Fue hasta la cocina desplegando la mayor parsimonia posible. Se sirvió un vaso de agua y con la misma lentitud regresó al living; se sentó frente al letrero. Con amargura, experimentó la misma zozobra de tantas experiencias anteriores. Lo que había sido tan firme e inexpugnable en un momento, comenzaba a tambalear en el siguiente. Seguramente habría un rincón muy poco iluminado de su mente que pergeñaba los trucos más avezados y cuando menos lo esperaba se encargaba de arrojárselos vestidos de dudas en medio de su conciencia. ¿Bastaba ese solo enunciado para dictaminar de manera definitiva la no existencia de Amanda?
Carente de toda explicación, podía prestarse a equívocos. No faltaría quien lo leyese como una especie de imperativo, como un artículo de fe o un grito desesperado. ¡Amanda no exista! "No existe", repitió para sí. El indicativo estaba expresando claramente un hecho real: no existe. ¿O simplemente quería expresarlo? ¿Quedaba la decisión, después de todo, a juicio del espectador? Finalmente se resolvió por creer que el letrero era suficientemente explícito por sí mismo y dejarlo solo en la pared desnuda. Se trataba más bien de un memorándum, recapacitó, y por cierto que de uno muy necesario, como pronto habría de comprobar.
I – Argumentum ad feminam
Durante los primeros días se pasaba horas enteras frente a él, sobre todo los fines de semana, cuando podía disponer a gusto de su tiempo. Por momentos era como si su mente se quedara totalmente en blanco, fascinada por la evidencia devastadora de ese mero enunciado. Entonces le costaba volver a la presencia. Como si retornara de paisajes desconocidos, comenzaba a divagar con elucubraciones imprecisas hasta que al final venía a dar de vuelta consigo mismo y las cosas que lo rodeaban. Allí estaba, era él, en el departamento de la calle Talcahuano, junto a sus libros y sus discos. Poco a poco comenzó a sentir que le faltaba cuando se preparaba algo de comer, cuando utilizaba la sala de baño o cuando se echaba en la cama. Decidió entonces hacer un letrero igual para cada una de las habitaciones que ocupaba. Cuando se despertaba era lo primero que veía, y lo último también cuando se estaba por dormir. Mientras se lavaba los dientes, se preparaba un sándwich o alguna bebida, su vista permanecía fija en esa irrebatible verdad.
A pesar de todo, demasiado a menudo le sucedía que, distraída su atención en algún recuerdo o alguna fantasía, su pensamiento retornaba involuntariamente a alguno de los tantos lugares que habían frecuentado juntos, alguna milonga de Yupanqui que habían tratado de aprenderse de memoria, alguna melodía cantada por el polaco Goyeneche, algún texto de Arlt o de Cortázar, de Camus o de Hölderlin, alguna frase memorable de los Luthiers o de la colección de la revista Satiricón, heredada de su tío. ¡Cómo borrar de un manotazo tanta memoria! ¡Cómo echar tanta belleza al olvido! Entonces, inesperadamente, lo asaltaba la sospecha de que Amanda estuviese existiendo en algún punto desconocido del universo. En esos casos cerraba los ojos y recapitulaba de memoria los argumentos más importantes que demostraban su no existencia y recuperaba poco a poco la calma.
Pero las dudas no cesaban. Por el contrario, aumentaban día a día y llegaban a sorprenderlo en situaciones de lo más insospechadas. De modo que se decidió a inventariar las refutaciones más contundentes de la existencia de Amanda y dejarlas expresamente escritas al alcance de la mano. En el living, que hacía también las veces de escritorio, había lugar suficiente como para ir añadiendo fichas por debajo del letrero, con un sucinto resumen de cada razonamiento que le sirviera de ayuda a su memoria. Sólo se trataba de la redacción final de aquellas reflexiones que había realizado cientos, miles de veces. Sin embargo, tuvo que constatar que la tarea de formalizar un argumento para que quede expresado de manera clara e irrefutable no tenía nada de sencillo. Cada sentencia que se le iba ocurriendo se le volvía dudosa de inmediato o, en caso contrario, tan banal que parecía tonto tener que escribirla. Pero ya se había resuelto a hacerlo, de modo que comenzó a anotar pensamiento tras pensamiento en una larga fila de tarjetas que iban reflejando su estado de ánimo interior y contenían expresiones de lo más dispares, tales como:
–La existencia es un privilegio. El número de seres posibles que no llegan a la existencia es infinitamente mayor que el limitado número de los elegidos.
–Una mujer que te promete su amor para siempre pero que está dispuesta a romper su juramento ante la primera catástrofe sentimental, no es digna del privilegio de existir.
–Fidelidad significa bastante más que acceder a mantener una relación íntima con una persona siempre y cuando no aparezca otra que sea capaz, por su sola presencia, de destruir todos aquellos lazos que fueron creciendo y afianzándose con el correr del tiempo.
–Una mujer que dice estar enamorada perdidamente de vos y nada más que de vos pero que te abandona justamente en el momento en que más la necesitás es una mujer inexistente.
–Todas las muestras de cariño que nos dimos no fueron tal cosa, sino la torpe insinuación de que muy adentro nuestro resonaba una palabra o reverberaban las líneas de un texto en una lengua desconocida que éramos incapaces de traducir.
–Hay un desfasaje nefasto entre la expresión serena y noble de un par de ojos claros y el abismo tenebroso desde el cual se hacen presentes y al que más bien encubren que develan.
–No hay sentimientos inexpresables, lo que hay son expresiones sin sentimiento.
–La belleza de un rostro o de un cuerpo puede abrigar los monstruos más deleznables. Tal vez exista una ley de proporcionalidad, desconocida para nosotros, entre el brillo enceguecedor de la belleza y la abyección de los sentimientos que la sustentan.
–Lo que llega a la superficie es meramente el espejo, es decir, la imagen perfectamente invertida de la profundidad.
El vigor casi eufórico con que se sentaba a redactar estas sentencias después de luchar consigo mismo, a veces durante horas, por descender hasta lo más profundo de su contenido y develar su sentido verdadero para luego volver a la superficie y expresarlo con claridad, le duraba bien poco. Ya a la mañana siguiente solía sentir un amargo desencanto al tenerlas de nuevo frente a sí. A poco que pasaba el tiempo, advertía en cada una de estas observaciones una irrupción relativamente casual de sentimientos, insuficiente para convencer a nadie, ni siquiera a él mismo, de la inexistencia de Amanda. Muchos de estos borradores los rompía apenas acababa de escribirlos e iban a parar definitivamente al cesto de papeles. Otras veces, cuando regresaba del trabajo, sentía una decepción tan tremenda por lo débil y poco convincente de sus pensamientos que arrancaba hileras enteras de fichas y les prendía fuego. Le resultaba inocuo arrojarlas simplemente al cesto con los demás papeles después de haberlas elevado a la categoría de sentencias o aforismos. Temía arrepentirse de su destrucción y, teniéndolas a mano todavía, rescatarlas en cualquier arrebato de debilidad para volver a someterse al mismo martirio. La obra del fuego, en cambio, era irreparable. Sin embargo, al día siguiente, solía lamentarse de ello y se dedicaba a reeditar las ideas que con más firmeza se le habían grabado en la memoria.
De este modo fue ganando la convicción de que era preciso establecer un argumento único, que bastase por sí solo para demostrar de una vez y para siempre contra toda realidad que Amanda no existía. Se entregó a esta tarea sin descanso hasta conseguir elaborar, al cabo de varias semanas, una secuencia argumental irrebatible, tan corta y contundente que serviría para convencerse a sí mismo y a cualquier otra persona que, libre de prejuicios y del tiránico poder de la costumbre, estuviese dispuesta a plantearse con todo rigor la pregunta por la existencia de Amanda. El resultado de tales elucubraciones fue el siguiente:
La existencia de algo o de alguien sólo puede conocerse por la experiencia y se fundamenta en un dato empíricamente verificable por medio de los sentidos, ya se trate de la presencia real de la persona o cosa en cuestión, o de algún signo perceptible para nuestros órganos sensoriales que indique inequívocamente que aquélla es su autora o que dependa de tal manera de la misma que no pueda existir si ella no existe también.
Pero esto no sucede con Amanda. Ni se encuentra ella misma en nuestro universo ni tenemos noticia de algún indicio que sólo se pueda explicar por su existencia.
Ergo...
No viene a cuento enumerar cada uno de los pasos que lo llevaron a esta formulación. Baste con mencionar que quedó completamente exhausto y que por unos días consideró satisfechas todas sus dudas. El argumento le parecía coherente en sí mismo y concluyente con toda la fuerza posible de la lógica. Si fuera así, habría logrado espantar para siempre con el mero razonamiento los fantasmas de la realidad. Sintió deseos de corroborar esta impresión con el juicio de algún espectador imparcial, pero todavía no se atrevía a hablar con nadie sobre él. Desde su ruptura con Amanda no solamente había interrumpido su carrera de licenciatura en filosofía, sino que también había dejado de frecuentar el círculo de amigos mutuos y compañeros de estudios. Pensaba que era mejor no volver a verlos hasta no haber recuperado un mínimo de estabilidad sentimental. La empresa de convencerlos justamente a ellos de la no existencia de Amanda se le hacía grotesca y condenada irremediablemente al fracaso. Todos seguirían creyendo firmemente en la muchacha con la más ingenua naturalidad, no cabía ninguna duda. ¿Qué motivos podrían tener para ponerla en discusión? A algunos los consideraba demasiado superficiales como para tomar en consideración sus opiniones. "Que vivan felices con su fe, si para ello la necesitan," se decía. Otros le daban un poco de pena y mantenía la secreta esperanza de poder convencerlos de la verdad en un futuro no muy lejano. Le bastaría con que asintieran a la fuerza demostrativa del argumento mismo, sin necesidad de que se mencionase el nombre de Amanda en la conclusión. No tenían por qué enterarse de que se trataba justamente de ella. Pero para eso había tiempo todavía. Por el momento no tenía a nadie con quien conversar sobre esas cosas.
La culpa era suya, no pretendía negarlo. Había cortado las relaciones con todo el mundo de forma abrupta y sin dar explicaciones. La noche que rompió con Amanda anduvo vagando sin rumbo fijo por calles y parques hasta el amanecer; desde allí se fue directamente al trabajo. Por la tarde no fue a la facultad, sino que se puso a vagar igual que la noche anterior. La tarde siguiente hizo lo mismo. Y la siguiente, y el fin de semana. Por último decidió no aparecer más por la universidad y dejar de ver a sus amigos. No quiso irse a casa de sus padres, que vivían a varias horas de la capital. Hubiera significado reconocer una derrota demasiado desagradable y que no tenía nada ver con el problema de fondo, habida cuenta del poco entusiasmo con que ellos habían aceptado su decisión de dedicarse justamente a la filosofía, una profesión sin perspectivas económicas serias. Sólo les comentó que había interrumpido sus estudios por un tiempo y quería dedicarse de lleno a su trabajo de empleado bancario con el que los venía subvencionando y en el que había posibilidades concretas de progreso. Por su intermedio obtuvo la anuencia de su tío para alquilarle por un precio irrisorio el departamento que tenía en la calle Talcahuano cerca de Charcas, y que estaba en desuso desde que se mudara definitivamente al interior hacía algunos meses. La mitad del departamento la tenía a su entera disposición. A la otra mitad tenía acceso en caso de necesidad. Comenzó a hacer horas extras y desplegar una actividad febril en el banco. Pero todo el contacto que tenía con sus compañeros de trabajo se reducía a cuestiones estrictamente laborales y dentro del horario de oficina. Se sometió desde entonces a un aislamiento tan severo que a veces sentía miedo de sí mismo. Del banco volvía a su casa para sumergirse en su soledad, escuchar música, leer y recordar a Amanda.
No podía olvidarla un solo instante. Por eso resolvió decretar su no existencia. Amanda no existía. No había existido nunca ni iba a existir jamás. Era inexistible. Eso era un hecho. La cuestión era convencerse de ello. Y al final lo logró, después de semanas de luchar consigo mismo. Lo logró. Bueno, es una forma de decir. Se trataba apenas del primer paso, pero del más importante, sin duda. Una demostración meticulosa y razonada. El próximo tenía que ser el olvido total... o algún otro paso intermedio. La necesidad de tener que ser completada por elucubraciones ulteriores para llegar a la meta final no menoscababa la contundencia de la demostración. Sólo le faltaba ser corroborada por el juicio imparcial de otra persona. ¿Pero de quién? Esteban se había quedado completamente solo en Buenos Aires.
II – Un nombre vacío
A su equipo de trabajo en el banco se había incorporado no hacía mucho tiempo un tal Tobías, recién llegado del Sur. Desde un comienzo el muchacho había despertado su estima, tanto por su trato afable y respetuoso como por la serenidad con que encaraba las dificultades y la seriedad con que se desempeñaba. Tobías debía tener más o menos su misma edad, veintidós o veintitrés años, también él había interrumpido una carrera de humanidades, la de letras, para ganarse el pan con una actividad presumiblemente más lucrativa. A su espíritu crítico innato aunaba una erudición poco común. Cuando recuperó un poco de calma después de la ruptura con Amanda, Esteban comenzó a buscar casi espontáneamente su contacto. La necesidad de comprobar la solidez de su argumento y de someterlo a algún tipo de crítica externa fue creciendo con el tiempo y, correspondientemente también, el deseo de intercambiar ideas con Tobías. Por supuesto que ni se le ocurriría mencionar el nombre de Amanda, a quien de todos modos en la oficina nadie conocía, pero sí podría sugerir algunos de los pasos fundamentales de su razonamiento para atender a posibles objeciones y cerciorarse de que la lógica de hierro que los unía no era mera imaginación suya. De manera que sus primeros diálogos con Tobías sobre este asunto versaron sobre temas generales por demás: ¿Qué criterio se debe usar para afirmar de algo que existe o que no existe? ¿Se puede inferir la existencia de una cosa a partir de la existencia de otra? ¿Es posible considerar existente algo que jamás hemos visto o experimentado de forma patente para los sentidos?
