Inédito
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No sabría explicarlo a satisfacción. Dedico mis días al infatigable sortilegio de interpretar las letras que otros han escrito y al extravagante oficio de trazar las mías propias. Sospecho que en el primer asunto es inevitable incurrir en frecuentes tergiversaciones y que, en el segundo, resulta casi imposible juntar dos palabras con acierto y armonía. Y sin embargo ―a vicio de insistir―, me corren ya tantos años en estas inquisiciones que han terminado convirtiéndose en mi destino. Soy muy consciente de lo que significa haber crecido entre libros, en una casa donde siempre se honró la literatura; pero esta mezcla de alborozo y de recóndito martirio que me produce el ejercicio de las letras tiene para mí el valor de una inclinación misteriosa. ¿Por qué me duele tanto esto que al mismo tiempo me gratifica y me embriaga? Quizá ni debería planteármelo y seguramente jamás llegaré a comprenderlo. Sé que ha habido autores declaradamente felices con su vocación, de modo que se permitieron agudezas contra “las agonías de la creación” ―así lo hizo E. M. Forster―. Hay otros que fueron verdaderos ascetas de la escritura y que pregonaron su padecimiento tanto como les fue posible ―ése es el caso del gran Flaubert―. Desde luego, jamás podría alinearme en ninguno de estos bandos, junto a escritores tan admirables. Ambos signos me atraviesan.
Dicho esto, no descarto la opción de proseguir hacia una afirmación categórica. La cualidad primera de una obra literaria es la sinceridad. No hay pericia técnica ni destreza estructural capaz de redimir un embuste de su infame condición. Todo lo contrario: cuanto más se insista en encubrirlo, más evidente será un truco; cuanto más se procure maquillarlo, más chapucero se hará el artificio. A lo largo de los siglos, la literatura ha estado ligada a la revelación, a la iluminación de las más profundas regiones del alma; allí radica su trasfondo místico, allí su perdurabilidad. Y dado que hay aspectos de la naturaleza humana que sólo pueden inquirirse literariamente, resulta imperativo para el escritor adentrarse en esos abismos, tener el coraje de honrar su propio talento apelando a toda su capacidad para ser sincero. Los demás caminos tienen apenas el valor de lo accesorio, de lo anecdótico. Sabemos que nuestro tiempo, sin embargo, ha convertido la tergiversación en su distintivo primordial; por esta ruta ha hecho del éxito, precisamente, el mayor de sus fetiches. De esta suerte, poco importa ya que una obra sea reveladora; basta con que tenga la capacidad de entretener, de recrear masivamente. Con el autor pasa otro tanto: lo fundamental ahora es que sea públicamente un escritor. Aunque no escriba.
A mis padres
Papá está atado por la nariz a una pipa de oxígeno. Me siento a su lado y le muestro la factura.
―Mira, papá, es la última cuota.
Sé que no me escucha, pero me hace bien el gesto. Doblo el papel y lo dejo en su regazo. Lo imagino levantándose de ese lecho impersonal, yendo a depositar el último pago. Adivino su sonrisa. Esa nueva libertad a sus 77 años. Hace exactamente treinta y cinco meses decidió que no tomaría ningún otro crédito y ha conseguido mantener su promesa, aunque no le ha resultado fácil.
Recuerdo muy bien la noche de esa decisión. Es una escena que se ha repetido con ligeras variaciones durante años. Estaba doblado sobre unos cuadernos llenos de números escritos en tintas de diferentes colores. Tenía la piel enrojecida, el pelo alborotado y los ojos dilatados. Me senté a su lado. Mamá nos trajo café. Le pregunté cómo iban las cosas. Él me miró, como un condenado a muerte, levantó uno a uno sus lápices, los partió y los depositó sobre la mesa. Con cada lápiz destruido, cedían los signos de su desespero. Después rompió los papeles borroneados, recogió los fragmentos y los echó en una bolsa plástica. Al final de este ritual de emancipación, estaba muy calmado.
Selección de poemas para Aurora Boreal® por la autora.
Mónica Ojeda. Ecuador, 1988. Licenciada en Comunicación Social con mención en Literatura, Máster en Creación Literaria y Máster en Teoría y Crítica de la Cultura. Docente a tiempo completo en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de Guayaquil en el área de Literatura. Ha sido antologada en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya, 2013), ha obtenido el Premio Alba Narrativa 2014 con la novela La desfiguración Silva (Arte y Literatura, 2015) y el III Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015 con El ciclo de las piedras (Rastro de la Iguana Ediciones, 2015).
Estaba ahí, frente al lavadero, con mi ropa sucia y no tenía idea cómo era lavar una camisa, así que empecé a mirar a Hanna con disimulo para imitarla. Como ella, mojé bien la camisa; después, igual que ella, empecé a enjabonar. Pero mi torpeza fue evidente.
—¿No sabés lavar, colombiana? Qué inútil.
Y pensé que era lo peor que me podía pasar, que nunca iba a poder salir adelante si no sabía hacer algo tan obvio.
—No… –respondí a media voz, con vergüenza.
—¿Nunca tuviste que lavar ropa? ¿Eras una princesa? ¿Entonces, qué hacés aquí?
Yo estaba muda, como si una mano desconocida en mi garganta hubiera guardado mis palabras, y lágrimas desobedientes mojaron mis ojos.
—No es para tanto, vení te enseño.
Me mostró cómo enjabonar la camisa, haciendo énfasis en el cuello y las axilas, cómo estregar con delicadeza y, por último, me indicó su manera de enjuagar, como su propia mamá le había enseñado.
