... ¿Y cómo fue qué sucedió?
Así como le cuento vecina, fui al Palacio de Justicia y un Fiscal me dijo que podría configurarse un caso, pero lo difícil,-comentó ella con voz desconsolada-, era que habría de sancionar a todas las estudiantes del salón o si no, a las directivas y jefes de grupo de todo el plantel educativo, y es allí donde todo se pude estancar, no prosperaría, dijo él.
¿Y usted qué le respondió, vecina?
¡Qué caso si había, pues mi hija estaba muerta! Entonces que por dónde debía empezar, le dije resuelta. Pues mire señora, me respondió el Fiscal, a su hija la asesinaron muchas compañeras del salón y no se sabe exactamente quienes, así opera el matoneo. Las directivas del colegio dicen que todo ocurrió fuera del plantel y por eso no se hacen responsables de nada y menos del comportamiento de ellas, pues el comportamiento todavía no es una ciencia, es decir, no tiene leyes y así actuaron ellas: sin leyes. Así que lo mejor es retirar a su hija mayor del colegio y enviarla a otro lugar, tal vez fuera del país, para que no corra con la misma suerte. No hay otra salida.
¿Y usted que le contestó, vecina?
Le insistí que él era el fiscal, se lo dije con toda las letras y rechinando los dientes, que él representaba al estado, y si fue en la calle el asesinato, él y todo el corrupto estado tenían que responder; y qué tenía entonces que enviar a mi otra hija al cielo, para donde él mismo debería irse, porque esta vida no tiene leyes, es decir, la vida no es una ciencia, ya que acá pagan, desde Jesús, justos por pecadores: y le disparé en la frente, sin más, sin mediar palabras. Yo no sé si murió, la muerte de mi hija anestesió esos ruines sentimientos de dolor y pesar, ya nada me importa.
Escucho en febril desespero tus indolentes llamadas telefónicas con más odio que pasión; refugiada en la obscuridad, centinela de citas siempre fugaces por culpables. Vagina de mis noches, la obscuridad es mi único testigo; aliada fiel nunca me abandona. Repito y repito la grabación de las llamadas para intentar saber por qué. El eco de la voz que ahí dejaste es más frío que el receptáculo hostal que la recoge. Dice que me ama, pero que hemos terminado; que no me olvida pero que te deje en paz... ¿En paz contigo mismo? No te hallarás a salvo ni de ti mismo. Me pregunto, incrédula y carente de vocación ante el desesperado cinismo del mundo, si esa voz partió de ti, si el oxígeno la modeló y perfeccionó en tu difragma, pulmones y laringe para convoyarla hasta mis tímpanos sin caricia vibratoria.
Argumentas que no puedes seguir hiriendo a tu familia, pero me hieres; me laceras y apartas. Soy un artículo inservible. Eso soy, otra mujer que ha cumplido su función sexual en el ritual misógino y al naufragio emocional es condenada. Así de simple. Deseo hijos e ingrávida me dejas... Sabes de mi devota afición por el oriente y la ridiculizas llamándome "occidental esnobista"; sin embargo, aceptaste la ilusión ceremonial que se te concedió mediante este espíritu abultado en gentilezas. Perdón, el maquillaje se me chorrea... Yo te ofrendé un parto de cariño bellamente depositado. Qué de las reservas electromagnéticas que en ti invertí debilitando mi propio sistema inmunológico. Conoces y olvidas la habitación sagrada donde bañe tu cuerpo de impurezas industriales, del monóxido de carbono aferrado a tu ropa de hombre "civilizado", el alimento puro y orgánico que llevé a tu boca. Estas manos de respladeciente rostro hoy redactan los gemidos que mi corazón les dicta. Pobre corazón el mío que no supo mantener cordura, que desdeñó su empeño en seguir la senda intermedia, en desconfiar de los apegos. Y qué peor apego que el sexo con un amante de hermosos atributos en el ilusorio mundo de la carne...
La acompaño al recital dedicado a excelsos poetas organizado por el sindicato pro rescate del patrimonio literario. Ella leerá un poema de su autoría y otro de López Suria. Llegamos a la actividad no encontramos tantos escritores como esperábamos, sino siluetas que frotan sus propias voces entre las palabras. Me pesan sus silencios sin silencio. Respiro con dificultad y ella me dice que no me apure. Noto que nadie en el lugar tiene ojos. El rostro de ella frente al micrófono llueve sílabas, devora versos, absorbe la sangre de aquellos comunes fácilmente reconocibles en los manuscritos deshojados de cualquier editorial pretenciosamente desconocida. Llueve muerte sobre la muerte. Ellos no reconocen poemas ni autoras, no entienden las palabras, pero uno grita qué bella es esa nena, otro cuchuchea y es amiga de... y palmean borrachos de hormonas e ignorancia. Su voz se agolpa en mis entrañas. Hiede a muerte. Ella me mira, la miro. Nos damos cuenta de que duermen. Ella vuelve al micrófono y lee el segundo. No despiertan, solo aplauden una y otra vez, aunque el despertador les desgarre la sangre. Allí no hay poetas, solo pinceladas de nombres y apellidos. Nos vamos del lugar bajo la lluvia de silencios reciclados. Al volver la vista, los fantasmas siguen aplaudiendo.