Las interminables discusiones que llevaron a cabo le pusieron de manifiesto una y otra vez que, en el fondo, a ambos los movían las mismas inquietudes. También Tobías sentía como él una fascinación muy particular por los interrogantes filosóficos y dedicaba una parte considerable de su tiempo libre a la lectura y divagación intelectual. Esto fue animando a Esteban en el oculto propósito de presentarle su argumento irrebatible (unicum et inconcussum, como solía repetirse a sí mismo). De modo que llegó el día en que lo hizo, quitando, naturalmente, el nombre de la muchacha, y poniendo en su lugar el de Godot, habida cuenta de que ambos conocían muy bien la obra de Beckett, a la que admiraban con idéntico entusiasmo. La respuesta de Tobías fue tan pronta como contundente. Del argumento de Esteban sólo se podía deducir, a lo sumo, su ignorancia sobre si Godot existía o no, pero nunca su no-existencia, tan poco como se podría deducir su existencia de la esperanza, o mejor dicho, actitud de espera o perplejidad de los personajes de Beckett. ¿Qué significa, por ejemplo, que Godot no se encuentre en nuestro universo? ¿Podía Esteban describir ese universo de forma tan clara que abarcara la totalidad de lo que podemos conocer por medio de la experiencia? ¿O no lo estaba reduciendo – se trataba de una exageración, claro – a los límites de su departamento en la calle Talcahuano? "Tu realismo," le había dicho, "corre el peligro de reducirse al de una realidad de dos metros cúbicos." Además, ¿cómo afirmar que no había en ningún sitio algún indicio que sólo se explicara por la existencia de Godot? ¿Podría enumerar Esteban la totalidad de los indicios presentes en el universo? ¿Inclusive reduciendo el universo justamente a los estrechos límites de las pocas manzanas de Buenos Aires que solía transitar últimamente? Pero aún concediendo que Esteban consiguiera demostrar todas esas cosas de forma irrebatible, es decir, que Godot no se encuentra en nuestro universo y que tampoco hay allí ningún rastro de algo que sólo pudiese explicarse por su existencia, ¿podría asegurar, por eso, que Godot no existiera en absoluto? ¿No podría existir en un universo totalmente diferente del nuestro, bajo un tipo de condiciones completamente desconocidas e inaccesibles para los hombres? ¿Por qué suponer que hay un solo universo? ¿Por qué suponer que todo universo deba estar sometido a las condiciones del espacio y del tiempo? ¿Por qué suponer que nuestros órganos sensoriales deban ser capaces de interceptar todo tipo de señales en todo universo posible?
– Tu punto de partida lo comparto en un todo – dijo Tobías, tratando de dar valor a los pensamientos que los unían y no a los que los separaban –. Sólo la experiencia nos puede enseñar que algo existe. Antes o independientemente de la experiencia (a priori, como suelen decir ustedes, los filósofos) es imposible saber si algo existe o no. Tenemos que poder constatarlo, verlo, palparlo o por lo menos tenemos que sentirnos forzados a suponer que es la única explicación posible de alguna otra cosa que es la que vemos y palpamos. Si de golpe noto que me ha desaparecido la billetera, deduzco que hay alguien que me la ha robado, aunque no sepa quién es el ladrón ni lo haya visto nunca. La evidencia actual de que existe ese ladrón es tan segura como la que anteriormente tenía de la existencia de mi billetera, o casi tan segura, porque es claro que me puedo equivocar y la billetera puede habérseme caído o la puedo haber olvidado en algún lado, qué se yo, cualquier otra cosa, pero algo que ahora no veo causó esto que es lo que estoy viendo.
– Sí, por supuesto – repuso Esteban haciendo esfuerzos por concentrarse nuevamente en un asunto al que ya le había dado miles de vueltas y sobre el que había creído que no tendría nada nuevo que aprender –, precisamos justamente lo contrario del conocimiento a priori que mencionabas antes, el que se ha dado en llamar a posteriori, a partir o después de una experiencia dada. Pero ¿para qué insistir sobre estas cosas, si están bien claras?
– Porque con tu argumento estás tratando de dar el paso exactamente inverso. ¿No ves? Querés demostrar que algo no existe, lo cual resulta mucho más complicado. Podés decir, por ejemplo, "La billetera no está en mi bolsillo", más precisamente todavía "no está en el bolsillo superior izquierdo del saco que llevo puesto" porque se trata de un campo perfectamente delimitado para nuestra capacidad de conocer y fácilmente delimitable por ella. Con el simple acto de introducir mi mano en el bolsillo me es dado constatar que no hay nada allí. También me puedo quitar el saco y observar con mis propios ojos que es así. Pero la distancia que hay entre esta certeza y la de su no existencia es enorme, ¿no te parece? "La billetera no existe" ¿De dónde podría deducir este enunciado? No del mero hecho de que yo no la vea. Eso sería ridículo. Tendría que haber otra causa que hiciera imposible su existencia y de la que yo tuviese evidencia: que alguien la haya quemado o destruido de cualquier forma que fuera.
Precisamente eso es lo que Esteban no quería. "Yo no destruí a Amanda", pensó con un temblor. ¡Si era ella quien lo había destruido a él! No. Bajo ningún aspecto podría tratarse de una persona existente que hubiese dejado de existir. Ahora lo veía con claridad. Se trataba de alguien que nunca había existido y nunca existirá. Cualquier alternativa reduciría su convicción al desconsuelo lacrimoso de un muchacho desengañado, como los hay tantos, una mera confesión de impotencia. Nada que ver con sus sentimientos para con Amanda. Avergonzado y con una voz casi imperceptible alcanzó a murmurar:
– Lo que quería demostrar es que Godot no existe en absoluto, ni aquí ni en otro lugar, ni antes ni ahora ni después, en ningún tiempo y en ningún lugar.
– ¡¿Nada más?! ¿No se te podía ocurrir nada más difícil? – La voz de Tobías sonaba alegre y no dejaba traslucir ningún reproche. – Tendrías que demostrar que Godot es imposible, imposible con todas las letras, es decir que su concepto se contradice a sí mismo. Según las reglas de nuestra lógica al menos, que quién sabe si es extensible a toda razón y a todo universo posible, tendrías que probar que se trata de una especie de círculo cuadrado.
– El famoso hierro de madera, algo que ni siquiera podemos pensar porque ponemos una cosa y al mismo tiempo la retiramos o la cambiamos por otra que la elimina, del tipo: "A es no-A".
– Es lo que me parece, Esteban. Tu demostración no puede partir en ningún caso de una experiencia posible, sino que tendrías que hacerla totalmente a priori, partiendo de puros conceptos. Recién entonces podrías dar el paso siguiente, analizarlos y comprobar si esos conceptos son compatibles entre sí, para luego llegar a la conclusión: no, no es así, esto no puede existir. Antes que nada deberías presentar una definición suficientemente comprensiva de tu concepto de Godot. ¿Quién es Godot? ¿Podés explicármelo? Ni siquiera Vladimir y Estragón, que lo esperan, parecen saberlo.
"¿Una definición suficientemente comprensiva de Amanda?", tradujo Esteban para sí. ¿Sería él capaz de formularla? Pero qué cosa tan absurda. De una dificultad insoluble pasaba a otra mayor. Haciendo un esfuerzo enorme trató de concentrarse en lo que decía su amigo.
– Vos creés llegar a la conclusión de que Godot no existe. Lo que yo veo es que te apresurás demasiado a extraer consecuencias que no son necesarias. Creo que sólo has demostrado que, si existiera, no podríamos conocerlo. Incluso, de mi parte sería más cauteloso aún y diría: podríamos no conocerlo aunque existiera (y todo continuaría exactamente igual).
La indecible desazón que había comenzado a escarbar el interior de Estaban se apoderó definitivamente de él. ¿Cómo podía haber sido tan poco riguroso? Debía reconocer que Tobías tenía toda la razón del mundo. Y eso que, por consideración o por lo que fuera, había callado los reproches más duros que recién ahora comenzaba a atisbar: aceptar una argumentación como la suya sería dar cauce al oscurantismo más desenfrenado. Estaba apoyada en una actitud que, llevada a sus últimas consecuencias, nos impediría cualquier intento de sobrepasar los límites del conocimiento ya adquirido en una etapa determinada de nuestra historia personal. "Una realidad de dos metros cúbicos" le había dicho. ¿Tan pequeño era su mundo desde la desaparición de Amanda?
– Tus elucubraciones me llevan a reflexionar sobre otros dos temas sumamente sugestivos – prosiguió Tobías después de una pausa. – En primer lugar, que demostrar la no existencia de una persona se vuelve mucho más complicado que la de una cosa. ¿No pensás lo mismo? Aún cuando estemos tan seguros de su muerte como de la destrucción de la billetera de la que hablábamos. Supongamos que esa persona ha sido incinerada, de modo que no quedan ni rastros de su cuerpo, al menos como la unidad indivisible que era. Pero, ¿y su conciencia, su mente, su espíritu? ¿Estamos seguros de que ha desaparecido por completo?
– ¿Por qué no? Es la conciencia que acompañaba constantemente a ese cuerpo que ahora está muerto.
– ¿Estás tan seguro de su eliminación? ¿Qué es lo que sabíamos de esa conciencia? Me decís "acompañaba a este cuerpo". Eso lo podemos decir también del principio vital que anima o da vida a cualquier viviente.
– Lo que los antiguos llamaban "alma", sea de las plantas, de los animales o de los hombres, ese principio que deja de funcionar con la muerte.
– Y bien. Eso que daba unidad a todas las partes, o si te parece mejor, la unidad misma de esas partes, ha desparecido. Aquí no hay diferencia entre los hombres y los demás seres vivos.
– Hilando más fino, sería necesario afirmar que no hay diferencias con ningún tipo de cosa. Si arrojo este vaso contra la pared – Esteban trató de no dejar entrever que eso era lo que realmente tenía ganas de hacer – y lo hago trizas, la cosa individual "vaso" que era antes ha dejado de ser. Todos los elementos siguen existiendo. Lo que les falta es su unidad.
– Aunque hay que admitir que ya este principio vital nos resulta inasible. Ojo que no estoy hablando de los problemas más complicados que surgen de cuestiones tales como cuál es el origen de la vida ni de la exploración de los procesos vitales por medio de la biología o de su manipulación por medio de la tecnología, sino del mero hecho de que nunca podemos meternos dentro de un proceso vital que no sea el nuestro propio como nos introducimos en una habitación. Todo lo aprehensible por nosotros lo observamos siempre desde fuera. En cambio, la vida es un proceso esencialmente interior.
– Bueno, lo mismo podríamos decir de los átomos, de los que suponemos que están compuestas las cosas. Y me temo que el ejemplo de la habitación se queda corto, porque cuando nos introducimos en ella lo único que vemos son nuevas exterioridades, las paredes, los muebles, etc. Nunca experimentamos realmente un "interior" ajeno. Si hemos conseguido meternos dentro de un átomo fue porque lo transformamos en lo contrario de lo que dice su nombre, es decir, en algo divisible, y así tenemos acceso a sus componentes, pero también éstos sólo los podemos mirar desde afuera, no "vivirlos" desde dentro. Desde afuera nos preguntamos por la constitución de las partículas elementales, desde afuera manifestamos nuestra perplejidad. Cada vez que logramos entrar en algo, por más pequeño o hermético que sea, realizamos la misma experiencia de quedarnos afuera.
Con satisfacción pudo constatar Esteban que la temática de la discusión podía sacarlo de su propio encerramiento y envolverlo en ella con interés. Tobías reaccionó de inmediato.
– Por cierto, tenés razón. Aunque hay diferencias inmensas en todos estos fenómenos: entre otras la capacidad de reproducirse a sí misma que tiene la vida y que no pareciera tener paralelo fuera de ella. De todos modos, lo que te quería decir es que el tema de la conciencia agrega un inconveniente mayor. Tampoco en una conciencia ajena nos podemos introducir, eso está claro. Pero hay algo más: la interioridad de esa conciencia tiene la capacidad de observarnos a nosotros, del mismo modo que lo hacemos nosotros con las demás cosas. No solamente es un proceso en el que no nos podemos meter, sino que además puede convertirnos a nosotros en un objeto de su observación, de sus reflexiones, de sus actos. La muerte de una conciencia implica la cesación de ese proceso en el que podíamos haber estado implicados nosotros mismos como objetos.
Tobías hizo una pausa como si tratara de aclararse a sí mismo sus pensamientos y como si buscara las palabras adecuadas para ellos. Luego continuó:
– No sé si me puedo explicar suficientemente bien: la interioridad del otro se nos escapa, del mismo modo que se nos escapa la interioridad de la vida en general. Pero además, con la conciencia existe una simetría ausente de nuestra relación con las cosas. Me explico, a fuer de ser pesado. Al igual que las cosas, los otros forman parte de nuestro entorno, aquello con lo que contamos para esto o lo otro. Para venir hasta la whiskería contaba desde un comienzo no sólo con las pocas calles que tenía que caminar, sus casas, sus negocios, el cielo de otoño, los árboles, sino también con la gente que seguramente iba a haber por todos lados, más que nada con Federico, el barman que tan bien conocemos, y con vos, que sos el motivo de todo este camino, porque vine para encontrarte. Dejando a un lado toda precaución escéptica falaz, esta es una forma clara de relacionarme con los demás. Pero no es la única y, entre otras diferencias con los meros objetos, sucede también justamente lo inverso, y es que nosotros somos parte del entorno de los demás, somos aquello con lo que ellos cuentan. Esta es la simetría a la que me refiero. La muerte de una conciencia no significa solamente que esa conciencia deja de contar para nosotros, sino que ella misma deja de contar con nosotros. Pero ¿cómo podríamos comprobar una cosa así? ¿Cómo podríamos demostrar que aquella conciencia que nos observaba antes ya no nos observa más? ¡Si somos incapaces de meternos en el interior de ella, esté viva o muerta! La expresión "Godot no existe" no quiere decir solamente "Godot no forma parte de este mundo", sino también: "no somos parte del mundo de Godot" o, expresándolo de la forma más extrema e independientemente de nosotros mismos: "no hay mundo para Godot". ¿Con qué elementos podríamos afirmar algo así? El "objeto" Godot puede no estar presente en este mundo, mientras que el "sujeto" Godot nos está observando desde algún sitio desconocido para nosotros e integrándonos como parte de este mundo que viene a resultar el suyo también, sólo que visto desde otra perspectiva, la suya.
Una sospecha vaga e intranquilizadora fue deslizándose por la nuca de Esteban hasta invadir por completo su pensamiento. ¿Era demasiado ridículo imaginarse que Amanda lo estuviera observando? Tratando de pasar desapercibido para su amigo echó una mirada furtiva a todo el local. No. No había nadie que pudiera ser ella. ¿Y a través de la ventana? ¿U oculta detrás del mostrador? Más ridículo todavía sería imaginar que lo estuviera mirando desde el techo o desde el suelo. Trató de reaccionar con calma.
– Me das mucho que pensar. Algunas cosas me resultan nuevas, otras, como la imposibilidad de meterse dentro de otro, son completamente evidentes. Lo que no me termina de convencer es tu descripción de nuestra relación con los demás. ¿Sujeto u objeto? ¿Es esa la alternativa? ¿A eso se reduce, por ejemplo, nuestra amistad? ¿De esta manera nos relacionamos con nuestros padres, con nuestros amigos de toda la vida, con nuestros compañeros de escuela, de facultad, de trabajo? ¿Ninguna forma de comunicación íntima? ¿Podrías entender de ese modo una relación amorosa?
Era una suerte que los vasos de whisky fueran tan sólidos. Esteban tenía el suyo tan apretado que cualquier otro tipo de vaso ya se habría hecho añicos.
– No, claro que no. Ahí nos meteríamos en laberintos mucho más intrincados todavía, de los que no sé si podríamos salir. Para nuestro tema me parece que estas reflexiones alcanzan. Por supuesto que hay cientos de interrogantes más detrás de ello. Pero convendrás conmigo en que no hay forma de poder afirmar con absoluta certeza la inexistencia de una conciencia determinada. El hecho de que no percibamos ninguna señal de vida de parte suya, núcleo de todo tu argumento, no significa absolutamente nada.
– No podés afirmar una cosa semejante. ¿Qué pasa cuando el médico constata la muerte clínica de una persona?
