“Esto es ridículo”, pensó Ramiro cuando Salazar, el jefe de enfermeros, se marchó de su habitación luego de informarle que a sus amigos se les hacía imposible acudir a visitarlo. “Es absurdo, mierda. Por más trabajo que tengan o por más lejos que esté este hospital de mierda, cómo es posible que no puedan venir a visitarme. Es absurdo”.
Lo cierto es que a Ramiro Benítez, paciente del cuarto 88, no lo habían visto sus amigos desde que fue llevado de emergencia al hospital luego que fuera atropellado violentamente por un autobús cuando se encontraba caminando por un sector de la ciudad casi desconocido para él. Quizás lo que más exasperaba a Ramiro no era el hecho de que nadie lo hubiera ido a visitar todavía sino el que le hubieran mandado flores. “Si hasta parece una burla”, pensó una tarde en la que Salazar (quien se encargaba de hacérselas llegar) acomodaba un nuevo ramo en su atestado cuarto, “los malagradecidos ni se asoman por aquí, pero –eso sí—no les molesta gastar en enviar flores”. “Mira, Ramiro; estas cosas a veces suceden. No te preocupes”, le dijo Salazar la tarde en que Ramiro le manifestó su inquietud porque ya habían pasado varios días desde el accidente y, aunque él se encontraba en franca recuperación, aún no había ido nadie a verlo. Ramiro intentó de veras no darle mucha importancia al hecho de que Salazar le hablaba y lo miraba en forma rara, casi como –le pareció a Ramiro-- si no fuera apropiado hablarle. “Lo que falta”, alcanzó a pensar Ramiro, “que este imbécil se ponga con estupideces ahora”. “Además debes pensar”, le decía Salazar, aunque ahora sin mirarle directamente a los ojos, dato que Ramiro prefirió –se forzó a—ignorar, “que este hospital está bastante retirado del sector de la ciudad en donde tú te desenvolvías; la locomoción pública por aquí es más que mala; la gente prefiere llamar o enviar correos electrónicos. A propósito, ¿abriste ya tu cuenta? Acuérdate de mi consejo: es posible que necesites mensajería electrónica para tener contacto con tu gente. Eso sí: el sistema aquí es diferente; así que tendrás que pedirle ayuda a nuestros técnicos para que te ayuden a familiarizarte con él”. “Pero, ¿es un chiste o qué lo que este imbécil me está diciendo?” se preguntaba ofuscado Ramiro, mirando las desconocidas y desiertas calles a través del cristal de su habitación, “los muchachos del bar ya debieran estar aquí o por lo menos los imbéciles de la oficina”.
Son tiempos de pragmatismo y usura; de incertidumbre y desesperanza. Derribadas las utopías y convertidas en ruinas históricas, el hombre contemporáneo carece de un refugio que lo libere de la angustia cósmica. Buscamos paliativos para calmar las dolencias interiores, en una época en la que la tribu planetaria se obstina en la consecución de la riqueza y la acumulación de pergaminos de oropel. Sin quimeras comunes, y herida de muerte la solidaridad humana; los habitantes de la tierra hoy naufragan en doctrinas mesiánicas y credos fanáticos.
Ante nuestra impotencia e insularidad, nos aferramos a fetichismos y amuletos, que prometen asunciones providenciales y milagros en el pantano de la virtualidad. Los dioses, hoy se pasean en mensajes en cadena y supersticiones pintorescas. No obstante, esos actos de fe pública y religiosidad pueril, el vacío y la frivolidad invaden a la especie y nos condena al hombre unidimensional que vaticinó el pensador de Fráncfort.
Si querer cambiar el mundo con la poesía equivale a intentar descarrilar un tren con los pétalos de una margarita; leerla, es un acto de fructífera inutilidad.
En un momento de primacía estólida para la política y la economía, condenas sempiternas de los hombres, esos seres minúsculos destinados a desvanecerse en el aire como un humo sin nombre; la poesía, expresión fecunda y auténtica de la creación, ha de servirnos para liberarnos de las silenciosas cadenas del consumo. Leer hoy poesía, es atisbar la libertad.
