El otro existe
No es nada nuevo. Es como uno, se parece a uno y muchos lo toman por uno. Pero es otro. Llámenlo doble, sosia, gemelo o sencillamente, otro. Llámenlo "lugar común", es lo mismo. Ese otro aparece o desaparece y hace cosas que uno no ha imaginado. A pesar de lo recurrente del tema, muchos ya han hablado de él, debo decir que estamos en presencia de otro, de mí otro. Con lo que es posible deducir que cada uno tiene el suyo.
Para no alargarme en explicaciones y perder tiempo precioso lo mejor es entrar en materia. Ese otro del que hablo es el que está, disimulado tras mi propia sombra. En los últimos meses he mirado más el piso que el cielo, sin embargo, no por culpa de algún tipo de desencanto tan frecuente en estos tiempos. Sucede que he concentrado esfuerzos en observar el pavimento, el cemento, el asfalto por donde paso porque un día, sin esperarlo, un personaje surgió de la acera y me mostró su perfil de cemento maltrecho. Era el otro. Después de aquella mañana los encuentros se han vuelto frecuentes. He aumentado mis salidas a caminar por el centro o los barrios y cada vez que algún viaje se presenta, cerca o lejos, buena parte consiste en recorrer a pie las calles de las ciudades que visitamos. Siempre llevo una cámara de bolsillo, que ocupa poco espacio y es fácil de manipular en momento en que el otro aparece.
"El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse".
David Trueba
Cuando uno se embarca en la lectura de esta extraordinaria novela, se dispone a surcar los mares del amor en donde el deseo trabaja como el viento. El lector no debe temer el encontrarse con un capitán inexperto o bisoño en el manejo de la que es su segunda travesía novelística. Todo lo contrario, viaja con rumbo fijo por un mar donde las descripciones físicas de los personajes, el mundo onírico y sensorial, la mezcla de lo carnal con los sentimientos en muchos casos encontrados, y el uso de un lenguaje elaborado forman un conjunto pintoresco capaz de enganchar al lector nada más dejar el puerto.
El coche llegó a su destino. Al pasar por el frente del Edén vieron allí estacionado el brilloso e imponente Mercedes Benz, regalo a una profunda amistad. El coche dobló por el costado del edificio y paró frente al pequeño boulevard de la fuente. Los pasajeros permanecieron unos segundos sin moverse, en silencio. Pareció que el tiempo se había detenido de pronto para ellos.
Habían venido desde la costa, en un punto confidencial a ochocientos kilómetros de la capital, trazado en secreto de antemano, y luego de bordear el Rio Grande de Punilla al este de la ciudad, el auto que los recibiera había continuado por la elevación entre los dos cerros, El Cuadrado y La Banderita, en el cordón montañoso de Sierras Chicas. El hermoso paisaje, familiar para casi todos los visitantes, estaba empedrado de recuerdos de tiempos mejores antes del desastre total.
Al cabo de unos segundos, los hombres y la mujer salieron a la fresca tarde primaveral de La Falda. Dos de los hombres asieron al tercero por ambos brazos. Era ya menester ayudarlo a andar. El padecimiento de Parkinson pareció haber acelerado su proceso por el estrés de las últimas semanas y durante el difícil vuelo del Arado hacia territorio neutral, bajo el esporádico fuego anti-aéreo. Luego, el encierro obligatorio bajo el mar durante el largo viaje, en proa al Atlántico Sur, había cobrado un poco más de la salud quebrantada del visitante.
Mis manos ensangrentadas. No recuerdo qué ocurrió. Son las siete de la mañana. Me miro al espejo de una habitación que no es la mía; una cama con las sábanas revueltas y ensangrentadas. Un cuerpo de hombre desnudo de voz, de nombre, de futuro. ¿Quién es? ¿Acaso importa si está vivo o muerto? ¿Acaso alguien sabe quién soy? Desconocer es la mejor forma de salvarse de los fantasmas y sus dolores. Me acecha la presencia de ese hombre en una cama cualquiera, también el papá de Laura, mi compañera de clases. En sexto grado, me tocó con sus dedos la vagina, diciendo que lo nuestro era especial. Todos somos especiales también nos recalca la directora de la escuela.