– ¿Qué es lo que constata realmente? Las funciones vitales se han detenido, el corazón no funciona más, el cerebro no responde. ¿Y la mente, el espíritu, la conciencia? Decimos que la ha perdido. Lo mismo podríamos decir que es la conciencia la que se ha despedido de él, ¿o no? No lo sé. Cuando percibimos una señal suya, sobre todo en el caso de que seamos nosotros los observados por ella, nuestra actitud se modifica y sentimos su presencia.
– Sartre fue un maestro en describir estas situaciones hasta el paroxismo.
– Así es, quién no conoce "A puerta cerrada". Pero no hay por qué recurrir a estos extremos. Baste constatar que experimentamos la presencia de otra conciencia con harta frecuencia. Pero no podemos invertir este pensamiento para inferir su inexistencia del hecho de que no experimentamos su presencia. Sobre todo como lo hacés vos, sin ninguna referencia concreta a un individuo determinado, porque "Godot" aquí no es más que un mero nombre carente de contenido. Como te decía: que no percibamos ninguna señal suya no prueba nada. Aunque no compartás todas mis ideas, al menos estarás de acuerdo en esto, en que es imposible demostrar como querés hacerlo vos, "tal persona no ha existido nunca ni nunca existirá", a menos que haya una contradicción en su concepto. Sí podés afirmar, en cambio, "este individuo no existe más", aunque no se sepa qué es lo que pasa con su conciencia.
Quien estaba a punto de perder la conciencia era él, pensó Esteban. No estaba habituado a beber mucho y ya iba por el cuarto whisky. Nunca pudo averiguar si la costumbre tan argentina de tomarlo on the rocks disminuía o aumentaba el efecto del alcohol sobre el cerebro. Sólo debía cuidarse de no convertir todo en una sola efusión de líquido, hielo y vidrio.
– ¿Y el otro tema? Me dijiste que eran dos los puntos que te llamaban la atención.
– Es cierto, sí, casi lo había olvidado. Se trata de que cuando mencionamos a Godot realizamos casi espontáneamente una identificación con Dios.
– Identificación que Beckett se esforzaba una y otra vez por desmentir. – Se defendió Esteban casi espontáneamente.
– ¡Seguramente! El nombre "Godot" se le ocurrió por pura casualidad. ¡Nada que ver con God ni con Gott!
– Bueno, parece que realmente es así, que la semejanza de los nombres es puramente casual. De todas maneras, no tenía la menor intención de meterme en una temática teológica.
– ¿No? Es curioso; no son muy amplios mis conocimientos en este campo pero tu forma de argumentar me recuerda a algunas de las elucubraciones que se han utilizado para probar la existencia de una causa última, solo que vos te proponés lo contrario.
"Un mazazo", pensó Esteban con amargura, "un mazazo". Amanda y Dios. No podían haberle asestado un golpe más contundente. Su amigo justamente... En fin, Tobías no tenía la culpa, claro. ¿Cómo podía él mismo haber sido tan infantil? Por lo menos podría haber elegido un nombre menos sugestivo. Ahora lamentaba su decisión. Pero tampoco podía confesarle a su amigo lo azaroso del nombre. ¿Entonces qué era lo que quería demostrar? ¿Una inexistencia cualquiera? Titubeó un poco pero no se atrevió a interrumpir las reflexiones de Tobías.
–Una demostración como la tuya es la que se ha hecho a menudo con referencia a Dios, pero para demostrar su existencia, ¿verdad? Eso vos lo sabés mucho mejor que yo.
Esteban no supo hacia dónde mirar.
– De manera que desde tu punto de vista mi fallida demostración resulta ser nada más que una especie de ingenua inversión de alguna de las pruebas de la existencia de Dios. En vez de llegar a la necesidad de su existencia por la presencia de algo que no se puede explicar sin ella, yo traté de hacer lo contrario con este Godot... declarar su inexistencia porque no encuentro nada que pueda explicarla – dijo, o más bien masculló avergonzado.
– No te sintás tan mal por eso. Es que el tema general de la existencia es algo demasiado complicado.
– Por supuesto. Creía haber sorteado las dificultades más gruesas ateniéndome solamente a lo que podemos comprobar por medio de la experiencia. Pero se ve que no es así.
– ¿Cómo podrías excluir absolutamente la posibilidad de existir del concepto de una cosa o persona individual? Tendría que haber una relación demasiado íntima entre ese concepto y la existencia o la no-existencia. Con lo cual volvemos al parecido con las pruebas de la existencia de Dios. Vos conocés mucho mejor que yo el famoso argumento de Descartes en el que trata de demostrarla a partir de su propio concepto.
– El argumento que Kant bautizó de "ontológico".
– Pues bien, el argumento que haría falta para demostrar la imposibilidad de que una cosa determinada exista en absoluto, sería similar a ése, pero al revés. Descartes dice, si bien recuerdo: la no existencia de Dios contradiría su propio concepto; por tanto, existe. Vos tenés que demostrar: la existencia de Godot contradiría su propio concepto: por tanto, no existe.
– La existencia no es un predicado cualquiera, decía Kant, que pudiera agregarse a los atributos de una cosa como uno más. Es justamente por eso que no puede estar incluida en la definición de algo.
– ¿Es eso lo que estás haciendo con Godot, pero a la inversa?
– En cierto sentido, sí – Esteban dio un respiro, confundido pero contento de poder desprenderse de la presencia constante de Amanda en su interior para ponerse a explicar lo que fuese – porque en lugar de la "existencia necesaria" estoy poniendo la "inexistencia necesaria" en un concepto. La reflexión de Kant es más o menos la siguiente: el concepto de una cosa se compone de una serie de atributos que le pertenecen necesariamente para que sea esa cosa y no otra. Un whisky, para serlo, tiene que cumplir con una serie de requisitos que se pueden enumerar sin mucha dificultad, aunque no me los preguntés, por favor, porque no los conozco. Si los tiene todos, entonces es un whisky, pero si le falta alguno, posiblemente no, dependerá de la importancia que tenga el elemento en cuestión. Es posible formular una lista de todos, compararla con la bebida que tenemos ante nosotros y dictaminar si ésta cumple con ellos o no, es decir, si es un whisky u otra cosa. Pero la existencia... ¿Puede considerarse como un elemento más? ¿Tiene sentido agregarla a la lista de propiedades que debe tener una cosa? ¿Es lo mismo decir "este whisky tiene tantos grados de alcohol, tal color, es de cebada malteada o sin maltear o mezclado, etc.", es lo mismo decir eso que decir "este whisky existe"? Evidentemente no. La gradación alcohólica, por ejemplo, puede variar dentro de ciertos límites y el whisky sigue siendo whisky. Éste de aquí tiene tantos grados, pero podría tener un poco más o un poco menos. Cuántos tenga, me lo dirá la experiencia. También para saber si existe necesito de la experiencia, pero se trata de una dimensión completamente diferente. Tomando otro ejemplo, si digo "Federico existe", no sólo menciono al sujeto Federico y presupongo todas las características que le son propias, sino que además estoy predicando de él la existencia, algo que no le corresponde por sí mismo, por el mero hecho de ser Federico.
– Formulación muy curiosa. Lo que uno objetaría a primera vista es que si Federico es Federico, entonces existe.
– Él podría no existir, y la imagen que tenemos de él quedaría tal cual, hasta incluso la de que es un barman excelente. ¿Verdad, Federico?
Federico, ocupado como siempre en la atención del bar, sonrió distraídamente desde detrás del estaño y asintió con la cabeza, aunque era evidente que estaba pensando en otra cosa y no tenía la menor idea del desarrollo de la conversación que se llevaba a cabo fuera del alcance de sus oídos.
– Podemos pensar a nuestro buen Federico en niveles de realidad muy diferentes. Es un poco triste tener que reconocerlo, pero lo cierto es que hubo un tiempo en que no existió y habrá otro en que dejará de existir. "Federico" y "Federico existente o existiendo" son dos cosas totalmente diferentes. Aunque es cierto que suena un poco raro decir que su idea quedaría tal cual. Por más que para nosotros, en el fondo, nada quedase igual. No sé cómo sería tomar un whisky en este bar que no lo sirviera él.
Un sobrecogimiento le cortó, casi, la respiración. La existencia no es un atributo necesario de Amanda. "Amanda" y "Amanda existiendo" no son lo mismo. Y sin embargo, nada seguirá siendo igual si ella no está. Pero Amanda nunca existió. Amanda no existe.
– Es difícil imaginarse las cosas de otra manera – comentó tratando de no pensar en la muchacha. – La tesis de Kant parece absolutamente correcta: la existencia no agrega ni quita ningún atributo a nada, sino que hace algo mucho más fundamental: pone la cosa en la realidad con todos sus atributos.
Al terminar de decir estas palabras, Esteban se repitió en silencio: "No me podría imaginar a Amanda sino como existiendo". No, no puede ser verdad. El mundo real está ahí, sólido, palpable, resistente, el mundo real existe por sí mismo, como el vaso que sostenía en su derecha. Amanda es un mero pensamiento, una nube ilusoria de imágenes sin existencia. Su amigo lo volvió a la presencia:
– Cien táleros reales y cien táleros imaginados no son ni un solo tálero más ni uno menos, ¿no es eso lo que decía?
– Sí claro, a la hora de pagar nos damos cuenta de que la diferencia es mucho más importante: o los tenés o no los tenés.
– O te ponés con los cien mangos o no te ponés.
A Esteban le causó mucha gracia el juego de palabras. Instintivamente pensó en una tesis doctoral posible sobre el tema de los cien táleros de Kant y la expresión tan argentina de "ponerse" con una suma de dinero.
– Por eso su rechazo del argumento cartesiano. Hay una sola cosa, mejor dicho una sola persona, sobre la que los filósofos han afirmado que su existencia está comprendida ya en su mera idea: Dios. Justamente en esto consistiría su privilegio según algunos, como Descartes, en el hecho de que sólo bastaría pensarlo correctamente para saber que existe.
– Una reflexión fascinante, sin duda, pero al mismo tiempo engañosa, al menos en lo que respecta a las posibilidades y los límites de nuestro conocimiento. No creás que la desconozco totalmente; sus Meditaciones son casi el único texto de filosofía que he leído por entero. De manera que querías hacer una especie de argumento ontológico de la inexistencia de Godot...
Las últimas palabras quedaron resonando larga y pesadamente en los oídos de Esteban. La sola mención del nombre de Dios en las cercanías de Amanda lo hacía temblar. ¿Pensar correctamente a Dios? Él mismo lo había dicho. ¿Qué significaría pensar correctamente a Amanda? ¿Amanda con todos sus atributos? ¿También el de la existencia? Pero no, la existencia no es un atributo. Ya lo había expuesto con toda claridad, si es que alguna falta hacía. Con todo, él también sentía algo extraño e inquietante frente a esa reflexión que su amigo había llamado fascinante, un pensamiento que lo atraía y lo repelía con un mismo movimiento.
Como ya se había hecho tarde, decidieron continuar la discusión en la próxima oportunidad. Era viernes y Tobías había quedado en visitar a sus padres durante el fin de semana. A Esteban se le presentaba la ocasión de releer con detenimiento las Meditaciones de Descartes y olvidar de algún modo su fracaso. Una duda había comenzado a incomodarlo con persistencia: ¿Habría sido pura casualidad que hubiesen terminado por referirse justamente a la existencia de Dios? ¿O llevados por las exigencias de la cosa misma? ¿Una especie de necesidad intrínseca que hubiese encadenado ocultamente sus reflexiones? ¿O su propio secreto deseo? Le pidió a Tobías que también volviese a leer las Meditaciones.
– Un texto de casi cuatrocientos años de edad – fue el risueño comentario de su amigo. – ¿Por qué no? Tal vez podamos comprobar que algunas cosas no han cambiado, aunque estoy seguro de que ni siquiera permanecerá idéntico el recuerdo de la lectura que le di una vez.
III – Encuentro de dos soledades
Pensar en otra cosa. Concentrar sus fuerzas en un tema ajeno a la tortura de los últimos días. Amanda no existe. No existe. Había que dar vuelta la página, pasar a otro capítulo. La lectura de Descartes le serviría también para profundizar los conocimientos un tanto vagos sobre sus argumentos en favor de la existencia de ese enigmático personaje que lleva el nombre de Dios y a quien tantos privilegios se conceden. Comprobó una vez más que sus demostraciones tienen un único fundamento, tan claro para Descartes como discutible para los demás filósofos, la idea de perfección y de infinitud. De la evidencia con que conozcamos esa idea se desprende para él todo el resto. Por momentos, la misma se le presentaba a Esteban como algo que estuviera ahí mismo frente a él, dispuesto a ser sujetado con ambas manos, pero que se escapaba apenas intentaba aproximársele.
Sí, esa sensación ya la había experimentado durante su primera lectura del texto con los compañeros de facultad. Ahora que intentaba borrar a Amanda de su pensamiento, la idea de perfección absoluta adquiría una dimensión amenazadora. Trató de seguir el hilo de la argumentación con el debido rigor. Descartes va llevando al lector de una paradoja a otra con la convicción inamovible de estar dando pasos intuitivamente claros y lógicamente necesarios. Tal sucede también con la introducción de la idea de infinitud en la línea argumental. Contrariamente a la opinión generalmente aceptada, no se trata para él de una idea derivada de otras o construida a partir de la experiencia de las cosas finitas, sino de una idea original, sólo comprensible por sí misma y que hace posible que entendamos la idea de la finitud y de la imperfección, las que serían, por lo tanto, sus derivados. Y dado que todo lo que está fuera de la infinitud es finito, la idea de la infinitud sería la que presuponemos siempre. El procedimiento es el mismo que sigue con el yo pienso: el resultado de la reflexión se manifiesta como su verdadero principio y fundamento y aquello que al comienzo parecía ser el punto de partida, como lo que no es principio, sino consecuencia. Procedimiento nada inusual en filosofía.
Lo que no se hubiera imaginado es que en medio de estas elucubraciones se iría a encontrar con la profesora Mercière, con quien había hecho un seminario sobre Platón el año anterior y por quien sentía enorme respeto en todo lo que se refiriese a la historia del pensamiento, sobre todo lo que se conoce como "idealismo" y "racionalismo". Sólo después del encuentro, cuando iba de regreso a su casa, cayó en la cuenta de que el mismo no debía haber tenido nada de casual. Por supuesto que ni había pensado en ella y, si lo hubiera hecho, habría tratado de evitarla. Pero por algo se había puesto a vagar por aquella zona de Belgrano R en la que sabía perfectamente que vivía. Estaba parada en la esquina de Sucre y Conesa con la mirada perdida en el horizonte, como atravesando la manzana de enfrente en dirección a la estación de trenes. Se conturbó al verla. Había resuelto no restablecer ningún lazo con la facultad y ahora tenía que hacer frente a semejante situación. Pensó que tal vez ella no lo había visto, absorta como estaba en sus pensamientos, y ya se iba a dar vuelta en dirección contraria cuando ella le dirigió la palabra con esa campechana mezcla de hurañía y afabilidad que la caracterizaba.
– ¡Arizmendi! ¡Qué raro por aquí! Hace tiempo que no se lo ve. Lo hacíamos en Europa.
