sin vacilar por varias ciudades y culturas a fin de atenuar la asfixia literaria que hemos padecido en Ecuador. Escribir El viajero fue una manera de entablar un diálogo, legítimo y sin complejos, con autores como Cervantes, Kafka, Camus y Onetti a quienes he rendido velada o abiertamente un homenaje de admiración. No voy a hacer una confesión, pero nunca he pretendido ocultar las fuentes originales de dónde procede tanto el doctor Kronz como ciertos episodios de la novela. En más de una ocasión, me valí de un espejo a fin de reproducir y distorsionar con mi escritura algunas novelas que siempre he admirado, pues está claro que no escribo para reflejar la realidad, sino para abrir nuevas dimensiones de la misma. Antes había utilizado este recurso en algunos cuentos con el propósito de acercarme impunemente a los originales —no olvidemos: todo escritor es un espía. Detrás de esas apariencias, de esos reflejos, sospecho que empieza el laberinto de mi propia escritura. De ahí que en El viajero de Praga haya tantas alusiones a la novela europea, a la novela de espionaje, como también a ciertos aspectos poco iluminados, sin duda secretos, de la novela negra, la cual, sigo creyendo, es una cantera inagotable para cualquier escritor de la actualidad.
Con La sombra del apostador, en cambio, el estímulo creador fue otro. La novela nació con la imagen de una niña encerrada en una casa llena de perfumes. O quizá fue creciendo con el desenfrenado galope de un caballo en un hipódromo. Aparte de esto sólo conservaba unas cuantas huellas, unos rostros dispersos, y el latido del lenguaje anunciándome el camino a seguir. Arrebatado por el instinto, dejé correr libremente a las palabras, y bajo este impulso creador escribí los tres primeros capítulos. Podía adivinar y sentir aquellas voces torrenciales, desarticuladas, las cuales habrían de configurar ciertas situaciones como los paseos de Lena por los miradores de la ciudad, o las visiones nocturnas del jockey Aníbal Ibarra.
De esta forma volví a inventar la ciudad, imaginé un hipódromo y un hospital. Ajeno a todo referente exterior el mundo había dejado de existir. Mantenía con firmeza las riendas de la única dirección posible, renunciar las convenciones del realismo. Para eso fue decisivo el reencuentro con J. Vásconez, quien ya había debutado como narrador en el cuento Café Concert, y luego ha vuelto a aparecer, más seguro de sí mismo, incluso más cuidadoso de su estrategia en Un extraño en el puerto.
Es evidente que en esta novela aposté por la incertidumbre. No deseaba que estuviera sujeta a ningún modelo establecido, auque toda novela es en sí misma una realidad, una catedral edificada con palabras. En su definición más amplia —decía Henry James— no es sino una impresión personal y directa de la vida. Con absoluta modestia, sin pretender distorsionar las palabras del maestro, yo me atrevería a añadir que es sobre todo un ejercicio de libertad. Algunos piensan —y es un lugar común— que el arte de novelar consiste en contar bien una historia. Una novela es mucho más que una historia, una intriga o un argumento. Creo que es sobre todo una visión del mundo, un instrumento de indagación y conocimiento, y en un nivel más amplio, es un género esencialmente abierto.
Alguien dijo que no se de debe juzgar un texto por lo que enuncia, sino por lo que tiene de inexplicable. En La sombra del apostador espero haber alcanzado, de algún modo, esa región donde convive con el mismo derecho lo más insondable y prosaico de una novela, donde a veces, sólo a veces, accedemos a la áspera y «fiel literatura.»
Leído en la presentada de la novela La sombra del apostador en la feria de libro de La Habana
Javier Vásconez.
Escritor y editor. Nació en Quito. Estudió literatura en la Universidad de Navarra y posteriormente en París. En 1982 inició su trayectoria narrativa con Ciudad lejana, y en 1983 ganó la Primera Mención en la revista Plural de México con «Angelote, amor mío». Ha publicado también El hombre de la mirada oblicua (1989), la novela El viajero de Praga (1996), que tuvo gran reconocimiento del público y de la crítica tanto en Hispanoamérica como en Europa. En 1998, Un extraño en el puerto (antología de cuentos) significó un momento de madurez de su narrativa. La sombra del apostador (1999), finalista en el Premio Rómulo Gallegos; Invitados de honor (2004); la novela de espionaje El retorno de las moscas (2005) y la novela Jardín Capelo (2007). En 2009 apareció en España una selección de sus cuentos titulada Estación de lluvia, y un año después se publicó una edición especial de El viajero de Praga, con prólogo de Juan Villoro. Algunos de sus cuentos se han traducido al alemán, francés, inglés, hebreo, sueco, griego y búlgaro. En 2010 Planeta de Colombia y Viento Sur de España, publicaron su novela La piel del miedo. En 2012 la editorial El Antropófago editó una edición bilingüe del español / francés de la novela El secreto. En este mismo año apareció en la editorial Alfaguara la sexta edición de la novela La sombra del apostador con prólogo de Alejandro Querejeta. En 2012 la editorial Everest, de Turquía, publicó en turco la novela Jardín Capelo. En septiembre del 2012 apareció en Alfaguara de México, España y Ecuador la novela, La otra muerte del doctor. Y en abril 2013 la editorial Aurora Boreal publica Thecla Teresina como libro electrónico.
Texto enviado a Aurora Boreal® por Javier Vásconez. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Javier Vásconez. Carátula del libro La sombra del apostador enviada a Aurora Boreal® por cortesía de Javier Vásconez. Foto Javier Vásconez © Javier Vásconez.