Una singularidad desnuda
Sergio de la Pava
Novela
Editorial Pálido Fuego
2014
Personae
Sergio de la Pava
Novela
Literatura Random House
2015
Una singularidad desnuda la primera novela de Sergio de la Pava fue editada por éste en edición digital que luego la Universidad de Chicago editó logrando obtener premios tan importantes a una primera obra como el del Pen Club. En español y con una excelente traducción de José Luis Amor la editó “Pálido fuego”. Como bien lo señaló Rodrigo Fresán lo que de la Pava define a través de los múltiples frammenti de que está compuesta, es un cuestionamiento a fondo de la Ley y de las inconsecuencias de esta en lo que se refiere a la vida civil, a la conducta de cada individuo. Quien va abriendo el despliegue de cuestionamientos es Cícero punto de partida para una relectura del Melville de Moby Dick, de Dickens, de Dostoievski, de Kennedy Toole, de Pynchon y sobre todo de la metodología jurídica que suele utilizar en sus novelas William Gaddis, no olvidando a Doss Pasos y Don de Lilo en este infierno de Manhattan, de crímenes, tribunales, sincopadas voces de inmigrantes, boxeo, olores nauseabundos. Indagar es abrirse a la dolida lucidez donde el sentimiento de impotencia ante la ley indica la medida de lo trágico que se esconde en lo aparentemente trivial y rutinario de la vida. De la Pava no recurre a la casa de citas famosas ni al pastiche de Gadda sino que extrae de la alusión a cada autor, una metalectura, es decir la escondida referencia hacia las calladas derrotas humanas, hacia la búsqueda de lo imposible, destruyendo las nociones de tiempo y espacio tal como lo hace Pynchon en El arco iris de gravedad pero escapando de la comodidad del nihilismo al uso para dejar sentado un aire de insoslayable solidaridad humanidad.
El auto subió la rampa a la misma velocidad que lo hacía cada día de semana a la misma hora, con ritmo cansado y esforzándose por terminar el viaje. La rutina de volver del trabajo conectaba otra distinta, la de retomar la soledad de un hombre en una casa enorme, con recuerdos pesados y memorias vigentes. Más aun en esos días, cuando una fecha, un número de día y de mes, y la cuenta de otro año, señalaban ausencia y desazón.
Muchas veces había pensado en vender esa casa enorme, de seguro le darían buen dinero. No quedaban muchas casas que dieran a la playa en el Lago Michigan, rodeada de varios acres de bosque original e intacto. Casi toda la costa del lago había sido tomada por condominios o por consorcios que construían edificios horrendos, a costa del bosque y de las dunas de la playa. Pero las mismas razones que lo impulsaban a vender, le impedían hacerlo. Los recuerdos.
Al terminar de subir la rampa, vio un auto rojo estacionado en el playón de la entrada. Un auto rojo, sucio de un largo viaje o del descuido premeditado del tiempo. Le llamó la atención porque no solía recibir visitas, y menos en una fecha tan cara a sus sentimientos. No establecía encuentros ni un mes antes, ni un mes después del 25 de noviembre. Para él, la vida social había dejado de ser importante. Y ese día era justo el 25 de noviembre, lo que le causó un disgusto.
Las luces de la casa estaban apagadas, lo cual indicaba que nadie estaba dentro. Nunca cerraba la puerta, era el privilegio de vivir algo lejos de la civilización, donde no había muchos con quien compartir una buena charla, o el silencio.
Entró su auto al garaje pero pensaba en el otro, en el auto rojo y sucio del viaje o del descuido premeditado. Al descender de su auto una ráfaga de viento lo envolvió, pudo ver cómo llegaban hasta él unas cuantas hojas ocres. Al pisarlas, escuchaba un crujido antiguo que hablaba de fastidio y de adrenalina desbocada.