Fue grande el embarazo de Esteban. Ya el plural de "lo hacíamos" lo inquietaba. ¿Con que habían estado conversando sobre él? Apenas si atinó a articular alguna excusa del tipo, "no me he sentido muy bien en este último tiempo, pero estoy en franca recuperación", advirtiendo de inmediato que con lo de la "recuperación" había cometido una imprudencia innecesaria. Mercière, por cuya salud siempre se temía, que ya andaba rondando la edad de jubilarse y se apoyaba en un bastón para caminar, lo semblanteó a través de sus anteojos con esa irónica mirada acuosa que él tanto temía. Era una excelente persona, como había tenido oportunidad de aprender a lo largo de los cuatro años y medio de estudio, pero se había ganado la inmerecida fama de misántropa y malhumorada, seguramente debido a sus achaques y a su vida de soltera intelectual.
– ¿Se está preparando para algún examen sobre Descartes?
Esteban se ruborizó. Mercière había advertido la versión bilingüe de las Meditaciones de filosofía primera hecha por Rodis-Lewis que llevaba bajo el brazo y que ella misma había recomendado alguna vez al pasar, entre otras cosas por la comodidad que significaba tener el texto original latino con la traducción francesa frente a frente.
– No – titubeó, – no estoy preparando nada en especial. Me quedé enganchado con algunas dificultades de las que no puedo salir.
– A ver, cuente, cuente. ¿No quiere tomar un café? Vamos a casa. Yo vivo aquí a la vuelta. Ahí vamos a tener más tranquilidad.
La invitación era irrechazable, especialmente para Esteban, siempre tan tímido y falto de imaginación para dar excusas. Mercière parecía no recordar que ya habían estado juntos en su casa con el grupo de estudios de Platón. O tal vez simplemente se hacía la olvidadiza para no presionar demasiado sobre él. Caminaron dos cuadras hasta José Hernández y se introdujeron en su casa por un jardín rebosante de verde y amarillo. Un cierto descuido displicente hacía respirar una atmósfera que a Esteban se le presentaba como específicamente femenina, por un lado, y como expresamente no demasiado femenina, por el otro, como si Mercière pusiese especial atención en ello. El arreglo dejadamente elegante del interior contrastaba con las bibliotecas atiborradas de libros y las carpetas y papeles sobre el piso, las sillas y las mesas. Le sirvió un café exquisito con algunas galletitas de su propia producción.
– Así que las Meditaciones. A ver, espere que traiga mi ejemplar.
De una de las bibliotecas retiró un ejemplar similar a muchos otros con una seguridad casi ciega. El libro era considerablemente más grande que el que Esteban tenía en sus manos. No se trataba solamente de la diferencia de formato, en cuarto y no en octavo, sino del abultado número de páginas, que superaba con creces el del suyo.
– Es la edición de Adam y Tannery – le explicó ella, – aquí tenemos también las objeciones y las respuestas de Descartes, por si las necesitamos.
– ¿Es eso todo lo que contiene? Su libro parece muchísimo más grande que el mío.
– Es que Descartes tuvo la viveza de hacer leer su manuscrito por algunos de los eruditos más conocidos antes de entregarlo a la imprenta. Se hizo llegar sus objeciones y publicó el texto, las objeciones y sus respuestas. Una forma muy peculiar del diálogo. Pero diálogo al fin. ¿No le parece?
– Sí, es verdad. Uno tiende casi instintivamente a imaginárselo más bien encerrado en su habitación, como se muestra él mismo en el texto.
Mercière rió con ganas.
– Ahora no me va a venir con el cuento del egocentrismo cartesiano. En fin, qué es lo que no se ha dicho a partir de ahí. Desde el eurocentrismo hasta el androcentrismo, pasando por el logocentrismo y el carnivorocentrismo. Cualquier cosa es buena, sobre todo aquí, donde sólo sabemos repetir lo que se dice en Europa, más que nada en Francia.
Mercière parecía a punto de ser víctima de uno de sus conocidos ataques de histeria que tan mala fama le habían traído. Su crítica a la francofilia de la intelectualidad argentina le era muy familiar a Esteban, pero no pudo evitar detenerse en el origen claramente francés del nombre de la profesora y, por si fuera poco, en el hecho de que justamente estaban mascullando las reflexiones de un francés, si es que los hay. Se cuidó mucho de decirlo.
– Con todo, el "yo pienso" que se destila solamente a partir de la suposición de la falsedad de todo lo que lo rodea, ese "yo pienso" solitario no es un invento de los que lo critican. Para poder llegar a él hay que haber negado la existencia de todo lo demás.
– ¿Y qué se supone que quiere decir eso? Descartes está buscando el fundamento último de todo saber, un punto inamovible para edificar sobre él toda ciencia posible. ¿Se da cuenta? ¿Le parece posible hacerlo sobre la paupérrima certeza de que él, el señor René Descartes, existía?
– Pero se trataba de encontrar un conocimiento que fuese innegablemente cierto. Le tocó en suerte a él porque es quien realizaba la meditación. Nadie puede negar que piense o exista mientras esté pensando "yo pienso". Sin la referencia a ese yo individual, toda la empresa carecería de sostén.
– Esa es una reflexión correcta pero a medio hacer, como todas las que se hacen en este bendito país. Desarróllela y verá que termina en otra cosa muy distinta.
– Lo siento. No entiendo a qué se refiere.
– Usted decía que a él sólo le había tocado en suerte ser quien lleva a cabo la meditación. Eso qué quiere decir: que cualquier otro podría haber hecho lo mismo, que la persona del caso es completamente indiferente aunque sin una persona concreta la meditación no se pueda realizar. De modo que hay que distinguir dos costados que parecen excluirse y que son, sin embargo, tan necesarios el uno como el otro. Un costado es el yo individual. La expresión "yo pienso, yo existo" sólo tiene sentido en primera persona y pierde su contenido verdadero si se la traslada a otra. Eso es cierto. Ponerla en tercera persona sería ridículo. Una formulación del tipo: "él piensa, él existe" carece por completo de la evidencia radical que se buscaba y que solamente pudo obtenerse como resultado de todo un proceso metódico de duda, dentro del cual todo lo que no sea el yo mismo pensante se ha puesto de manifiesto como estando sujeto a esa misma duda. La intromisión de una persona distinta del yo volvería a generar la misma duda de la que acabábamos de evadirnos. Hasta aquí parece haber acuerdo general entre todos los que hemos leído el texto con un poquito de atención. Pero ahora viene el otro costado. Aquella expresión en primera persona no puede ser completamente idéntica con el juicio: "yo, René Descartes, pienso, yo, René Descartes, existo". ¿Para qué podría servir una constatación semejante? "Nadie ha puesto en duda su existencia, mi amigo", se le podría replicar con Gassendi, uno de sus críticos contemporáneos más agudos.
– Idéntica con el yo, pero no completamente idéntica con él. ¿No es una contradicción? ¿No es lo mismo que decir "idéntica pero no idéntica"?
– Vamos por parte. La identificación del yo pensante con atributos personales tales como la edad, la nacionalidad, el sexo o lo que sea, sería su reducción a uno de los tantos objetos de la experiencia cuya existencia se ha puesto en duda. Yo Descartes... ¿Podía ser ese el fundamento último racional e inconmovible de toda ciencia que buscaba? ¡Pobre ciencia entonces! Porque mire que Descartes hace mucho tiempo ya que ha dejado de pensar y de existir, ¿no es cierto? Su aparente evidencia se ha transformado para nosotros en la suposición, que usted puede hacer si cree firmemente en lo que cuentan las historias: "él pensaba que existía". Aquel René Descartes, nacido un 31 de marzo de 1596 en La Haya, que fue pupilo del colegio jesuita de La Flèche, estudió derecho en Poitiers, peleó como soldado del duque Maximiliano de Baviera en la guerra de los treinta años, gran espadachín, jinete y bailarín, descollante matemático, científico y filósofo, murió finalmente un 11 de febrero de 1650 en Estocolmo, víctima, posiblemente, de las heladas a que tuvo que someterse por enseñarle un poco de filosofía a la joven reina Cristina de Suecia en las madrugadas de un invierno atroz. Desde entonces dejó de pensar, hace tiempo que ya no existe.
– Debo confesar que sigo sin comprender del todo. Vuelvo a mi reserva anterior. ¿Se trata del yo o no?
– Por supuesto, pero del yo que es cada uno de nosotros, no del yo de Descartes, ni del suyo ni del mío. Reducir por completo la evidencia del "yo pienso" a la certeza que tiene sobre sí misma la persona particular que realiza este acto en un caso determinado y nada más, la vaciaría de su contenido más profundo.
– Pero ¿de qué contenido se trata?
– "Contenido" tampoco es la expresión adecuada, porque se trata justamente de que el "yo pienso" no ofrece ningún contenido determinado, sino que es la "forma" de todo pensamiento, de toda conciencia. Es por eso que Descartes insiste tanto en que su certeza es independiente de los demás datos que la acompañan, como el hecho de encontrarse de tal o cual manera en un lugar determinado. Tales datos son ajenos a esa evidencia, de la que no solamente se excluyen las cosas, la existencia del mundo que nos rodea, sino también las características del individuo que la experimenta, en la medida en que él mismo es una cosa entre las demás cosas y una parte de ese mundo. Descartes asegura sobre sí mismo con vehemencia que ni siquiera sabe si es un hombre. ¿Le parece que se trata de un chiste o de una exageración provocada por el calor de la disputa? ¿De pronto se nos ha vuelto esquizofrénico? No, Arizmendi, no. "Hombre" es algo demasiado complicado, un compuesto de alma y cuerpo, según se dice, elementos que habría que explicar a su vez y que, de todos modos, y este es el punto principal, se presentan ellos mismos como objetos del mundo.
Esteban recordaba muy bien su diálogo con Tobías. El cuerpo, el alma como principio vital, objetos de este mundo. La conciencia, en cambio, fuera de todos ellos, la suya, la de la profesora Mercière, la de Amanda... Siguió escuchando como si las palabras fuesen el eco de un sueño muy profundo.
– La sutil película que rodea a todas esas cosas en cuanto conciencia de las mismas, en cambio, esa bruma transparente que las abraza a todas, el "yo pienso", es algo totalmente simple que no se deja resolver en elementos. El concepto que elige Descartes para referirse a él es el de mente. Gassendi se burlará de este término y, dado que se trata de un sustantivo femenino, se dirigirá a Descartes como si fuera una mujer. Descartes le dará el vuelto con la misma moneda. Tal vez aprovechando la casualidad de que el apellido Gassendi parezca italiano (con esa –i final que él mismo incorporó al Gassend de su padre), lo trata de "caro", que en latín quiere decir carne. Creo que nadie ha explotado esta veta cómico-filosófica: una sucesión de malentendidos entre Mente y Carne redactada en forma de diálogo como el de Schopenhauer entre el Sujeto y la Materia, en lo posible en latín.
Esteban recapacitó una vez más. La mayoría de las críticas que se le habían ocurrido a sus compañeros de facultad durante la lectura de las Meditaciones comenzaban exagerando hasta el absurdo este tipo de interpretaciones de las que sabían muy bien que estaban basadas en un malentendido fundamental. "La reducción del mundo al propio yo", solía comentar Amanda con cierta socarronería cuando los escuchaba hablar sobre el tema. En realidad, justamente ese juego les había resultado tan abstruso como fascinante, el juego de imaginarse que nada existía aparte de uno mismo. Juego imposible, por supuesto, desde que estaban en mutua comunicación. Ya la mera invitación al juego era su negación. La profesora prosiguió como si alternara un monólogo interior con el diálogo.
– No se lo imagine a Descartes ajeno a los chistes, ¿eh? La obertura de su obra más famosa comienza con un chiste genial. "El buen sentido, el sentido común, es la cosa mejor repartida del mundo". ¿Se da cuenta? ¿Usted cree que todo el mundo tiene sentido común, un buen entendimiento? Lo que pasa es que todos estamos dispuestos a reconocer cualquier defecto propio, menos la estupidez. Por lo tanto, nadie es tonto. ¿Le parece que ese puede ser un razonamiento serio?
– Bueno, una cosa es que todos lo tengan, otra que todos lo usen, o lo usen de forma adecuada. Se puede conciliar muy bien ese enunciado con el supuesto de que toda persona es una conciencia individual, sólo habría que agregar "y esa conciencia está pertrechada con un órgano para comprender que es común a todos".
– Lea el capítulo correspondiente en los Ensayos sobre los principios de la moral de Hume. Nadie quiere que se lo llame tonto. Aunque el tema es tan viejo como Platón. Al pobre Descartes le tradujeron "el buen sentido" al latín con bona mens. Traducción poco feliz, por cierto...
La profesora se interrumpió como si se hubiese pescado a sí misma a punto de decir alguna imprudencia. Un intenso rubor se desparramó por toda su cara y comenzó a toser nerviosa y convulsivamente. Esteban trató de ayudarla cambiando de tema porque de nuevo daba la impresión de estar por ser víctima de un ataque de histeria.
– Usted presenta todo de forma demasiado evidente; se ve que está muy convencida. De mi parte, no sé qué pensar. Aún sabiendo que se trata de una caricatura injusta, la imagen de Descartes junto al fuego, realizando el ejercicio de pensarse a sí mismo como si fuera la única persona existente en el universo no es ningún invento, se impone por el solo hecho de que ha decidido hacer abstracción de todo el mundo exterior, aunque luego lo recupere... o más bien intente recuperarlo.
– Nada más ajeno a sus intenciones. ¿Para qué piensa usted que se dispuso a escribir sus ideas? Mejor dicho: ¿para quién, si creía que estaba solo?
– No es que creyera estar solo, pero invita a cada uno de nosotros a hacer esa prueba.
– ¿Y de qué modo si no a través del "mundo", por medio de sus manos, del papel y la tinta con que escribe, la luz que utiliza para ver, etc.?
– Justamente, eso es lo que él no dice. Y al llevarnos a hacer abstracción de todo lo que percibimos por medio de los sentidos, nos obliga también a hacer abstracción de los demás.
– Procedimiento extraño, de acuerdo. Pero de alguna manera se ha creado una especie de comunidad espiritual o comunidad de conciencias, por dificultoso que resulte explicársela. ¿O usted se dirigiría a algún tipo de público con el mensaje: "muy señores míos, ustedes no existen. El único ser existente en este mundo, que tampoco existe, soy yo. De modo que préstenme su atención"? Podría ser el discurso de alguno de esos descuidados investigadores de moda que afirman que todo sucede en el cerebro. Yo ya me he retirado alguna vez de la sala apenas comenzada una conferencia que el venerable colega había introducido con esa tesis. Pero no lo hice en silencio. Bien que le dije con la voz más alta que pude: "Bueno, supongo, entonces, que mi presencia no hará falta. ¡Le deseo un muy feliz monólogo con su cerebro!"
– No se debe haber hecho usted demasiados amigos obrando de esa manera. ¿Cómo reaccionó el público?
– Los demás se quedaron sentados como si nada hubiera sucedido y sólo se molestaron con mi actitud. Nadie respondió debidamente a la descarada ofensa del conferencista que les estaba diciendo que no eran más que el producto de su fantasía, peor todavía, de un órgano instalado en su cráneo. ¿Se da cuenta? Y eso vale para algunos como el súmmum de la cientificidad. Aunque en rigor de verdad, él también se consideraba una marioneta de ese sagrado órgano. Después que llegué a casa se me ocurrió llamar por teléfono a secretaría para exigir que no se le pagaran honorarios a este buen señor, porque su conferencia sólo había sido uno de los tantos efectos de algún proceso cerebral. La secretaria, que ya me conoce, no me quiso tomar en serio. Ya sé que me tiene por loca, como tanta gente. Usted seguramente no, porque si no, no estaría aquí conmigo. Aunque con lo bien educado que es..., quién sabe.
