caminas de madrugada por la ciudad silente. otra noche en la que no pudiste decirle la verdad a tu pareja, recuerdas que le dijiste al vagabundo que no tenías nada que darle, pero tienes un bocadillo en la mochila y lo echaste a la basura al llegar al bar, te cambiaste de mesa porque no querías beber cerca de la dominicana, encuentras en tu celular una foto de aquella mujer a la que atropellaste y huiste del lugar, sales del lugar le das una patada a un gato que ronda la alcantarilla porque... ¿por qué no? al volver la vista te diste cuenta de que no tenía ojos. cruzas la avenida, otros dos, tres o cuatro sombras apestosas salen del basurero, lo más seguro son tecatos de mierda, piensas. te tocan el hombro al volver la vista notas que sus miradas son vacíos que manan un líquido acre y de los que brincan diminutos individuos. corres. te golpean, te arañan te muerden. corres. siguen ahí, ya no puedes verlos, pero muerden tus pisadas. esos pequeños seres que brotan de los sin ojos, se esconden entre los pliegues del miedo. escuchas dentro de tu piel muchas voces hablando a la vez. llegas a tu casa, asqueado, asustado, en fin, hecho mierda, te miras al espejo y puedes ver cientos de diminutos ojos incrustados en tu pecho. tus cuencas ahora están vacías.
Ana María Fuster Lavín. Puerto Rico 1967. Es escritora, editora, correctora, redactora de textos escolares y corresponsal de prensa cultural. Libros publicados: Verdades caprichosas ( 2002), cuentos, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Réquiem (Ed. Isla Negra, 2005), novela cuentada, premio del PEN Club de Puerto Rico. El libro de las sombras (Ed. Isla Negra, 2006), poemario, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Leyendas de misterio (Ed. Alfaguara infantil, 2006), cuentos infantiles. Bocetos de una ciudad silente (Ed. Isla Negra, 2007), El cuerpo del delito (Ed. Diosa Blanca, 2009), poemario, y El Eróscopo: daños colaterales de la poesía (Ed. Isla Negra, 2010), poemario, Tras la sombra de la Luna (Ed. Casa de los Poetas, 2011), recientemente publicó su primera novela (In)somnio (Ed. Isla Negra, 2012).
Esos pequeños seres diminutos enviado a Aurora Boreal® por Ana María Fuster Lavín. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ana María Fuster Lavín. Foto Ana María Fuster Lavín © Ana María Fuster Lavín.
Leyendo el libro El sicario en la novela colombiana del profesor y escritor Óscar Osorio me asaltó una pregunta: ¿Cuál es mi relación con el personaje que es objeto de estudio de esta investigación? Mi respuesta fue categórica y contundente: No tengo ninguna relación y no quiero tenerla. Sin embargo, la pregunta siguió dando vueltas en mi cabeza a medida que avanzaba en la lectura y hallé en mi memoria un suceso nefasto: en la mañana del 13 de agosto de 1999 murió asesinado por sicarios Jaime Garzón a unos pocos metros de este lugar. Él era un hombre al que consideraba altamente valioso y necesario para esta sociedad. A este doloroso recuerdo se sumaron las imágenes que comparto con ustedes como colombiano: el asesinato de Galán, de Lara, de Bernardo Jaramillo, Pizarro, entre muchos otros. Comprendí entonces que lo categórico y contundente de mi respuesta obedecía a un profundo rechazo por este personaje y su actuar en la sociedad. La respuesta entonces comenzó a variar: Sí tengo una relación con el personaje de las 7 novelas que son el corpus de estudio del libro El sicario en la novela colombiana.
La violencia es un fenómeno que ha hecho parte de la constitución de las sociedades americanas y que aún permanece con una increíble ferocidad en algunos países de este continente. Las guerras intestinas entre las distintas tribus que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos explica, en gran medida, el éxito de la Conquista. La Colonia, los procesos independentistas, la constitución de las naciones estuvieron atravesados por una constante confrontación armada. Pero esto no es una novedad, la constitución de las naciones en todo el mundo se cimentó siempre sobre múltiples violencias. Sin embargo, en algunos países de América Latina la violencia se renueva con igual o mayor ferocidad.
