Los Sorias
Alberto Laiseca
Novela
Ediciones Simurg
Páginas 1344
ISBN: 978-987-554-193-1
1998
Distancia de rescate
Samanta Schweblin
Novela
Random House
Páginas 128
ISBN 9788439729488
2015
El alejandrino de Leopoldo Lugones dice: “El hombre numeroso de penas y de días”. Pertenece al poema “Historia de Phanión”, del libro Los crepúsculosdel jardín (1905). Y parece dar la tercera contraseña para leer el más reciente cuaderno de poemas de Raúl Rivero: Contraseñas para la última estación, cuyas dos contraseñas –recuerdo y escritura— permiten subirnos a su tren existencial, tan inexorable como cualquier otro si no fuera hecho artístico, acontecimiento versal.
Si algo distingue esta compilación de poemas, escritos en los tres últimos lustros, es precisamente que los motivos temáticos convertidos en intensos mensajes expresivos, aparecen –sea o no consciente el autor de ello— bajo una neblina “de penas y de días”, como apuntaba el poeta argentino cerca y lejos de 1938, cuando se suicida.
Esa atmósfera tibia --de tibiezas anímicas— le confiere a los textos un atractivo hálito de romanticismo, aunque quizás no a la experiencia de la que parten; habida cuenta –ahora en lenguaje de notario o historiador-- de que se trata de un intelectual disidente, que sufrió desde persecuciones por parte de la policía política hasta cárcel y exilio, donde aún se halla a los setenta años, orgulloso de no hacer concesiones por cansancio u oportunismo, por irrefrenables nostalgias o cinismo.
Si en cada generación biológica, desde luego que con diferentes cuotas de talento, se cruzan y a veces se entrecruzan las poéticas que buscan aparentar espontaneidad con las decididamente manieristas; se observa en las primeras, con mayor o menor conceptualismo, lo que en el casi último siglo se llama coloquialismo –exteriorismo, conversacionalismo, realismo crítico...--, y dentro del cual se disfrutan en español variadas voces fuertes, desde el García Lorca de Poeta en Nueva York hasta el Dámaso Alonso de Hijos de la ira. Una de ellas, entre los nacidos alrededor de la Segunda Guerra Mundial, es Raúl Rivero, como aquí en Contraseñas se consolida, expande y recrea; coincidiendo con cuadernos decisivos de la sesgadura coloquial cubana, encabezados por los de la voz más enérgica, la de un autor de la generación precedente --Heberto Padilla, 1932--, cuyos poemas vigorosos rebasan los enclaves del español, enriquecidos además por sus valores éticos.
Estación al bruma
querer morir
es bajarse a mitad de la vida
deambular dolores sudor gris
beber una cerveza templada
junto a cada fantasma que se escapa de la piel
y tomar el próximo tren a cualquier lugar
-- un reloj azul suena a la distancia—
llegar a la muerte
es caminar vidas sin pétalos
recolectar el mármol de la sed
perderse entre nacimientos y defunciones
gota a gota el eco besa historias perdidas
hasta encontrar que cada espejo refleja el silencio
Al filo del agua
Agustín Yáñez
Editorial Porrúa
1947
Lo mataron varias veces porque sabían quién era, es lo único que se me ocurre. Nadie se ocupa de acabar con alguien una y otra vez si no tiene la certeza de que esa, la reiteración, sea la única manera. Es así como lo conocí, mientras moría, o al menos cuando lo vi morir y pensé que moría. Uno no considera otras opciones, como si aquella era su primera y única vez o le pillaba ya a media cuenta, lo ve morir y punto. Todos lo vemos morir, también el hombre que lo disparó. Él se fija con especial atención, quizás por asegurarse de que esta vez sea la definitiva. Se acerca, lo ve agonizar y se le queda mirando. Los demás lo miramos a él, el asesino. Yo sigo clavado en mi asiento, un poco muerto también, aún vivo, aunque no llevo la cuenta de mis vidas, a un par de pasos de él, de ellos. El conductor del bus no muestra sorpresa; mira por el espejo retrovisor interno como esperando o temiendo que algo termine de pasar, quizás lleve muchos años viendo muertos y testigos atónitos, o muchos años muerto y atónito aunque sin un cuchillo clavado en el pecho, lo cual sería un inconveniente a la hora de conducir, la muerte es un rollo, sobre todo cuando se prolonga así. Entro en el bus y lo único que tengo en común con el tipo es que soy testigo de su muerte, al menos de una de ellas, y él de la continuación de mi vida, al menos de una de ellas. Hay gente que se conoce en situaciones peores.