Con una sonrisa nerviosa el muchacho trató de expresar que sí, que por supuesto estaba del lado de la profesora y que no era una mera cuestión de educación, pero no le salían las palabras y sintió un gran alivio al ver que ella continuaba.
– Bueno, por supuesto que no pasó nada. Y claro, a la hora de cobrar, todos los que tan científicamente niegan la existencia del yo y de la libertad son personas humanas como el que más y no perdonan ni un centavo. Para eso sí son libres: el trabajo producido es suyo y de nadie más, y la remuneración correspondiente también. Como por arte de magia, todos los involucrados se vuelven completamente reales, el conferencista, el público, los empleados que tienen que realizar el pago.
Aquí sí, la profesora se detuvo con un largo suspiro. Sus acuosos ojos celestes, agrandados por el cristal de sus anteojos y fijos en los de Esteban, parecían lamentarse de algo impreciso, posiblemente de la situación académica del país o de la incomprensión general de los temas filosóficos.
– No, Arizmendi, no. Si Descartes escribe es porque sabe perfectamente que será leído por muchos otros yos tan reales como él, quienes haciendo uso consciente de su libertad, serán capaces de realizar exactamente los mismos experimentos con exactamente los mismos pasos y las mismas conclusiones. Cada lector debe poder identificarse por completo con el yo que describe el autor.
– A eso se refería usted cuando decía que el yo pienso no podía identificarse del todo con el yo individual.
– Claro. Aquella conciencia (el acto que se expresa como yo pienso, pero que adquiere múltiples formas como dudo, entiendo, afirmo, quiero, recuerdo, espero, siento) es absolutamente individual, de otra forma no podría existir, y sin embargo está presente en cada persona humana y es la condición de posibilidad para que cada uno de nosotros pueda relacionarse con los otros y con los objetos. La misma condición en todos y cada uno. No quiero decir (Dios nos libre de semejante barbaridad) que todos seamos uno o que usted y yo seamos la misma persona. ¿Se imagina? Con gusto le desearía a usted muchas cosas, pero no que tuviera que compartir mis achaques – una risa franca iluminó la cara de la profesora. – Ni hablar de mi mal humor ni de todas las cosas que ya conocerá o habrá escuchado decir de mí.
De nuevo se vio Esteban en la difícil situación de tener que decir algo cortés pero sin adulaciones. Por suerte ella continuó sin que pudiera interrumpirla.
– La genialidad de Descartes consiste en haber puesto en claro por primera vez esta estructura elemental de todos conocida. Que ciencia y espíritu están en correlación mutua, se viene diciendo desde los griegos. El punto de flexión fue siempre la universalidad del conocimiento. La ciencia universal requiere una capacidad de universalización en el espíritu o razón, los que eo ipso son también, en cierto sentido, universales. Pero que ese espíritu es siempre un yo, mejor dicho, que el conocimiento es siempre el acto de un yo, sobre eso nadie había hecho hincapié.
– De aquí nacen las críticas al supuesto subjetivismo de gran parte del pensamiento moderno.
– Sin duda. Es que en cierto modo, pero solamente en cierto modo, el yo pienso se transforma de golpe en condición de posibilidad para los objetos del conocimiento. Esto no debe exagerarse, pero es evidente. Para que los objetos puedan estar puestos delante de mí como objetos, debo estar yo también. Pero ese dato tan elemental es lo menos interesante. Lo verdaderamente importante es que no se trata de dos cosas que estuvieran una frente a la otra, el yo y su objeto, sino de que el yo pienso está simultáneamente frente a su objeto y, por así decirlo, detrás de él, en el trasfondo de todos los objetos dándoles lugar para que puedan presentarse delante suyo. Es justamente por eso que la conciencia misma no aparece nunca entre las cosas, como sí lo hace la persona física y anímica de Descartes, que es un objeto entre los demás, incluso para él mismo, objeto que puede ser aprehendido y descrito como teniendo tales o cuales atributos.
O la persona de Amanda, pensaba Esteban, esa Amanda que hacía rato que no aparecía en su campo visual, pero que seguramente tendría el suyo propio como la conciencia que es y muy a pesar de los esfuerzos por demostrar que no existe.
– Más adecuada resulta por eso la crítica de otro de sus contemporáneos, Thomas Hobbes, nada menos. De acuerdo a como él presenta las cosas, Descartes estaría sosteniendo algo así como "el pensamiento existe", el pensamiento solo, sin sujeto alguno, sin alguien que sea el que está pensando, cosa totalmente ridícula para el filósofo inglés, como también para mí, una especie de alucinación fantasmagórica sin asidero corpóreo real.
– ¿El mismo del Leviatán?
– El mismo. Pero precisamente en este punto yace la fuerza del descubrimiento cartesiano: el "yo pienso" no se identifica con ningún sujeto determinado – y se identifica con todos. Toda persona pensante puede realizar y realiza efectivamente ese acto, no una vez, sino innumerables veces, durante todo el tiempo en que es consciente. Nadie es su dueño. Es un acto absolutamente individual, que sólo puede ser realizado por un yo personal. Y al mismo tiempo es absolutamente universal, puesto que es realizado por todo yo y en cada momento de su vida consciente. De manera que ni podemos vivir conscientemente ni nada puede ser objeto para nosotros (es decir: para nadie, ni siquiera para un Dios, dado que ningún sujeto pensante puede escapar a esta regla) si no es sobre el trasfondo de ese acto.
Se hizo un silencio que se prolongó por algunos minutos. Era ya relativamente tarde. La profesora hojeaba el voluminoso texto latino de las Meditaciones con gran concentración, mientas Esteban repetía en su interior cada una de las palabras que había escuchado. Paladeaba con lentitud el café que continuaba tomando pese a lo avanzado de la hora. Las galletitas no eran menos exquisitas.
Amanda no existe, pensaba. Las explicaciones de la profesora no solamente le daban a conocer un Descartes que parecía que nunca había leído, sino que agregaban nuevas dificultades a aquel argumento que había creído tan concluyente y le hacían ver con más claridad sus limitaciones. Las reflexiones de Tobías sobre la incapacidad de aprehender una conciencia ajena se veían refrendadas y extendidas de tal modo que venían a incluir a toda conciencia, la propia también. Ninguna mente, ningún espíritu, ninguna conciencia cae dentro del campo perceptible, sino que permanece siempre en el fondo del mismo, posibilitándolo. La diferencia, cavilaba repitiendo el diálogo con su amigo, es que la mía es la única que puedo experimentar "desde adentro", es decir, como sujeto. No se trataba de una diferencia insignificante, por cierto. Por ella era también consciente de sí mismo como sujeto activo, como el sujeto que provoca esas señales que reconocemos como suya y que ya no nos llegan de la persona que ha dejado de existir.
– Mucho de lo que usted dice me recuerda más bien a Sartre y sus teorías de una conciencia anterior a todo sujeto, esbozada justamente sobre las bases que echara Descartes – se atrevió a murmurar, inseguro de la pertinencia de sus apreciaciones –. ¿Un Sartre avant la lettre?
– Lo que pasa es que los malentendidos aparecen por todos lados. No empecemos a comparar a los autores entre sí porque no terminamos más. Sartre interpreta mal a Descartes y peor a Kant. La referencia de éste al "yo trascendental" parece un cuco que asusta a todo el mundo, sobre todo al de habla hispana. En realidad, no hay formulación más precisa para el descubrimiento cartesiano: pone bien en claro desde un comienzo que se trata de un juicio o acto elemental de juzgar, pero que es previo a cualquier tipo de juicio reflexivo, desplazando así el peso de la evidencia del "yo", puesto que no contiene ningún elemento material aprehensible, a la del acto "yo pienso", o "soy consciente", que debe poder acompañar cada uno de mis pensamientos, sentimientos, deseos, etc.
– Por eso sostiene Sartre que el yo es un producto de la conciencia. Al poner un yo trascendental de "fondo" Kant estaría traicionando el sentido más profundo de sus descubrimientos.
– La distancia que va del yo trascendental de Kant a la conciencia prereflexiva de Sartre es mucho más corta (y al mismo tiempo mucho más larga) de lo que el mismo Sartre piensa. En una cosa tiene razón con su crítica, él como tantos otros. Y es que Descartes no permanece fiel a sus principios. Una vez descubierta la evidencia fundamental todo el problema consiste en salir de ella para elaborar un sistema científico. ¿De qué modo? ¿No se ha cercenado él mismo toda posibilidad de salir de ese aislamiento? La radicalidad con que excluyó el "mundo exterior" le creará obstáculos insalvables. Por eso introduce en sus conocimientos mucho más de lo que ellos le dan. Un paso fundamental es la determinación del yo como sustancia pensante. Es lo que le critica casi todo el mundo. ¿De dónde sacó la idea de sustancia? Es una idea innata, nos dice. Allí se concentran todas las dificultades. Mire que no tengo nada en contra del concepto de sustancia, como sí lo tienen tantos colegas que desconocen casi toda la historia de la filosofía, pero Descartes tendría que haberse detenido a analizar ese concepto por lo menos tanto tiempo como el que puso a disposición para elaborar la duda metódica. De golpe nos abre una galera mágica de la que va sacando ideas; y lo peor es que esa galera no es otra que el yo pienso, que hasta este momento era sólo una forma sin contenido ninguno. ¿Se da cuenta? Ahora resulta que esa mera forma rebosa de contenidos. Leibniz pondrá el dedo en esta llaga. No, aquí hay un error metódico fundamental. Descartes tendría que haber dado los pasos subsiguientes con la misma minuciosidad que los anteriores, explicando detalladamente la necesidad formal de cada uno de ellos. Se apresura demasiado a subir al próximo peldaño importante, absolutamente necesario porque sin él se derrumba todo su sistema, la demostración de la existencia de Dios.
Hasta aquí llegaron las disquisiciones de la profesora Mercière. Justamente en el punto que más le hubiera interesado tocar a Esteban, él mismo decidió interrumpirlas, a pesar de que su anfitriona no había dado ninguna señal de cansancio o de estar preocupada por la hora. De ningún modo quería abusar de la amabilidad extrema de esa persona aparentemente tan solitaria y malhumorada pero que en el fondo estaba hecha de la más frágil humanidad. Se despidió con el mismo embarazo con que había accedido a su invitación, tratando de poner lo más lejanas e inciertas posibles las circunstancias de un nuevo encuentro pero sin poder escaparse a alguna concesión del tipo, "bien, seguramente, ya vamos a ver, el próximo cuatrimestre, cuando se termine de arreglar todo, etc."
Volvió a su departamento caminando, como había venido, tratando de evitar las calles demasiado concurridas y las concentraciones de gente. Al llegar a Ciudad de la Paz dobló para el centro y continuó luego de esa manera, siempre por las calles paralelas a Cabildo y Santa Fe sin meterse en las grandes avenidas. Iba encerrado completamente en sus pensamientos como atravesando un sueño del que no pudiese despertar sin un esfuerzo sobrehumano, respirando el aire manso del otoño que se desparramaba por los barrios que le eran tan familiares.
Nunca antes, reflexionaba, había reparado con tal intensidad en esta evidencia desconcertante. Las cosas podrán ser lo que sean, con sus causas y efectos totalmente independientes de nosotros, pero en la medida en que entran en nuestro campo de conocimiento (y solamente en esa medida podemos relacionarnos con ellas y, a través de ellas, con los demás), pasan a formar parte de un conjunto que tiene un trasfondo común a todas y que es el de nuestra conciencia, la mía y la de todos los demás. Esa conciencia que no vemos es la que nos permite ver cada una de aquellas cosas y forma parte constitutiva de todas nuestras experiencias, de modo que, en otro sentido, es lo que siempre vemos, lo que más vemos, lo que siempre está presente en cada uno de nuestros actos. Eso desconocido es lo más conocido. Tal es, según Descartes, la certeza primera. Ahora, por fin, lo veía con claridad.
¿Tanto le había costado comprenderlo? La dificultad principal residía, sin duda, en la identificación casi natural que el lector hace del "yo pienso" con una persona particular. Las burlas de la profesora Mercière sobre el "yo, Descartes" habían calado muy hondo adentro suyo. Aquella evidencia tan transparente está muy lejos de garantizarnos el conocimiento adecuado de algún sujeto pensante como individuo particular o el hecho de que uno mismo se conozca más exhaustivamente que a los demás o mejor que las otras cosas, conclusión que contradiría nuestras experiencias más elementales. Nada de eso. Más fácil le resultaba a Esteban conocer la obscura calle por la que caminaba que el caos tan íntimo de sus propios sentimientos. Aquello más conocido que todo es solamente el puro acto de conciencia, sin ningún contenido, ese acto que se repite cada vez y constantemente mientras somos conscientes y que, en el fondo, "dice" o da a conocer lo mismo en cada uno de nosotros, la mera forma de ser conscientes de algo, una especie de tul o de tamiz inaparente que filtra todo cuanto sentimos y conocemos. Con todo, esa forma universal que hace posible cada uno de nuestros actos conscientes y que es la misma en todos, es siempre privativa de una persona determinada y por eso se expresa en cada caso como la "mía" o como "yo", aunque no contenga ninguna referencia ulterior a mí como individuo, salvo la de no ser nada más ni nada menos que el despliegue de mi propia identidad y la concreción de mi historia personal.
Una evidencia semejante, que unifica una experiencia exclusivamente individual y, al mismo tiempo, completamente universal, ese acto que todos realizan siempre, pero en cada caso como individuos y sólo para sí mismos, es todo lo contrario de algo que va de suyo, cuyo conocimiento pudiese darse por presupuesto en el común de la gente. Por algo permaneció sin ser expresada con claridad durante veinte siglos de filosofía. Lo que salta a la vista y lo que ocupa la atención es el objeto al que la conciencia se dirige en cada caso. Tal como había oído de boca de la profesora, la conciencia, pensaba Esteban, está siempre como detrás del objeto, y nunca aparece en la superficie, a menos que tengamos alguna razón muy importante para reflexionar sobre ella y volverla objeto de nuestra consideración.
Al llegar a Pueyredón decidió mezclarse entre la gente y seguir hasta Talcahuano por Santa Fe. Imaginó a Descartes observando a los paseantes desde su ventana. Debajo de cada sombrero, dentro de cada abrigo, podía ocultarse un autómata. Su situación no era la misma, pero cabía plantearse la misma cuestión. ¿Quién le podría asegurar sin dejar rastros de sospecha que las figuras aparentemente tan humanas que desfilaban bajo su mirada eran justamente hombres y no había entre ellos algún otro tipo de ser vivo o de robot? Posiblemente no hubiera ninguna demostración que pudiese acabar con todas las dudas posibles a la hora de ponerse a plantearlas sistemáticamente. Y, sin embargo, ese pudor indefinible que espontáneamente sentía frente a ellos... sólo podía experimentarlo ante sus semejantes. No era necesario extremar los análisis, como Sartre con el fenómeno de la mirada, pero le resultaba evidente que aquella estructura de la conciencia que había descubierto en sí mismo de la mano de Descartes y de la profesora Mercière era válida para todos y cada uno de los peatones. Detrás de cada par de ojos se desplegaba un mundo como el suyo, pero en el que él ya no era el permanente observador desde el fondo del escenario ni el actor principal ni mucho menos el director, sino uno de los innumerables actores y un dato más entre los objetos presentes para ese otro sujeto pensante.
