El hombre desconocido
Stig Dagerman
Relatos
Nórdica Libros
Páginas 340
Traductor: Juan Capel y Marina Torres
Con los veinticinco relatos que componen esta obra, la dimensión del escritor sueco se arroga la legitimidad póstuma de ser un auténtico acontecimiento literario, a lo que siempre rehusó.
Por más que se esmeraran en los detalles: puertas adornadas con guirnaldas, técnicas de pintura veneciana aplicada en las paredes, pinturas de Botero y cuadros con pinturas surrealistas de Remedios Varo, al lugar no se le podía quitar la sensación lúgubre y fría y al dependiente no se lo podía despojar de esa cara desconcertante de muñeco de cera; entonces Nebrio hizo lo que tenía que hacer en cinco minutos insoportables. Afuera, en la calle, el calor era infernal. Nebrio salió engarrotado como si hubiera sido defenestrado de un páramo; sus pasos eran entonces pesados y su mirada estaba clavada en ellos. Como un ente intentó atravesar la calle, pero sólo el golpe de un auto que lo levantó por los aires lo sacó de su angustia para pasarlo a un estado de ensoñación, tal vez. El dependiente salió rápido esbozando una leve sonrisa. Puso en su regazo a Nebrio, no le inquietó que fuera él, entonces con un formalismo cínico le preguntó que cómo se sentía, Nebrio le respondió: cómo muerto; por lo menos los servicio funerarios los tiene completamente cancelados, le respondió el dependiente, ya puede "irse" tranquilo.
Esta arriba de ese tren pero sabe que no va a ninguna parte, vagamente trata de calmar la soledad con el método que utilizaba su tío después de enviudar por segunda vez a los 85 años. "Contra la soledad del domingo no hay como un viaje en tren" —recuerda con la voz presente de su tío. Se levanta y se dirige al vagón comedor buscando una excusa para estirar las piernas, adelante va una mujer muy agraciada. Al entrar al vagón comedor la mujer casi se tropieza con un hombre que caminaba en sentido contrario sin verla. El hombre observa que de las disculpas ellos pasan casi enseguida a un abrazo. "Sos vos" se dicen, "pasaron 26 años". Como único testigo lamenta no tener mejor oído ni leer los labios. Los reencontrados buscan una mesa, se sientan. El hombre que viaja sin destino los sigue quizá por curiosidad, quizá por darle un acontecimiento rescatable a su vida en este domingo. Encuentra una mesa, puede verlos pero no escuchar. Debe seguir lo que ocurra desde sus gestos.
Los bautiza para poder imaginarlos mejor: él se llama Esteban y ella tiene cara de Lucia. Esteban tiene entre 55 y 60 años. Vive solo o con padres ancianos. Lucía aparenta una década menos que él. No esta sola de hombre aunque la soledad es la sombra de sus pasos.
Se ríen mucho. De pronto Esteban ha recuperado la postura de un hombre joven. "Llevo tu beso perenne en mis labios" quisiera decir Esteban. Ella le toma delicadamente la mano, la acerca a su boca y le besa ese dedo que transporta un hechizo compartido hace muchos años. No, no fueron amantes. Despliegan un cariño que solo puede dar una bella amistad. Hace frío, aun en este comedor donde hay vapores de café y tibiezas de cocina. Esperan el pedido tomados de la mano. Cuando la moza llega a la mesa desprenden sus manos con incomodidad. Después del café con leche aparecen ataduras, dolores expresados en el relato de los rostros.
A Gastón Baquero, una tarde conversando sobre Rimbaud en Alcobendas.
JE FIXAIS DES VERTIGES
Sabía que las nociones siempre son difuminadas, como discutirían los filósofos al recordar a los presocráticos. Sabía que cualquier acontecimiento no era más que una breve iluminación en la noche de Orfeo. Sabía reírse de los absolutos porque la razón –comentaba— nunca ha pasado de extraer usos, costumbres, como ese sombrero suyo que tanto llamaba la atención al fotógrafo Étienne Carjat.
UNE SAISON EN EFER
Arthur pensó que el disparo de Paul en la estación de trenes había sido un nuevo juego, ahora con su muñeca, como de niño en Charleville. Un cuento de hadas persas o un cargamento de armas traficado por el Mar Rojo. El carcinoma o la gangrena hasta la amputación, que su madre, Vitalie Cuif, casi presencia en el hospital de Marsella como otro juego de su niño terrible.