Miguel Ángel Asturias (19 de octubre de 1899 en ciudad de Guatemala - 9 de junio de 1974 en Madrid, España) fue un abogado, periodista y escritor guatemalteco, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1967 . Entre sus obras más sobresalientes se encuentran El Señor Presidente y Hombres de Maíz. También se hizo acreedor al Premio Lenin de la Paz en 1965 (Diccionario Histórico Biográfico de Guatemala, 2004). Su niñez y juventud discurrieron por los barrios La Parroquia y Candelaria, que evocó en su producción literaria. Sus estudios de bachillerato los hizo en el Instituto Nacional Central y en la Universidad de San Carlos de Guatemala obtuvo el título de Abogado y Notario en 1923, presentando su tesis El Problema del Indio, trabajo que mereció el Premio Gálvez (Haeussler, 1983). Más tarde, el escritor colabora con el diario El Imparcial y luego en la revista Vida. Después, viaja a París, Francia, e ingresa en la Universidad de París y estudia Los Mitos y Religiones de Centroamérica, con especialidad en la cultura maya. En París, junto a otros amigos edita la revista Ensayos. De regreso a Guatemala en 1933 funda el matutino Éxito y el primer radioperiódico original Diario del Aire (Haeussler, 1983). En el período revolucionario de 1944 a 1954 desempeñó varios cargos diplomáticos. Murió en Madrid el 9 de junio de 1974 pero sus restos reposan en el cementerio de Pere Lachaise, en París. En 1930, Asturias edita en Madrid, España, su libro Leyendas de Guatemala, que de inmediato atrae la atención de los críticos europoes. Pronto es traducido en varios idiomas y señala el inicio de su carrera literaria. El libro está formado por una serie de relatos escritos en un castellano limpio. Toda la obra esta revestida de gracia, fluidez, facilidad para manejar elementos: brujos, terremotos, choques de nubes, lluvias de estrellas e insectos.
La primera carta, con la noticia de su fallecimiento, la echó el muerto bajo la puerta de su vieja casa familiar, un martes al mediodía. Era la primera que le escribía a su esposa en diez años. Ella la recogió y sin mayor interés la puso sobre la mesa del comedor para leerla cuando tuviera tiempo. Aquel era un día gris que no había tardado en volverse lluvioso y que oprimía el corazón.
Aunque el corazón Corina había dejado de sentirlo hacía mucho tiempo, un día así le quitaba aún más las ganas de vivir. Para no dejarse llevar de sentimientos negativos, se había ocupado en bastear un mantel que recién había pintado con motivos campestres donde el sol, el risueño protagonista, orquestaba una sinfonía de colores estridentes. Luego había llamado a su madre para contarle las nuevas sobre su hija Maribel, que hacía un mes se había ido a vivir a Londres.
Casi había olvidado la carta –del marido hacía mucho lo había hecho, cuando dejó de creerle sus embustes–, cuando ésta a causa del viento helado que entraba por una rendija de la ventana, voló hasta posarse sobre la alfombra de la sala donde era imposible no verla. Sin embargo, Corina no se movió, irritada con el recuerdo de aquel hombre que, pese a sus promesas, huyó a la primera oportunidad, obligándola a enfrentar responsabilidades para las cuales no estaba preparada. Empezando por tener que velar por una hija y por el suegro, cuyos cuidados la excedían y ahora heredaba. Y porque su existencia, en lugar de tomar el camino de sus ilusiones, como corresponde a una muchacha, comenzó a vacilar cargada con un peso sin redención.
El rostro del hombre delata en los pliegues de la piel que hay una vida vivida. No se trata de edad sino de intensidad. La frente ancha hace intuir que se está en presencia de un hombre de pensamiento. El bigote áspero y las cejas espesas hablan de ancestros de tierras y aguas distintas a las de su caribe natal. La boca y sus labios señalan sensualidad y sibaritismo. El mentón, determinación. Los ojos, no sólo inteligencia sino sabiduría, una sabiduría innata recibida genéticamente de estirpes marcadas por la soledad.