Amanda no existe sólo podría comprobarse si se pudiese demostrar que no había una conciencia llamada Amanda. Esa conciencia individual capaz de pensar, decidir y actuar, con todos los atributos personales que le correspondían por llevar el nombre de Amanda.
IV – Sobre el límite
De nuevo se encerró en su departamento con la pequeña edición de Rodis-Lewis para tratar de ver con más claridad los fundamentos de la demostración de la existencia de ese individuo absolutamente único que lleva el nombre de Dios. Se animó a introducirse en el sanctasanctórum de su tío y en su biblioteca de clásicos franceses descubrió un profuso comentario al Discurso del método y obras escogidas de Descartes con parte de la correspondencia y las Meditaciones con las objeciones y respuestas. No terminaba de sorprenderse con cada nuevo descubrimiento. Aunque no se trataba de "descubrimientos", sino de la profundización de los viejos temas que había considerado de forma demasiado superficial. Tantas veces habían conversado sobre los mismos textos en la facultad y, sin embargo, parecía que los estuviera leyendo por primera vez. Los conceptos se balanceaban constantemente de un extremo al opuesto. Lo que era anterior se transformaba en posterior, el presupuesto en su consecuencia, lo universal en individual, y a la inversa. Una lógica sutilísima parecía gobernar su relación y no permitirles quedarse quietos en una posición determinada.
Al volver a encontrase con Tobías retomó el hilo de la conversación refiriéndose directamente a estas reflexiones, sin alimentar ningún tipo de esperanza de revalidar su fracasado argumento.
– Una cosa de locos – fue el comentario de Tobías. – Comenzando por el yo pienso, que parece la constatación más banal del mundo y la más cercana a cualquiera de nosotros, y es, en realidad, la más lejana.
– Es un producto, un resultado metódico, eso es lo primero que cuesta entender. No se trata de algo inmediatamente dado, aunque así lo parezca después de haber sido puesto de manifiesto y porque está verdaderamente ahí, a la mano de cada uno que quiera ponerse a pensar. Siempre hay lugar para malentendidos. En algún número de la revista Jauja que tenía mi tío se leía la parodia de un tipo que para asegurarse de que existía se pegaba todos los días un martillazo en el pulgar. El asunto salió bien hasta que el dedo se puso insensible. La duda existencial que lo invadió entonces fue mortal.
– Es bastante cómico.
– Como chiste, sí, pero muestra claramente hasta qué punto se puede entender mal.
– Tu caracterización de "resultado metódico" es la más adecuada. Si fuera lo contrario, algo de lo que partimos inmediatamente y no algo a lo que llegamos llevados por la necesidad argumentativa, no se podría defender el valor universal de conocimiento que Descartes exige y reclama para él. Se agotaría en la mera certeza que un individuo tiene de sí mismo.
– Aparte, una situación real correspondiente es inimaginable. ¿Alguna vez viste a alguien que interrumpiera de golpe cualquier cosa que estuviera haciendo para decir: "¡Caramba!, pienso, existo", o mejor aún con el luego: "¡Vive Dios!, pienso, luego: ¡existo!"?
– Tampoco carecería de gracia. Pues no. Tiene que tratarse de un resultado. Presupone el dificultoso camino de las dudas que es el único que permite acceder a esa convicción.
– Lo decisivo es si ese camino cumple o no con su cometido. Con él Descartes quería poner a prueba todo tipo aparente de conocimiento, examinando hasta qué punto éste es capaz de afirmar sus derechos e inventando los motivos más abstrusos para derogarlos en el punto mismo en que ofrecieran algún flanco débil para el ataque, por pequeño que fuese.
– Abstruso, sí, primero imaginar que estamos soñando, luego la invención de un espíritu poderoso que nos quiere engañar a cada paso. ¡A quién se le ocurre...!
–... Pero que nunca podrá engañarnos en este punto: yo pienso, yo existo como pensante es verdadero cada vez que lo pronuncio o lo pienso, porque en el instante mismo de expresarlo estoy pensando y existiendo. A pesar de lo exagerado, el invento funciona. En el fondo nos está diciendo que ni Dios podría engañarnos en esto.
– De acuerdo, parece que no hay lugar a dudas. Si soy capaz de expresar este único pensamiento: "yo existo" será necesario que sea verdadero, por lo menos mientras dure mi conciencia de que es así.
– Y ahí es donde surge el nuevo problema – casi saltó Esteban –, "mientras dure mi conciencia de que es así". ¿Te das cuenta? Aquí está la clave para comprender el desarrollo posterior de las Meditaciones y en particular las pruebas de la existencia de Dios. Ya el tortuoso camino de las dudas puso de manifiesto mis limitaciones, me desnudó a mí mismo como un ser finito. Pero el resultado final, atado a la limitación de un instante, pone bien a las claras que esa certeza tan extraordinariamente cierta es esencialmente finita.
– ¿No estás exagerando un poco? Un resumen tan expreso no recuerdo haberlo leído, por lo menos de forma textual.
– Pero es lo que se desprende de toda la argumentación. El yo pienso es indudablemente cierto, cada vez que y tanto tiempo como lo expreso. Pero si la certeza de todo lo demás depende de él, ¿cómo se puede estar seguro de que cualquier otro conocimiento permanecerá siendo verdadero cuando no es objeto de mi percepción? Necesito una garantía de permanencia.
– Según tu interpretación, entonces, la demostración de la existencia de Dios tendría esa función, la de garantizar la verdad de todo lo demás, fuera del yo pienso.
– No se trata solamente de mi interpretación. Descartes se preocupa por demostrar, entonces, dos cosas, la existencia de Dios y la seguridad de que la misma soporta con su fuerza la constancia de los conocimientos universales y necesarios, como los de las matemáticas.
– Es un tema sobre el que me ha hecho reflexionar bastante, simplemente porque parece casi infantil: Dios es tan bueno que no quiere que me equivoque.
– No hay nada que no se pueda malentender. Tratemos de formular lo fundamental del proceso de forma concisa: mi acto de conciencia, que es el que tengo que presuponer para todo conocimiento, lo comprendo necesariamente como un acto finito, limitado en el tiempo. Pero no puedo comprender su finitud si no es presuponiendo que, de la manera que sea, ya la he trascendido. Para reconocer un límite como límite, tengo que haberlo sobrepasado de alguna manera, tengo que saber o imaginar que hay algo más allá.
– Descartes asume inmediatamente que aquello hacia lo que he trascendido esto limitado es lo ilimitado. ¿No podría ser otra cosa, también limitada? Tan limitada como la anterior.
– ¿Y ésta también debo trascenderla? ¿Y la próxima? ¿Y así al infinito? Tiendo a darle la razón a Descartes, de que se trata de algo totalmente diferente, porque con el yo pienso no solamente aprehendemos algo limitado y finito, sino que comprendemos la limitación misma, la finitud en cuanto tal.
– ¿Por qué llegás a esa conclusión? ¿Por qué no basta con que el yo pienso sea algo limitado y nada más? Como tantas otras cosas.
– Por lo que estamos afirmando todo el tiempo: no se trata de un conocimiento entre otros, sino de la forma de todo conocimiento, aquello que nos permite acceder a cualquier otra persona o cosa. Ese marco general para todos los objetos les confiere el carácter de ser finitos ellos mismos, a menos que haya algún modo de escaparnos de ahí. Por eso sostengo que no es algo limitado en medio de tantas cosas limitadas, sino la limitación misma, la finitud en cuanto tal. Y por eso trascenderla no significa pasar a otra cosa finita, sino a algo mucho más fundamental, y eso es, según Descartes, la idea de la infinitud.
– No estoy seguro de entender del todo. No resulta nada fácil familiarizarse con tu idea de infinitud.
– Y sin embargo, lo que Descartes sostiene, es que la idea de infinitud, que no la inventé yo, es el conocimiento básico, el más básico de todos, el que presuponemos cada vez que conocemos algo limitado. Lo que hacemos es "recortar" lo finito sobre el trasfondo del infinito.
– Parece poner las cosas de cabeza.
– En efecto, hay pocos temas tan controvertidos en la historia de la filosofía como el de nuestro posible acceso al concepto de infinitud. ¿Tenemos una idea clara de ella? ¿De qué forma podemos obtenerla? Esa suele ser la cuestión. Pero Descartes la da vuelta, por así decirlo, y la presenta así: ¿cómo es que soy consciente de mi finitud, siendo que mi conciencia se había puesto de manifiesto como una certeza inamovible, absoluta? A partir de este interrogante llega a una respuesta que considera tan evidente que el lector queda desconcertado ante semejante seguridad. La imperfección, reflexiona, es una negación, lo mismo que la finitud, y tanto la una como la otra sólo pueden conocerse por referencia a aquello que niegan y, por lo tanto, presuponen. Toda negación es negación de algo que tiene que estar ahí antes de poder ser negado. Aquí el lenguaje nos tiende una emboscada, porque la palabra in-finitud no es, lingüísticamente, algo positivo, sino una negación. Pero no pasa lo mismo, dice Descartes, con su idea, que es pura positividad. Esto resulta más claro si en vez de ella tomamos su equivalente, la idea de perfección, la que por eso mismo Descartes prefiere a menudo a la otra. En este caso la palabra negativa "im-perfección" acompaña correctamente a la idea negativa. Es decir: si conocemos la imperfección es recortándola sobre el trasfondo de la idea de perfección. Así también, argumenta, si conocemos la finitud, es recortándole un pedazo a la idea de infinitud.
– ¿A quién se le ocurrió tildar de "racionalista" este tipo de pensamiento? Nos está diciendo algo que a primera vista resulta muy poco razonable y, como acaso hubiese dicho Borges, parecería pertenecer más bien al género de la literatura fantástica.
– Si pusiéramos su tesis con todas las letras tendríamos que decir: lo que siempre y en cada caso conocemos y que condiciona el trasfondo mismo de toda experiencia y hasta de nuestros propios actos de conciencia, es la infinitud, la perfección, en último término la idea de Dios; todo lo demás lo conocemos gracias a que la conocemos a ella.
– Lo que te decía: pone todo de cabeza. El yo pienso constituía la única certeza absoluta que se tenía hasta ese momento, Ahora se convierte en una certeza fundada. Es como si todo el tiempo corriéramos para atrás: la primera evidencia que se nos aparece es la de la percepción de las cosas por medio de los sentidos. Esta evidencia fue retrotraída a una mucho más fundamental, la del acto yo pienso. Creo que esto se puede entender sin demasiadas dificultades, se esté de acuerdo o no. Pero ahora resulta que esa certeza absoluta se desvanece para dar lugar a otra mucho más difícil de aprehender.
– No, aquella certeza no se desvanece para nada, sino que recién ahora alcanza su verdadera dimensión. El fin de semana tuve un encuentro casual con una profesora del que resultó un extenso diálogo sobre estos temas. Me puse a leer algunos comentarios, algunas de las objeciones al libro y algunas de las respuestas del mismo Descartes y presumo andar en la pista correcta. Me da la impresión de que hay una especie de relación pendular entre estas dos certezas: la del yo pienso y la de la idea de la infinitud, es decir en el fondo, la existencia de Dios. Ambas se condicionan mutuamente.
– Aquí es, entonces, donde pasamos a las pruebas de la existencia de Dios, que te decía que se basan en una reflexión fascinante y engañosa al mismo tiempo.
– Sí, la reflexión se torna resbaladiza al extremo. Sobre todo considerando el último de sus argumentos, el que Kant llamó "ontológico", nombre bastante sugestivo por cierto. La idea de Dios que todos tenemos no es otra que la de la infinitud, la del ente realísimo, ente de todos los entes, suma de todas las perfecciones. Pensar a un Dios al que le faltara una sola perfección no sería pensar a Dios, sino alguna otra cosa, o sería contradecirse a sí mismo. Y la existencia es una perfección si las hay. De modo que Dios, que contiene en sí todas las perfecciones, tiene también la de la existencia, es decir, existe necesariamente.
– Tal vez "resbaladizo" sea la palabra correcta. Cuando lo escuché por primera vez me pareció una burda falacia. Pero más te ponés a meditar en él y más difícil se te hace abandonarlo.
– Sobre todo considerando el final de la exposición, cuando Descartes le da un giro totalmente paradójico. El ser es, argumenta allí. Es imposible pensar lo contrario, imposible pensar el ser como no siendo. Pero el "ser", sin otro aditamento, es Dios. En eso está de acuerdo con toda la teología. De modo que pensar el "ser es" y pensar "Dios es o existe" es exactamente lo mismo. Lo contrario sería una contradicción y toda contradicción se elimina a sí misma.
– Son demasiadas las cosas que dice en esas páginas con la misma convicción. Por un lado sostiene que la existencia es una perfección entre otras, pero por otro parece identificarla con el sentido más profundo de la idea del ser, es decir, no con una, sino con la perfección sin más.
– Aparte de eso, la expresión "el ser es" no es para nada evidente. A nadie se le ocurriría decir, por ejemplo, "la existencia existe". Lo que existe es lo existente pero no la existencia misma. De manera que esa intuición, "el ser es", que es tan clara para Descartes, resulta no serlo tanto para otros. Pues no parece que el ser en sí mismo sea, sino algo, una cosa determinada que está siendo en cada caso.
– "A nadie se le ocurriría". ¿No estamos ante la misma situación que con el yo pienso? También a él lo excluimos de nuestras ocurrencias de la vida cotidiana.
– Tal vez. Bien, en realidad no son pocas las semejanzas. Ambos son el producto de un trabajoso proceso de reflexión, pero ambos se presentan al final como una intuición, es decir, como algo inmediatamente aprehensible, como si aquel proceso no fuera necesario. Ambos se manifiestan como fundamento para todos nuestros conocimientos restantes. Demasiadas coincidencias.
– De todos modos, lo que decís concuerda perfectamente con su aseveración final de que este pensamiento no es una "demostración", sino una evidencia patente al espíritu que no requiere de prueba ninguna. Sólo bastaría "mirar" el concepto de ser o de Dios para experimentar esa evidencia y convencerse de ella. La proposición "Dios existe" no requeriría entonces de ningún argumento, porque ni siquiera sería un juicio que une dos términos diferentes como sujeto y predicado, sino que se trataría de una idea única e indivisible, la idea de la perfección, de la infinitud, del ser.
– Por eso Kant hace muy bien en dar el nombre de "ontológico" a ese argumento, puesto que Descartes trata la idea de Dios del mismo modo que la metafísica tradicional el concepto del ente. Simplificando bastante las cosas, ya Aristóteles sostiene que todo lo que conocemos o de lo que tenemos alguna experiencia, lo conocemos como siendo de tal o cual manera, o sea, como "siendo". Afirmar lo contrario sería ridículo. No puedo decir que conozca algo que no es en absoluto o que lo conozca justamente porque no es. Si lo conozco, de alguna manera tiene que "ser". De modo que tiene que haber también algún tipo de conocimiento de ese "ser" en general, del cual todos los modos particulares de ser son una especie de recorte. Pero en su caso, lo que se presupone es el concepto universal analógico de ser y no la existencia particular de algo.
