Hugo Figueroa Brett. Venezuela 1940. Militar de graduación académica se retira con el grado de Teniente de Fragata. En 1973 gana el premio nacional de cuentos convocado por la Universidad del Zulia con su cuento "Metástasis". En 1975 edita su poemario 13 Genital. En 1976 gana el premio nacional de Poesía convocado por La Universidad del Zulia con el poemario Agosto tiene un titulo distinto para mí . Edita su libro Casa de Astrid y casa 1982. Es incluido en una selección de poetas venezolanos en la Revista Poesía del Ministerio de cultura de España (1986). Publica su poemario Scargot en el 2005. Reside en Maracaibo Venezuela.
Octavio R. Arroyo, (España-1956). Poeta, escritor, pintor, estudiante de filosfía. Colabora en diversas revistas y periódicos españoles desde 1974.
Selección de poemas por el autor para Aurora Boreal®
Anoche, a la hora en que acostumbraba acostarse, murió la abuela Clara. El reloj indiferente se atrevió con sus diez campanadas.
El mundo de la abuela Clara siempre transcurría en un patio lleno de plantas donde solían germinar sus sueños, para cada otoño barrerlos y dejarlos en un rincón, esperando que pasara la vida. Ella pudo salir de allí solo porque tío Enrique la inmortalizó en una novela. Escribió "El despojo", un clásico de la literatura. Todos sabíamos que los personajes de la novela eran la Abuela Clara y tía Eugenia.
Tía Eugenia, con sus trenzas apretadas alrededor de su cabeza, sus cuellos altos y esa línea fina que salía de su boca hasta casi perderse en los comienzos del cuello. Tía Eugenia tenía los ojos llenos de rencor, no me gustaba mirarla. Ella se vestía con la humillación de los vencidos. De quien guarda todas sus cicatrices ocultas en sus vestidos oscuros.
Pedro Rosa Balda, (Ecuador). Reside en Francia, país en el que ejerce la docencia y la traducción. Es autor de los poemarios "Veladuras" (Editorial "El Conejo" Quito, 2007) y "Uves como cuervos" ("El Ángel Editor" Quito, 2013). Se dedica también a la pintura y a la fotografía.
Pedro Rosa Balda, (Équateur). Poète, peintre, photographe et Professeur. Il réside à Manta et à Paris, ville où il est Professeur d'espagnol et de traduction. Auteur des recueils de poésie Veladuras (Éditions "El Conejo" Quito, 2007) et Uves como cuervos (Éditions "El Ángel" Quito, 2013).
Quelues extraits de son recueil Uves como cuervos :
(traduction de Rémy Durand et de l'auteur)
El viento en tu cara
Félix Terrones
Editorial Nazarí, Granada
Páginas 126
2014
El viento en tu cara es un libro de microrrelatos articulados en tres grandes secciones: "Criaturitas angelicales", "Ellos y ellas" y "Periferias del silencio". En ellas, mediante una forma brevísima, el autor explora los terrenos de la infancia, las relaciones de pareja y la creación literaria. En ese sentido, los textos que conforman el conjunto poseen, cada uno, una autonomía; sin embargo, al mismo tiempo remiten a las inquietudes temáticas y formales de Félix Terrones. Mediante el microrrelato, el cual le permite decir sin hacerlo directamente, utilizar la elipsis, apostar por la brevedad y la intensidad, busca representar, no sin humor, momentos o circunstancias únicos porque sus personajes se encuentran en la frontera de algo. La violencia familiar, los conflictos sexuales, la falta de comunicación, junto con las tensiones sociales y las crisis artísticas encuentran en los textos de Félix Terrones una formulación que busca llevarlas, sin concesiones, al límite.
Ese día de mayo era otra suma innecesaria de días tropezados por angustias. Entre pecho y espalda, desde hacía mucho tiempo, Villalobos sentía un balón que jugaba de manera macabra a inflarse y desinflarse y que por momentos quería cortarle la respiración para dejarle tirado en cualquier lado y morir en público: acto obsceno que no resistía pensar, pues si habría de morir, lo más digno era hacerlo en su casa o en un hospital así fuera de caridad, qué pena con el mundo, qué desfachatez de la muerte ridiculizando lo efímero, dejándole mal parado frente a los demás en vez de conservar su carácter individual e íntimo que su muestra implica. Y es que uno no se puede ir muriendo por ahí como si nada. El mundo, tal vez como siempre, era muy agitado y el tiempo era una repetida y constante entrega de máscaras como si de su ser o bajo su manga mágica salieran cientos de ellas que correspondían al momento oportuno.
