Paradiso
José Lezama Lima
Ilustrador carátula Fajad Jamis
Páginas 616
1966
Arrogante certeza: Una vez le preguntaron a Lezama: “¿Para quién escribe?” Respondió: «En un himno atribuido a Orfeo se dice: ‘Sólo hablo para aquellos que están en la obligación de escucharme’. Que esa sentencia órfica nos acompañe siempre”.
Su única novela --¿iniciática?, sí, pero mucho más— ejemplifica esa selectiva obligación. Cincuenta años después de la edición príncipe –Ed. Unión, La Habana, 1966— se comprueba que es la novela contemporánea de habla hispana más mencionada y menos leída. Tal es mi experiencia. Cientos de diletantes la mencionan junto a su manierista autor para prestigiarse, pero en cuanto se les pregunta qué opinan de Oppiano cuando un portero cuenta que fue a llevarle un heliotropo a Proserpina o sobre su hermana Inaca Eco tras el ciclón; Foción nadando en la boca de la bahía habanera o acerca del epicureísta almuerzo de Rialta en el Capítulo VII..., cambian a engurruñarse cinco segundos con raras ofrendas y gestos para mudos.
Un enjambre apenas ha leído el erótico Capítulo VIII. Otro una reseña sobre la censura que sufrió entonces por parte de la dictadura “machista” y “casta”; capaz de sacar Paradiso de las librerías –como hizo--, ante la acusación de que se trataba de una obra contrarrevolucionaria y homosexual, decadente y extranjerizante, pornográfica e ininteligible.

Un cuy entre alemanes
Walter Lingán
Novela
Editorial Eclipsa
Páginas 190
2015
Llegó y dijo que quería verla, y ya nos sobrecogimos.
‘Abrirla’, pensamos, aunque no fue eso lo que dijo, solo verla. Nos miramos todos, todos lo sabíamos igual que se sabe que alguien tiene cáncer y nadie habla de ello por si las palabras despiertan a los demonios. Tampoco era un secreto, porque los secretos se comparten; esto más bien era una muerte, algo que no existe, o que existió pero ya no existe, y por lo tanto algo que tampoco existió. Es lo que tiene la memoria, te puede destrozar la vida en un momento. Todo esto vimos en los ojos de los otros al mirarnos. O tal vez nos lo imaginamos, tal vez solo fue un cuento como los que nos contaban nuestros padres por la noche, llenos de monstruos.
Llegó como las tormentas, sin avisar y sin explicaciones. Ni siquiera conocíamos su cara, pero lo supimos al instante, solo podía ser ella, nadie más estaba al tanto de esta sombra de mi familia. Yo sabía que alguna vez vendría, lo sabía y lo temía, quizás me lo contaron mis padres llenos de monstruos. Creo que nací en esta casa con ese conocimiento, que algún día vendría y querría verla, y que nadie sería capaz de interponerse. Creo que he vivido aquí para ver este día.
Muerta ciudad viva
Novela
Claudio Ferrufino Coqueugniot
ISBN 9995495465
Editorial El País, Bolivia
2013
El nuevo milenio trajo consigo numerosos cambios en las sociedades latinoamericanas. Hay quienes se apresuraron en subrayar una condición emergente para cada una de sus aldeas; en otras palabras, la llegada de la modernidad. De pronto, muchos se sintieron en una situación tal de bonanza que ya no creían vivir en una ciudad latinoamericana sino en un suburbio estadounidense. Así, se apresuraron a darle espesor ficcional a esa realidad que consideraban novedosa y, al mismo tiempo, lo suficientemente sólida como para creer en su inmutabilidad. Pienso, por ejemplo, en la literatura del chileno Alberto Fuguet. Los personajes de sus novelas se desplazan en espacios cerrados o de tránsito como centros comerciales, restaurantes, cines o aeropuertos, consumen marcas de moda y hablan en inglés lo mismo que en español. Incluso se ven atravesados por esas cuitas posmodernas que tanta marca dejaron en la producción cinematográfica de los noventa. Con el tiempo, como uno de esos productos tecnológicos de obsolescencia programada, esta literatura ha envejecido de manera tal que no parece de finales del milenio pasado sino del siglo XIX. No nos detendremos en buscar las razones de este envejecimiento, en mi opinión antes formales que ideológicas, lo que importa es advertir que, como una línea paralela, progresivamente más afirmada, otro modo de abordar y producir literatura se ha asentado en América latina.
En Arte en movimiento, el último libro del fotógrafo tinerfeño Lorenzo Hernandez documenta el momento clave que la escena artística española en Londres vive en la actualidad. Además, la exposición del mismo nombre está viajando. De Londres a Tenerife. En junio se presentará en Málaga y para el otoño se mostrará en Copenhague.
La idea que dio origen a este proyecto surgió en octubre de 2014 durante un evento organizado por la Embajada de España en Londres. A lo largo de la tarde, el fotógrafo Lorenzo Hernandez tuvo la ocasión de conocer a artistas españoles de muy diversa índole. Intercambiaron tarjetas y hablaron de sus respectivos proyectos y de las oportunidades que Londres ofrecía. Fue entonces cuando Hernandez tomó conciencia de que nos encontramos en un momento muy especial en el que a los artistas establecidos desde hace años se le están uniendo un considerable número de creadores con la inquietud de seguir progresando en sus carreras y, al mismo tiempo, contribuir al mosaico cultural que es Londres. Este período de nuestra historia tenía que ser reflejado en un libro de fotografía, una cápsula del tiempo que pudiera abrirse dentro de diez o veinte años y que nos mostrara lo que se estaba viviendo en Londres en este preciso momento.