Mi Berlín. Crónicas de una ciudad mutante
Esther Andradi
Crónicas
Editorial La Mirada Malva, España.
Páginas 214
ISBN 9788494214639
Fotografía de portada © Mario Vázquez
Diseño de portada La Mirada Malva.
2015
Palomas equilibristas
Marta Leonor González
Edicion bilingüe
Traducción al francés por Any Collin
MEET
Páginas 69
2012
El misterio, y un asombro, no desprovisto de cierto miedo, rodea a esta ciudad poética de Marta Leonor González, que es su libro, "Palomas equilibristas", (Colombes equilibristes), en la certera y exiosa traduccion de Any Collin. Ya desde el primer poema "La rambla", Marta Leonor nos lleva por esa ciudad que nos va sorprendiendo a cada momento, una ciudad que se contruye con el sueño,la imaginación, y la realidad. Una ciudad que se toca y se siente, que se ve con los ojos pero que al mismo tiempo desaparece de pronto para dejarnos en medio de calles, de plazas, de muros, que nos atemorizan y nos atraen, y nos rechazan. Nos niegan.
Majestuosos, solemnes, indiferentes: los leones blancos. Ahí están, de espaldas a los ojos del espectador que los mira curiosos. Son una pareja de leones blancos encerrados en el zoológico. Están al sol, como yo, un sol de cuarenta grados, verano, maldito verano en la ciudad, una ciudad tan encerrada como esos leones, en apariencia sueltos en su lugar redondo, de tierra seca, tan indiferentes a su destino como ella.
Tal vez piensan en sabanas, en lejanas selvas exhuberantes y húmedas, quién sabe.
Tal vez corren un venado, se separan, ella sale a cazar. Meses después la leona ha parido dos o tres hijos. El león escapa de un cazador furtivo y lo celebran. Comen entre los dos, ella y él y los tres pequeños vástagos un delicioso venado. Le han arrancado la piel, la carne, se lo han comido hasta chupar los huesos. Las fieras se relamen de placer. Gozan de la selva, del rocío en las plantas de los pies al caminar, del agua fresca que van a beber a un lago cercano. El león se mira en el espejo acuático, ve dos ojos, una mirada extraña, no sabe o sí sabe que es la de él. No teme. Tampoco sabe que él es un león blanco, una especie distinta, poco común y que algún cazador codicia para lucir su cabeza, su piel en el living de su casa.
Esa pareja de leones blancos mira hacia el otro lado, donde un cerco verde de arbustos y de plantas los separa de otros ojos, de otras miradas. Nadie le puede ver los ojos a ese par de fieras. Un pájaro grita a lo lejos, en una jaula, seguramente un guacamayo o un loro, como sólo puede hacerlo un pájaro tropical. Camino por el sendero de tierra mirando jaulas, animales, monos a los que algunos les dan de comer. Les arrojan alimento que los monos toman, otros, indiferentes como los leones blancos miran hacia arriba, hacia la nada. Silbo a uno de los monos, me mira, parece ciego de no ver, de no importarle, tan habituado está al encierro, a la soledad.
¿Dónde está la salida? de pronto me he olvidado por dónde vine, he olvidado el camino y el mapa. Se va haciendo de noche, pronto cerrarán las puertas del zoológico. Los pájaros han comenzado a cantar y a refugiarse en los árboles, el atardecer siempre tiene ese canto triste y confuso de los pájaros.
Prologo para la edición italiana de: Etnairis Ribera, Ariadna del agua, Brescia: Edibom, 2012.
