Esta historia me fue contada en Oak Park, el barrio del viejo Hemingway y del arquitecto Frank Lloyd Wright, en el que me tocó vivir por razones del azar. Se la escuché a Sasha, mi mujer de aquel entonces. Todavía en esos años —me refiero a fines de la década de los noventa— y seguro que hoy en día también, ella solía decir que era de Yugoslavia. Antes que la guerra empezara y destrozara a ese país, Sasha vivía en Mostar, una ciudad pequeña y placentera de Herzegovina. La vida era buena —me contaba- y parecía que siempre sería de ese modo. Ella y su hermana menor iban a la escuela, jugaban tenis, nadaban en la piscina del barrio. Sus padres, él ortodoxo y ella católica, trabajaban sin que les fuera la vida en el trabajo. A los veinticinco años su padre había construido una casa lo suficientemente amplia para que fuera un nido para su familia. En Mostar —me seguía contando Sasha, mientras bebía un café o preparaba pulpo en aceite de oliva en mi departamento de Oak Park- todas las religiones se podían vivir sin agredir a nadie. Sus padres eran un ejemplo de eso. Jelena era la mejor amiga de Sasha cuando era niña. Su familia era croata pero había llegado hacía más de una década a Mostar. A ratos, Sasha parecía vivir en casa de Jelena, y a ratos, Jelena parecía vivir en casa de Sasha. Cuando la guerra empezó y las tensiones se encrisparon entre serbios y croatas, Sasha y Jelena juraron no separarse nunca, y si el destino las obligaba a hacerlo seguirían unidas en sus corazones. Fue la tarde en que intercambiaron dos rosas blancas.
Los cinco primos corrieron a ver como la tía Eugenia iba decidida a cortar la trenza de María José. Este sería su castigo por trasnochar en la calle y regresar como si nada, sin considerar las velas que su madre encendía por su sano regreso.
—Tía Eugenia, mi cola de caballo es la que tiene la culpa, pero sin ella no soy feliz.
Sin atender a sus súplicas, la tía Eugenia cortó de tajo la larga trenza de María José y sorprendidos quedaron tanto ella, como su tía y sus cinco primos al ver cómo la cola de caballo se movía en el suelo con el mismo desespero que sus hormonas.
—¡Una serpiente!, gritó uno de los primos.
—¡No, una lagartija!, exclamó el otro.
La tía Eugenia al no saber qué hacer se le ocurrió que si rapaba a su sobrina el pelo dejaría de moverse.
—¡Espera tía!— Intervino la prima tercera. Metamos el pelo en una olla con agua caliente y hagamos una toma para conseguir marido. Las otras dos primas estuvieron de acuerdo.
a 20 años de la masacre
a 7 años…
La guerra es solo la excusa para que Hollywood siga el rastro del humo de mis ojitos lisos, de mi garganta negra, del ultraje en aquel motel de paredes destartaladas y colchones embarrados de líquidos. Precisamente el lugar en donde el general y su siquiatra festejaron al ejército. Todos con sus pechitos inflados en aquella mañana luminosa.
Cruzarse con los lobos atraídos por esta carnicería me asusta más que cualquier otra cosa. Me transformo en un insecto frágil y con mis patitas temblorosas huyo entre la vegetación junto a otros insectos amables.
Después de la guerra estuve en cama tan enferma, tan llena de dolores y achaques, que me soñé sin esperanza, ya muerta y rodeada de cuatro sirios, para percatarme que la vida no se acaba hasta que se acaba. Solo que ahora mis ojitos permanecen lisos y sin poder esquivar el mal de ojo.
En la ciudad donde vivo hay una calle donde van a pasear los lisiados y los muertos. Me lo ha contado mi madre, sabe que soy descuidado con los lugares y las personas por donde paso y que a menudo entro en sitios de los que nunca se sale bien. Al principio di por hecho que me alarmaba del peligro y me instaba a no ir, pero al poco empecé a considerar su falta de insistencia justo al revés: como un tanteo sutil. Mi madre siempre ha sido un poco rara, pero es sutil. Cuando fui a preguntárselo, a esas horas ya había salido de casa.
No hay otra senda.
Me resigno a pisar
las hojas secas.
Wasajo
Quizás el signo más visible para identificar la calidad de un poema sea la sugerencia. Entre los mejores ejemplos de la literatura mundial de cualquier época se hallan los haikus. El refinado arte japonés (3 versos de 5, 7 y 5 sílabas) casi puede considerarse un paradigma de cómo tratar las semillas para que florezcan.
El de Wasajo que reproduje como epígrafe ejemplifica el difícil encerrar para que el lector suelte, expanda. Apenas son once palabras, con las licencias poéticas suman 17 sílabas. De ellas sólo dos son sustantivos: senda y hojas, aunque el infinitivo –pisar— funciona también en calidad de nombre, sin perder su carácter verbal, junto a las dos formas conjugadas: hay y resigno. Si restamos la preposición y el artículo sólo queda un adjetivo –secas—y el pronombre: me. Supongo que el original en japonés exhiba un laconismo aún más intenso... Lo cierto es que el autor –bajo el respeto de suponerle al lector por lo menos su misma inteligencia y sensibilidad-- no necesitó nada más para estructurar su haz de sugerencias.
Hace tres días escapé del zoológico de Barcelona. Engañar al sujeto encargado de abrir y cerrar las entradas fue cosa fácil, nada que no hubiera puesto en práctica anteriormente durante mis días en Lima (donde me encerraron por casi un año) o, incluso antes, cuando escapé del Zoológico Municipal de Pucallpa. Ya estaba tan harto de permanecer encerrado. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Acaso solo por ser diferente?