Como todas esas cosas, esto empezó un jueves por la tarde, un día completamente normal, hacia el final del verano, con un poco de sol. Agradable, placentero, lo que se quiera. Llegaba del trabajo, como siempre a esa hora. Y ahí lo vi, digo, me vi. Ya había llegado yo, parece, bastante antes de llegar, porque me vi sentado en el balcón, tal como me gusta, la copa de ginebra con limón en la mano, mirando hacia ese plácido atardecer. Digo, supuse que sería ginebra con limón, que es lo que me gusta beber a esa hora, y lo que vi en el vaso tenía el color exacto de la ginebra con limón y yo tenía en la cara la expresión exacta que seguramente suelo tener al tomarme una ginebra con limón -aunque eso no lo sé, claro, o mejor dicho no lo sabía hasta entonces, pero, como sea, la verdad es que tenía pinta de estar saboreando una ginebra con limón, que no es lo mismo que tener cara de, por ejemplo, estar saboreando un whisky sour. De modo que nada más lógico que suponer que a quien vi ahí en una situación tan conocida y de cara y cuerpo tan conocidos era yo. ¿Quién si no? Digo, si era mi casa, mi balcón, mi trago preferido y mi cara. Pero tan natural y todo, la cosa no dejaba de preocuparme, porque el llegar a casa del trabajo suponiendo que estás llegando a la casa del trabajo y luego encontrarte a ti mismo ahí, a cualquiera le inquieta. Para empezar, si uno llega a la hora de siempre, a eso de las seis de la tarde, y se encuentra con que uno ya está y tiene pinta de llevar por lo menos una hora en el lugar y sabiendo lo que se tarda del trabajo a la casa, pues claro está, o salí del trabajo antes de la hora, y antes de salir, claro, o en el peor de los casos ni siquiera fui a trabajar. Y como están las cosas con el desempleo y los nervios y el genio del jefe, la verdad es que es una estupidez no cuidar al máximo el empleo. Y como soy yo el que lleva las cuentas de las ausencias y los permisos y licencias hasta de por media hora, me consta que no pedí permiso para salir antes de tiempo ni avisé que estaba enfermo. Aparte de que no tenía la menor cara de estar enfermo, sino más bien contento, contentísimo, con la copa y el cigarro y el periódico, totalmente despreocupado de los graves aconteceres mundanos de los que hablaría ese mismo periódico, el cual lee uno justamente para no preocuparse demasiado de las cosas que salen en los periódicos. Ahora, al releer estas líneas, me doy cuenta de que para mucha gente, tal vez para cualquiera, la pregunta principal sería otra: si ese que está ahí en mi balcón soy yo, cosa que parece indiscutible... ¿quién entonces soy yo, es decir este yo que está mirándolo y escribiendo o pensando esto? Pero la verdad es que no, no fue la idea que se me ocurrió entonces, y a decir verdad tampoco después ni ahora, pues en ningún momento he dudado de que yo fuera yo, que lo soy, el problema en todo momento me pareció ser ese otro yo mismo que plácidamente bebía ginebra en el balcón. Bueno, por poco me da por arreglar el asunto de una vez, preguntarme que qué me creía, que quién me creía yo estando así en mi lugar y más encima probablemente sin siquiera habiendo ido a trabajar. Y sé que para la mayor parte de la gente la solución sería esa, arreglar las cosas de una puñetera vez, saldar las cuentas, aclarar quién es el impostor y el otro a desaparecer o morir y todo eso que se supone que hace la gente en una situación semejante. Pero yo, viéndome tan tranquilo y contento no quise un conflicto que incluso podría no tener ni solución, y, pensando además que como había un solo balcón, un solo sillón plegable y una sola copa de ginebra con limón, mejor irse, despejar el área, hacer un silencioso mutis por el foro o como se llame, aprovechando eso sí la distracción mía (distraído yo en el balcón) para llevarme el libro que había empezado el día anterior y una razonable suma de dinero, como para estar preparado para pasar unos días en algún hotel y comiendo en la calle. Debo admitir que también me llevé el automóvil, nada del otro mundo, pero bueno y confiable, pensando yo, este yo, que al que se iba le haría más falta que al que se quedaba.
Luego de revisar los apuntes para su clase del día siguiente, Peter, se llevó los tapones a los oídos. Era un hábito que repetía de forma maquinal antes de acostarse en la cama. Ya empijamado, y agotado por las obstinadas pesquisas que realizaba para poner punto final a su reciente investigación, el sueño le llegó tan pronto su cabeza descansó en la almohada. Una convulsa Berlín que se adormilaba y veía emerger cerillas en su firmamento, se anunció con sombrías nubes en la vista panorámica del ventanal de su casa. Fue una noche de descanso reparador.
Al día siguiente, y luego de una discusión con uno de sus estudiantes díscolos, se vio invadido por el cansancio que después de los sesenta años experimentaba con mayor frecuencia. En la cafetería, el encuentro con un colega del departamento de ingeniería le sirvió para encontrar un paliativo al imprevisto embate de aflicción.
-Lárgate para el trópico. Aquí ya no despiertas la atención ni de tu esposa.
-Preveía un final ruinoso para mi carrera docente; nada comparado a lo que estoy viviendo. Son cada vez más frecuentes mis polémicas con los estudiantes. Me he vuelto irascible y ya no tolero la controversia. Mi viaje a Latinoamérica no pasará de agosto. Estoy a la espera de la aprobación de mi año sabático.
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