Lavo mis manos. Me visto con mi falda a cuadros, una blusa blanca de botones, mi chaleco y los mocasines negros. Cojo mi mochila. Cierro la puerta, bajo las escaleras. No pienso, solo fluyo. Camino tres o cuatro cuadras hasta llegar a la escuela. Voy al comedor escolar y cojo una cajita de cereal y un vaso de leche. Me siento en el piso a esperar a mi amiga Mita. Llega siempre y comparto con ella la leche, le acaricio el cuello, me mira sonriente y me pasa su cuerpo entre las piernas. Cuando suena el timbre, maúlla y se va. Luego Mita me espera de regreso a casa.
Javier Vásconez es uno de los narradores latinoamericanos que con mayor agudeza ha sido capaz de contaminar de literatura no sólo a lo real sino, lo que es más decisivo, al lenguaje mismo. Sus relatos son precipitados químicos que desencadenan versiones alternas y secuencias interpuestas de la Ciudad, que se bifurca como si creciera en el lenguaje, rehaciéndose entre rutas contrarias y escenarios fantasmáticos. Esa construcción de un ámbito emotivo ocurre como un escenario de Eschner o de Magritte, donde la "mirada oblicua" desata las formas de un relato tácito.
"Un extraño en el puerto", probablemente su cuento más celebrado, se despliega en nuestra lectura como una ciudad de los espejismos. Pocas veces la narración depende tanto de su lectura, como si el cuento sólo pudiese existir en la leve suspensión de nuestro asombro. La mirada palpita en este relato como el eje del claroscuro de una escena ritual y vital, donde se decide el sentido de los comienzos sin final posible, de procesos revelados como rutas de acceso del deseo y su ritual convocatorio.
Hugo Spadafora
bajo la piel del hombre
Amir Valle
Aguilar
683 páginas
2013
El autor Amir Valle, cubano, periodista y escritor, nos ha entregado una "biografía novelada" con la que solventa la dificultad historiográfica, la ausencia de datos y la tergiversación. Con la ayuda de la ficción nos da un hombre de su época (y la nuestra) en toda su dimensión humanista, política y familiar. Aclaremos: no se trata de que la ficción reemplace a la realidad, tampoco que la ficción y la realidad se fundan en una especie de "realismo mágico", no. De lo que se trata es que la ficción entra donde los datos y las informaciones llegan a su límite, es decir, bajo la piel del hombre que ningún registro "objetivo" puede darnos.
Mariel
José Prats Sariol
Editorial Verbum, Madrid
2014
Dieciséis años después de haber escuchado a través de las ondas de Radio Martí la noticia de que la novela Mariel, del escritor cubano José Prats Sariol había resultado finalista del premio Rómulo Gallegos, he tenido al fin la oportunidad de leerla, en esta su versión definitiva.
Comienzo por anticipar a sus futuros lectores que lo ecos de esta original sinfonía perduran —cómo solo sucede con la buena literatura— más allá de la Coda con que cierra. Escrita, siguiendo aquel axioma de Beethoven sobre su método de componer, "teniendo el conjunto ante los ojos", la novela es también el canto a cuatro voces de un país que se desmorona, voces que a veces se nos confunden hasta el punto de no saber si es el autor quien canta, sus personajes —acaso réplicas de sí— o nosotros mismos.
El espacio real de la ficción es Mariel, un pueblo costero al oeste de La Habana que en 1980, por un éxodo masivo de cubanos hacia Miami, "perdió su silencioso trascurrir, dejó de pertenecer a los pueblos anónimos". Qué mejor locación para la historia que el sitio que fue al mismo tiempo escenario y punto de ruptura de una sociedad que estalló sin aviso previo.
Ñ de sonoro latir
Milagros Salvador
Huerga & Fierro
Madrid
2013
Me parece muy peligroso descubrir por qué razones un libro que yo escribí pensando sólo en unos cuantos amigos se vende en todas partes como salchichas calientes.
García Márquez
Si yo no hubiese escrito Cien años de soledad, no la hubiera leído. Yo no leo « best-sellers »,
García Márquez
La obra de Gabriel García Márquez se sitúa en el cruce de dos caminos. Por un lado, en la novelística de la tierra que hasta bien entrados los años 30, casi los 40, tipifica con Ricardo Güiraldes, Mariano Azuela, Rómulo Gallegos o José Eustasio Rivera una crónica de « rebeldía y sumisiones », y que según Rodríguez Monegal alimenta más bien romances que novelas, en cuanto trabajo realista a partir de mitos. Por otro lado, en una novelística que como reacción a esa literatura telúrica (para emplear la expresión tipo), acentúa lo ficticio y la construcción verbal, dando verdaderas « máquinas de novelar » (1) que orquestan y trituran la realidad.
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