Logré asirme del juego de llaves. Abrí una de las rejas y huí, mientras el resto de mis congéneres (aquí les dicen colegas) dormía. De hecho, extrañaba mucho Pucallpa, aunque no su zoológico, por supuesto, sino mi Yarinacocha querido, donde el sol gotea oro a la hora del crepúsculo y donde el color verde de las plantas en sus cuarenta y tantas tonalidades despide un aroma fermentado de masato durante el otoño. Extrañaba mi rostro reflejado en el lago por las mañanas. Yo debía volver a donde pertenecía.
En el avión Jorge Chávez―Barajas (también allí nos metieron en una jaula), un viejo mono colombiano me había dicho que teníamos suerte de irnos a España: “Todo es más bonito allí, hermano; además, si vamos a Barcelona veremos las construcciones de Gaudí, allí está La Sagrada Familia”. ¿Gau... quién? Eso espero, seguí la corriente con indiferencia... El asunto es que una vez en Barcelona, salvo por dos o tres cosas, como las coquetas monitas de las Islas Canarias, quienes habían llegado una semana atrás dispuestas a todo, las cosas no fueron muy distintas del resto de cárceles donde ya había estado: uno siempre debía permanecer adentro.
Días lúgubres
La novela de don Pollón y Altramuz
Juan Sayagués
Editorial Alhulia, Madrid
Páginas 168
2013
MAMOTRETO XXXV
El galeote supersticioso. Reírse de uno mismo no es reírse de uno mismo. De cómo Don Pollón logra calmar las aguas.
(De regreso a Pornocracia, Don Pollón intenta transportar al otro lado del río un conejo, una zanahoria, y a Altramuz, de tal suerte que el conejo no se coma la zanahoria, y Altramuz respete el conejo. Logra este objetivo en cuatro viajes; en el primero transporta el conejo dejando atrás a la zanahoria y a Altramuz, que no come verduras. En el segundo, que es el asunto de este mamotreto, transporta a Altramuz, con la intención de traerse el conejo de vuelta.)
Días lúgubres
La novela de don Pollón y Altramuz
Juan Sayagués
Editorial Alhulia, Madrid
Páginas 168
2013
Concebida inicialmente como parodia de la obra de José María Cadalso y de su oxidado romanticismo, la novela de Juan Sayagués es mucho más que esto. Por su división en «mamotretos» –un guiño a La lozana andaluza– y su estructura dialogada, conforme a una rica tradición abandonada en los dos últimos siglos, entronca a la vez con los diálogos filosóficos del barroco y con los disparates medievales y Rabelais. Sus encadenamientos causales absurdos y anacronías sistemáticas mezclan las pláticas del falócrata don Pollón y su inseparable Altramuz, con el Dalai Lama, feministas, lesbianas y defensores de un holocausto nuclear «democráticamente sostenible ». Las reflexiones del orden de «hace más daño a la verdadera religión que sean todas las religiones ciertas que sean todas falsas» o «el pecado original lo comete Dios cuando fracasa a la hora de crearse a sí mismo» sacuden al lector de sus certezas y le fuerzan a la sonrisa. Días lúgubres es en suma una obra inclasificable, pero habrá que recordar con Borges que «el arte no clasifica, desclasifica»: un desafío a los habituados al producto editorial de consumo y una incitación a los dotados del sentido del humor.
Días lúgubres
La novela de don Pollón y Altramuz
Juan Sayagués
Editorial Alhulia, Madrid
Páginas 168
2013
Hay que ser un auténtico idiota literario para escribir un libro como este. Me explico: un idiota es por definición etimológica aquel que renuncia al mundanal ruido de la polis, a sus pompas y a sus obras. Se nota a propósito que quien escribe este artefacto literario no vive atento a la actualidad narrativa española (no sé si a la danesa, pues en Dinamarca es donde vive Juan Sayagués si hacemos caso a la picaresca nota biográfica que acompaña a este libro). Hasta el apellido del autor huele a heterónimo, a extinta lengua leonesa, a hápax de listín telefónico. No me fío. Podría muy bien ocurrir que Juan Goytisolo tenga un cómplice danés que haga los envíos desde ese gélido país con forma de apéndice europeo. Hay muchas cosas en común entre ambos autores, aparte del nombre. Los dos viven orgullosamente exiliados, los dos beben directamente de la tradición del Siglo de Oro español y, por si fuera poco, Juan Goytisolo firma la contra del libro con unas palabras introductorias. Por no hablar de que resulta bien sospechoso el manejo de lo más castizo de nuestra lengua en la pluma de alguien criado allende nuestras fronteras. Es una hipótesis disparatada, lo sé, pero es que las hipótesis son necesarias cuando uno se halla ante un fenómeno inexplicable. La Novela de don Pollón y Altramuz (ese es el subtítulo de la obra) consiste en una sucesión de mamotretos dialogados (los citados Pollón y Altramuz junto al Dalai Lama son algunos de los muchos personajes que pueblan sus páginas), absolutamente carnavalesca, invertida no solo genéricamente. En ella el Dalai Lama defiende el derecho universal a sobrevivir a un holocausto nuclear en un mundo que solo habla el español o alguna de sus variantes (el Andaluz, el Chavacano y el Rioplatense), se sugiere la idea de crear un territorio exclusivo para los enanos (el país agraciado sería Groenlandia) y asistimos a la estrategia defensiva de una nación como Costa Rica que consiste en instalar una cabeza nuclear en el Museo de la Paz y amenazar con explosionarla si es atacada. Entre otras cosas.
Página 56 de 152