– Y en eso consiste lo "resbaladizo" del argumento. Es como si se deslizara ingenuamente de un sentido de la palabra "ser" a otro totalmente diferente, del "ser" en el sentido más general e indeterminado que se aplica a todo, al "ser" como "existir", que es el modo más concreto de ser.
– ¿Será posible que Descartes estuviera cometiendo un error que ya había refutado santo Tomás tres siglos antes, o que se dejara engañar por una apariencia que todos sus críticos dicen advertir y desenmascarar con absoluta claridad?
– ¿La misma claridad con que Descartes afirma que vemos su idea de Dios?
– En realidad sí. La situación no podría ser más desconcertante, porque ambos lados se remiten con la misma convicción a la evidencia inmediata de nuestro pensamiento. Descartes dice: la idea de Dios es la que con más claridad se puede ver, a tal punto que sin ella no puedo ver ninguna otra. Si conozco algo y puedo razonar y discutir, es porque tengo presente la idea de la infinitud, que es la de Dios. Sus críticos dicen: nadie ve la idea de Dios, se trata de una construcción de nuestra razón, y resulta harto difícil, si no imposible, conocer la infinitud. ¿Quién ve con más claridad, Descartes o sus críticos? ¿Están hablando todos de la misma cosa? Si es así, ¿quién se equivoca?
– Típico de los filósofos ¿no? ¿Hay algún otro gremio en el que se presenten situaciones semejantes?
– Decididamente sí – reaccionó Esteban con cierta violencia –, un montón, el de los economistas, por ejemplo, el de los políticos, el de los hinchas de fútbol. Baste leer el análisis de una crisis financiera en dos diarios diferentes. Lo que en uno es blanco, en el otro es negro. Pero volvamos a Descartes. El consenso general, si es que tiene algún valor mencionarlo, se opone a él. Su tesis le ha ganado no pocos enemigos. No sólo porque convence a muy pocos, sino porque a muchos les parece prestada y, como te decía, refutada ya con anterioridad de siglos, aunque yo no comparto para nada esta opinión.
– Vos sabrás.
– De todos modos, me parece que Kant subraya con razón el punto fundamental para rebatir el argumento cartesiano: todo juicio de existencia presupone una experiencia real en el espacio y en el tiempo, y es imposible deducir la existencia de algo a partir de su mera idea, aunque se trate justamente de la idea de todas las ideas o de la idea de Dios.
– Así arribamos a lo que pretendía ser la base de tu argumento: De aquello de lo que no se tiene una experiencia real o algún indicio sensible unívoco del que se lo infiera con necesidad, no se puede afirmar con absoluta certeza que exista. Pero, te decía yo, tampoco que no exista.
– Así es, sí, de allí quería partir y me has puesto suficientemente de manifiesto los límites de mi argumentación. Descartes, por el contrario, pareciera haber tratado en este caso y solamente en él, un juicio de existencia como si fuese derivable a partir de una idea. Al menos en la medida en que se trata de una inferencia de la razón y no de una evidencia inmediata, como decíamos.
– La diferencia entre los cien pesos meramente pensados y los cien pesos reales, que no son ni uno más la vamos a notar, a más tardar, en el momento en que tengamos que pagar. No creo que Federico se conforme con nuestros pensamientos puros como forma de pago, por más que contengan un millón de pesos.
Esteban sonrió con amargura. Casi instintivamente volvió a pensar en la tesis doctoral con el tema "los cien táleros con los que Kant tendría que ponerse". Para ser presentada ante la Academia Nacional del Lunfardo. Título alternativo: Un talerazo de cien sopes. La idea de la profesora Mercière iba también por ese lado, pero era mucho más culta. Preferiblemente en latín, le había dicho. Dialogus inter philosophos bonae mentis, o algo así, un diálogo entre filósofos de sentido común. Aunque homines bonae voluntatis se adecuaría mejor a sus discusiones con Tobías, "entre hombres de buena voluntad". Ya que otra cosa no tenían... Por lo que respectaba a él mismo, al menos, era el nombre adecuado. Eso era él, sin ninguna duda, un pobre hombre, pero eso sí, muy bueno y muy voluntarioso. "¡Qué pedazo de buena voluntad que tenés, querido, si tuvieras la misma dosis de capacidad intelectual...!"
En realidad no parecían haber avanzado un solo paso en sus disquisiciones, sino más bien haberse movido todo el tiempo en círculo. Sólo sus dudas y vacilaciones se habían agrandado y profundizado. Aunque pensándolo bien... Ahora podía plantearse con toda claridad un interrogante que había comenzado a insinuársele desde la discusión del viernes anterior. ¿Habría estado identificando a Amanda con la suma de todas las perfecciones? ¿Él, Esteban, cometiendo semejante barbaridad? Al pensar que Amanda no existe, ¿habría estado suponiendo algo así como "El ser perfectísimo carece de la perfección más elemental, fundamento de todas las demás"? Amanda no existe. Pero ¿qué es lo que existe en realidad? ¿Su conciencia, el bar, las mesas, Tobías?
Al menos con esa seguridad podía contar. Tobías estaba allí, una persona por la que sentía una simpatía natural que creía que era mutua, con la que podía compartir inquietudes, dudas y certezas, interrogantes y convicciones. Cada uno seguía con interés y atención el razonamiento del otro. Una armonía mayor no era dable esperar para el tipo de reflexiones en que él, Esteban, había metido a su amigo, tal vez a la fuerza, en todo caso persiguiendo un fin exclusivamente personal.
– Disculpá que te haya hecho repasar todas estas cosas que conocerás de memoria – dijo Tobías a manera de resumen –. Yo no me puedo quejar porque es mucho lo que he aprendido de nuestra conversación, seguramente mucho más que vos. No quería ser prolijo, lo que pasa es que poniendo un poco en claro las oscuridades que van surgiendo podemos plantearnos mejor el tema de fondo de tus disquisiciones. Después de todo lo que dijiste sobre el argumento ontológico se ha vuelto todavía más evidente que lo que tenés que hacer es demostrar la incompatibilidad esencial entre la existencia y el concepto de Godot Como te decía, me da la impresión de que buscás un "argumento ontológico" al revés, ¿"antiontológico" se puede decir?
– Vos sos el que sabe griego.
– Suena muy mal, pero tal vez sea más claro que partir del concepto de no-ente e inventar monstruosidades tales como "meontológico" o "ucontológico". Acaso "medenológico" o "udenológico".
– Hasta el "ornithologicum" de Georgie suena mejor.
– Variación acriollada sobre el mismo tema, pasando de la teología a la ornitología. Para Borges se trata de un mero juego.
– De un desafío, más bien: si en mi imaginación aparece una bandada de pájaros y luego desaparece sin que yo haya podido constatar su número. ¿Quién será capaz de hacerlo? ¿Era un número determinado o no? Seguro que sí, pero ¿para quién? Es el mismo problema que Descartes podría haber planteado con todas las matemáticas juntas. Sus verdades son eternas. ¿Y si nadie las piensa? ¿Dejan de ser verdaderas? ¿O debemos deducir que existe un espíritu que siempre las piensa? De nuevo el problema de la necesidad de una garantía de la verdad y de su permanencia. Juego o no juego, el ejercicio no es ninguna tontería.
– Son los pajaritos que uno tiene en la cabeza.
– El tema de las aves para las divagaciones filosóficas tiene su tradición ¿no?
–Para nosotros que sólo andamos a la caza de pájaros se adecuaría más una denominación que lo indicara, como "ornithotherológico", "ornithéutico" o algún otro engendro más esperpéntico.
– ¿Y "godotológico"?
Se despidieron entre risas.
V – Ausencia justificada
El buen humor desplegado al terminar la última conversación no consiguió engañar ni un ápice a Esteban sobre su verdadero estado de ánimo. Cada paso que daba lo alejaba más de su objetivo. La desilusión se fue haciendo tan profunda que comenzó a preguntarse si su vida tenía algún sentido mientras la sospecha de que Amanda pudiese existir a pesar de todo se volvía cada vez más amenazadora. A menos que lograra demostrar que su concepto es en sí mismo contradictorio. ¿Podía ocurrírsele algo más absurdo? Pero no había sido suya la idea. Tampoco era una mera ocurrencia. Sino condición necesaria.
Amanda reducida a un concepto y éste a una contradicción. Muy simple. Simplicísimo. De regreso a su casa, después de esta decepcionante discusión, arrancó una por una las fichas que contenían aquellos pensamientos tan "irrebatibles" de otrora. Sólo dejó en cada habitación ese letrero que casi se había convertido en la condición de posibilidad de todos sus actos: Amanda no existe. Con el resto salió al balcón de su sexto piso, rompió minuciosamente cada uno de los papeles hasta hacerlos lo más pequeños posible y los arrojó al viento. "La verdad no deja de ser verdad por desparramarse hecha añicos hacia los cuatro puntos cardinales", pensó entonces con ácida ironía.
Le costó mucho excusarse ante Tobías e inventar algún pretexto abstruso para no volver a encontrarse con él todas las tardes en la whiskería después del trabajo. Pero ello le ayudó también a comprobar una vez más la entereza y la calidad humana de su amigo, quien a pesar de que no podía no sospechar alguna conexión directa entre el fracaso argumentativo de Esteban y su repentina falta de tiempo, aceptó sus excusas sin ningún tipo de reproches y continuó mostrándose tan amable con él como hasta entonces, con esa franqueza y afabilidad que le conocía tan bien. Más aún: desde aquel momento comenzó a preocuparse por su salud y a preguntarle de vez en cuando con mucho interés por su estado de ánimo general, sin llegar en ningún momento a traspasar el umbral de la discreción. Esteban no podía explicarle la razón verdadera de lo que él mismo consideraba una especie de traición y le aseguraba que pronto despacharía algunos trabajos que le habían encargado sus padres y que entonces iban a poder reiniciar sus conversaciones. Por lo demás, sus diálogos se reducían a cuestiones de trabajo.
Sus noches y sus fines de semana los pasaba escuchando música y leyendo, mientras de tanto en tanto trataba de pergeñar ideas para un nuevo argumento que no repitiera los errores del anterior. Le costaba enormemente concentrarse. Cualquier esfuerzo que hacía en esa dirección se le volvía ridículo en el momento mismo de su realización. Pero ¿por qué sorprenderse ahora? Desde un comienzo había sabido muy bien que la tarea que se había propuesto era una locura, negar la existencia de esa Amanda que cada vez se le volvía más patente. Más la negaba y más estaba ella allí, rodeándolo por todos lados y habitando cada rincón de su alma. ¿O acaso lo había ignorado en algún momento? Observada desde la distancia de meses no veía ahora diferencias entre su actitud y la de cualquier muchacho desengañado que tanto despreciaba. En vez de una disquisición filosófica tendría que haberse dedicado a componer un tango sentimental y llorón. Se mortificaba repitiéndose cosas semejantes y amplificando sin piedad la magnitud de sus debilidades.
Con dos condiciones tenía que cumplir: formular un concepto adecuado de Amanda y demostrar que éste se contradecía a sí mismo. Una tarea era tan absurda como la otra y ambas estaban condenadas al fracaso desde un comienzo. Tantas veces había oído y repetido él mismo la sentencia de Goethe sobre la inefabilidad del individuo. ¿Y ahora quería definir con claridad y exhaustivamente a Amanda? ¿A ese individuo único que tan intensamente había amado? Igualmente, a menudo repasaba con tristeza algunas impresiones típicas de ella que se le iban ocurriendo: el brillo penetrante de su mirada, su frente despejada, el tono melodioso de su voz, sus manos suaves y cálidas. "No se puede ser más cursi", pensaba con desazón. Además, seguramente habría cientos y miles de muchachas con características similares. Claro: posiblemente no se tratara de las mismas características, de los mismos ojos color ámbar, por ejemplo, pero ¿de qué manera se puede expresar la unicidad de alguien en palabras? "Los incandescentes ojos ámbar de Amanda, que sólo ella tiene y sólo ella puede tener" es una frase que a nadie le dice nada; es más, tal vez hubiera otras Amandas con ese color de ojos, aunque no se tratasen de la misma muchacha ni de los mismos ojos en sentido estricto, pero quienes oyesen esa frase podrían pensar inmediatamente en la persona que conocían y no justamente en la Amanda cuya inexistencia Esteban trataba de demostrar. Su abuela paterna, por ejemplo, a quien había conocido durante unas breves vacaciones en Córdoba, ¿no se llamaba también Amanda como ella? Tenía la misma mirada y aquella frase, leída por alguno de sus admiradores, que seguramente los habría tenido a montones en su juventud y los tendría todavía, dada su singular belleza, podría aplicarse sin rodeos a ella misma.
¿Recurrir a las coordenadas de espacio y tiempo? ¿No es esa la manera más fácil de determinar la singularidad de alguna cosa? La Amanda que nació en Carlos Paz tal día de mayo hacía 21 años, que se fue a estudiar Bellas Artes a Buenos Aires hacía dos años y medio, etc., etc. La Amanda así definida era única e irrepetible. Encontró un cierto atractivo en esa idea con la que se reduciría a la muchacha a una suma indefinida de casualidades insignificantes, como el día y lugar precisos de nacimiento, datos puramente numéricos y, en el fondo, impersonales, aunque dieran la información más inconfundible de una persona. Pero no podía ignorar que con tales detalles precisamente estaba dando por supuesta la existencia de Amanda y no negándola, aunque se tratase de su existencia pasada. Y mientras más concreta y certera fuera su descripción de la persona individual Amanda, menos posibilidades le quedarían para negar que hubiera existido. No era esa la forma como podría lograr su propósito, ni siquiera cuando al final del recuento total de datos agregara la sentencia temida: "y murió en tal sitio el día tal del año tal..."
La tarea era expresar con adecuación la clarividencia devastadora con que sabía que Amanda nunca había existido ni jamás habría de existir, que su existencia era imposible. Estaba acorralado, debía reconocerlo. Si Amanda hubiese existido y él la hubiese amado de esa forma incondicional con que lo había hecho, sería imposible deducir de ahí la contradicción lógica que buscaba. Además, estaría simplemente en presencia de una desilusión amorosa como hay tantas otras. "Muchacho muy enamorado siente una pena inenarrable al ser abandonado por su amada." Nada más lastimoso. La única lógica que descubría allí era la identificación de sí mismo como caso individual de un enunciado general elemental. ¿A qué largarse, entonces, a esgrimir argumentos racionales con el fin de liberarse de ella? Como si a la razón le bastase un ostentativo desprecio por los sentimientos para borrarlos de forma definitiva. No: lo que había sucedido es que él había creído en la existencia de una Amanda imposible y había unido tal creencia de forma ingenua y espontánea a la presencia real de aquella estudiante cordobesa de Bellas Artes, que todos sus amigos de entonces conocían tan bien, y cuya amistad habían frecuentado igual que él y todavía seguirían frecuentando, sin duda, desde que él se ausentara repentinamente.