El caso de Colombia es especialmente dramático. Desde el siglo XIX hemos tenido tres períodos de violencia generalizada: las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, la Violencia política de mediados del siglo XX y la violencia actual, que no ha menguado desde los años setenta del siglo pasado. Aunque entre uno y otro de estos períodos ha habido años de tranquilidad o las expresiones de violencia que pervivían se restringían a ciertas regiones, los colombianos (y esta parece ser una percepción compartida por el resto del mundo sobre nosotros) tenemos la idea de que la violencia permanece de manera ininterrumpida desde el siglo XIX, que la violencia es una y la misma desde siempre, que somos un país esencialmente violento. Sin embargo, un análisis de la violencia en Colombia nos permite concluir que las violencias de estos periodos son distintas, que, aunque tienen vasos comunicantes, son expresiones de realidades socio-políticas diferentes y que la violencia no es una condición de la sociedad colombiana.
Estos tres escenarios de violencia generalizada han generado una ingente literatura que procura la denuncia y/o que intenta registrar o testimoniar el fenómeno y/o que intenta comprenderlo. Por la intensidad y la permanencia en el tiempo de la violencia, este es el tema sobre el que más se ha escrito en Colombia. En el caso particular de la literatura, se ha abordado ampliamente desde todos los géneros: poesía, teatro, cuento, novela, ensayo. Pero es, sin duda, en la novela donde el tema ha hallado su terreno más fértil. Sobre los tres períodos de violencia generalizada ha quedado una ingente literatura: sobre las guerras civiles del siglo XIX, se han recuperado decenas de novelas olvidadas; sobre la Violencia política de los años cincuenta al sesenta, se han examinado más de cien; sobre la violencia de las últimas cinco décadas, también se conocen varias decenas, entre las cuales, la novela atinente a los fenómenos del narcotráfico y el sicariato cuenta con cerca de cincuenta obras.
1. Un entorno violento
No es fácil crecer en un entorno violento y, mucho menos, quedarse a vivir en él. Éste es el mayor drama colombiano del siglo XX. En tiempos recientes, uno de los factores que más ha determinado esta violencia es la búsqueda de ascenso social a través del narcotráfico. Y como ningún rincón del país permaneció ajeno a este conflicto ―ni a sus cotidianas tragedias―, la región del Valle del Cauca también se vio envuelta en dichas dinámicas. El ascenso propiciado por este comercio ilegal siempre fue rápido y violento. Para los años 90, la producción de esta industria criminal ya no fue sólo de marihuana; también se había iniciado el negocio de la cocaína, la cual terminó siendo mucho más apetecida y costosa. Y a medida que se hacían más conocidos y deseados estos productos en el mercado internacional, las guerras por territorios y poder azotaron el país con mayor crueldad.
En muy poco tiempo, muchos habitantes del lugar donde se instaurara este negocio estaban inmersos en él, muy especialmente los jóvenes de poblaciones marginales. Asimismo, se dio vida al Patrón, un siniestro personaje encargado de manejar la empresa. Su nombre debía ser precedido por la palabra "don", debía estar acompañado por más de dos guardaespaldas; era quien ―según la axiología de este submundo― tenía derecho a la compañía de las mujeres más bellas, las más grandes casas y el mayor respeto en la comunidad; era quien manejaba el dinero y, por esto, a quien se debía obedecer. Por tanto, el deseo final de estos jóvenes era el de llegar a encarnar el Patrón. Este funesto matrimonio entre poder y crimen adoptó la juventud de aquella época, y la condujo a destinos tan rentables como sangrientos.
Hemos de tener en cuenta que, antes de iniciar su recorrido en aquellos caminos criminales, estos jóvenes han sido el objeto de diferentes violencias, las cuales pasan por la exclusión y el abuso. Con frecuencia, su infancia ha sido arrebatada, han dejado atrás su niñez y los juegos inocentes sin siquiera conocerlos. Esta infancia en condición de víctima es la predecesora de la adultez victimaria. A continuación analizaremos esta particular situación social en la novela Nadie es eterno (2012), de Alejandro José López.
