Esclavo de tu inocencia
Walter Garib
Novela
Fundación Iberoamericana, Santiago de Chile
y Editorial La Pluma del Ganso, México
Páginas 178
2013
BEETHOVEN
El más triste hombre de la Historia he sido yo.
El destino más cruel y traicionero
ha sido el mío.
Toda la vida, toda,
batallé con los sonidos,
con sus combinaciones;
traté de descifrar
cualquier silencio, cualquier melodía:
me enfrenté cara a cara,
como sólo los grandes varones hacen,
con los enigmas de aquella labor
maldita y sublime.
Cien mil veces me lié
con aquella ciencia
pugnaz y esquiva y hermosa,
pero al final entendí de escalas mayores y menores,
de séptimas y disminuidas,
de arpegios y contrapuntos.
Y después de tanta lid,
en el colmo del delirio y del cansancio
creí conocer hasta el último secreto
de los cantares y las armonías
Mi placer terminó siendo
la lucha misma.
Pero todo fue en vano,
porque un buen día,
sin que siquiera hubiera muerto,
no pude seguir luchando.
El único avión que he perdido en toda en mi vida fue el que iba a llevarme por primera vez a Nueva York. Llegué al aeropuerto y me dijeron que el vuelo estaba cancelado, viajaba desde Miami en Tower Air, cuando reservé el pasaje la chica de la agencia me lo advirtió, esa línea es una porquería, dijo en español y con acento caribeño, lo dijo así, es una porquería, mejor váyase en American, que también es mala pero no una porquería como la otra, Tower Air es la peor porquería que surca los cielos de este país, dijo, como de memoria, pero mi presupuesto era escaso, tenía veinte años, si el avión sufría un accidente mi muerte iba a tener cierto encanto y cierta épica y cierta gloria, un final romántico para clausurar dos décadas vividas intensamente, aunque en realidad no tanto, por eso iba a Nueva York, a torcer un poco el destino y que la vida empezara al fin a suceder en serio, esa misma noche iría a emborracharme al Village y me terminaría levantando a alguna poeta joven a quien le haría recitar sus mejores versos en inglés y en español y en todas las lenguas, verso a verso le haría comprender qué significa realmente la poesía, no sería difícil hacerla sucumbir al encanto de mi inglés sin vocabulario, inglés reducido al gesto y a un par de palabras, I' am a fucking writer, le diría, una poeta joven pero no tanto, veinticinco o veintisiete años, lo suficiente para resultar decadente y misteriosa, nos tomaríamos un par de bourbons en un rincón del bar y le metería mano entre sorbo y sorbo, esa era la verdadera experiencia neoyorquina, mucho más en esta ciudad todavía custodiada por las Torres Gemelas, aún no las derriban, pero ya falta muy poco, puedo escuchar la cuenta regresiva en la cabeza, me había comprado una camiseta con el perfil del Empire State estampado en negro y un sombrerito gris con cierto estilo, como para evidenciar mi innegable espíritu artístico, pocas cosas tan agradables como sentirse alguien que en realidad no eres, y entonces pensé que tal vez Tower Air era realmente una porquería y un ala se iba a desprender del fuselaje poco después de despegar, yo miraría por la ventanilla entre incrédulo y excitado y me echaría a reír, nada mejor que morirse en el avión en el que viajas por primera vez a Nueva York , toda una lección de vida, juntas tu plata, te compras tu guía Michelin, imprimes mapas y los estudias al detalle, sueñas que te mueves por SoHo desenvuelto y espontáneo, satisfecho contigo mismo, y de pronto el avión se precipita a tierra, nunca llegarás a Nueva York, miras por la ventanilla y piensas que nadie será indiferente a tu historia, una comprobación adicional de que los sueños son materia difusa, nunca serán realidad, ya lo demostraron las utopías del siglo veinte, todo terminó jodido, humo y fuego, pero nada de eso me importa, estamos por empezar el siglo 21, tengo veinte años y me largo a Nueva York, pero el avión se viene en picada, me imagino los titulares de los periódicos de Lima, un peruano iba en el avión, dice el subtítulo, al costado aparece mi foto del DNI, cabeza rapada, argolla en la oreja izquierda, mirada fija, intensa, desafiante, como si desde el momento en que el empleado de la RENIEC me tomó la foto yo hubiese intuido que un par de años más tarde esa imagen iba a aparecer en las primeras planas de todos los periódicos, cónsul peruano confirma que compatriota iba a bordo del avión siniestrado, dice El Comercio, joven estudiante que quería ser escritor, mis amigos dirían que me iba a Nueva York para escribir, uno de ellos mira la cámara y dice: Francisco pensaba que el Central Park podía inspirarlo, decía que iba a sentarse en los jardines, la espalda apoyada contra el tronco de un árbol, cigarro en la boca, lapicero y cuaderno entre las manos y se iba a poner a escribir su novela, que trata justamente de alguien que quiere irse a Nueva York pero no lo consigue, Francisco nos contaba que no sabía cómo justificar por qué el personaje de su novela nunca llegaba a Nueva York, no