El inusual y sinuoso título con el que Susana Camps ha decidido llamar a su primera colección de microrrelatos (Talentura, 2013) es más que una invitación a abrirlo, hojearlo, empezar a leer esas líneas que ha tenido a bien compartir con nosotros, sus lectores. Al mismo tiempo, se me antoja uno de esos misterios a resolver por medio de la lectura de cada uno de sus microrrelatos. Un misterio que la misma autora parece promover si consideramos el pequeño texto que antecede el conjunto de microrrelatos y en el que, jugando a la definición onomástica o la entrada enciclopédica, nos da noticia de qué cosa es el Archipiélago de las Extinta:
"Archipiélago de las Extinta (Del gr. ἀρχιπέλαγος y el lat. exstinctus): conjunto de islas narrativas agrupadas en una superficie extensa, tal vez ilimitada, de literatura. Explorado por primera vez en tiempos de la invención de la tinta, las sucesivas colonizaciones y la llegada del progreso provocaron su transfiguración electrónica. Paradójicamente su fácil localización vía satélite no lo hace más accesible. En la actualidad solo llegan al Archipiélago de las Extinta viajeros con cierta dosis de coraje, ambición y sentido de la aventura".
Por lo general, uno lee un libro y si este lo atrapa siente que le gustaría conocer al autor. A mí me ha pasado al revés. Primero conocí a la colombiana Consuelo Triviño, en Madrid, hace unos años, en casa de la poeta Milagros Salvador, y después leí La semilla de la ira, magnífica novela sobre su compatriota José María Vargas Vila; libro que me impresionó por la cautivante personalidad del protagonista y por su impecable redacción. El talento, la sensibilidad y ¿por qué no? la belleza de Consuelo, eran cualidades que estaban presentes también en su obra escrita.
Tiempo después fui testigo del parto de Extravíos y desvaríos, el conjunto de cuentos que tengo el privilegio de presentar esta tarde. Digo que fui testigo pues el libro se editó en Buenos Aires y yo estaba presente cuando el editor le entregó los primeros ejemplares. Por supuesto, reclamé un volumen para mí y, ya en casa, repantigado en mi sillón preferido, comencé su deleitosa lectura.
El cuento siempre fue, junto con la poesía, mi género predilecto. La novela, como el diamante, puede tener múltiples facetas; el cuento, en cambio, es como una perla, una pieza redonda, perfecta, sin anfractuosidades. Un cuento debe concentrar en una limitada cantidad de páginas o renglones una historia en la que exposición, nudo y desenlace se comprimen al máximo. Mientras la novela permite la divagación, las morosas descripciones, las esporádicas entradas y salidas de personajes secundarios, el cuento exige densidad y síntesis. De ahí las dificultades que implica este antiguo género que algunos despistados, teniendo en cuenta solamente su brevedad, consideran de más fácil ejecución que la novela. Pero, claro está, no basta con exponer una serie de situaciones o peripecias para ser cuentistas; además, hay que ser escritor. Y Consuelo Triviño lo es: escritora en el más exigente sentido del término; escritora de muy elevado nivel.
La escritora Jennifer Thorndike (Lima, 1983), autora del libro de cuentos Cromosoma Z (2007) publica su primera novela bajo el intrigante título de (ella). En (ella) se cuenta la historia de una familia o, mejor dicho, de un fracaso de familia por culpa de la psicología atormentada de la madre quien, después del abandono de su marido, vuelca todo su afecto en sus dos pequeños hijos, dos gemelos, convertidos en sus rehenes emocionales. Temerosa de perderlos también, los educa con una mezcla de sentido del deber y sentimiento de culpa. Por eso, conforme se va haciendo anciana exige cada vez más que sus hijos se ocupen de ella con celo y abnegación, como se les repite una y otra vez a lo largo de la novela.
"Entiéndanlo de una vez. Ahora que su padre se ha ido, ustedes son responsables de mí. Eso es lo que hacen los buenos hijos, sobre todo ahora que estamos solos. Nos tenemos el uno al otro y ustedes tienen que velar por su madre. Ahora es su responsabilidad".
Convertida en una anciana de sesenta años, la hija de dicha mujer se encuentra finalmente enfrentada a la situación que durante varios años, desesperada y arduamente, había estado esperando: el fallecimiento de su progenitora. Así, los pocos días que se interponen entre dicho fallecimiento y la cremación del cuerpo son utilizados por la huérfana en darle rienda suelta al recuerdo y hacerlo palabra, conforme se pasea por las habitaciones de su memoria. Se trata de un recuerdo para nada lineal sino más bien errabundo, caprichoso y tan fugaz como la duración de cada una de las secciones que componen la novela. En él se suceden revelaciones como la homosexualidad de su hermano gemelo, la partida del padre, escenas familiares virulentas y muchos otros acontecimientos que destilan esa esencia de crueldad y malestar en diversas circunstancias y momentos. Con todo, cada retazo de pasado se encuentra, en mayor o menor medida, relacionado con esa presencia ya ausente que es la figura materna. La muerte de la madre es la razón por la cual la narradora e hija ha empezado a juntar los escombros de su memoria, pero es al mismo tiempo la justificación de su esfuerzo por liberarse de ella.
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