Ella está ahí. Regia. Intensa. Discreta. Están ella y su hilo. Ella y su Dédalo. Ella y su cuerpo (lozano, feraz). Se materializa y desmaterializa. Ella, Ariadna, está ahí. Sola, de soledad humana. Ahí están Ariadna y su fuego. Sin Apolos ni Centauros. Ella y su viento. Sin Dionisios ni Aquerontes. Ella y el mar (esa lejanía azul). Ella y el fuego. Ariadna cabalga en potro de nácar. Ella y su hilo de oro. Sí. Ahí están Ariadna y la tierra. Su tierra de fuego. Ariadna unge el hilo en su Centro. Ariadna está, ahí, sentada en la arena dorada. Tendida en el acantilado de oro. Ariadna y su doble herida (la del alma, la del bajo vientre). Teseo se desdibuja en el horizonte. Las jarcias albas colman la ausencia. Sin Ulises ni Dionisio. Ariadna ¿o Afrodita? Sin Ateneas ni Heras (manzanas de la discordia). Ariadna acoge un mástil en el arquitrabe secreto (su selva profunda). Y saborea su elíxir. Ella es materia y sueño. Historia y leyenda. El laberinto no es un entrecruce de vías falsas (sólo una espiral). A través de ésta logra regresar (evitando el centro). A Ariadna la obsesiona su boca, la de abajo. Ésta imanta al minotauro (¿el de Picasso o el de Homero?). El minotauro se sacia en esa fuente. Ariadna es ostra, himen y ombligo. Ariadna es serpiente, tiburón y delfín. Él, innominado, es jaguar, tigre y leopardo. La esfinge la sueña. Las Pléyades la plañen. Ariadna no llora (tampoco a los héroes de otra patria). Las Pitonisas la obcecan. ¿Y Paris? ¿Y Venus? Quizás se hallen en Creta. Y ¿Ariadna? Quizás cante en las arenas doradas de Naxos. Quizás dance entre las piedras de San Juan, Siracusa o Nikos. O sueñe, en el mundo, mientras abre su cuerpo. O muere, en la gruta, mientras se concede al mástil de plata . Éste corona su cuerpo. Los amantes levantan, con sus lenguas, las posible geografías del deseo...
Prologo para la edición italiana de: Etnairis Ribera, Ariadna del agua, Brescia: Edibom, 2012.
Ella está ahí. Regia. Intensa. Discreta. Están ella y su hilo. Ella y su Dédalo. Ella y su cuerpo (lozano, feraz). Se materializa y desmaterializa. Ella, Ariadna, está ahí. Sola, de soledad humana. Ahí están Ariadna y su fuego. Sin Apolos ni Centauros. Ella y su viento. Sin Dionisios ni Aquerontes. Ella y el mar (esa lejanía azul). Ella y el fuego. Ariadna cabalga en potro de nácar. Ella y su hilo de oro. Sí. Ahí están Ariadna y la tierra. Su tierra de fuego. Ariadna unge el hilo en su Centro. Ariadna está, ahí, sentada en la arena dorada. Tendida en el acantilado de oro. Ariadna y su doble herida (la del alma, la del bajo vientre). Teseo se desdibuja en el horizonte. Las jarcias albas colman la ausencia. Sin Ulises ni Dionisio. Ariadna ¿o Afrodita? Sin Ateneas ni Heras (manzanas de la discordia). Ariadna acoge un mástil en el arquitrabe secreto (su selva profunda). Y saborea su elíxir. Ella es materia y sueño. Historia y leyenda. El laberinto no es un entrecruce de vías falsas (sólo una espiral). A través de ésta logra regresar (evitando el centro). A Ariadna la obsesiona su boca, la de abajo. Ésta imanta al minotauro (¿el de Picasso o el de Homero?). El minotauro se sacia en esa fuente. Ariadna es ostra, himen y ombligo. Ariadna es serpiente, tiburón y delfín. Él, innominado, es jaguar, tigre y leopardo. La esfinge la sueña. Las Pléyades la plañen. Ariadna no llora (tampoco a los héroes de otra patria). Las Pitonisas la obcecan. ¿Y Paris? ¿Y Venus? Quizás se hallen en Creta. Y ¿Ariadna? Quizás cante en las arenas doradas de Naxos. Quizás dance entre las piedras de San Juan, Siracusa o Nikos. O sueñe, en el mundo, mientras abre su cuerpo. O muere, en la gruta, mientras se concede al mástil de plata . Éste corona su cuerpo. Los amantes levantan, con sus lenguas, las posible geografías del deseo...
Estoy a punto de saltar al abismo. No entiendes que no puedo explicarte que soy torpe, por eso perdí el camino hacia nosotras. Aquí arriba, tu recuerdo me entierra silencios en la piel. Allí abajo, tu voz me desliza hacia el abrazo del viento. Y es que la soledad tiene el sabor del salitre impregnado en mis dedos luego de nuestro último encuentro. El suicidio es solo un proceso de quitarse los viejos disfraces y desnudarme de lo que nunca debí ser. Para ser tuya, tengo que dejar de ser mía. Trato de lanzarme al vacío, pero ya no tengo pisadas. Me desmiembro mientras deletreo tu nombre. Solo así convertida en una sílaba, en la última caricia podré salir de este pedazo de cuerpo que me queda y brincar hacia ti. Poco a poco voy cayendo, finalmente ya no soy. Somos.
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