podía ser visa ni plata, quería algo menos previsible, y mira cómo son las cosas, cómo es la vida de contradictoria, que al final la realidad le completó la novela con la solución menos verosímil, diría alguno de mis amigos en sus declaraciones para Panorama o La Revista Dominical, pensaba que el viaje iba a ayudarlo a escribir su novela y mira cómo terminó, ese es el destino de lo escritores, agregaría con enfática seriedad otro amigo, un poeta, que se había mantenido silencioso y le dio una pitada al pucho antes de soltar la frase con que se cerraba el reportaje, ese es el destino de los escritores, repitió, no más que humo y fuego, pero yo llegué diez minutos tarde al aeropuerto y no me dejaron pasar, la chica tenía razón, una porquería de aerolínea, me puse a pelear con el tipo que recibía los equipajes, lo puteaba en español sin sentirme en desventaja, eso me gusta de Miami, si no te entienden no es tu culpa, pero el tipo se mantenía serio y decidido, y mientras tanto llegaban otros pasajeros, a todos les dijeron que era demasiado tarde, vuelvan al día siguiente, todos se marcharon sin decir nada, me pareció raro, en Perú eso sería imposible, qué clase de gente se va sin reclamar, mínimo un par de carajos y un manazo al counter aunque sea para no sentirse mal, pero aquí nadie dice nada, mejor me largo, cabizbajo, frustrado, yo que pensaba ir a Times Square y pararme al frente y abrirle los brazos a la vida, como quien posa para la foto, yo que pensaba lanzar un grito muy fuerte para sentir que estoy vivo, yo que pensaba ponerme de rodillas y pegar la cara contra el suelo y lamer cada centímetro de las pistas de la Quinta Avenida y avanzar hasta Harlem a puro lengüetazo para comprobar que la realidad es material y el presente no solo un concepto o una vaga intuición, han cancelado el vuelo, pero yo todavía no me entero de nada, las cosas están a punto de cambiar pero yo no me entero de nada, y entonces salgo del aeropuerto pensando que tengo un día más antes del desengaño, una noche más, la última, antes de que la realidad, la verdadera realidad, termine definitivamente por imponerse.
1
Aprendí a apreciar la compañía de las moscas. En un principio eran muy molestas, con ese zumbido que penetraba en mis músculos, adormecidos por la posición en la cama donde mi cuerpo, mis huesos, se aferraban a los tuyos con vehemencia. Ese espacio no nos podía contener. El pasado —como las moscas— daba vueltas sobre nosotros. Quizás estaba pudriéndose mi cuerpo, mi espera.
Una tarde, unas cuantas, se habían acomodado en tu cabeza mientras dormías. Comencé a observarlas, a las moscas, con detenimiento. Miré sus cuerpos divididos en tres partes; sus alas transparentes, sus patas largas dejando huellas amarillas de porquería. Del pasado; del ahora no es el tiempo de querernos que repetías y que ahora martillaba doloroso en la parte interna de mis ojos. Moscas amarillas y asquerosas que intenté espantar, pero que se aferraban a sus marcas en tu cabeza, como yo me aferré a tu compañía. Y observándolas, comprendí que debajo de sus huellas nauseabundas estabas tú. Nosotros éramos esos cuerpos, trenzados en la cama, que abrían una grieta entre el pasado y el futuro; entre las moscas que contaminaban el ambiente y lo sano que debía emerger de lo infecto. Fractura y emergencia. No era aún el momento adecuado. Voy a convencerla. No quiero tener vínculos, no con ella, dijiste. Vínculos. Ataduras. Insania. Las moscas seguían entrando y saliendo sin que yo las pudiera detener.
Grande Sertão: Veredas
João Guimarães Rosa
Novela
1956
Está perdida y lo sabe. Lo asume con tranquilidad. Ha estado perdida antes. Pero igual se levanta como todas las mañanas, a las 4:00 de la madrugada. Ya no necesita despertador. Empezó por levantarse a esa hora porque le tocaban las terapias respiratorias al hijo. Luego, el niño se hizo grande; sus pulmones se fueron fortaleciendo. No necesitó de las idas a la sala de emergencias, ni de la vaponifrina. Ella se quedó con el susto de la tos que le salía del pecho al hijo, tos incomprensible, oscura, imposible que emanara de aquel pechito de bebé. Se acostumbró a levantarse de madrugada, a vigilar el sueño del niño y a escribir.
Estuvo perdida antes, pero tecleando siempre encontraba su camino. El camino del texto. Ese le parecía más real que todos los demás caminos, que aquellos que la llevaron de cama en cama, de isla en isla, o de país en país. La tinta marcaba el rumbo antes que los pasos. Nunca nada le pareció más cierto.
Pero un día se sintió vacía y decidió tener hijos. Tiene dos. El niño de los pulmones fortalecidos, hijo de un pintor más joven que ella, le nació justo para salvarla. Aquel pintor huyó tan pronto nació el manojito de soplos y aires atascados. Huyó de ella, no del niño.
Tuvo a la niña con un periodista con el cual aún convive. Le parece que no es cierto todo aquello, la familia casi funcional, los hijos, la estabilidad de los abrazos.