—Ponés el tapón y llenás la poceta, sumerjís la camisa y la dejás un ratito, la sacás y la exprimís. Mirá, así –y apretaba la camisa con fuerza entre sus manos–, sin retorcerla. Vacías la poceta, la volvés a llenar, ponés otra vez la camisa en el agua, la dejás un ratito y la exprimís como te mostré. Repetís lo mismo hasta que veas que el agua queda completamente transparente, limpia, sin trazas de jabón; porque si queda jabón la ropa se estropea.
Me fijé en las otras cintas y era verdad, los diálogos de El Santo en esas seis películas estaban doblados. Los labios no estaban en sincronía con el sonido. Tal vez no recordaba los parlamentos o quizás era una manera astuta de disimular las voces de distintas personas. Después de comprobarlo, todo lo que ella me dijo hacía que las cosas encontraran un orden y que lo que descubrí hace ocho años en el periódico de Mexicali, cuando buscaba un dato del primer cuatrimestre del setenta y seis, tuviera sentido. Fue allí que vi esa nota mínima que hablaba del encuentro fronterizo de lucha libre entre, por un lado, Black Shadow y el Cavernario Galindo y, por el otro, El Santo y Blue Demon en Tijuana. La nota decía que la lucha se protagonizaría de uno y otro lado del Río Grande para promocionar las películas de El Santo en los drive-ins norteamericanos. Hubiera sido solo un dato curioso si no habría sabido que, en esos mismos meses, El Santo filmaba una muy publicitada cinta en la Mitad del Mundo: El Santo contra los secuestradores. Lo anoté en mi libreta, fotocopié la página del recuadro, seguí con mi infructuosa investigación, y luego me olvidé de lo que había leído o aduje que el periodista había leído mal el cable o que la filmación en Ecuador había sido en el segundo y no en el primer cuatrimestre del setenta y seis. Pasaron años, hasta que un viaje de negocios a México me permitió comprar las revistas de colección que una amiga me había pedido para su hijo y que, aburrida, revisé durante el regreso en el avión.
Fue lo último que dije. Y seguramente será lo último que escuche. Para qué seguir, indagar, preguntar, si ya sé, ya creo.
Empezó todo aquella noche, una que pudo ser una noche cualquiera, pero que no lo fue, obviamente, porque entonces cambió mi vida. No recuerdo la fecha. No recuerdo la hora exacta. Era una noche, hace poco más de una semana. Recuerdo, sí, los detalles, pequeñas señales que entonces no supe interpretar como tales, sino que ahora, a la luz de esta penumbra, puedo descifrar, leo claramente como en un manuscrito iluminado por una potente lámpara.
Habíamos cenado ya, entonces, quizá eran poco más de las nueve de la noche y por algún motivo, algo que no puedo recordar en este momento, bajé al estudio, quizá olvidé apagar la computadora, quizá olvidé enviar un correo, olvidé todo, en realidad, cuando sucedió.
Estaba sentado frente a la pantalla del computador, concentrado, cuando frente a mí, en el corredor, lo vi. Una silueta, la silueta de un hombre, la figura de un hombre, un hombre que se movía en el corredor, que caminaba desde la entrada hacia la otra habitación, pasó frente a mí, lento, seguro, suave.
Lila. Historia de una emigrante
José Prats Sariol
Novela
Editorial Verbum
332 página
2004, 2015
Lila resulta una aventura sencillamente inolvidable. El pasado se evoca con cariño, con una piedad auténtica, a ratos suavizada por un chorrito de humor (...) No es fácil, y mucho menos frecuente, encontrar un texto tan equilibrado y al mismo tiempo tan conmovedor, sin que al conmovernos hagamos concesiones al melodrama. La remitente se aferra a los detalles del recuerdo como un náufrago a una tablilla de salvación.
Hace dos semanas llegó a mi buzón un sobre de Midt regionmidtjylland. Soy una persona pusilánime y suelo ignorar durante algunos días las cartas con membretes oficiales. Sospecho sin motivo que traen malas noticias y las dejo morir o reposar en las esquinas de mi escritorio. Imagino que me reclaman una deuda inmensa que olvidé pagar o que unos funcionarios diligentes y perspicaces han descubierto que no cumplo todos los requisitos para residir en el país y han decidido, sin posibilidad de reclamación o queja, deportarme en pocos días. El embargo de mis cuentas por parte de la oficina de hacienda, o peor aún, el dolor imaginario a separarme de mis hijos y el miedo consecuente a un exilio incierto y en soledad se me hacen insoportables, tengo mareos que mueven a la compasión a mis colegas más empáticos y pesadillas constantes que intranquilizan mi conciencia en el duermevela, imaginando y sufriendo las noticias que, muy probablemente, nunca me ocurrirán.
Julio y Carol. Crónica de una amistad
José Alias
Editorial Mirada Malva
Colección Mirada Narrativa Nr. 19
ISBN-13: 978-84-944285-1-7
2015
26 de agosto de 1914
Julio Cortázar, un centenario muy querido
/ Empezar por cualquier parte, por ejemplo recordando Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion, uno de los excelentes textos que componen La vuelta al día en ochenta mundos, donde de manera magistral Julio nos descubre como se diluyen los consejos e indicaciones pre viaje, tras llegar al lugar y descubrir que nada o poco tiene que ver lo que estamos vi(vi)endo con lo que nos habían contado… curiosamente será eso lo que, transcurrido un tiempo, nos quedará como auténtico recuerdo del itinerario…
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