Atenea Cruz (Durango, México, 1984). Cuando niña le dijo a su madre que quería ser escritora y recibió una Olivetti Lettera 32 como respuesta, desde entonces escribe, poesía principalmente. Ha publicado los libros Diario de una mujer de ojos grises (2009) y Suite de las fieras (2012), este último fue merecedor del Premio de poesía "Beatriz Quiñones" 2012; además de un par de libros de cuentos. Ha sido incluida en diversas revistas y antologías de corte local y nacional. Es Licenciada en Letras por la UAZ, se desempeña como profesora y tallerista literaria. Actualmente trabaja en su primera novela
Sí. El encuentro fue inopinado. Ninguno de ellos quería vérselas con nadie. Gabriel se dirigía a la casa a descansar después de haber dictado por hora y media una magistral exposición sobre la teoría de la decisión ante diez alumnos entre economía e ingeniería en la universidad donde se desempeñaba como profesor hora cátedra. El otro, Ernesto, salía de su casa, pues también, de manera magistral, y a pesar de que su trabajo era totalmente nocturno (ya había experimentado durante muchos años trabajando de día), con el tiempo y con toda justificación ya actuaba con la paciencia y el regocijo de un gato satisfecho, además el calor, la vida agitada, los transeúntes y por qué no decirlo, la misma luz solar, le producían alergia. A su manera, también era un erudito en teoría de la decisión sin haber asistido a las magistrales clases del profesor Gabriel; de todas formas, casi a diario, y durante muchos años, los dos todavía, se sorprendían con las demostraciones de los axiomas, corolarios y teoremas que debían sustentar frente a su auditorio. Entonces, Gabriel llegó a su casa. Por su mente no pasaban muchas cosas excepto la actitud parsimoniosa de una de sus alumnas que no mostraba interés en la materia. Tomó un vaso de jugo con un pedazo de torta de naranja, luego se cepilló los dientes y se acostó. Quince minutos más tarde escuchó un ruido en el techo. Pensó en los gatos y Ernesto pensó en que no había porque temer. Gabriel observó el reloj. Eran las once de la noche. Ese gato parecían dos, minutos después era un tropel, hizo un aspaviento, un sshh, el gato se calmó, después sintió que volvía el tropel. De pronto vio un brazo que quería hacerse paso entre los ganchos de ropa que estaban colgando en los alambres del patio. No supo qué hacer, debía tomar una decisión, esconderse bajo la cobijas, volver a hacer sshh, marcar el 123 de la policía nacional, enfrentar a la mano, tirarle una chancla; Ernesto por su parte no sabía si correr, quedarse quieto, hacerse el dormido, el muerto, esfumarse sigiloso por los techos. Prefirió esperar, Gabriel decidió prender la radio y esconderse bajo las cobijas. Ernesto espero, sólo se pudo llevar dos pantalones, dos camisas y un par de calzoncillos que no se sabía si estaban decididamente limpios.
La sequía había provocado una reducción en los niveles de la voz. El silencio fue tal que se cuarteó la piel, la comunicación y las pasiones. Los ojos estaban perdidos, pues las miradas habían huido a otras tierras con mejores pronósticos de lluvia y de presupuestos para cisternas en las que se almacena la querencia. Los habitantes olvidaron la hidratación del deseo hasta tal punto que las lenguas se tornaron diminutas. Una mujer que caminaba con dificultad sintió otra sombra que le acarició el cuello volvió la vista y se topó con la humedad de otra mano en la suya. Un susurro comenzó a subir desde sus labios inferiores hasta su boca. La otra voz besó la suya. Ambas bocas gritaron: ¡Lluéveme! Se abrazaron provocando el trueno más potente nunca escuchado. Chispearon caricias, gotearon besos, los sexos como relámpagos palpitaban encuentros, los habitantes se mojaron de gemidos salpicados de miradas hasta el encuentro de las lenguas y los cuerpos en espirales parieron palabras. Comenzó a llover.
A José María (Chubi) y Jesús (Chu),
en la Plaza de la Estación de Århus.
Hace ya tanto tiempo
Sé que hay gente que vive por ahí en el extranjero por motivos de trabajo. Ha obtenido uno de esos puestos de ensueño como director comercial de una multinacional, diplomático, funcionario, profesor del Instituto Cervantes, corresponsal, qué se yo, algo que cuando se lo cuentan a uno queda impresionado –tal vez acomplejado– y con un poco de envidia: ¡Caramba qué espabilada es la gente ... y qué lista!
Hugo Figueroa Brett.Venezuela 1940. Militar de graduación académica se retira con el grado de Teniente de Fragata. En 1973 gana el premio nacional de cuentos convocado por la Universidad del Zulia con su cuento Metástasis. En 1975 edita su poemario 13 Genital. En 1976 gana el premio nacional de Poesía convocado por La Universidad del Zulia con el poemario Agosto tiene un titulo distinto para mí . Edita su libro Casa de Astrid y casa 1982. Es incluido en una selección de poetas venezolanos en la Revista Poesía del Ministerio de cultura de España (1986). Publica su poemario Scargot en el 2005. Reside en Venezuela.
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