Son las 4:10 de la mañana. La escritora se desentumece, aparta las sábanas. Camina resuelta, como si nunca hubiera dormido. Enciende la computadora.
En la hostería del señor Gustave están recogiendo las mesas de los últimos clientes. La escalera de madera que conduce al salón cruje bajo los pasos de Vincent, el huésped que reside en la buhardilla. Vincent baja con su equipo completo de pintor: caballete, pinceles y caja de pinturas.
A modo de saludo lanza un gruñido ante la presencia del dueño de la pensión y su adolescente hija, Adeline.
-¿Quiere tomar un licor, señor Vincent? pregunta amablemente el posadero mientras frota con un paño uno de los platos.
-No, ahora tengo trabajo. Debo aprovechar la luz al máximo.
Y el pintor sale al exterior bordeando la carretera junto al río en dirección al caserío de Montelívido. Va distraído y sobre todo presa del recuerdo de las dos últimas noches de pesadilla. Los acontecimientos indican que se encuentra de nuevo ante un callejón sin salida. ¿Será otro descenso a los infiernos?
Quiere llegar al cruce que hay ochocientos metros más arriba donde el río hace una curva endiablada –y la carretera también- y adentrarse luego en un sotobosque que conduce a un rincón idílico, muy abrupto en verdad, desde donde se divisa una campiña ondulante salpicada de caseríos olvidados. Mientras camina con brío observa los brochazos de sombra que se agigantan inesperadamente a su paso. El cielo parece muy bajo y amenazante como si incubase tormenta.
Montevideo estaba demasiado caluroso aquel verano y Felisberto huyó de la sofocación que en su habitación de hotel se alojaba impúdica, para colmo, abanicándose frente al balcón que parecía dominar la ciudad y su movimiento, con la intención de recorrer inquieto, o con ligero desespero, parques citadinos. Se detuvo en la Plaza Independencia; cercano al Monumento a Artigas, oteó en pose de cazador discreto y respiró tratando de recuperar el aliento que la inquietud le arrebatara valiéndose de apuro; pero era innecesaria tal preocupación: si es cierto que nos bañamos siempre en el mismo río -contrario a lo que afirmara Heráclito-, también asumir debemos que respiramos al aliento único de la creación. Gustaba de la ciudad en ciertas ocasiones más que en otras, concluyó indeciso entre encaminar latidos hacia el mausoleo del prócer o danzar entre las palmeras extrañamente giratorias. Trató de plancharle rencores a su traje: ¿Por qué hoy la ciudad me alerta y traslada a Marruecos o Túnez? Era Felisberto hombre que siempre parecía estar a la búsqueda de algo, declaraban los vidrios empañados entre sus adoquinadas pupilas y calles andariegas; la incertidumbre de sus pasos, incluso estando fijos; las inesperadas pausas de la mano redactora que desparramaba cardiaca tinta y que resultara ser la delatora máquina de escribir escondida en el puño del saco. La única rival del piano en su acuario corazón.
El sol no daba tregua paseando refractarios dedos de oro sulfúrico a lo anchuroso de la bahía y el cerro, absorbido sensorial, desparramado a puntillismo entre los incontables peregrinos de la tarde joven en la llamada “Atenas del Plata”. Desesperó Felisberto, escuchando preludios y nocturnos de Chopin; sonatas de Mozart; fragmentos en persecución exacta dentro de su pirámide bioquímica, asumiendo que se moría anónimo en la mar de gentes y sonidos, pero la calma que no fallaba ciclos de regreso le amortiguó la prisa hacia una pequeña fuente que no supo recordar -Quizás vendría después… ¿Después de qué?- y en la que encontró asidero momentáneo. Fue entonces que el sol abanicóse dudas y se escurrió para dar paso al eléctrico galpón de nubes provocando deserción en plaza y avenidas, dejando solitario, cuasi adormilado a Felisberto y su reloj de ansias. Saltando aterrado vio lo que presentían los puentes oníricos de su laringe y su jauría de letras le alertaba.
Es difícil saber por donde empezar. Me ha estado rondando la cabeza desde siempre.
Desde que partió el primero de los Aragón, cuando éramos unos adolescentes. Después vino el cura Hipólito, aunque lejos muy cerca. No sé cuántos años pasarían. No muchos tal vez. Después de Hipólito le tocó en turno al hijo de Nati, la cubana simpática que reía todo el tiempo y a quien le encantaban las novelas de Sidney Sheldon. Una mañana de abril me tocó a mí, apenas cursando la secundaria. Empezando la vida. Se me rompió la coraza que ingenuamente hasta aquel entonces pensaba me protegía de esa amenaza que no conocía. Seguí el camino tratando de encontrar aquella cosa que buscamos por la vida sin saber. Como una tortuga recién nacida que instintivamente cruza con su mayor velocidad la playa hasta alcanzar la mar porque sí, para sumergirse en las profundidades y morir doscientos, trescientos años después, si tiene suerte y si ningún bárbaro se le cruza en el camino para extraerle sus carnes o sus huevos o su sabiduría marina y exhibir su concha en un almacén de playa turística en una de esas tiendas baratas donde se vende crema solar protectora.
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