Nadie es eterno transcurre en el año de 1990, en un municipio del Valle del Cauca: Tuluá. Los paisajes de esta población y sus alrededores se recorren en esta obra a través de las voces de sus habitantes. Por su parte, los personajes que atraviesan el libro lo hacen por medio de historias y anécdotas que llegarán a cruzarse en algún momento del relato. En éste encontramos expuestos el temor, la venganza y el amor vividos en aquella época caracterizada por la violencia y el negocio de las drogas.
Entre los personajes protagónicos hallamos a aquel que nos dejará ver de cerca la realidad del momento, Pacho Tiro. Su verdadero nombre es Francisco, aunque siempre será conocido por su sobrenombre. Éste se debe al diminutivo familiar que recibió en la infancia, Pachín. Sin embargo, al llegar a la juventud e iniciarse en el sicariato, los otros personajes de su entorno deciden tener en cuenta su buena puntería al momento de apodarlo; por lo cual se le atribuye, además, el Tiro. Al saber ―o creer― que él ya no es un niño, dejará entonces de ser Pachín; ahora se vuelve Pacho: Pacho Tiro. Este joven sicario será el encargado de ayudarnos a entender una vida impregnada por la mafia y por la barbarie que desencadena.
La historia de esta novela está contada a través de cuatro narradores independientes, cada uno con su voz particular. Éstos se alternan y comparten el mismo nivel de importancia a lo largo del texto. En primer lugar nos topamos con Pacho Tiro, nuestro personaje, quien nos revela sus percepciones, sus opiniones y su accionar ―es de esta forma como se cuenta la historia del victimario y el ejercicio del crimen―. Después aparece aquella voz que nos refiere unas breves postales, la cual nos describe los paisajes hermosos y mortales que rodean a Tuluá. El tercer narrador funciona como una especie de vox populi que hace uso del chisme y, aunque se enfoca la mayor parte del tiempo en el accionar del otro protagonista ―Rafico―, es ésta la voz encargada de darnos a conocer la transición que vive Pacho Tiro entre su niñez como víctima y su adultez como victimario. Por último tenemos a un narrador en tercera persona, quien se enfoca en Alba Matienza ―la bruja del pueblo―, su hijo Alberto y sus amigos.
La epifanía del rostro como rostro abre hacia la humanidad
Emmanuel Levinas. Totalidad e infinito
¿Dónde los muertos? ¿A dónde fueron aquellos que vimos partir ? ¿Cuál fue su último rostro, las últimas palabras? A veces, vemos reaparecer rostros amados, desaparecidos, cuyo recuerdo ancla profundo en nosotros. Nos sonríen, surgen en el momento menos esperado, en un reflejo, en un momento de ausencia, saltan sobre la espalda, en sueños nos aconsejan, reaniman en momentos de desaliento. Los muertos nos acompañan, pero su ausencia ha transformado los lugares donde la amistad creció. Un vacío inmenso metamorfosea la ciudad. Los recuerdos felices no forman sino una caja de melancolía, deambulamos en su búsqueda a lo largo de un corredor deshabitado y oscuro. Caminando por las ciudades, rápidamente no vemos más que ese vacío, rostros que se cruzan en un banco de niebla espeso, ruidos apagados por pensamientos perdidos que resuenan en el espacio, y poco a poco nos damos cuenta que ese encuentro, cara a cara, para siempre está perdido– salvo acaso en la mirada fija de una fotografía. En esos largos momentos de vagabundeo creemos reconocer rostros que parecen mirarnos, o llamarnos, pero que no conocemos. Y cómo nos desestabilizan, pese a que no cesemos de buscar su aparición. Esa familiaridad de la mirada, la impresión de lo ya visto es acaso el signo lejano de un muerto que no vimos partir, un lazo familiar suspendido entre los muros del tiempo que renace en un nuevo rostro, no del todo desconocido.