Si todavía era posible algún argumento, tendría que cambiar radicalmente su modo de proceder. Debería echar mano de aquellos atributos que no se ven, pero que él había valorado tanto en Amanda y de los cuales ahora sabía con toda seguridad que no sólo no podían encontrarse en ninguna otra mujer, sino tampoco en ella. ¿Tenía algún sentido todo eso? Con desgano y a modo de mero ejercicio mental solía preguntarse cuáles eran las cosas que se había imaginado que Amanda representaba y la experiencia le había demostrado que no existían. Un aluvión de recuerdos se le venía entonces encima, pero llegado el momento de reducirlos a conceptos universales para provocar una contradicción lógica no era demasiado pródigo en riquezas el caudal de lo que se le ocurría: el amor, la fidelidad, la comprensión. "Nada del otro mundo", pensaba. En efecto, no había nada especial en todas esas cosas... despojadas del carácter incondicional y absoluto con que él las revestía. Pero ¿quién les otorgó esa incondicionalidad? ¿Había sido ella? ¿No había sido más bien él mismo, su propio inconsciente deseo? Allí estaba, evidentemente, la "contradicción". Lo absoluto de sus exigencias y lo imperfecto e inacabado de su realización. Lo más coherente sería, entonces, estructurar un argumento que tomara en cuenta ambos lados y pusiera de manifiesto su necesaria incompatibilidad. Fueron varias y dispares las divagaciones que se le iban presentando. Pero todas las veces el resultado obtenido, si se podía hablar de algo así, era magro, escuálido, descorazonador, irrisorio.
No. Decididamente no. Nada de eso arrojaba un resultado discretamente satisfactorio. No podía presentar "argumentos" basados en semejantes banalidades sin reírse de ellos y de sí mismo. La imagen del esperado Godot vino en su ayuda. Más bien lo que era dable imaginarse a partir de la espera de Vladimir y Estragón, independientemente de las intenciones del autor. No se sabe quién es. En todo caso, alguien que se hace esperar. Bien parece que fuese alguien muy importante que a cada momento está por llegar. ¿Algo así como un Dios? Si de un Dios se trataba, debía ser uno accesible a los hombres. Estos eran los dos extremos que Esteban precisaba para sus elucubraciones, el aspecto divino y el humano.
¿Y qué pasaba con él, el desesperanzado Esteban? ¿Quizás no había perdido todas las esperanzas? ¿Acaso estaba esperando a Amanda todavía? ¿No había, como contrapartida, una semejanza llamativa entre la actitud de aquellos dos protagonistas y la suya propia? ¿Cómo reaccionaría si de golpe la muchacha se le presentara y tratara de iniciar una conversación? Lo más terrible de todo era que ahora veía con claridad que el carácter absoluto de sus deseos y esperanzas puestos en ella los privaba de su condición de humanos. Debía confesárselo a sí mismo abiertamente. Llevadas al límite, mejor dicho, a lo ilimitado, más bien recordaban sospechosamente a cualidades que tradicionalmente se atribuyen a Dios: el amor y la bondad, la justicia, la sabiduría, el poder quizás.
El tiempo transcurría sin que llegase a ningún resultado razonable. De algún modo tenía que poner fin a su martirio. Sentía el deber imperioso de salir definitivamente de su aislamiento y, en especial, de comentar sus reflexiones con Tobías por incompletas y ridículas que fueran. Tenía que someterlas al juicio, sin duda demoledor, de quien consideraba el único juez competente, aunque para ello no le quedara más remedio que confesarse a sí mismo su falta de capacidad y de energía para salir de su hundimiento. Iba a decirle que la imposibilidad de demostrar la inexistencia de Godot con el primer argumento y la insistencia de él en que debía señalar una contradicción en su concepto lo había hecho detenerse en algunos de los atributos divinos, como la justicia y la bondad, que cuando son absolutos parecen contradecirse mutuamente. Seguramente a su amigo le serían familiares las clásicas oposiciones del tipo: o bien el creador es absolutamente justo y castiga a los culpables, o bien es absolutamente bondadoso y los perdona. El tema era demasiado conocido para que Tobías lo ignorara. Lo que resultaba novedoso era su descenso de las alturas, su reducción a la vista desde abajo y su aplicación a una persona humana.
Sostendría entonces que le parecía muy plausible suponer que lo que Estragón y Vladimir esperan sea un dios con rostro humano, porque no les sería dado acoger a otro entre ellos. Pretender lo contrario, que ese dios no se manifieste en forma humana, sino en toda su divinidad, sería suicida. La infinitud irrumpiendo en medio de la finitud los despedazaría. Mencionaría el mito de Semele como una magnífica puesta en imagen del tema. Su deseo ardiente de ver a Zeus no como hombre, sino como el dios que era, y la consecuente catástrofe provocada por su aparición como, rayo era una historia bien conocida por su amigo. De modo que el dios que aquellos dos esperan sólo podría ser humano. Por eso ese dios no llega nunca, porque un dios humano es imposible.
Cuando se decidió a encontrarse nuevamente con Tobías, después de casi un mes, su estado de ánimo era muy distinto del de la primera vez. Muy lejos se encontraba ahora aquella euforia triunfante por la convicción de haber hallado una verdad irrefutable. Le dijo con alegría real y no fingida, a pesar de la amargura que lo agobiaba, que había conseguido arreglar algunas cosas y podía respirar un poco, de modo que le gustaría volver a encontrarse con él en la whiskería de siempre.
El comienzo fue un tanto engorroso, puesto que no tenía nada claro cómo iba a explayarse sobre las causas de su ausencia. Nuevamente pudo comprobar la calidad humana de Tobías, quien orientó de inmediato la conversación hacia otros temas. Poco a poco, Esteban fue cobrando ánimo hasta que pudo retomar el hilo de las disquisiciones anteriores. Con más cautela que convicción, con más humildad que alegría, expuso el resultado final de sus reflexiones (si es que podía llamarse así esa hilera deshilvanada de elucubraciones, tan distinta del ambicionado argumentum unicum et inconcussum), aduciendo que los conflictos que intenta solucionar la teodicea lo llevaron a aplicar algunos de esos pensamientos al tema en cuestión. Eso le sirvió también para explayarse ampliamente sobre algunas disputas clásicas de la teodicea y distraer de ese modo su atención con otros problemas que no solamente le interesaban, sino que requerían de una gran concentración y le permitían alejar de Amanda su pensamiento.
La respuesta de Tobías no fue inmediata. También él parecía haberse vuelto más cauteloso. O tal vez se trataba simplemente de la reacción adecuada a las características de las nuevas reflexiones, que, desconectadas completamente de su única conclusión verdadera (Amanda no existe), despedían una especie de sobriedad aséptica, de indiferencia anónima que dejaban bastante frío a quien los escuchara. Aunque en esto, en realidad, no se diferenciaban mucho de su argumento primero. No, seguramente se debía a otra cosa. A la vaguedad de sus imprecisiones, a la monotonía repetitiva de sus intentos vanos, quién sabe. Lo cierto es que Tobías fue desplegando sus reflexiones con lentitud y como sopesando cuidadosamente cada una de las palabras que decía. Luego de revisar minuciosamente los pensamientos uno por uno, llegó a la inesperada conclusión de que eran convincentes. Más aún, la demostración había adquirido, según él, un sentido muy curioso y bastante diferente del de una mera constatación de no existencia. Era verdad: la no existencia de una persona de tales características quedaba ahora demostrada, pero de forma tal que esa demostración más se parecía a una descarga de culpa que a cualquier otra cosa. Una persona así no podía existir, porque sus atributos serían inhumanos.
– De acuerdo con tu exposición sobre la teodicea, lo que has logrado habría que llamarlo más bien antropodicea, pero con una connotación bastante diferente de la que le dieron los que inventaron ese nombre, si es que estoy bien informado. Se trataría de una apologética humana de ausencia: la justificación de la inexistencia de una persona individual determinada, a partir de lo contradictorio de su concepto, contradicción basada en el hecho de que las características requeridas por el mismo serían sobrehumanas y en ningún caso realizables por un pobre mortal. Si ese era Godot, su ausencia estaría perfectamente fundamentada. Jugando, entonces, con las palabras podríamos bautizar esta "disciplina" con el nombre de brotodicea o algo así: la defensa del hombre debido a su carácter de pobre mortal. Es el proceso inverso al de la teodicea que mencionabas –, ¿verdad?
El eco positivo sorprendió mucho a Esteban, quien vio que sus disquisiciones sobre temas tan escabrosos y en apariencia tan poco interesantes habían caído en terreno fértil. De nuevo se sintió alentado a discurrir y discutir algunos de sus conocimientos. De modo que comentó entre titubeos:
– Leibniz inventó el nombre "teodicea" para esta disciplina porque en ella se intenta justificar la existencia de Dios contra la evidencia irrefutable de la presencia del mal en el mundo, que parece acusarlo fundamentalmente a él como culpable, dados los presupuestos que se desprenden de su infinitud y perfección. Si el creador del universo es omnipotente, omnisciente y omnibondadoso, ¿cómo permite el mal? Esa es la acusación que se le hace. La teodicea era su descarga de toda culpa a pesar de su infinitud, como pensaban muchos, o justamente por ella, como pensaron Leibniz y Hegel.
– No me abrumés con tantos nombres. En tu caso se trataría, por el contrario, de la justificación de la inexistencia de una persona humana a causa de su finitud. Existe el mal, pero eso no impide la existencia de Dios, tal el argumento de la teodicea. No existe el bien absoluto entre los hombres, por eso no puede existir una persona adecuada a ese concepto y el hombre imperfecto está libre de culpa (entendámonos, de la culpa de no ser un dios), tal el argumento de la apologética humana que acabamos de inventar. Una especie de certificación justificativa de ausencia perdurable. El señor Godot falta con permiso. Pero falta siempre. Y siempre tiene permiso. Siempre falta con causa.
"¡Ausencia justificada!" pensó Esteban con horror muy para sus adentros, deletreando lentamente la aborrecible frase. Cada letra iba cayendo lenta y pesadamente desde una altura indeterminada, como las gotas de un líquido espeso y oscuro, hasta chocar con gran estruendo en el fondo de sus oídos. Pero ¿qué locura estaban cometiendo? ¿Justificar la inexistencia de la Amanda ideal, justamente de ella? Es decir, como lógica consecuencia: ¿justificar a la Amanda real existente? ¿De acuerdo con qué justicia? ¿Se daba cuenta Tobías de las consecuencias que arrastraban consigo tales reflexiones? Ahora se le ocurría un nombre adecuado para el personaje del tango en el que se le había transformado su argumento, no Godot, sino Gardel. "Andá a cantarle..."
Pero tuvo que concederle la razón, mal que le pesara. Ni se animó siquiera a insinuar algún tipo de crítica, de objeción, de contrariedad o aunque más no fuese de enmienda, sino que se limitó a asentir con la cabeza repetidas veces y con calma, fijos los ojos a través de la ventana en un punto indefinido de la calle, dándole vueltas una y otra vez a la condición necesariamente finita e imperfecta del ser humano. La Amanda ideal no puede existir y la Amanda real está exenta de toda culpa.
– ¡Un momento – replicó entonces –, no podemos eximir a nadie de toda culpa!
– Por supuesto que no de toda culpa. No vamos a cometer la misma generalización que tu primer argumento. Se trata solamente de justificar la imperfección elemental de todo lo finito, nada más. Las culpas que cada uno se cargue por decisión propia serán cosa suya y de ningún otro.
Se hizo un silencio largo y denso entre los dos. Paladeando lentamente un trago de whisky, Esteban trataba de imaginarse cómo haría para soportar los años siguientes de su vida con la certeza de que aquel ser ideal que había creído descubrir en Amanda no era nada más que pura imaginación, y que la Amanda real, que tanto había amado, no sólo existía en algún lugar del universo, desconocido para él (mejor dicho, se corrigió con sarcasmo: allí mismo en Buenos Aires, tal vez a la vuelta de su casa, o detrás suyo, en alguna otra mesa de la whiskería, tal vez los estaba observando a pura conciencia desde el fondo de sus ojos claros), sino que seguía desplegando la fuerza desbordante de su vitalidad libre de toda culpa. De toda culpa, sí, porque sólo podía pensar sobre ella en términos absolutos. Era demasiado: Amanda caminando por las calles de Buenos Aires, llevando consigo aquella mezcla de pudor respetuoso y de ligera insensatez, tan parecida a la indiferencia, que tan bien le conocía, mientras él se torturaba día tras día, intentando acostumbrarse a vivir con la convicción clara y resuelta de que no tendría que volver a verla nunca más.
Pensó que no le iba a quedar más remedio que recurrir a su amistad con Tobías para ir recuperándose poco a poco de su desolación. Debía salir del abismo de sus sentimientos fuera como fuese. No tenía ningún sentido volver a encerrarse en su casa a inventar argumentos que no demostraban ninguna otra cosa que no fuera su propia perplejidad. Hacía meses que se había transformado en un eremita. Pero ¿qué actitud tomar entonces? ¿Cómo salir definitivamente de sí mismo, de ese círculo que giraba constantemente en torno a él y que se hacía cada vez más estrecho y amenazaba con ahogarlo? Por ahora le parecía imposible retornar a aquel grupo de amigos de la facultad que alguna vez había sido tan íntimo pero que inevitablemente le recordaría, de una forma o de otra, a Amanda, o hasta lo obligaría a verla, quizás, en alguna oportunidad. Pero tampoco conocía otras personas en quienes confiar o con quienes poder compartir algo profundo de sí mismo. En el banco no había conseguido trabar ninguna relación más o menos íntima con alguno de sus compañeros de trabajo, salvo, precisamente, con Tobías. Tobías, sí, que parecía tener sus mismas inquietudes, que había escuchado y examinado cuidadosamente la totalidad de sus aburridos argumentos, que se había preocupado por él y le había ofrecido su apoyo sin restricciones, ese muchacho sincero y franco que se había ganado toda su confianza. Lo miró con aire inquisitivo sin atinar a decir nada.
Por su parte, Tobías, que había estado observándolo con cauto detenimiento, tratando de adivinar algo de las perplejidades que a todas luces lo tenían zozobrando, había comenzado a temer que su actitud hubiese herido a ese amigo suyo tan peculiar, cuya estabilidad anímica parecía depender tanto de la validez o invalidez de un par de argumentos racionales y abstractos que él se encargaba sistemáticamente de corregir o refutar. De manera que trató de cambiar el tema de la conversación por otro menos frío y un poco más íntimo.
– En este último tiempo en que hemos dejado de encontrarnos a charlar regularmente he pensado en retomar mis estudios y averiguar los trámites necesarios para volver a meterme de lleno con latín y griego. He conocido un grupo muy interesante de estudiantes y me he hecho muy amigo, bueno, digamos... algo más que amigo, de una muchacha sensacional que me gustaría presentarte – le dijo –, una cordobesa que estudia Bellas Artes, de unos ojos color ámbar tan intensos que parecen perforarte cuando te miran.
Ubaldo Pérez-Paoli. Argentino, Apl. Professor für Philosophie en la Universidad Técnica de Braunschweig, Lehrbeauftragte de Latín y Griego en la misma universidad y ex-docente de Latín, Griego, Filosofía y Español en la Christophorusschule de Braunschweig.
Amanda no existe enviado a Aurora Boreal® por Ubaldo Pérez-Paoli. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ubaldo Pérez-Paoli. Foto Ubaldo Pérez-Paoli © Ubaldo Pérez-Paoli.