Si imagináramos un imposible viaje a las neuronas y los recónditos rincones del cerebro de este hombre, tendríamos que penetrar por sus pupilas tatuadas de fantasías y sueños. Y al navegar a través de los circuitos eléctricos de su masa cerebral, nos encontraríamos con la sorpresa de no encontrar algo que explicara su capacidad de invención para crear mundos nuevos y reinventar lo conocido.
Con razón otro sabio que deslumbró a la humanidad, Albert Einstein, afirmó que sólo la imaginación es superior al conocimiento. Porque tenemos que partir de la premisa que en este mago de la palabra, este prestidigitador de ideas, lo esencial es eso: su imaginación. Una imaginación sin límites que tiene sus raíces en la capacidad de asombro que cultivó en su infancia y jamás lo abandonó. Asombro frente a la cotidianidad, los hechos y las cosas que la mayoría de los seres humanos aceptamos sin descubrir sus aristas de singularidad y portento.
Tal vez pase mucho tiempo para reconocer de una vez y para siempre que la convivencia es un acto de fe que a cada minuto es sometida a prueba. Y tal como si fuera éste escrito un silogismo, se podría concluir, a pesar de la falta de una premisa, que la convivencia o mejor, la vida, es una dura prueba. Y es que una vida en solitario, digna de grandes novelas y espectaculares monólogos quizá, sólo es sacada a la superficie para que quede bien expuesta a el vitrinismo o al voyerismo, o al morbo o a la crítica o todas las anteriores: la realidad del solitario, qué no debe entenderse como un estado alterado, de locura; eso sí, es un riesgo escritural que debe asumir, por supuesto, el escritor para darle forma a algo que tal vez no lo tenga; es, a mi manera, un esfuerzo inane. La vida necesita referentes, y no sólo simbólicos sino humanos, que a todo momento sean examinados para que el devenir de la especie supere realidades y cree otras que tal vez, sí rayen en la locura. Por eso cuando uno se encuentra frente a novelas monumentales en las que se funden y se decantan las soledades y las comuniones de manera magistral, no queda sino dejarse llevar por el camino seguro del embeleso donde la razón no tiene nada que ver, no tiene nada seguro.
Inédito
A María, la Pantorrillas, no le gustaba hablar por teléfono.
– Anda, cógelo tú, ve a ver quién es.
Pero nada, ni se levantaba ni hacía por dónde, y parecía molesta con que alguien la insistiera en esa parte de la rutina doméstica.
Ya de muy pequeña, cuando sonaba el teléfono corría a esconderse en el descansillo de la escalera que bajaba al sótano para que nadie la viera, y se ponía a cantar canciones del colegio como si fueran un mantra. Nunca le dimos importancia a nada de ello, nos parecían cosas de niños. Con los años pasó a hacer como que la cosa no iba con ella, fingía una jaqueca repentina, o bien se inventaba una tarea urgente que no admitía demora. Desconozco tales tareas y dolores, esos lugares, ni sé en qué interferían con la vida común de la casa. El caso es que tan pronto alguien atendía la llamada, María volvía a hacerse visible como si ese lapso de tiempo no hubiera existido, y a ser la de siempre, la Pantorrillas, la que tarareaba aún las rimas del colegio de años atrás. A veces se presentaba alguna emergencia, alguien enfermaba, o había que reclamar contratos de la fábrica o solucionar trámites molestos, pero aun así ella no cedía ni con los médicos, ni llevaba móvil encima, y prefería pasar media mañana pateando la ciudad para ocuparse de algo que podía llevarle diez minutos al teléfono.
Como estas excusas iban dejando de surtir efecto, con el tiempo adujo oír voces. Las del teléfono no, las otras, las de su cabeza, decía, lo cual nos daba tanto miedo que decidimos dejar de apremiarla al respecto por ver si así quedaba más tranquila. Todos fingimos dejar de prestar atención a sus rarezas: la de no coger el teléfono, la de no escribir con mayúsculas, la de cambiarse el nombre cada mes.
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