Subo al bus, me fijo en un asiento de pasillo y me dirijo allí sin reparar en nadie. Mi trayecto es largo, la gente mira por el cristal hacia la calle, como si allí no fuera a morir nadie, o duerme. Algunos leen, quizás relatos de muertes, y por eso no se sorprenden al ver lo que ocurre, pues imaginan que aquello es como en los cuentos, o como en la calle, gilipollas. Casi nadie habla. No hay nada de qué hablar, somos extraños, y viajamos y morimos como tales. Y sin embargo, dos personas cerca de mí han hablado anteriormente, y por eso una mata a la otra. Esto no pasa nunca, como todas las cosas que no pasan nunca.
Esta mañana al despertarme, con esos bostezos que le ganan al tiempo una partida, el pitar largo y desafinado del afilador de cuchillos y tijeras, o de cuanto fierro pueda a uno ocurrírsele; terminó de despabilarme. Me pareció raro oírlo. Era un sonido de presencia antigua, llegando junto con los recuerdos. A veces, volvían enmohecidos, como si el cuerpo se negara a recibirlos.
Esa música chillona y metálica me hizo sentir otra vez niña: acostada en la cama de la casa grande, tapándome con el acolchado de plumas, haciendo del renegar de mi madre una costumbre. Me gustaba dejarme estar acurrucada, mirando el techo agrietado, buscando duendes en las sombras y sintiendo los sonidos de la calle. El tranvía estremecía la casa. Era una casa que se merecía ser estremecida por algo, aunque más no sea para sacarle el sopor de las ausencias. Las voces del lechero y la del vendedor de gansos me eran conocidas. Eran justamente ellos, los que me despertaban.
Madre atendía a los vendedores, y al rato, alguna bataraza cacareaba en el fondo y un vaso de leche fresca me esperaba en la cocina.
En cambio, el sonido del afilador tañía la calle de un humor distinto. Amparado por los huecos, se metía en las casas para arreglar la eficacia de cuchillos y tijeras.
A Serafín Martínez González,
fiel amigo de Sócrates
El profesor Domenico Pazzetti regresó a su casa un poco más tarde que de costumbre. Su esposa mostró cierto disgusto a la hora de la comida, pero el profesor, con la buena conciencia del esposo que jamás en la vida ha dado motivo de que se pueda pensar mal de él, se hizo el distraído, prefirió ignorar la cosa.
Con su cortesía de siempre, en cambio, conversó luego amenamente, contestó a las preguntas que le hacían sus hijos, sobre todo a las del mayor que ya estaba terminando su escuela primaria y que pronto, dentro de algunos meses -el tiempo pasaba tan rápido últimamante-, entraría a hacer su bachillerato precisamente en el establecimiento donde el profesor daba clases.
El profesor Pazzetti se había titulado en Ciencias Biológicas y como no encontró a tiempo un puesto en ninguna sociedad farmacéutica, carrera que le hubiera gustado hacer, en un laboratorio donde pudiera poner en práctica todo lo aprendido en aras de descubrir, tuvo que contentarse con ese puesto modesto de profesor, allá en la provincia, lejos además de toda gran ciudad, de sus influencias intelectuales y de toda posibilidad de carrera brillante; y la señora que estaba en ese momento a su lado, su esposa, que servía la comida, atenta siempre a lo que sus hijos y su ejemplar esposo querían, era la misma jovencita que le había salido a su encuentro años atrás y lo había desviado de todas esas veleidades de trabajos absorbentes de laboratorio, de fama entre pares, de vida mundana y capitalina. Con ella había encontrado una recompensa a la que jamás había ambicionado: la paz del hogar.
Hasta esa noche en que la paz tuvo una manchita, sombra dudosa que finalmente la esposa borró, y todo volvió a la calma de siempre. El hecho de que el profesor hubiera tenido un pequeño retardo en su hora acostumbrada para regresar a la casa, no iba a ser motivo de discordia doméstica, para qué darle proporciones exageradas a una de esas menudencias de la vida diaria, a una cosa que le hubiera podido también suceder a ella, que su vecina la hubiera demorado, por ejemplo, que en la tienda no la hubieran despachado a tiempo, razones que se daba ella misma sin poder de todos modos ignorar un pequeñísimo dardo, como la puntita de una aguja que hace mal en el corazón. Le molestaba el hecho de que el profesor no hubiera dado ninguna explicación. Silencio en torno a un retardo para ella injustificado.
Apenas dos días después el profesor volvió a infringir el ritmo acostumbrado de sus llegadas, esta vez cuando metió su llave en la cerradura de la puerta de su casa era realmente tarde; como si hubiera salido por ahí con amigos, cosas de ésas pensó la esposa en seguida, excusándolo. Eran cosas que hacían todos los hombres. Todos, menos el suyo, claro, pues ella jamás lo hubiera tolerado. De todos modos, el profesor Pazzetti era un hombre de conducta moral irreprochable.
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