*****
No corrían buenos tiempos para Martín. De pronto sus planes se desbarataban como un castillo construido en la arena, como una casa puesta a volar por vientos inmisericordes o como un automóvil arrastrado a la cuneta por el vendaval. Había sido demasiado ingenuo al invertir en un negocio tan riesgoso como los mariscos, trayéndolos de un lugar a donde el avión no vuela regularmente, confiado en que los amplios intervalos podía subsanarlos empacando cantidades mayores a los que un buen cálculo aconsejaba. Estaba además, de por medio, la apuesta con Diego de que en cosa de cinco o seis meses la empresa estaría a flote, y él, el nuevo empresario, sería la portada de la revista de negocios editada por Semana. Una apuesta que, al perderla, se le llevó una significativa tajada de sus activos, calculada por encima de los cincuenta mil dólares. Igualmente iluso había sido al enamorarse de Karim, la sueca cuyo desenfado sexual, Martín confundió con el verdadero amor. Cualquier día, loca como era, echó en un bolso las joyas que le había regalado su novio y se fue a México donde, como se lo explicó por teléfono luego, quería llevar vida de santa.
Tanta mala suerte, Martín quiso conjurarla con Bourbon y antidepresivos hasta casi convertirse en un deshecho humano al que le huían hasta las moscas. Tenía treinta años y aunque la vida todavía era cosa nueva, sentía que estaba acabado.
Francisco Manuel Cienfuegos. España, 1963. Poeta socializao en Alemania. Además es Doctor en Ciencias de la Educación. Ejerce como profesor de pedagogía y psicología en Francfort. Ha publicado Interdisziplinäre Kooperation und schulische Integration in Spanien (Cooperación Interdisciplinar e Integración Escolar en España), Peter Lang Verlag, 1999 y Viaje al fin del recuerdo (prosa lírica y poesía), Editorial Carena, 2015.
Alcobas licenciosas
Walter Garib
Romance erótico
Edición Digital
Páginas 274
2015
"El asunto consistía en desnudar las intimidades guardadas en la buhardilla del escrúpulo. Dentro de baúles atosigados de recuerdos. Exhibirlas. Mostrar los paños del pudor. Atreverse a confesar en detalle las experiencias fuesen o no escabrosas. Sin ningún doblez ni rubor, describir lo que ocasiona zozobra, voluptuosidad, miedo a expresar hechos del pasado, en cualquier sentido, sin importar el sonrojo".
Así comienza su relato Edgar Torrealba, protagonista de Alcobas licenciosas, libro publicado por Edición Digital, quien a través de la narración de su vida en la casa de las hermanas de su padre, con la historia de Chile como marco sutil, nos va contando como fue su despertar sexual en manos de la empleada de la casa.
Dionea
Julio Olaciregui
Mitonovela
Páginas 293
2005
Hay un fondo de mitos, de registros míticos, que están a la disposición de todos aquellos que entran en la historia americana de sus llamadas poblaciones "originales", deportaciones y emigraciones. Y es que el continente americano, el mundo, es un depósito maravilloso de mitos, un depósito que se resiste tenazmente a desaparecer, a pesar que el programa de la Ilustración - Horkheimer y Adorno - consistía en limpiar el mundo de mitos. Es este punto particular que resalto aquí en la novela, porque está en el justo medio de una narrativa que juega o cruza el mundo mítico y racional. La novela -por propósito y técnica- se propone como una composición fragmentaria, proyecto propio de la novela moderna desde un James Joice hasta un Julio Cortázar, y renuncia conscientemente a dibujarnos un todo, una intriga lineal que lo organice. Además, dentro de ese proyecto fragmentario, es evidente la formación del autor, sabemos que por sus lecturas se ha abrevado de Barthes por su intertextualidad, de Derrida y Levi-Strauss por su referencia a la escritura y de toda la novelística moderna. Es decir, no es un autor ingenuo, sino que está precisamente marcado por todo un aparato teórico que le permite construir esa narrativa fragmentaria, donde se nota incluso la presencia de un Nietzsche en la clásica división que éste hace en el Origen de la Tragedia entre el mito dionisiaco y apolíneo y, en este sentido, su personaje principal Dionea (que es el título de la novela), una diosa pre-homérica, es inscrita en esta tradición moderna de pensamiento y de arte que resalta lo fragmentario, el placer, lo sexual y lo arrollador de todo control: el impulso dionisiaco.
Página 64 de 152